Comunicado sobre las elecciones en Madrid

«¡Madrid se tiñe de azul!» rotulaba exultante el informativo de la televisión pública madrileña el 5 de mayo a la hora de comer. Mientras tanto, un compungido Pablo Iglesias anunciaba su salida de la vida política y Mónica García celebraba el empate con el PSOE que coloca a su fuerza política como líder de la oposición. 

Una vez más, al Partido Popular no le ha pasado factura su nefasta gestión de la crisis sanitaria, sus medidas clasistas para atajarla, sus chanchullos con la sanidad pública o presentar una candidata que no es capaz de presentarse a un debate electoral y cuya propuesta estrella para mejorar nuestras vidas es darnos la “libertad”  de tomarnos una cañita después del curro. Esto ya no sorprende a nadie, la burguesía no necesita buenos candidatos para ganar sus elecciones y avanzar en su proyecto neoliberal. No en vano, en el circo electoral ellos son dueños del balón, las porterías y el árbitro (y aún hay quien se empeña, de forma acrítica y mecánica, en seguir jugando el partido).

Ahora, los voceros de la socialdemocracia se tiran de los pelos buscando resolver la compleja ecuación que explique por qué, esta vez, ni siquiera el mantra de la participación electoral ha funcionado. Politólogos “progresistas” nos aburren con sesudísimos análisis acerca de la importancia del relato, la dimensión aspiracional y los afectos en política (son maestros en no decir nada usando muchas palabras).

Y es que después de pasarse toda la campaña electoral animando a votar como remedio (¡y vacuna!) contra el fascismo, el resultado no ha podido ser más desalentador: récord histórico en la participación electoral y un Partido Popular que ha doblado escaños recogiendo los votos de un extinto Ciudadanos, que cierra la persiana con los deberes cumplidos, y el ala más derechista de un PSOE que hace décadas que ni es socialista ni es obrero.

De todas formas, con un poco de perspectiva, podemos concluir que estos resultados no son un fenómeno excepcional en Madrid y se asemejan mucho a las elecciones anteriores al ciclo 15M. Con todo, queda claro que a la coalición PSOE-UP le ha pasado factura su descafeinada gestión de la pandemia y su descarada defensa de los intereses de la gran burguesía en perjuicio de la vida, la salud y los derechos y libertades de los trabajadores. Ante este escenario y jugando con las cartas marcadas, el equipo de Ayuso lo ha tenido fácil para atraer a buena parte de la pequeña burguesía madrileña y trabajadores dependientes de la industria hostelera.

Son muchos los motivos que explican la victoria de las derechas el 4 de mayo y no es nuestra intención abordarlos todos en este artículo. Nos centraremos principalmente en el agotamiento del proyecto socialdemócrata y en el papel que debemos jugar los comunistas en el futuro. 

Como decíamos, los resultados del 4M nos regalaban una celebración entusiasta de la socialdemocracia por el sorpasso al PSOE (nadie diría que han perdido las elecciones). El Síndrome de Estocolmo no puede ser más preocupante, pero al menos evidencia que el proyecto reformista, además de inviable, está agotado. Ya no es solo que no puedan ganar las elecciones, es que aunque las ganen no son capaces de llevar a cabo ningún cambio real en la vida de los trabajadores. Prueba de ello son los continuos fracasos e incumplimientos de promesas electorales por parte del “gobierno más progresista de la historia”

Un gobierno que ha sacrificado la salud de los trabajadores para seguir manteniendo los beneficios de los capitalistas. El binomio PSOE-UP ha sido una herramienta fiel y eficaz para proteger los intereses de la burguesía. Sobran los ejemplos para ilustrar esto: los sacrosantos ERTEs ya se empiezan a convertir en EREs; el Ingreso mínimo vital que no llega y es a todas luces insuficiente; la teórica “prohibición” de los desahucios que en los próximos meses dará paso a una marea imparable de desalojos; un 40% de paro juvenil y una reforma del sistema de pensiones cuyo objetivo es que trabajemos más y cobremos menos. La banca ya ha anunciado despidos masivos; el proceso de desmantelamiento de la industria continúa con paso decidido; la factura de la luz sube… Con la excusa del “mal menor”, algunos se olvidan que están apoyando explícitamente al mal. 

