Declaración 8 de marzo 2016: reivindicar un feminismo de clase y marxista

En un momento como el actual, en el cual la lucha feminista se empieza a extender por nuestro país, en el que la movilización del 7N fue la última gran movilización capaz de reunir a miles de personas , en el que el feminismo está logrando cuestionar los privilegios machistas aún anquilosados en amplios sectores de la sociedad y en la propia izquierda, nos parece más que oportuno reivindicar un feminismo de clase y marxista.

Y esto no es porque hagamos una traslación mecánica de nuestros principios al campo del feminismo que culmine en un “ no hay nada nuevo que decir o que hacer, no hay nada que cuestionar” sino porque consideramos necesario desarrollar un feminismo que se erija sobre en unas bases científicas, materialistas y dialécticas; un feminismo dotado de un método de análisis eficaz que nos permita delimitar la esencia del patriarcado, su interrelación con el sistema económico capitalista y definir los objetivos principales en la lucha contra él.

En este sentido, cabe establecer qué es y cómo se configura el patriarcado en la época imperialista, situando los distintos elementos que lo componen; y situar estos elementos no significa sólo definirlos, sino ordenarlos, , haciendo explícitas las relaciones que existen entre ellos; relaciones que no pueden expresarse sólo como “interrelaciones, sino que debemos señalar qué depende de qué, cómo y por qué se dan las mutuas influencias, qué es esencial y qué accesorio, etc.

Una definición básica y general de patriarcado sería la de orden social basado en la discriminación de género y la supremacía del hombre hacia la mujer. Esta dominación se extiende, en mayor o menor medida, a los distintos ámbitos y manifestaciones de la vida y actividad del ser humano (económico, sexual, cultural, etc.). Si como marxistas entendemos que sin materia no hay idea, una primera tarea ineludible es la de determinar las base material del patriarcado donde se asienta la dominación machista y la discriminación de género.

Ésta la encontramos en primer término en el ámbito de la producción y reproducción social. Históricamente el patriarcado se ha caracterizado por la atribución a la mujer del trabajo doméstico y en consecuencia al ámbito del hogar restringiendo su participación en la vida pública. En el capitalismo actual el trabajo doméstico y de cuidados sigue recayendo principalmente sobre nosotras (más del 70% de las tareas del hogar son ejecutadas por las mujeres, un 90% de las personas que tienen a un/a dependiente a su cargo son mujeres, etc.) y éste le es funcional a la clase capitalista que se beneficia de nuestro trabajo doméstico y de cuidados en tanto que, estando éste invisibilizado y no remunerado directamente, le permite ahorrar los costes de reposición y cuidados de la mano de obra. Por otra parte, las mujeres trabajadoras no sólo sufrimos como el resto de nuestra clase la explotación laboral, la extracción de la plusvalía de nuestro trabajo, sino que además nuestra situación es todavía más precaria debido al desigual acceso al mercado de trabajo y por ende a las diferencias salariales entre hombres y mujeres. . Así, más allá de que un hipotético capitalismo fuese posible sin patriarcado, lo cierto es que el capitalismo tal y como lo conocemos y tal y como es de facto a día de hoy necesita esta doble explotación para su funcionamiento. El patriarcado, preexistente al capitalismo, entra en simbiosis con éste y es uno de sus constituyentes esenciales. Por ende, luchar contra el patriarcado es de alguna forma luchar contra el capitalismo y éste es uno de los motivos por el que consideramos que sin la ruptura con el capitalismo no es posible vencer al patriarcado.

En segundo lugar, cabe hablar de la dominación sexual como componente esencial del patriarcado. Ésta a día de hoy es necesaria para la recién aludida doble explotación, pues el trabajo de reposición y cuidados se da básicamente en la institución familiar, basada en relaciones de monogamia que necesitan tanto el control sexual hacia la mujer como garante de la paternidad de los hijos, como la no-liberación completa y real de la mujer y nuestros cuerpos, dada la imposición del trabajo en el hogar. Cabe hablar en este punto sobre la cosificación de la mujer, donde nuestros cuerpos se han convertido en un producto más que vender. La liberación sexual de la mujer se convierte en falsa liberación cuando nuestra sexualidad y nuestro cuerpo no son concebidos como propios sino como disponibles para satisfacer las necesidades y deseos de los hombres, y la no disponibilidad (sea porque no nos ajustamos a cánones establecidos, sea por rechazo explícito) es censurada. Es por esto que consideramos que la ruptura con el capitalismo es condición necesaria pero no suficiente para acabar con la dominación masculina.

