26J: Nuevas elecciones, mismas perspectivas

El próximo 26 de Junio tendrán lugar unas nuevas elecciones generales. Desde la Organización Comunista Revolución no vamos a decir quién es el mal menor a quien votar, tampoco vamos a entrar al debate sobre si hay que abstenerse o no, en ese sentido tenemos la misma postura que en las elecciones del pasado 20 de Diciembre.

Tomamos esta decisión porque, humildemente y de forma honesta y realista, reconocemos que ni nuestra organización ni ninguna otra organización marxista-leninista en nuestro país, tiene la capacidad real de influir en la intención de voto de la clase obrera ni, mucho menos, en las intenciones de quienes van a ser votados.

No obstante, creemos que sí podemos jugar un buen papel arrojando un poco de luz sobre el debate que se plantea ante todas aquellas personas que quieren un mundo más justo, sobre la pregunta que la Historia nos pone delante una vez tras otra: Qué hacer.

En estas elecciones lo primero que salta a la vista es que se ha conseguido aquello que, según muchos, traería consigo el principio del fin de nuestros problemas: la unidad (electoral) de la izquierda (mayoritariamente electoral, también), bajo la fórmula de Unidos Podemos.

A la vista de los sucesivos episodios en que las y los representantes más carismáticos de las alianzas municipales, como Ada Colau, se han ido posicionando en contra de distintos movimientos, desde el sindical hasta el vecinal, a la vez que lograban sacar adelante pequeñas reformas y parches para aliviar la mala situación económica y social, está claro que esta unidad es, como mínimo, insuficiente.

A nivel estatal la imagen no es mucho mejor: la unión electoral va acompañada de un “viraje al centro” que ha ido eliminando las medidas que suponían un mayor impacto para la patronal. Ni mucho menos se plantea seriamente la salida de la OTAN o de la Unión Europea, en tanto en cuanto ni se pide ni existe un plan para realizarla por los medios que sigue Unidos Podemos.

Naturalmente hay una serie de medidas que recoge Unidos Podemos, como la supresión de la Ley Mordaza, la despenalización de los piquetes, mayor autonomía y tiempo libre de las y los trabajadores, que indiscutiblemente facilitarán la organización y la lucha obrera en todos los ámbitos. En el improbable caso, por ahora, de que Unidos Podemos gobernase o en el más probable caso de que sacase adelante parte de algunas de estas mejoras, como comunistas las aprovecharíamos adecuadamente.

Desde Revolución no llegamos a la conclusión de que Pablo Iglesias, Alberto Garzón, etc… hagan esas renuncias porque sean unos cobardes o unos traidores, sino que la vía por la que han optado, la vía de trabajar por la gestión del Estado democrático-liberal, lleva inevitablemente a verse atrapados en la lógica del “mal menor”.

Pero, ¿por qué?

España es un país imperialista de segundo orden, es un Estado desarrollado en que el empresariado nacional y el empresariado de las grandes multinacionales comparten intereses y, de hecho, son a menudo las mismas personas.

Esto significa que, a diferencia de lo que ha ocurrido en los gobiernos progresistas latinoamericanos, es imposible en nuestro país tratar de derrocar o atacar a las grandes multinacionales apoyándose en una hoja de ruta común para los empresarios nacionales y las capas populares.

Por ello, todas las medidas que restringen el poder financiero seriamente, que atacan a la propiedad de los grandes accionistas, que ponen en riesgo la posibilidad de que España invada países (como hace formando parte de la OTAN) y consiga nuevos mercados para las grandes empresas, se han tenido que ir retirando poco a poco de los programas de las fuerzas que forman Unidos Podemos, ante el riesgo de que simplemente esas empresas dejaran al país fuera del mercado internacional en la práctica, sin inversiones y no haya otros empresarios que las sustituyan. Ante ese chantaje, Unidos Podemos, no puede dar una respuesta, ni siquiera mínima, ya que se apoya principalmente en la confianza de gente de muchas capas distintas de la población, muchas de las cuales son personas a las que el capitalismo oprime en parte, pero que también se benefician de la posición imperialista de España (pequeños empresarios, trabajadores acomodados).

