Análisis ante las elecciones del 28 de abril

Si estás leyendo este artículo lo más probable es que seas de izquierdas, o directamente comunista. También está claro que sabes que el domingo 28 de abril hay elecciones generales, y que hay una probabilidad considerable de que el próximo reparto de Diputados tras esas elecciones haga posible un gobierno sostenido y/o integrado por PP, Ciudadanos y VOX.

Desde la Organización Comunista Revolución opinamos que en las elecciones generales del 28 de abril no nos jugamos un avance social, pero si nos jugamos un serio retroceso, por lo que queremos compartir nuestro análisis para que sirva de reflexión de cara a las elecciones en general y a esta convocatoria en particular.

No nos jugamos un avance social, pero sí un retroceso

Antes de introducirnos más a fondo en el análisis, hay que aclarar por qué consideramos que en estas elecciones no nos jugamos un avance social:

En primer lugar, porque, aunque los partidos y candidaturas a la izquierda del PSOE con probabilidad de obtener representación parlamentaria sí defienden sobre el papel medidas muy ambiciosas (la jornada laboral de 35 horas semanales, nacionalización de sectores estratégicos de la economía o la salida de la OTAN, entre otras), estas medidas no van a ser realmente una cuestión clave a la hora de configurar el futuro gobierno de España. Esto no es una afirmación gratuita, sino que para comprobarla podemos basarnos en dos hechos:

  • Por un lado, desde Podemos e Izquierda Unida hasta la CUP, de hecho, ya han obviado estas cuestiones ambiciosas a la hora de hacer política parlamentaria, aunque las llevaran en programa.
  • Por otro lado, porque aunque obtuvieran un amplísimo margen de representación que las encuestas no prevén, estas medidas afectarían profundamente al modelo productivo del capitalismo español y chocarían con los compromisos y regulaciones impuestas en el marco de la UE o de Gobiernos anteriores, de manera que para aplicarlas no bastaría con un puñado de representantes electos, sino que sería necesaria una gran fuerza social que colaborase para meter en cintura al empresariado español, la UE, etc. Hoy por hoy ninguna de las candidaturas a la izquierda del PSOE cuenta con esa fuerza social organizada, y construirla es incluso contraproducente a corto plazo para gran parte de los dirigentes de estas candidaturas, como trataremos más adelante.

En segundo lugar, no nos jugamos un avance social porque las medidas que las candidaturas a la izquierda del PSOE seguramente sí puedan sacar adelante (derogación de la Reforma Laboral o la Ley Mordaza de Rajoy) en el mejor de los casos nos dejarían en la situación posterior a los recortes que impuso el PSOE de Zapatero, que supusieron en su día una derrota.

Otras medidas moderadas que también se podrían aplicar en el terreno de lo económico. La subida del salario mínimo interprofesional (que de hecho ya se ha aplicado), la penalización de contratos laborales muy cortos, la aprobación de ayudas y subsidios para las familias más vulnerable o la subida impositiva a las rentas y patrimonios más elevados, etc. Sin embargo, éstas se vuelven en poco más que papel mojado si tenemos en cuenta el resto de la coyuntura económica. El coste de la vida (el precio de la luz, la vivienda, los impuestos indirectos, las tasas universitarias) ha subido de tal forma que las mejoras económicas que se propongan, no vienen más que a mantener las condiciones de vida previas a la crisis económica. Por otro lado, muchas de las normativas que se aplican en el papel, en nuestro país son muy fáciles de saltar, con un porcentaje de trabajos sin declarar elevado el SMI no entre en juego; con un grupo de empresas y familias millonarias que utilizan ingeniería financiera para evadir impuestos…

Son las paradojas de jugárselo todo a la carta de las elecciones: las candidaturas “radicales” de hoy defienden medidas menos ambiciosas que los dirigentes más moderados de los años 80.

No obstante, entendemos que es evidente por qué afirmamos que, aunque no nos juguemos un avance social, si el bloque PP-C’s-VOX forma gobierno sí nos jugamos un gran retroceso, que no solo empeoraría más aún las condiciones de vida de la clase obrera, sino también sus posibilidades de organizarse para luchar.

