Reflexiones acerca del 25N

El pasado 25 de noviembre fue el día mundial para la erradicación de la Violencia de Género, una fecha clave para el Movimiento Feminista, en la que cada año se organizan movilizaciones en todas las localidades del Estado Español. Concretamente, en las capitales, sobre todo, e incluso en algunos pueblos, adquieren un carácter multitudinario que pone de manifiesto el carácter masivo del feminismo, así como de la legitimidad que goza la lucha de las mujeres en la sociedad.

En Madrid, miles de mujeres tomaron las calles y, por primera vez, se incluyó en el manifiesto de la Plataforma 25N la prostitución y la pornografía como formas de violencia hacia la mujer, un hecho histórico teniendo en cuenta que la manifestación lleva convocándose desde 1996. El feminismo abolicionista, además, se ha conseguido abrir paso incluso en Barcelona, ciudad que se caracteriza por la hegemonía del regulacionismo, tanto en el feminismo como en las propias instituciones, donde se contó con un bloque que tenía como lema la no explotación sexual de las mujeres. En Valencia y otras ciudades, también destacaron bloques encabezados por grupos feministas de clase. Las consignas fueron generalizadas en todas las ciudades: “Ni una menos”, “No son muertas, son asesinadas”, y no es para menos, teniendo en cuenta que, desde 2003, se han registrado 972 feminicidios.

La violencia sexual también fue un pilar céntrico de las aclamaciones, ya que, en este año, no sólo nos encontramos ante el caso de la Manada, sino que en España se denuncia una violación cada cinco horas. A pesar de todo, de la indignación generalizada y las protestas, esta segregación legislativa entre abuso y agresión sexual ha supuesto, entre otras cosas, que no se reconozca como violación cuando la víctima está bajo los efectos de alguna substancia, que le impida oponer resistencia física. Este tipo de sentencia se volvió a repetir en Lleida, en donde el abogado de La Manada, consiguió que se inculpara a un tío y a un sobrino por abuso sexual, aún cuando la víctima expresaba constantemente negativas respecto a mantener relaciones con ellos.

Todo esto ha levantado sospechas en el Movimiento Feminista, cuestionando sistemáticamente la justicia, y cuan eficaz es ésta de cara a garantizar la seguridad de las mujeres. Ahora más que nunca, el escepticismo hacia las instituciones se hace de cada vez más palpable, hablándose de una justicia directamente patriarcal. De hecho, la gran victoria que supuso la instauración de La Ley de Protección Integral contra La Violencia de Género, en 2004, ahora está obsoleta. De todas maneras, tras una huelga en la Plaza de Sol, las feministas consiguieron negociar una serie de reformas para garantizar la protección de la víctima, pero los últimos asesinatos a mujeres que habían denunciado previamente nos indican que sigue siendo insuficiente. Así pues, no es de extrañar que las mujeres ya no confiemos en la justicia, y que se catalogue directamente de patriarcal.

Pero, la justicia, no es que sea ineficaz para todas: no podemos obviar el sesgo de clase, y cómo somos las mujeres de clase trabajadora las que, realmente, estamos condenadas a ser vilipendiadas por las instituciones jurídicas, como es el caso de las Temporeras de Huelva, que aún siguen en lucha, junto con el Movimiento Obrero, para que la patronal pueda, al menos, no salir impune ante las violaciones cometidas. La justicia es intrínsecamente patriarcal, e históricamente, desde los orígenes del concepto en sí, siempre lo ha sido, porque el patriarcado es un sistema de dominación, basado en la apropiación de la capacidad reproductiva de las mujeres, que aparece a raíz de la instauración de la propiedad privada y la sociedad de clases, así que todas las instituciones públicas y estatales que operen en un sistema de producción basado en la propiedad privada van a asegurar la perpetuación de éste.

Durante el capitalismo, y gracias a la aparición de un Movimiento Feminista masivo, se ha conseguido negociar con el estado derechos civiles y reformas legislativas que nos beneficien como mujeres -como la ilegalización de la trata o el derecho al voto-, incluso a día de hoy, se ha conseguido crear una ilusión de igualdad formal. Todas estas reformas, ante las cifras, se quedan cortas. Esto se da porque capitalismo y patriarcado no son dos sistemas autónomos, sino que están relacionados entre sí, sometiendo a la mujer obrera a una doble explotación: el capitalismo incorporó a la mujer al trabajo asalariado -aprovechando las relaciones patriarcales para incluirlas y, a su vez, seguían ejerciendo las tareas domésticas, de manera no remunerada, ya que el capitalismo nos ha otorgado el papel de reproductoras de la fuerza de trabajo. Además, el capitalismo aprovechó las formas de violencia sexual hacia las mujeres, y las convirtió en una industria mastodóntica, que no sólo tiene implicaciones económicas, sino que incide directamente en la codificación de la sexualidad: la gran industria de la prostitución y la pornografía. En resumen, el sistema capitalista mercantiliza la violencia sexual hacia las mujeres.

Entonces, entendiendo el Estado como una herramienta de dominación de una clase sobre otra, el aparato judicial va a ser enemigo directo de la mujer obrera. Con esto no se está insinuando que una mujer, por ser burguesa, no se vea afectada por el patriarcado, sino que las instituciones estatales capitalistas, representaran sus intereses de clase. La burguesa, aunque sufre violencia patriarcal, puede librarse de las tareas de reproducción más elementales, como el propio embarazo en sí, comprando el útero de una mujer pobre, además de contar con el servicio de una mujer trabajadora mal pagada para las tareas domésticas. E incluso pueden llegar a capitalizar su propia cosificación, como las productoras de pornografía. Esto ya nos da la primera clave, y es que el feminismo no debe ser interclasista, sino para y por las mujeres de clase obrera.

Además, hay que entender qué papel tiene la violencia contra las mujeres: es una herramienta patriarcal para perpetuar la dominación sexual, que tiene como objetivo mantener a las mujeres como reproductoras de mano de obra, mediante la coacción psicológica o física, y este patriarcado es, por los motivos expuestos anteriormente, funcional al capitalismo. La justicia, como es lógico, va a seguir teniendo siempre, a pesar de estar sujeta a ciertas negociaciones, un carácter capitalista y patriarcal.

Las reformas que el Movimiento Feminista consiga arrancarles al Estado, por muy necesarias que sean, ya que las mujeres nos vemos obligadas a defendernos de las constantes agresiones del patriarcado, no nos van a conducir a nuestra liberación, debido a los motivos antes expuestos: el capitalismo y el patriarcado no son sistemas autónomos, sino que mantienen una estrecha relación entre sí. Así que, si realmente queremos una justicia que vele por los intereses de las mujeres de clase obrera, es necesario que nosotras mismas tomemos el control de éstas, que creemos unos órganos por y para nosotras, pero esto no podremos llevarlo a cabo en un sistema capitalista, con un Estado Burgués. Es necesario que construyamos el feminismo de clase, día tras día, para organizarnos, defendernos y contraatacar, pero, paralelamente, si queremos destruir de una vez por todas el capitalismo, y tener la opción de contar con un Estado y una justícia que estén a nuestra disposición, hay luchar, a su vez, para reconstruir el Partido de la clase obrera, que nos llevará a la Revolución, dónde podremos dar los primeros pasos para emanciparnos como clase y destruir la opresión patriarcal.