Tampoco sería una alternativa el viejo modelo socialdemócrata que combina una pata organizativa (ya sea sindical o de otro tipo) y una pata parlamentaria, que actúan para tener más fuerza con la que negociar de cara a la patronal mejores condiciones de vida, porque es totalmente seguro que esas mejoras solo durarían hasta que los empresarios pudieran responder, porque en muchos casos se pagarían a costa de una mayor explotación de los países dominados y porque también acaba atrapando a las y los trabajadores en la lógica de negociar migajas, sin resolver la verdadera cuestión: la clase obrera produce la riqueza y los empresarios se la apropian.

Por tanto, no es difícil ver que el único proyecto de país viable y alternativo al actual para España es el socialismo, un país que dirijan las personas que saben hacer funcionar toda la producción: las personas de la clase obrera.

Por otro lado, incluso para conseguir esto hay quienes plantean la importancia en la actualidad de la llamada “Unidad Popular”, que tendría también una pata electoral para desestabilizar el sistema. Aunque no hay una única definición de Unidad Popular, sería algo así como la confluencia de todas las luchas que espontáneamente surgen de las capas oprimidas de la población (clase obrera, incluidos sus sectores acomodados y pequeños empresarios) para plantear respuestas conjuntas de tipo político.

¿Por qué no compartimos este punto de vista?

Desde Revolución entendemos que la clase revolucionaria es la clase obrera, que es quien puede dirigir un sistema que supere al capitalismo, el socialismo; y que, por tanto, nuestra tarea es trabajar con el resto de nuestra clase para hacer que dirija cada una de las luchas contra el capitalismo, porque es la única que puede llevarlas hasta el final.

Los propietarios de pequeñas empresas, que a menudo sí han sido muy golpeados por la crisis e incluso han podido protestar contra parte de la gran burguesía, son un sector en nuestro país muy heterogéneo y muy ligado realmente al buen funcionamiento de esas grandes empresas o bancos, que además se beneficia de las reformas laborales más agresivas.

Por eso, pensamos que, aunque pueda haber alguna lucha parcial de esa pequeña burguesía y de algunas capas más adineradas de entre las y los trabajadores que puede beneficiar a la lucha obrera, no existe hoy una herramienta política con capacidad para hacer valer en todas las luchas los intereses de nuestra clase para que los sectores más progresistas de esa pequeña burguesía sigan a la clase trabajadora y los menos progresistas se desenmascaren.

Pero entonces, ¿qué queremos?

Precisamente esa herramienta política es la que queremos reconstruir: un Partido Comunista, que lo sea no por unas siglas, sino porque es capaz de analizar a corto, medio y largo plazo con acierto en base a criterios y métodos científicos, y que sea referente para dirigir las luchas de forma que siempre prevalezcan los intereses de nuestra clase, poniendo contra las cuerdas a la dictadura de los empresarios hasta terminar con ella y construir una democracia obrera.

El Parlamento tiene todo el poder para aprobar medidas en contra de la clase obrera y para el beneficio de los empresarios, pero se ve vaciado de toda autoridad cuando se trata de perjudicar a la totalidad de estos grandes propietarios. Esto lo hemos visto durante toda la crisis, y no entraremos a desarrollarlo en este artículo.

Hoy por hoy, además, como ya hemos señalado, no existe el Partido Comunista reconocido por la clase trabajadora, ni siquiera la más combativa, como su referente, así que no es hoy políticamente útil que las y los comunistas usen el Parlamento como altavoz, porque lo que se pudiera decir allí, hasta con la mejor intención y sin hacer caso a las posiciones tibias de la pequeña burguesía, no podría tener una traducción efectiva en la calle ni estaría fundada sobre un debate colectivo y científico (las posiciones serían erróneas, muy seguramente), es decir, podría hacerse mucho ruido, pero seguiría habiendo pocas nueces e iríamos a ciegas.

En conclusión, el espectáculo electoral de la gran empresa y los roces e incluso choques con las “clases medias” van a continuar independientemente de cómo nos posicionemos las y los comunistas en dicho evento, nuestra tarea actual debe ser formarnos, agitar y poner en práctica de forma eficiente nuestra capacidad de organización, lucha y dirección para reconstruir el Partido de la clase obrera con unos cimientos fuertes.