La abstención activa no existe

Es posible que hayas oído o leído eslóganes políticos a favor de la abstención activa, el boikot a las elecciones. El razonamiento detrás de esta postura sería algo así: como las elecciones son una farsa en la que se elige a mandatarios que no velan por los intereses de la clase obrera, votar es como dar “luz verde” al sistema, lavarle la cara y darles legitimidad a los gobernantes para que sigan haciendo lo que hacen.

Este eslogan hace aguas por dos flancos:

1) Primero, que los Parlamentos no existen solamente para engañar al pueblo ni los diputados son actores contratados para interpretar un papel.

Hay que partir de la base de que lo que quieren las grandes fortunas que manejan los destinos de la política (porque determinan lo que se puede y no se puede producir con su dinero) es un país estable para sus negocios.

Según se desarrolla económicamente un país, va habiendo más porciones de la población trabajadora que se forman una opinión política, ya sea porque tienen cierto acomodo y tiempo libre (las llamadas “clases medias”) para informarse, o ya sea porque se organizan en movimientos por la defensa de sus derechos que les mantienen informados.

Si en el sistema no se tuviera en cuenta ni siquiera mínimamente la opinión de estos sectores de la población, y se aplicaran directamente las medidas más ambiciosas de los empresarios, el país se convertiría rápidamente en un escenario muy inestable socialmente, con demasiados frentes de batalla.

Dejando que entren a los Parlamentos opciones que, de entrada, no son las que más convienen a los grandes empresarios, pueden contentar o al menos no enfadar tanto a algunos de estos sectores de la población trabajadora. Como contrapartida, el sistema asume el riesgo que supone dar más libertad para que quienes no nos conformamos podamos organizarnos y construir una alternativa.

2) Segundo, porque la “abstención activa” no es estadísticamente relevante.

La mayoría de gente que se abstiene lo hace porque “no tiene más remedio”, no porque sea tremendamente revolucionaria. Cuando se hacen jornadas laborales muy intensas o se está en situaciones de alto estrés personal por motivos económicos (o mil motivos más, como veremos más adelante), es difícil abrirse paso en toda la maraña de noticias para estar al día sobre una política que, en cualquier caso, lleva años sin plantear cosas realmente motivadoras. Cuando esa gente se ha llevado la enésima decepción electoral o cuando simplemente su preocupación es traer dinero a casa, se entiende la política como algo ajeno y que no puede representarles (porque realmente ha dejado de representarles), que no entra dentro de las sus preocupaciones, y más cuando se bombardean con temas como Cataluña y Venezuela, las anécdotas de los políticos (quién se compra qué casa o qué le ha dicho uno a otro) o debates elocuentes que no llevan a ningún lado.

La abstención activa no tiene nada que ver con estas personas. La abstención activa es una decisión consciente que toman personas que sí están informadas políticamente, que sí tienen una posición política normalmente contraria al capitalismo, y que estadísticamente no son suficientes para alterar el porcentaje de abstención que normalmente hay en las “democracias” capitalistas como España, que está entorno al 30-40%.

El problema es que estos eslóganes que llaman a no votar sí llegan a una parte de la población más politizada que, aunque no es suficiente como para dar grandes vuelcos en las elecciones, sí puede determinar un buen puñado de diputados. Y estos diputados, de nuevo, pueden no traer grandes cambios, pero sí pueden frenar o ralentizar los retrocesos sociales más graves, dando algo de aire a esa población más politizada para organizarse política y socialmente.

Paradójicamente, si en algún momento los abstencionistas activos llegaran a tener el peso social suficiente como para convencer a los abstencionistas de no votar, lo más lógico sería que aprovechasen esa fuerza también en el Parlamento, para ganar aún más libertades que aprovechar para seguir luchando.