Y es que la ideología del patriarcado es el machismo. Un machismo que encontramos a veces denunciado como tal, a veces invisibilizado a la hora de categorizar ciertas actitudes y comportamientos sexuales y afectivos, y en los estereotipos de género atribuyéndonos a las mujeres características que son funcionales para el mantenimiento de este orden social y económico como mayor emocionalidad y sensibilidad, capacidad de organización, etc.. No obstante, la opresión hacia las mujeres no se realiza sólo a través de estereotipos, valores y creencias, sino que los casos de violencia física y sexual directa son a día de hoy una de las cuestiones que nos afectan en mayor medida; sólo por ser mujeres tenemos un 100% más de posibilidades de ser violadas en algún momento de nuestras vidas que los hombres.

Podemos afirmar, pues, que la dominación masculina sobre la mujer no se da en un solo ámbito sino en múltiples y que existe una interrelación entre ellos, y que las relaciones sociales establecidas fruto de esta dominación son los distintos componentes que constituyen el sistema patriarcal. Así, distinguirlos nos es útil en tanto que nos sirve para delimitar formas de lucha diferenciadas hacia ellos; de esta forma, podemos decir que sería incorrecto plantear una lucha contra la violencia machista que se redujese al ámbito económico, al igual que seria erróneo afirmar que atacando al machismo y los estereotipos de género se puede acabar con la doble explotación.

Al mismo tiempo delimitar estos componentes nos sirve para poder ordenarlos, jerarquizarlos y entender qué feminismo es más efectivo para conseguir la completa liberación de la mujer y la igualdad social plena entre hombres y mujeres. Y es aquí cuando defendemos la necesidad de desarrollar un feminismo de clase de corte marxista. Pues, si admitimos que el capitalismo se sirve del patriarcado para configurar su sistema de dominación, si admitimos que el patriarcado y el imperialismo están imbricados, y que el machismo, los estereotipos y demás valores culturales son fruto de esto, una lucha consecuente contra el patriarcado conlleva una lucha decidida contra el capitalismo y por el socialismo como único sistema capaz de acabar con la explotación del ser humano por el ser humano. Mientras exista el capitalismo y la consecuente doble explotación de la mujer, no podrá haber una liberación plena en tanto que no se darán las condiciones materiales para ello. Por tanto, un feminismo que no albergue un proyecto político que cree las condiciones necesarias para el fin de la opresión de la mujer, será un feminismo limitado e impotente para levantarse vigoroso ante la acometida conjunta de patriarcado y capital.

Somos conscientes de que la lucha y consecución del socialismo no trae aparejada de por sí la supresión de la discriminación de género; es por ello que defendemos la necesidad de una lucha ideológica y de concienciación contra los elementos culturales que el patriarcado genera, y que esta lucha no debemos entenderla como subsumida a la lucha por el socialismo sino pareja; pues es en el proceso de transformación de la sociedad donde podemos crear una cultura y un marco de relaciones basadas en la igualdad y en la soberanía de nuestra sexualidad, nuestras vidas y nuestros cuerpos. En definitiva, solo con el fin de las clases y los géneros, con el fin de la división social y sexual del trabajo podrá darse como finiquitada la dominación masculina.

No obstante, en el aquí y el ahora defendemos la lucha por las reformas. La consecución del sufragio universal, las leyes contra la violencia de género, la organización de las trabajadoras en los sindicatos junto a sus compañeros varones, las cuotas en las listas electorales, la primavera de organizaciones y movimientos feministas que defienden la igualdad y se oponen valientemente al machismo y la misoginia han supuesto sin duda avances para nuestra situación como mujeres pero también han mostrado sus limitaciones fruto de la ausencia de un proyecto de transformación profundo de la sociedad, de nuestra organización en destacamentos que orienten las luchas en la superación revolucionaria del capitalismo, la superación del sistema patriarcal y la consecución del socialismo y el comunismo . Las comunistas luchamos por las reformas, por mejoras en las condiciones de vida de las mujeres pero consideramos que estas reformas solo serán útiles si sirven para avanzar en la lucha por nuestra emancipación de la alianza criminal que componen el capitalismo y el patriarcado.