Podemos ver cómo la socialdemocracia ya no es capaz ni siquiera de garantizar unas condiciones de vida dignas a la aristocracia obrera, ni que decir tiene que no supondrá un contrapeso de poder relevante frente a la burguesía y mucho menos un dique de contención contra el fascismo. Ante este panorama, con unos partidos socialdemócratas que solo aspiran a ser la pata izquierda del régimen todavía hay dentro del movimiento comunista, destacamentos que siguen apoyando la vía muerta del reformismo. ¿Qué más pruebas necesitan para replantearse su estrategia?

Al grito de «la lucha en la calle y en las urnas» el revisionismo comunista lanza a sus militantes a la calle para empapelar Madrid con la cara de candidatos que abiertamente aceptan y refuerzan el sistema capitalista, su modo de producción y su modelo de sociedad; candidatos cuya mayor aspiración es pedir permiso educadamente a la patronal para repartir las migajas.

Se justifican en que actuar de otra manera sería “renunciar a combatir a la derecha”. Parece que no comprenden que el parlamentarismo no es, ni la única, ni la principal herramienta de lucha de nuestra clase. Ignoran deliberadamente a los miles de vecinos que se organizaron espontáneamente en todos los barrios de Madrid como respuesta a los mítines de VOX, obligando al estado a desplegar unidades de UIP por toda la capital como si fuera seguridad privada. Mientras esto ocurría, con cargas brutales, detenidos y torturas en comisaría, los activistas socialdemócratas llamaban a “no entrar en sus provocaciones”, buscaban desmovilizar a aquellos que tenían muy claro cómo se combate al fascismo. Luego se rasgan las vestiduras por el blanqueamiento y la normalización de la reacción.

¿Por qué ocurre esto? Pues simple y llanamente: porque el reformismo no se plantea seriamente acabar con el régimen de explotación capitalista si no es como una utopía inalcanzable que “inspira” su forma de actuar. Bajo esta premisa ya no solo aceptan el parlamentarismo como la única vía para “cambiar” las cosas sino que además ni siquiera conciben que pueda existir una alternativa revolucionaria. Claudican antes de empezar a luchar. Las citas electorales se suceden y las derrotas consecutivas son aburridas y previsibles y aún así no se les conoce (ni se les conocerá) la más leve autocrítica; no se replantearán su estrategia porque realmente no creen que pueda haber una estrategia diferente.

Por suerte sí la hay. Cada vez más comunistas honrados abandonan las organizaciones reformistas, tan quemados como asqueados, pero convencidos de que ese no es el camino. Nuestra tarea más inmediata consiste en superar las propuestas inoperantes de los “partidos” comunistas clásicos y construir una organización verdaderamente revolucionaria que sea capaz de dar una respuesta firme a la creciente fascistización del estado español; que sea capaz de organizar la lucha obrera en los centros de trabajo, en los centros de estudio y en los barrios. Alejar la palabrería “revolucionaria” y actuar de forma consecuente. Esto no se consigue por arte de magia, para ello es necesario descartar las teorías antimarxistas que han imperado hasta la fecha dentro del movimiento comunista; hay que impulsar la formación de los trabajadores organizados para evitar caer en el seguidismo acrítico que caracteriza a parte de la militancia comunista; hay que poner énfasis en el análisis interno, la crítica y la autocrítica; aprender de las masas en un trabajo sistemático y constante. Nadie dice que vaya a ser una tarea sencilla, pero si queremos cambiarlo todo no tenemos otra opción.

¡Construyamos la alternativa revolucionaria!

¡Reconstruyamos el Partido Comunista!