Cuarentena a la carta para la burguesía

Desde el pasado 14 de marzo nuestro país vive un estado de alarma destinado a asegurar el aislamiento y la cuarentena colectiva como forma de evitar la extensión del COVID-19. El objetivo de la medida está claro, evitar un contagio masivo que provoque un colapso en el sistema sanitario español. Un sistema sanitario que, siendo uno de los mejores del mundo, llega debilitado tras los intensos recortes sufridos durante la crisis y que ahora se hacen evidentes, por ejemplo, con el insuficiente número de camas en las UCIs.

Pues bien, la cuarentena nos ha encerrado a todos en casa, ha cerrado bares, restaurantes, centros culturales y todo espacio público que pudiera suponer un foco de contagio. El gobierno repite una y otra vez que es un sacrificio colectivo necesario y que solo han de salir a la calle aquellas personas que, con su trabajo, sean fundamentales para sacar al país de esta crisis sanitaria. Trabajadores de la sanidad, de los supermercados, de la limpieza, de la energía, de la investigación o de los transportes se exponen a la enfermedad a diario, con recursos de protección generalmente insuficientes, para que la sociedad pueda cumplir las funciones básicas que le permitan seguir adelante y superar esta situación.

Sin embargo, todo este sacrificio colectivo pierde fuerza y eficacia cuando vemos fábricas y cadenas de montaje llenas. Los sindicatos denunciaban el pasado día 22 de marzo que el 95% de las empresas industriales y de la construcción seguían activas. Si bien las grandes fábricas de automoción se han acogido a los ERTE facilitados por el gobierno, sufragados con dinero público pese a tratarse de empresas con beneficios multimillonarios, buena parte de las grandes empresas del sector secundario y la práctica totalidad de las PYME siguen activas.

En centros de trabajo como las fábricas, los trabajadores contemplan con escepticismo como se les obliga a ir a trabajar mientras toda actividad está vetada en el resto de aspectos de su vida. Las empresas, por su parte, no están dispuestas a asumir los costes que supondría paralizar la producción manteniendo los salarios, aún a riesgo de la salud de sus propios trabajadores. Y el ERTE no es, en la mayoría de casos una opción, ya que el decreto del gobierno considera dentro de los sectores clave aquellos que no trabajan de cara al público. De nuevo el sistema descarga las consecuencias de la crisis en los trabajadores, que solo pueden elegir entre lo malo y lo peor, entre ERTEs o trabajar expuestos al contagio.

Vemos así como, en un momento de parálisis de la sociedad, la producción de acero por parte de AcelorMittal, de palas de aeogeneradores por parte de Vestas, de material ferroviario por parte de Stadler, de productos petroquímicos por parte de Indorama o de  chasis por parte de las PYME externas dependientes de Renault, por poner algunos ejemplos de los miles existentes, son irrenunciables para nuestro gobierno, así como sus beneficios son irrenunciables para los dueños de las empresas. Tanto es así que empresas como Airbus, que ya ha reconocido al menos 138 trabajadores contagiados, mantiene su producción en marcha. De nuevo eso de hacer sacrificios en momentos de crisis es patrimonio exclusivo de los trabajadores.

Esta situación se hace más incomprensible aún cuando la comparamos con otros países de nuestro entorno. El pasado día 22 de marzo Italia, el país más castigado por el virus y nuestra referencia más cercana, interrumpía todas las actividades productivas no esenciales aumentando el rango de su cuarentena. Pese a esto, los sindicatos italianos han criticado la excesiva amplitud de su gobierno a la hora de considerar esenciales ciertas actividades y amenazan con una huelga general para defender la salud de los trabajadores.

Es posible que en España parte de estas empresas que mantienen innecesariamente su producción acaben cerrando debido a la presión de los trabajadores. Sin embargo, esto no será fruto de una política ordenada de contención del virus que planifique, coordine y armonice una respuesta colectiva para superar esta crisis en las mejores condiciones, sino una medida arrancada a regañadientes a la patronal y al Estado.

Es evidente que para salir de esta crisis muchos debemos seguir trabajando. Sin embargo, se hace más evidente que nunca que la forma más eficaz y segura sería reconvertir toda la producción posible en recursos que nos ayudaran precisamente a vencer al virus en las mejores condiciones. En, por ejemplo, productos que blindaran la seguridad de agricultores, trabajadores de la industria agroalimentaria, sanitarios, investigadores, trabajadores de supermercado o transportistas. En definitiva, una sociedad capaz de controlar su propia economía y ponerla al servicio del colectivo. Una sociedad que permitiera que los imprescindibles trabajaran en las condiciones más seguras, con el mínimo riesgo, mientras el resto permanece en casa. Y también es evidente que la lógica del beneficio individual y el sálvese quien pueda está a años luz de acercarnos a la sociedad que necesitamos.

Por eso más que nunca: socialismo o barbarie.