Blindar a la oligarquía financiera, menospreciar a la clase trabajadora

COMUNICADO ANTE EL NUEVO ESTADO DE ALARMA


La primera y la segunda ola

La segunda ola de esta pandemia está golpeando con fuerza la mayoría de países de Europa y América. Ante el aumento del número de contagios los gobiernos de los diferentes Estados están tomando una gran cantidad de medidas restrictivas y sanitarias. Sin embargo, todas las medidas tienen en común un objetivo: no se puede parar el “núcleo duro” de la economía capitalista, donde están los intereses y se generan grandes beneficios para la burguesía monopolista.

Si bien en la primera ola la mayoría de países más afectados optaba por un confinamiento de la población, la premisa de la que se partía era que la economía y la producción debían sacrificarse lo mínimo posible. De esta manera, casi la única excepción para salir de casa era ir a trabajar (y la otra gran excepción ir a comprar comida para no morir de hambre). Y es que dentro de las lógicas del imperialismo lo importante es no parar de producir, principalmente bienes de consumo que en su mayoría ni siquiera son esenciales, para mantener una economía que tiende constantemente a la sobreproducción. Nos obligaban a ir a trabajar con el riesgo de contagiarnos, por un salario irrisorio, para ir a… ¿vender televisores? ¿repartir libros o videojuegos? ¿fabricar coches y más coches?

Incluso en España, en los momentos más restrictivos, sólo se mantuvieron en marcha trabajos considerados “esenciales”, en los que se incluían un gran listado de empresas y actividades de dudosa “esencialidad” (por ejemplo, todo lo relacionado con el distribución de productos por internet, o la adscripción de muchas empresas subsidiarias, pero no esenciales, dentro de la cadena de la alimentación y la sanidad para mantener su actividad), más allá del enriquecimiento de unos cuantos empresarios e inversores.

Al fin y al cabo, los gobiernos de los Estados capitalistas, ya sean más progresistas, liberales o conservadores, representan a la oligarquía financiera y sus intereses, esto es, al gran capital, a la gran industria y la gran producción. Si bien, dentro del marco burgués existen dos formas de enfrentar el problema, que si están más ligadas a las tendencias ideológicas de cada gobierno.

En este sentido, los gobiernos ligados a derecha, a las recetas neoliberales, que actúan por los intereses de la burguesía sin tapujos, sin esconderse (entre otras cosas porque tienen menos base y voto obrero), están dispuestos a “salvar toda la economía”, a la burguesía en general, tanto a su núcleo duro como a las diferentes burguesías de otros sectores económicos como el hostelero, la restauración, el ocio, etc. Bajo la bandera de la libertad, abogan por minimizar las restricciones y el “sálvese quien pueda”, ya que su base más fiel y su propia realidad es la de vivir en grandes casas apartadas de las grandes ciudades o en los barrios más tranquilos y anchos, la de permitirse una sanidad privada, la de no necesitar el transporte público, la de permitirse un ocio en yates y zonas VIP, etc. Además, dichos gobiernos, del que podría ser un ejemplo el de la presidenta Díaz Ayuso en Madrid, no tienen ningún problema en aplicar medidas tan inútiles como discriminatorias como el cierre perimetral de los barrios obreros de Madrid.

Por otro lado, los gobiernos ligados a la izquierda y socialdemocracia, que tienen una base obrera y de capas medias más humildes, tienen la contradicción de ser un elemento de estabilidad de los grandes negocios de la oligarquía, pero tratando de vender una cierta preocupación por la mayoría trabajadora y darles una mínima seguridad o cobertura y, por lo tanto, tomar mayores medidas restrictivas.

En el caso de España, nos encontramos con “el gobierno más social de la historia” de nuestro país. Algunas de las medidas aplicadas, ya sea directamente o a través de los gobiernos autonómicos (a los cuales ha cedido “el poder” de tomar las decisiones para no sufrir más daño electoral ante las medidas potencialmente impopulares), van relacionadas con limitar y restringir el ocio nocturno, la restauración y hostelería, que han afectado gravemente a este sector económico. Por tanto, éste es uno de los sectores que el gobierno ha decidido sacrificar a cambio de una sensación de mayor preocupación y seguridad a la población en general.