Es cierto que, en ciertas situaciones, el boikot a las elecciones puede ser una táctica interesante, siempre que se cuente con una alternativa a esas elecciones. Es decir, bajo ciertas circunstancias puede tener sentido tratar de conseguir que la clase obrera muestre su rechazo a las instituciones y consultas capitalistas, especialmente si tiene la capacidad de ejercer su propio poder al margen de éstas.

Medidas concretas a tener en cuenta a la hora de votar

Lo más seguro es que, ante el posible retroceso que puede darse este 28 de abril, ya tengas decidido qué vas a votar, incluso que ya hayas decidido por quién vas a hacerlo.
Evidentemente, como ya hemos indicado, muchas candidaturas a la izquierda del PSOE incluyen medidas muy ambiciosas cuya aplicación sería positiva, pero en este apartado vamos a centrarnos en recapitular qué medidas que seguramente sí vayan a ponerse encima de la mesa en el Parlamento vale la pena tener en cuenta a la hora de decidir si una candidatura con posibilidades de obtener representación merece la pena que la votes.
Estas medidas no las planteamos desde el punto de vista de si suponen una mejora mayor o menor para las condiciones de vida de nuestra clase, la clase trabajadora, en abstracto, ya que al fin y al cabo son medidas que no van a solucionar los graves problemas que nos complican la vida.

Más bien vamos a centrarnos en aquellas medidas que permiten que la clase obrera pueda continuar organizándose con mayor facilidad, para de aquí a unos años plantear una respuesta por sí misma, con sus propias herramientas políticas, sin tener que confiar en tal o cual diputado. Hablamos de medidas que faciliten la organización política y social de la clase obrera porque disminuyan el impacto de la represión, la arbitrariedad con la que los jefes pueden tratar a las y los trabajadores o aumenten el tiempo libre y posibilidad de organizarse le vida.

A continuación, citamos algunas de las más relevantes:

  • Derogación de la Ley Mordaza.
  • Derogación de la Reforma Laboral de Rajoy. Evidentemente, preferiríamos que se revirtiera también la de Zapatero, que facilitaba el despido, pero no está en nuestra mano de cara a estas elecciones, y existen aspectos especialmente nocivos para la posible organización de los trabajadores en sus propias empresas.
    • Dentro de estas medidas especialmente dañinas para la organización de la clase trabajadora, hay una poco conocida, la llamada “prevalencia del convenio de empresa sobre el sectorial”. Hasta la reforma de Mariano Rajoy, lo que todos los trabajadores de un determinado ámbito negociaban (por ejemplo, todo el sector del metal en una provincia) era un mínimo sobre el cual a nivel de empresa cada plantilla solo podía conseguir más mejoras en forma de convenio de empresa, o quedarse como estaban. Desde la Reforma Laboral, esta situación ha terminado, lo que posibilita que una empresa pueda aprovechar si sus trabajadores tienen un nivel de organización más débil para hacerles tragar con unas condiciones mucho peores que las del sector.
    • Otra de las medidas que es prioritario eliminar y es especialmente dañina para la clase obrera del sector industrial, es la posibilidad que tienen las empresas de aplicar un ERE (despido masivo) si la empresa prevé pérdidas (aunque luego no las haya) o gana menos dinero durante una serie de periodos de tiempo (no que pierda, sino que gana menos que antes). Esta posibilidad da un arma terrible a los empresarios con la que chantajear a las y los obreros de sus empresas, porque les permite amenazar con despidos y cierres si no aceptan peores condiciones. Es importante tener en cuenta que la clase obrera industrial es la que más fuerza social puede poner en movimiento, dado que es la que acciona o detiene el corazón de la economía capitalista (la industria), de modo que este tipo de ataques contra la clase obrera industrial acaban dañando a toda la clase trabajadora.
  • Regulación más restrictiva en cuanto a los horarios cambiantes en el trabajo, la contratación temporal (ETTs, tiempo mínimo de contratación, etc) y demás formas de “libertad empresarial para contratar y disponer de la mano de obra”. Ahora mismo, los horarios laborales que cambian continuamente, la concatenación continua de contratos que hace que siempre estemos “de paso” en las empresas, entre otras lacras que nos impone el empresariado, hace verdaderamente complicado organizarse, formarse y comprometerse políticamente.
  • Regulación más estricta que dificulte la subcontratación. Desde hace ya bastantes años, las grandes empresas están dedicándose a repartir su proceso productivo entre empresas más pequeñas. Con esto, además de controlar un gran sector de la producción con una menor aportación de capital, logran que las grandes plantillas que pueden suponerles un problema si se organizan política o sindicalmente, estén más divididas; y que las plantillas subcontratadas, al ser más pequeñas, sean también más débiles.
  • Despenalización de los piquetes en las huelgas (artículo 315.3 del Código Penal). Los piquetes son una de las principales conquistas democráticas de nuestra clase con las que hacerle frente al terror que impone el jefe mediante la amenaza del paro, y ahora mismo pueden ser motivo de cárcel, como ya ha ocurrido con centenares de sindicalistas que han sido o están todavía siendo procesados en base a este artículo.
  • Defensa de la libertad de expresión y relajación de las actuaciones represivas de la Fiscalía y la judicatura con la excusa del antiterrorismo o la lucha contra los delitos de odio. Durante los últimos años, una cantidad alarmante de personas progresistas se han visto acusadas por el Estado y se han jugado sentencias de prisión por sus opiniones y la forma en la que las expresaban, y muchas otras han sido investigadas por parte de la policía sin más motivo que sus posiciones políticas. Hemos visto casos extremos de juicios por burlarse con chistes bien conocidos contra Carrero Blanco y otros altos cargos y torturadores franquistas que en su día trataron de imponer su terror fascista contra nuestras familias. Aun cuando los juicios en muchas ocasiones han quedado en nada, los procesos judiciales han supuesto una presión tanto privada como pública tremenda contra las y los acusados, con detenciones sin notificación previa en plena jornada laboral o en comidas familiares, en una forma de proceder claramente orientada a castigar y estigmatizar a la persona perseguida antes incluso de tener una sentencia judicial.
  • Defensa del reconocimiento de la plurinacionalidad de España con el fin de facilitar la convivencia entre las distintas identidades territoriales y nacionales que coexisten en España, permitiendo superar la agenda territorial y nacional para poder centrarnos en una agenda única para toda la clase obrera. Aunque esto puede ser complicado de identificar en un programa electoral, pensamos que hoy por hoy se concreta en apoyar o, al menos, no entorpecer un referéndum de autodeterminación en Cataluña.
  • Defensa de una política internacional de no agresión. De nuevo, nuestra preferencia es obviamente la salida de la OTAN y no solo el fomento de la paz, sino el apoyo resuelto a los pueblos en lucha contra el imperialismo y las causas progresistas, pero vemos como algo prioritario que existan frenos a que España se inmiscuya en más agresiones y guerras de rapiña que no solo causan daño a los países agredidos, sino que además sirven de cortina de humo de cara a la clase trabajadora española.
  • Refuerzo de las medidas de protección y prevención de la violencia de género, como son la agilidad judicial, alternativa habitacional o servicios de escoltas para mujeres que denuncien.

Nos referimos continuamente a las candidaturas que quedan a la izquierda del PSOE porque éste ha incumplido prácticamente todas estas medidas, incluso las de temática laboral, que son las más asequibles políticamente. Por tanto, el PSOE no es ni siquiera una garantía de facilidades para que la clase obrera se organice sino, al contrario, un factor al que las candidaturas a su izquierda tendrán que forzar y contrarrestar.

Para terminar con este apartado, remarcamos una vez más que si escribimos todos estos puntos no es porque confiemos en las candidaturas que hoy por hoy optan a obtener representación parlamentaria, sino precisamente porque damos por hecho que incumplirán por unos motivos u otros sus programas y que no harán de sus medidas más ambiciosas un caballo de batalla real, y por tanto es necesario ser capaces de anticiparnos a la hora de identificar qué puntos es importante tener en cuenta a la hora de votar.

Esta desconfianza en las alternativas existentes nos lleva al siguiente apartado en nuestro análisis.

