[Documentos I Congreso] Patriarcado

Hoy es el turno del documento sobre Patriarcado. Debemos combatir el patriarcado y el capitalismo, que sin ser lo mismo se retroalimentan. Trabajemos para alcanzar el socialismo que nos permita la abolición de las clases sociales y los géneros impuestos, al tiempo que acabamos con la explotación y la opresión para poder alcanzar una sociedad realmente igualitaria. Por otro lado, aunque combatamos y denunciemos la opresión a la mujer en su conjunto, haremos especial hincapié en la doble opresión que sufrimos las mujeres de clase trabajadora. Debemos, necesariamente, combatir ambos sistemas de forma simultánea. Sin feminismo, no hay comunismo.

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Patriarcado

1. ORIGEN DEL PATRIARCADO

El término “patriarcado”, tal y como hoy lo conocemos, nace en el ámbito de la antropología en el siglo XIX. Esta ciencia lo define como la organización social en la que la autoridad la ejerce el varón, jefe y dueño del patrimonio familiar, del que forman parte esposa, hijos, bienes y esclavos. Como vemos, el concepto nace haciendo referencia a sociedades de la Antigüedad, pero pronto se utiliza para explicar un modelo que se extiende hasta la actualidad, ya que de una u otra manera este poder masculino se ha mantenido a lo largo de la historia impidiendo el pleno desarrollo de la mujer como sujeto independiente en todos los ámbitos. Así, la opresión no se reduce al ámbito familiar, sino que, con el desarrollo del estado, ésta se convierte en un factor que estructura la sociedad.

Pero no siempre existió esta opresión. De acuerdo al análisis que hace Engels de los estudios antropológicos de L. H. Morgan, en la época prehistórica del comunismo primitivo existía igualdad en la posición social de ambos sexos. Entonces los bienes pertenecían a la comunidad, y se limitaban a poco más que el espacio de habitación, la vestimenta, los adornos y los utensilios necesarios para la obtención y preparación de alimentos. Existía una división de las tareas, mayoritariamente, ellos se dedicaban a la caza y ellas a la recolección, mientras que el cuidado de los niños en la edad más temprana recaía especialmente en las mujeres. Sin embargo, como hemos señalado, esto no se traducía en una sujeción de la mujer al hombre, prueba de ello es que las relaciones se organizasen en grupos, practicándose de la poliginia y la poliandria, de modo que cada mujer se relacionaba igualmente con todos los hombres y cada hombre a todas las mujeres.

La domesticación del ganado y el descubrimiento de la agricultura supusieron la aparición por primera vez de excedentes. En el nuevo sistema económico se precisaba de la división del trabajo, donde encontramos por un lado el productor, que van a ser los que se van encargar de las tareas relacionadas con el ganado y la agricultura, mientras por otro lado las mujeres como reproductoras van a ser relegadas a un ámbito más doméstico, donde van apareciendo asimismo la división de sexos, que va a ser lo que conlleve a la aparición de roles de género. Los excedentes en principio eran propiedad de la comunidad (como siempre había sido) y se transferían por vía matrilineal: en los matrimonios en grupos sólo se sabe quién es la madre, por lo que la gens (asociación social y económica cuyos miembros están vinculados por razones de sangre) se constituye en línea femenina. No obstante, esta revolución neolítica pronto modificó las relaciones sociales; el ganado, principal riqueza de la comunidad, empieza a multiplicarse más rápido que la propia gens, ya que sólo necesitaba la vigilancia y los cuidados más básicos para reproducirse en proporciones cada vez mayores. Además, unas gens compiten con otras por la apropiación de esta riqueza, y aparece la guerra y con ella los primeros prisioneros, convertidos en esclavos. El hombre-cazador se convierte en hombre-pastor, dueño de manadas de caballos, camellos, asnos, bueyes, carneros, cabras y cerdos. La propiedad comunal se diluye a su favor y, como consecuencia la matrilinealidad se sustituye por la monogamia-patriarcal [1] , un modelo de familia en el que la paternidad de los hijos-herederos sea indiscutible. La coletilla “patriarcal” no es gratuita, ya que el tipo de monogamia que aparece lo es sólo para la mujer, cuyo adulterio estará siempre perseguido, mientras que los hombres podrán recurrir a la prostitución más o menos sin problemas. Sobre este cambio social, Engels manifiesta lo siguiente:

El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo (…) la mujer se vio degradada a servidora y simple instrumento de reproducción [2].