Sin embargo, vemos como los sectores relacionados con la gran producción, la distribución y las grandes empresas ligadas a los intereses de la oligarquía financiera no se tocan. Es más, estos sectores se salvaguardan a toda costa y quedan fuera del debate, esos “servicios esenciales” no se tocan, aunque de ellos se deriven las mismas situaciones de riesgo para la salud que los ligados al ocio nocturno o la hostelería, por ejemplo.

Así, vemos cómo el Gobierno opta por la opción llamativa de restringir el ocio de la población en lugar de asegurar que las medidas que establecieron durante la primera ola para evitar contagios en los centros de trabajo se cumplan. De la misma forma en que ya denunciamos durante la cuarentena[1], los recursos destinados a la inspección de trabajo no han aumentado, cosa que refleja la nula voluntad política real de que las empresas tengan que adaptarse y asegurar un entorno laboral seguro para la clase trabajadora. Esto sólo es un pequeño ejemplo de cómo se busca aparentar una preocupación por el conjunto de la población mientras que el interés reside en la continuidad del capitalismo.

El nuevo Estado de alarma y los ámbitos de contagio

En el nuevo Estado de alarma, que se calcula que puede tener una duración de los próximos 6 meses, se aplican o ponen encima de la mesa nuevas restricciones para la población en general, toques de queda, restricción de máximo 6 personas no convivientes, etc. Estas medidas no son más que la extensión de las medidas ya tomadas en los anteriores meses con el objetivo ya mencionado: no parar la actividad “esencial”, la que enriquece a los grandes burgueses, para que nos entendamos.

Entonces, ¿las medidas que se aplican no son efectivas contra la expansión del virus? ¿Acaso los expertos que asesoran a los gobiernos no son buenos científicos? La respuesta a estas cuestiones no es tanto por lo acertado o no de las medidas y la profesionalidad de los asesores, sino del enfoque, del punto de partida del Estado burgués para gestionar estos problemas, y del propio funcionamiento de un Estado bajo el modo capitalista de producción.

Profundicemos esto. ¿En qué ámbitos una persona se relaciona con un gran número de personas no convivientes? Principalmente hay tres ámbitos en los que se puede dar esto: en el ámbito laboral, en el ámbito de consumo y en el ámbito social. Estos tres ámbitos están relacionados con la producción capitalista.

En primer lugar, el ámbito laboral está visiblemente ligado a la producción de bienes y servicios. Esta ámbito es mucho más amplio de lo que se suele interpretar, puesto que no sólo implica estar en el taller, en la oficina, la fábrica, el centro de estudio o una casa ajena durante el lugar de trabajo, sino que implica el transporte hacia el lugar de trabajo, el tener un espacio para comer o ir a un establecimiento para comprar comida[2], etc. Puede que las medidas de seguridad se puedan cumplir en aquellas grandes empresas con una representación de los trabajadores exigente y con unos recursos elevados, pero en estas actividades derivadas la seguridad empeora. Además, dentro de este ámbito podríamos incluir el de las actividades académicas o formativas, las cuales tienen las mismas derivaciones que en el ámbito de trabajo.

En segundo lugar, el ámbito de consumo es en el que se da salida a esa producción y servicios. Es decir, el circuito de consumo está ligado al circuito de producción. Y es que el consumo es necesario e insustituible (de comida, de ropa, de medicamentos, de materiales de construcción, etc.); sin embargo, el desarrollo del capitalismo tiende a generar circuitos de consumo masificados (grandes centros comerciales, grandes supermercados…) en los que por mucho que se apliquen medidas sanitarias las posibilidades de contagio se disparan. Además, no hay que dejar de lado que éste ámbito no deja de ser un ámbito laboral para las personas que trabajan principalmente en la restauración y el comercio.