Su “democracia” no solo es una mentira, también es una trampa

Que en el Parlamento no se habla de los problemas realmente urgentes, que los medios dicen lo que quieren sus dueños, que nuestros Gobiernos no tienen nada que hacer frente a las empresas y bancos, que los políticos que llegan alto en sus carreras luego salen por las puertas giratorias y se unen al club de los ricos…

En definitiva, que su democracia es una mentira, eso lo sabes tú y es algo que tanta gente opina que hasta sale en las encuestas.

Todo esto es verdad, pero el problema no es solo que esta democracia sea una mentira, que sea “insuficiente”, que las instituciones democráticas estén bien pero les falte fuerza frente al Gobierno o que la población no participa lo suficiente. El problema es que esta “democracia” en sí misma es una trampa, ¿por qué? Veamos:

  • ¿Para qué sirve el Estado?

Desde las organizaciones comunistas se ha dicho tantas veces que “el Estado es el instrumento de opresión de una clase sobre la otra” que ya es un cliché. Además, repetirlo sin más no aclara nada, es hacer un razonamiento circular. Decir que “la democracia capitalista es una trampa porque el Estado es siempre el instrumento de opresión de una clase sobre la otra” es como decir que no es democrático porque no es democrático y punto.

Pero eso no quita que la frase sea cierta. La cuestión es por qué: el Estado capitalista, que básicamente es su administración y los cuerpos que guardan el orden (policía y jueces, principalmente) existe para salvaguardar la seguridad de los negocios. La lógica interna de las “democracias” capitalistas es que, si los negocios van bien, a todos nos va bien, porque la economía basada en los negocios privados es la mejor, o al menos la “menos mala posible”.

Por eso, el Estado funciona sobre muchas capas de legislación que van blindando la estabilidad de esos negocios: se les da a las empresas un trato similar al de las personas en cuanto a derechos, incluyendo un cierto respeto a su presunción de inocencia, a su privacidad o su buen nombre; se garantiza que una ley que se apruebe hoy no puede castigar lo que se hizo en arreglo a leyes anteriores; se fijan plazos lentos y se exigen amplios consensos y muchas garantías para todo aquello que afecte negativamente a los negocios, mientras se permiten cambios legales exprés si los facilitan, etc.

Y eso tiene consecuencias prácticas.

  • La “democracia” capitalista impide en la práctica la participación política de la mayoría de la clase trabajadora

Si estás leyendo este artículo lo más seguro es que ya tienes asumido que la clase trabajadora no “juega en casa” cuando hace política por sus intereses en una sociedad capitalista. Si hablamos de hacer política para cambiar de arriba abajo el sistema, la cosa es aún más complicada y exige más compromiso.

Para una parte muy importante de la clase obrera, mantenerse políticamente activa en unas condiciones así es especialmente difícil. Hay que superar la falta de tiempo libre, el cansancio tras la jornada laboral, el estrés del día a día y, en ocasiones, incluso el miedo al despido o la represión.

Cuando se supera eso, hay que hacerle frente a una montaña de información periodística que está dirigida sobre todo a lectores de clase media, con más tiempo libre para elegir qué noticias leer, mayor nivel educativo y, en muchos casos, unas preocupaciones totalmente diferentes a las que tenemos la mayoría de la clase obrera. Eso sin contar que además esa información en muchas ocasiones está, como hemos dicho antes, sesgada por los dueños de la prensa.

Incluso cuando se supera todo eso, hay una última barrera: la barrera de los recursos. Esta sociedad, con más o menos matices según el país, se construye sobre un supuesto: dar los mismos derechos y deberes a personas con una posibilidad de ejercerlos y cumplirlos totalmente diferentes.

Pongamos un ejemplo: un Gobierno (central, autonómico o municipal), de acuerdo a una serie de empresas, quiere sacar adelante un plan de infraestructuras que afectaría significativamente a los vecinos de una zona. El Gobierno solo se va a tener que limitar a pedirles lo mismo a las grandes empresas que han desarrollado el plan que a los vecinos que buscan frenarlo o desarrollar otro. Esos vecinos van a tener que buscar la manera de analizar un plan escrito por profesionales, descifrar la “letra pequeña”, buscar alternativas que encajen legalmente y, probablemente, tener que presentar todas las alegaciones en horario de oficina, cuando la mayoría están trabajando.