El matrimonio monogámico entra en escena bajo la forma del esclavizamiento de un sexo por el otro, como la proclamación de un conflicto entre sexos desconocido hasta entonces [3].

Como hemos visto, la aparición del patriarcado va asociada al cambio de las condiciones económicas en el contexto de descomposición del comunismo primitivo:

La primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de hijos. El primer antagonismo de clases de la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino. La monogamia fue un gran progreso histórico, pero al mismo tiempo inaugura, juntamente con la esclavitud y con las riquezas privadas, aquella época que dura hasta nuestros días y en la cual cada progreso es al mismo tiempo un regreso relativo y el bienestar y el desarrollo de unos verifícanse a expensas del dolor y de la represión de otros [4].

Si continuamos con el repaso histórico y la evolución del patriarcado, observando cómo se perpetúa este modelo nombrado anteriormente en las principales civilizaciones antiguas y en la época del feudalismo tras la caída del Imperio Romano, donde se observa el surgimiento de una clase protocapitalista que necesitaba acumular mano de obra. . No es casual, entonces, que con el inicio de la Edad Moderna apareciesen los primeros registros demográficos: la preocupación por el crecimiento de la población empezó a ser un asunto de Estado. Por esta razón, había que dar una nueva vuelta de tuerca al sometimiento de la mujer, excluyéndola del trabajo asalariado (no de trabajar, entiéndase la diferencia) para reforzar su rol reproductivo como engendradora de más y más fuerza de trabajo.

Silvia Federici habla de una nueva división internacional del trabajo en base a la etnia (en referencia al trabajo esclavo de africanos e indígenas americanos) y el género. Afirma que la acumulación primitiva no fue sólo una concentración de trabajadores y capital, sino también una acumulación de diferencias y divisiones dentro de la clase trabajadora, en la cual las jerarquías construidas a partir del género, así como las de raza y edad, se hicieron constitutivas de la dominación de clase y de la formación del proletariado moderno [5].

La diferenciación sexual oculta el trabajo no pagado de las mujeres tras la pantalla de la inferioridad natural, permitiendo al capitalismo ampliar inmensamente la parte no pagada del día de trabajo y usar el salario masculino para acumular trabajo femenino [6]. A juicio de Federici, el asunto va más lejos:

En realidad, las ventajas que extrajo la clase capitalista de la diferenciación entre trabajo agrícola e industrial y dentro del trabajo industrial palidecen en comparación con las que extrajo de la degradación del trabajo y de la posición social de las mujeres [7].

Esta es la base económica del patriarcado en la sociedad capitalista y donde se asientan los elementos culturales, sociales, políticos del patriarcado, los cuales están determinados por esta base económica. Es por tanto el trabajo doméstico que realizamos las mujeres, trabajo no pagado, fundamental para el mantenimiento y reproducción de la mano de obra masculina, la base económica del patriarcado. De esta forma, mientras exista el capitalismo, seguiremos siendo explotadas por nuestro papel de productoras de la mano de obra, consustancial a nuestra naturaleza, y nuestro papel como reproductoras de la mano de obra, consustancial a los distintos sistemas de dominación de clase. Justo por esto la salida de la mujer al mercado de trabajo apenas ha mejorado esta situación. Ahora de la mujer se extrae plusvalía directamente a través de su desempeño laboral e indirectamente a través de su desempeño familiar, siendo necesaria la socialización del trabajo doméstico para acabar con la explotación que se da en el ámbito familiar y la abolición del trabajo asalariado para acabar con la explotación que se da en el ámbito laboral.

En cualquier caso, la coincidencia del cercamiento de tierras y la caza de brujas evidencia que el proceso de transición al capitalismo necesitó reforzar el sometimiento de las mujeres:

Resulta significativo que la mayoría de juicios por brujería en Inglaterra tuvieran lugar donde la mayor parte de la tierra había sido cercada durante el siglo XVI, mientras que en las regiones en las que la privatización no formó parte de la agenda no hay registros de cazas de brujas [8].

A excepción de la práctica de abortos, las acusaciones son tan grotescas que resulta obvio que no son más que una farsa para criminalizar a las mujeres rebeldes y menoscabar su posición social. Además, no debemos pasar por alto que las acusaciones en la mayoría de los casos venían de sus propios patrones.

La explotación específica de la mujer vinculada a la división del trabajo y a la explotación de una clase sobre otra ha llegado hasta el presente.