En tercer lugar, el ámbito social que, aunque no lo parezca, también está relacionado con la producción capitalista. Y es que no existiría producción capitalista a largo plazo si no se reproduce la fuerza de trabajo. Es decir, si no se mantienen las capacidades físicas y psicológicas necesarias para que la clase obrera vaya a trabajar todos los días que sea necesario. Dentro de esta reproducción de la fuerza de trabajo no sólo tenemos los trabajos de cuidados y atención de la mano de obra (nueva, actual o vieja), sino que también se encuentra la propia salud mental y bienestar de la clase obrera actual. Las relaciones sociales y lo que denominamos ocio, si bien está planificado por el propio capitalismo para alienarnos y convertirlo en fructíferos circuitos de consumo, es lo que nos hace aguantar esta vida, lo que nos permite ir tirando. Y cualquiera que viviera los meses de confinamiento (y a pesar de la existencia de redes sociales digitales) entenderá de lo que estamos hablando[3].

Y es que hay una lógica muy tramposa detrás de las estadísticas de contagios. Se achacan la mayoría de contagios al ámbito social o familiar, cuando, en primer lugar, se identifica como ámbito social a múltiples actividades relacionadas con las actividades laborales (transporte, comida durante el horario laboral) o de consumo; y en segundo lugar, lo que hay que dejar claro es que el ámbito familiar no es ni puede ser por sí mismo un foco de contagios si no existieran el resto, es decir, el ámbito familiar a lo sumo puede expandir el contagio a los familiares de una persona que se ha contagiado en el resto de ámbitos. Y es precisamente el no poder tocar la economía capitalista lo que empuja a los expertos a usar estadísticas que compartimentan la vida en pequeños ámbitos tratados de manera independiente.

En este sentido, el problema no es limitar el ocio y ya está, el problema es que el sistema capitalista lleva a intensificar o mantener la producción y proteger los intereses de la oligarquía financiera a la vez que restringe principalmente una de las vías de la reproducción de la fuerza de trabajo. Lo que en la práctica significa que se incrementa la explotación de la mayoría de la población trabajadora, que ve reducida sus reuniones familiares y vida social, pero a la que se le exige ir a trabajar con la misma disciplina.

El ataque a los derechos democráticos

A parte de las restricciones en nuestra reproducción de fuerza de trabajo, la población en general lleva viviendo un buen tiempo restricciones que parecen ilógicas e inútiles contra la expansión del virus. Con el toque de queda descartado ir a pasear el perro por la noche o ir a fumar a la calle, cosa que de día parece ser inocuo. Y es que no pasa desapercibido que el toque de queda está relacionado atajar con la masividad que trae consigo el ocio nocturno y los famosos botellones. Lo que llama la atención es que sea necesario un Estado de alarma para prohibir los botellones, que en nuestro país ya de por sí son ilegales.

Sin embargo, una cuestión más importante y que no debe pasar desapercibida es la regulación que se quiere introducir en lo relativo a las manifestaciones y movilizaciones. Es decir, se autorizarán aquellas movilizaciones en las que se pueda garantizar las medidas de seguridad, o dicho de otra manera, se respetarán de forma simbólica aquellas movilizaciones de días señalados, y en las que se pacte con los convocantes (principalmente las grandes organizaciones sociales y sindicales) una suerte de medidas que seguramente despojen de toda combatividad y espontaneidad a las convocatorias, pero que son imprescindibles para guardar la buena imagen “del gobierno más progresista de la historia”. De esta forma, quedan en la cuerda floja las movilizaciones como resultado de la conflictividad laboral y la solidaridad de clase resultado de estas movilizaciones[4]. Esto se hace además en un contexto en el que puede aumentar la conflictividad social en todos los ámbitos (laboral, estudiantil, feminista, barrial) por las consecuencias de la pandemia y su gestión para la clase trabajadora.