Esto provoca que, incluso en momentos de gran ebullición política, solo una parte muy pequeña de la clase obrera esté organizada activamente en partidos y otras asociaciones.
¿Se entiende mejor ahora por qué una parte tan importante de trabajadores y trabajadoras simplemente nunca participa en las elecciones? Pero, de hecho, aún queda una pregunta por responder: ¿para qué iban a molestarse en comprometerse por algo?

Como veremos a continuación, la falta de motivación por la política es algo inherente a la “democracia” capitalista, y está directamente relacionada con cómo se relaciona con las candidaturas electorales contestatarias.

  • El sistema premia a los políticos más conformistas

Para llevar a cabo cambios radicales que afecten negativamente a las cuentas de los empresarios hace falta mucha fuerza social, incluso cuando son cambios que mantienen una economía capitalista.

Por un lado, las empresas van a apoyarse en las leyes anteriores para protegerse y retrasar la aplicación de esos cambios radicales, y, por otro lado, van a intentar aprovechar que “juegan en casa” para hacer lo que quieran con su dinero y sus inversiones, llevándoselas a otra parte donde el Gobierno las trate mejor.

El que se considera el Gobierno más a la izquierda de la Francia reciente, el del socialista Mitterand en alianza con el Partido Comunista de Francia, nacionalizó casi toda la banca francesa. ¿El resultado? Fuga de capitales masiva, los banqueros y empresarios trataron de llevarse sus negocios a otra parte, hiriendo la economía del país. El Gobierno no fue capaz o no quiso apoyarse en la clase obrera francesa para continuar el pulso siguiendo hacia adelante, y dos años más tarde revirtió la mayor parte de las medidas.

Incluso cuando estos cambios logren pasar legalmente, es muy probable que entonces traten de poner sus fortunas a trabajar para eludirlos: agujeros legales, política del miedo a los trabajadores para que no denuncien si no entran en vigor los cambios o directamente tráfico de influencias y corrupción política.

Pensemos que, incluso hoy en día, buena parte de las exigencias de los movimientos sociales y los sindicatos pasan por exigir que se cumplan conquistas sociales ya reconocidas como ley, y que es de sobra conocido que sectores enteros como el de la hostelería se asientan sobre condiciones de trabajo que rozan la ilegalidad o entran en ella directamente.

El problema es que para un político que quiera hacer reformas desde el gobierno, tanto profundas como superficiales, construir un movimiento que luche y defienda esas medidas es complicado, por varias razones:

  1. Las personas en las que se tiene que apoyar suelen ser las que necesitan esos cambios, y es probable que sea difícil ilusionarlas y fácil defraudarlas, ya que el terreno legal no es propicio a estos cambios. Pensemos en la cantidad de trabajadoras y trabajadores que se ilusionaron con Podemos en su nacimiento, con el discurso “radical” contra la casta, y cómo ese fenómeno se ha desinflado al no cumplir ni de lejos las expectativas.
    ·Cuando se aspira a conseguir reformas profundas gobernando, es fácil quedarse corto o incluso generar inestabilidad y acabar por no conseguir nada (como hemos visto en el caso Mitterand), mientras que un político poco ambicioso en cuanto a los cambios que quiere conseguir es más fácil que consiga algún que otro acuerdo con el que asegurarse la reelección.
  2. Las personas acomodadas votan sistemáticamente, están más informadas políticamente y se contentan con reformas más superficiales. De esta manera, es fácil que un político que quiera mantenerse en política electoral mucho tiempo mire hacia estos sectores como un caladero más estable que la clase obrera propiamente dicha, y modere su práctica y discurso en consecuencia. En buena medida, es lo que ocurre en candidaturas como Podemos o sus antiguos compañeros de confluencia.
  3. Los movimientos sociales organizados tienen vida propia, y pueden terminar por exigir medidas concretas al político que se apoya en ellos. Si ese político no es lo suficientemente leal a estos movimientos, puede terminar siendo rechazado por ellos, pero si les hace caso, puede perder el “voto seguro” de las clases medias acomodadas.
  4. Las instituciones de representación política bajo el capitalismo a menudo comportan pequeñas ventajas y privilegios respecto al común de los mortales que pueden ser muy tentadoras, incluso aunque no sean tan espectaculares como las de los altos cargos gubernamentales: condiciones laborales y remuneraciones decentes para personas que no las obtendrían de otra manera, oportunidades para viajar o disfrutar de pequeñas prebendas… Evidentemente, salvo en casos de retribuciones extraordinarias, no necesariamente implica que el político en cuestión vaya a “venderse”, pero hay que admitir que esas condiciones son todo un imán para personas con intereses personales y egoístas y facilitan el acomodarse, tomarse la política profesional como un trabajo de oficina bien pagado y vivir los cambios sociales como si no corrieran ninguna prisa.

