8 de Marzo, Día de la Mujer Trabajadora

Formalmente, se celebra el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer, fecha que fue institucionalizada por Naciones Unidas en 1975, justo el año en que se celebró la famosa Conferencia de la Mujer, hito del feminismo institucional, y en la cual las problemáticas de discriminación de género pasaron a formar parte de la agencia política de las democracias burguesas, en mayor o menor medida. A partir de esta oficialización, el 8M pasó a ser un cajón de sastre, dónde nos podemos encontrar tanto la celebración festiva de la condición de mujer, como su instrumentalización por parte de la burguesía para que el Corte Inglés venda batidoras.

En cuanto a las sonadas políticas de igualdad, empezó un tira y afloja entre los Estados burgueses y las feministas para que se acataran, se ampliaran o se respetaran, pero las propuestas que se cumplían con más rapidez eran las que tenían una dimensión más interclasista. Pero para aplacar la sed de lucha del Movimiento Feminista no basta un compendio de ciertas declaraciones que, como la propia historia demuestra, suelen quedar en papel mojado; es por esto que, progresivamente, las feministas inundan las calles cada 8 de Marzo, y no con una mera voluntad de celebración.

Aunque la institucionalización de ciertas reivindicaciones del feminismo supuso una serie de mejoras para la vida de las mujeres (como el derecho al divorcio, la separación de bienes, o las leyes contra la violencia de género), es cada vez más evidente que no son suficientes para garantizar la seguridad de las mujeres, y que el Movimiento Feminista está denunciando con ahínco el carácter patriarcal de las instituciones del Estado capitalista, como se dio en el caso de la justicia durante el pasado 25N.

Así pues, el feminismo no está sólo en las políticas de igualdad, o en el Ministerio de la Mujer, sino que se organiza en los barrios y en las calles, siendo las mujeres obreras las que forman parte mayoritaria de su base. Por eso, para recuperar el carácter de clase del 8 Marzo,  es nuestro deber político no sólo participar y apoyar la Huelga, sino visibilizar la historia de este día, marcada por el sacrificio y la lucha de incontables mujeres obreras.

Aunque la elección del 8 de Marzo como fecha específica tiene una explicación difusa, lo más verosímil es que se haya escogido a raíz de las primeras marchas de mujeres obreras del sector textil, que tuvieron lugar el 8 de marzo de 1857 y que, dos años más tarde, fundaron su propio sindicato, marcando un hito en la historia del movimiento obrero femenino.

Años más tarde, en 1908, durante este mismo mes, unas huelguistas fueron asesinadas por parte de la patronal, que provocó un incendio mientras éstas se encontraban encerradas en la fábrica. Un año más tarde, las socialistas norteamericanas organizaron una protesta en honor de las víctimas, siendo un antecedente de lo que pasaría a ser un día de lucha recurrente.

No será hasta 1910 que se oficialice el 8 de Marzo como Día la Mujer Trabajadora, siendo la principal instigadora Clara Zetkin, que por aquel entonces ya era una organizadora del movimiento obrero femenino de renombre, cuya propuesta transmitió en la Conferencia de Mujeres Socialistas en Cophenague, en la cual también estaba presente Rosa Luxemburgo, y otras mujeres comunistas. La propuesta salió adelante e, inmediatamente, al año siguiente, las movilizaciones del 8M tuvieron acogida en 4 países, donde también se hicieron mítines para instar a las obreras a la organización; la lucha por el sufragio femenino también tuvo un lugar clave, pero no desde la perspectiva de las feministas burguesas de la primera ola, sino desde una perspectiva de clase, de cómo esta reivindicación civil era importante para la politización de las trabajadoras. A partir de ahí, se marcó un precedente, y las movilizaciones del 8 de Marzo se extendieron a escala global.

Como podemos comprobar, esta fecha ha jugado, históricamente, un papel clave en la lucha de las mujeres trabajadoras, hasta su institucionalización, que progresivamente fue despojando de su carácter de clase al 8 de marzo; aun así, en los últimos años, hemos podido comprobar que el feminismo ha reaccionado en su forma de organizarse y movilizarse durante esta jornada, lanzando a nivel internacional la llamada Huelga Feminista, que consiste en un paro a nivel laboral, de consumo, y de trabajo reproductivo, teniendo como finalidad la visibilización del papel de las mujeres en la sociedad, tanto como trabajadoras asalariadas como trabajadoras en el ámbito doméstico, ya que todavía somos las mujeres las que estamos relegadas al trabajo reproductivo, que se realiza de manera gratuita y de forma coercitiva por la presión que ejercen en nuestro modo de vida las instituciones capitalistas.

Dicha huelga tiene sus antecedentes más contemporáneos en la primera “huelga feminista” de la historia, que se dio en Islandia en el ’75, donde las mujeres coordinaron todos sus días libres para parar todas al mismo tiempo, provocando grandes pérdidas a nivel productivo en los sectores más feminizados; gracias a esto, el gobierno aceptó incluir un plan legislativo de igualdad. También encontramos otros antecedentes en la huelga masiva que hubo en Polonia para reivindicar el derecho al aborto. En este caso, en la Huelga Feminista del 8 de Marzo, se hace gala del poder de movilización del Movimiento Feminista, convocando manifestaciones multitudinarias, además de que se logró un seguimiento importante en los paros parciales. El problema con la adopción de este tipo de forma de lucha es que, tanto como el año pasado como en este, la huelga no va a rebasar una reivindicación simbólica, ya que las demandas conforman un programa ecléctico de máximos, incluso siendo contradictorias entre éstos  ya que, por ejemplo, en Barcelona el manifiesto aboga por la regulación de la prostitución, a diferencia del resto de ciudades.

En este aspecto es dónde es de vital importancia construir una base amplia de feminismo de clase, y disputar la hegemonía dentro del movimiento feminista a la ideología burguesa que intenta cambiar las implicaciones de lo que significa hacer huelga. Tenemos que recordar que, en primera instancia, las huelgas son una herramienta de presión y negociación, la más eficaz que tenemos las trabajadoras y trabajadores, para conseguir unas mejores condiciones de vida. Por eso, es necesario luchar por unas reivindicaciones que beneficien a las mujeres trabajadoras, organizarnos en torno a la contradicción que supone ser mujer de clase obrera con respecto a las mujeres que no lo son, y exigir continuidad a las movilizaciones del 8 de Marzo, para que no se queden una simple demostración de poder.

Porque las trabajadoras estamos oprimidas como mujeres y explotadas como trabajadoras, y aunque podamos tener intereses puntuales con ciertos sectores del feminismo burgués, no podemos olvidar que somos nosotras las que formamos la mayoría de las mujeres organizadas y que el hecho de que la burguesía, independientemente de su género, se beneficie de nuestra esclavitud doméstica para asegurar la continuidad del capitalismo es una contradicción irreconciliable.

Si queremos emanciparnos como mujeres, debemos emanciparnos como clase, y uno de los pasos es apostar por un feminismo de clase que consiga que las reivindicaciones de las mujeres trabajadoras pasen a ser prioritarias en el Movimiento Feminista. Pero estos derechos que consigamos alcanzar, por muy legítimos que sean, van a ser fácilmente arrancados por el Estado capitalista cuando encuentren la ocasión. Así que, este movimiento feminista de clase organizado, tiene que desarrollarse en paralelo a la reconstrucción del Partido Comunista, para poder llevar a cabo una revolución socialista, y cuyas nuevas instituciones estén al servicio de las mujeres trabajadoras, propiciando un terreno en el que podamos, de una vez por todas, acabar con el patriarcado.