Al final, la conclusión a la que nos lleva esto es que “tu derecho de protestar y manifestarse está por detrás de ir a un curro de mierda para hacer rico a otro”.

Spain is different

Todos hemos escuchado el mantra de que España es diferente, de que nos gusta abrazarnos y tocarnos más y que salimos más de fiesta que nuestros vecinos europeos del centro y del norte de Europa. No vamos aquí a desmentir ni confirmar este hecho, que puede ser más o menos relevante a la hora de explicar por qué nuestro país ha protagonizado tanto en la primera como en la segunda ola unos datos tan elevados de contagios con respecto a otros países del entorno.

Sin embargo, sí que hay unos condicionantes que parece que la burguesía, sus representantes políticos y principales medios de difusión y comunicación parecen obviar y olvidar. Y estos tienen relación con la realidad económica de España. En primer lugar, el peso que tiene el sector servicios en nuestro país es patente. En este sector abundan los trabajos de cara al público, que por definición, tienen más riesgos de contagio, se trata de sectores masificados (hostelería, comercio, restauración), y las condiciones laborales suelen ser de peor calidad y más precarias, debido a la atomización de las empresas, la falta de representación y tradición sindical, etc. Por otro lado, el porcentaje de actividades dentro de la economía sumergida en España es una de las más elevadas de la zona[5]. En estos sectores las medidas de protección sanitaria no se aplican o son insuficientes (temporeros en Almería o Lleida, albañiles, camareros, talleres de calzado, cuidadoras y limpiadoras, etc.). Siguiendo, como potencia de segundo orden, España tiene una cantidad de Pymes y empresas subsidiarias de las cadena de producción monopolista mucho mayor a países como Francia, Alemania, Bélgica o Reino Unido[6], lo que también repercute en la calidad del trabajo y las condiciones de seguridad que se pueden implementar. Este hecho demuestra que en las zonas de Europa donde se dan mayores índices de pobreza, trabajo sumergido y precario, los índices de contagio son similares a los de las zonas más castigadas de España.

Y es que el virus afecta especialmente a los barrios obreros y pueblos con una composición obrera elevada, porque son los que más cogen el transporte público, los que tienen más hacinamiento en sus casas, los que van a trabajar en peores condiciones (los que no se pueden permitir el teletrabajo), los que tienen mayor porcentaje de inmigración que no domina el idioma, los que tienen una mayor saturación en la atención sanitaria pública, etc. Y precisamente este hecho de ver de una forma ciega las estadísticas, como hemos comentado anteriormente, lleva a tomar medidas más drásticas sobre estos barrios y pueblos, limitando su “ámbito social”, pero no tomando medidas o tomándolas de forma insuficiente para reforzar el transporte público, la atención primaria, la higiene en la vivienda; y ya ni siquiera hablamos de limitar la obligación de tener que seguir yendo a trabajar. Es lo que le pasó al gobierno de Ayuso con su forma más descarada y frontal, pero se va a tender a aplicar por otros gobiernos a partir del uso de mecanismos de confinamiento vinculados al nivel de alarma por distritos.

¿Existe una alternativa?

Bajo el panorama actual, con un movimiento obrero a la defensiva, con las grandes centrales sindicales arrimando el hombro al gobierno ante la crisis sanitaria, y sobre todo, con una clase obrera sin independencia política, sin una agenda propia y si capacidad de poner sobre la mesa unas reivindicaciones propias con fuerza, es difícil imaginar una alternativa. Como ya contábamos durante en nuestro diario de la lucha de clases en la cuarentena[7], el capitalismo sólo le dejaba dos salidas a la clase obrera: o era obligada a seguir trabajando por un salario mísero con el riesgo de contagiarse (a sí misma y sus convivientes); o perdía su trabajo, y si tenía “suerte” era acogida con ERTEs que, si no que se cobraban tarde, ya en sí mismos implicaban una pérdida importante del poder adquisitivo.