Viendo todo ello a la vez, se entiende por qué decimos que la democracia capitalista premia sistemáticamente a los políticos más conformistas. No es cosa de España, ni una conspiración, es, como hemos expuesto, una cuestión de la propia dinámica del sistema.

  • Nuestras vidas y derechos fundamentales se llevan a debate

Con este punto terminamos de explicar por qué la democracia capitalista no es solo insuficiente, es que incluso sus instituciones democráticas son una trampa que sobredimensiona y afina el poder de los empresarios.

En un contexto en el que la libertad de empresa es la regla principal del juego, en el que la mayoría de la clase obrera encuentra todas las trabas del mundo y en el que gran parte de ella ni siquiera encuentra motivos suficientes para participar porque siente que va a ser decepcionada o engañada, en ese contexto, además nuestras condiciones de vida son llevadas continuamente a debate parlamentario.

Votantes ricos que tienen mucho más de lo que necesitan (incluso a veces mucho más de lo que podrían gastar en varias vidas), que chantajean a los gobiernos que se atreven a ir un poco más lejos; votantes acomodados que han tenido todas las facilidades para vivir pasablemente y para los que lo que le pase a quienes estamos por debajo no les importa en nada. Estos son los que siempre votan, y sus representantes políticos son los que se permiten debatir si podemos permitirnos vivir con menos de 900 € al mes, si tenemos derecho a tener una vivienda, estudios, electricidad y en qué condiciones podemos quejarnos.

Y no solo se permiten decidir sobre nuestras vidas, sino que además no serían nada sin nuestro trabajo. ¿Queremos tener infraestructuras, bienes de consumo, medios de transporte y demás cosas que nosotras y nosotros fabricamos, arreglamos, distribuimos y cuidamos? Para eso no hace ninguna falta que nuestro trabajo sea ligeramente más barato que el de un trabajador a la otra punta del mundo.

Nos chantajean, nos obligan a tragar con sus leyes y amenazan con llevarse fábricas a otros países si no las aceptamos porque allí obtendrían una rentabilidad ligeramente mayor. ¿A nosotras y nosotros qué nos importa si la empresa gana un 0.1% más que otra, si nos vamos a la calle?

No les necesitamos. Si las y los obreros nos organizamos, no nos hará ninguna falta ir a sus falsas instituciones democráticas a exigirles que nos cedan temporalmente una mejora que sabemos que nos quitarán a la mínima oportunidad. Las trabajadoras y trabajadores sacamos adelante esta sociedad, y nos bastamos y sobramos para construir la nuestra.

Para eso necesitamos compromiso, necesitamos nuestra propia herramienta política, un Partido Comunista que solo responda ante la clase obrera, que sirva para sacar todo el potencial de nuestra clase y enfrentarlo a la empresa, la banca y su falsa democracia, para darle la vuelta a la sociedad y construir una sociedad de la clase trabajadora y para la clase trabajadora, el Socialismo.