No nos estamos refiriendo solo a una obviedad: que una economía socialista, donde la prioridad no es la máxima rentabilidad de los monopolios y donde el poder está en manos de la clase obrera, podría afrontar la emergencia sanitaria de manera equilibrada.

Ahora mismo, la clase obrera ni siquiera cuenta con independencia política suficiente para plantear una contraofensiva a gran escala que alivie mínimamente el incremento de la explotación que ha introducido el Estado para proteger a los grandes capitalistas: ni obligar a las empresas a reducir la carga de trabajo y repartirla sin disminuir el poder adquisitivo, ni obligar a las sociedades empresariales y financieras a pagar un extra para mantener ciertas prestaciones sociales, ni reorganizar la distribución y consumo de bienes y servicios para no restringir con brocha gorda el tiempo libre de la población, ni limitar significativamente los gastos cotidianos vinculados a la vivienda o el transporte.

Estas y otras medidas rondan las conversaciones cotidianas de la clase trabajadora, pero tienen enfrente a unos grandes capitalistas que ya están a la ofensiva desde hace décadas, y un capitalismo estancado que no puede permitirse ni las más mínimas migajas. Lograr nuevas conquistas, es decir, arrancar nuevas reformas, es una tarea cada vez más complicada, que requiere luchas cada vez más sostenidas y duras, que excluye cada vez más al reformismo y requiere cada vez más la presencia e iniciativa de revolucionarias y revolucionarios organizados cuya motivación sea que la lucha por esas reformas sea una escuela de lucha preparatoria de una revolución socialista.

En otras palabras, sin un Partido Comunista revolucionario y fuerte, las y los trabajadores no podemos ni defender nuestras condiciones de vida bajo el marco capitalista. Pero lo que permite calificar a un Partido Comunista como “revolucionario y fuerte” es precisamente su carácter de organizador de las personas más esforzadas, decididas, reflexivas y combativas de la clase obrera.

Por eso, es necesario que las y los comunistas nos esforcemos por luchar junto a las masas por sus derechos sociales y sus libertades democráticas, especialmente ahora que la ofensiva sobre ellas se ha redoblado. Debemos tratar de marcar la diferencia allá donde estemos, incorporando a una parte mayor de la población trabajadora a la lucha organizada por sus derechos y acercando a posiciones comunistas a quienes más decididamente participen en ella. Debemos aprender y sintetizar estas experiencias, con la ayuda de los análisis y conocimientos que heredamos de comunistas y revolucionarios que nos precedieron.

En definitiva, debemos hilar la lucha contra la ofensiva capitalista, intensificada y acelerada por la pandemia, con la construcción del Partido Comunista revolucionario que pueda poner fin al poder de los capitalistas y llevar al poder a la clase obrera, para construir un mundo donde la prioridad sea la población trabajadora y no los intereses de una minoría de parásitos.

[1]http://somosrevolucion.es/un-paquete-de-apoyo-a-las-empresas-el-gobierno-deja-atras-a-nuestra-clase/

[2] Varias estadísticas describien que el 60% de los españoles come fuera de casa https://www.20minutos.es/noticia/1721402/0/espanoles-comen/fuera-casa-trabajo/coste-medio/

[3] Y las estadísticas lo avalan https://www.elespanol.com/mujer/20200723/ansiedad-depresion-drama-mujeres-padecio-confinamiento/507450167_0.html y https://www.lavanguardia.com/ciencia/20200828/483137097961/ansiedad-depresion-confinamiento-covid.html

[4] Por ejemplo, se podrían respetar las movilizaciones de los trabajadores de Nissan en Barcelona o de la EMT en Valencia, pero ¿qué pasaría con aquellas personas y colectivos que se solidarizaran y acudieran a sus movilizaciones?

[5]https://www.lavanguardia.com/economia/20180120/44123379037/economia-sumergida-espana-media-europea.html

[6]https://cepymenews.es/la-economia-espanola-una-las-mas-dependientes-las-pymes-toda-europa/

[7] http://somosrevolucion.es/diario-de-lucha-de-clases-en-cuarentena/