2. PATRIARCADO Y MACHISMO

En este punto, debemos tener clara la diferencia que encontramos entre el patriarcado y el machismo, ya que son términos que llevan a confusión y es conveniente definirlos y diferenciarlos. Por un lado, entendemos que el patriarcado es un sistema de relaciones socio-políticas que se basa en la discriminación de género en la sociedad, produciéndose una desigual distribución del poder entre hombres y mujeres, donde el poder masculino se ha mantenido a lo largo de la historia en el que la mujer se encuentra en situación de desventaja y subordinación respecto al dominio del poder masculino. Así, la opresión no se reduce al ámbito familiar, sino que, con el desarrollo del estado, ésta se convierte en un factor que estructura la sociedad. Como se ha expuesto anteriormente, observamos como éste se desarrolla junto al sistema capitalista, produciéndose variaciones a lo largo de su desarrollo.

De este sistema deriva el machismo como ideología patriarcal que se implanta en la sociedad, entendiéndose así como una consecuencia directa de una estructura desigual, donde se refleja en la sociedad mediante conductas que favorecen la discriminación por el género. A modo de resumen, el machismo lo entendemos como el arma que utiliza el sistema patriarcal para poder permanecer intacto. Podemos decir así, que es la consecuencia social que afianza dicho sistema.

3. EL SINSENTIDO DEL PATRIARCADO EN LA SOCIEDAD COMUNISTA

El patriarcado es parejo a la consolidación de la división sexual del trabajo, surgida en las sociedades neolíticas en las que enraízan las primeras relaciones de dominación laboral. Su permanencia en los períodos de barbarie, beneficia a los intereses de las oligarquías en cada momento como se expone en el punto anterior pero esto no tiene sentido en un sistemas sin élites económicas y subyugaciones como el que pretendemos.

No podemos pretender que una sociedad sin clases discrimine a la mitad de sus participantes, basándonos en supuestos pseudocientíficos de inferioridad intelectual o capacidad productiva. La organización de un sistema socialista, no precisa de la dualidad de género ni necesita repetir patrones sociales que derivan de sistemas económicos previos.

La economía socialista, cuyas técnicas de obtención de materias primas y sus procesados son diversas, no puede mantener formas y modos de conductas sociales surgidos de comunidades exclusivamente agrarias, tampoco tiene que reproducir los roles de género que benefician a los intereses consumistas del sistema capitalista el cual, se beneficia de la dualidad hombre/mujer para poder multiplicar sus productos y redirigirlos al mismo tiempo a un supuesto »mercado de consumo masculino» y a un supuesto »mercado de consumo femenino»

En una sociedad comunista, la dependencia económica es inaceptable por ser un método de subyugación y sometimiento en base a las capacidades económicas pero, a priori, se podría pensar incluso que, potenciar la división sexual del trabajo en el ámbito laboral o mantener a las mujeres como un agente de subsidio a la economía familiar tras la revolución, no choca con el funcionamiento de un modo de producción socialista, pero lejos de esto, a la larga, estaríamos potenciando un nuevo orden de estratificación social, de esclavitud por nacimiento y en definitiva de desigualdad y opresión que haría imposible el desarrollo de una sociedad igualitaria sin grupos de privilegiados y no privilegiados. La organización social/familiar, puede desarrollarse en base a patrones diversos sin que esto perjudique a la consolidación de un sistema comunista como si ocurre en los planteamientos neoliberales. La sociedad comunista, no tiene pues la necesidad de enmarcar roles culturales de género con las restricciones y conflictos que ello conlleva y puede desvincularse de todo ello para llegar a »un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres» citando a Rosa Luxemburgo.

4. CÓMO SE DA EL PATRIARCADO EN LA SOCIEDAD

Como se ha tratado anteriormente, la opresión de la mujer no ha existido siempre, es tan antigua como la división social del trabajo, y por tanto su abolición depende directamente de la abolición de las clases, es decir, de la revolución socialista.

Desde la sociedad y el núcleo familiar nos educan para que reproduzcamos una serie de comportamientos previamente establecidos por el sistema opresor en el que vivimos. En este punto, es necesaria la aclaración de una serie de conceptos que nos permitirán analizar la situación actual:

  • Género: es la construcción sociocultural que varía a lo largo de la historia y se refiere a los rasgos psicológicos y culturales que la sociedad atribuye y considera “masculino» o «femenino», mediante la educación, el uso del lenguaje, la familia, las instituciones o la religión, basándose en el sexo. La identidad de género es cómo nos sentimos acerca de nuestro género y cómo lo manifestamos.
  • Sexo: el sexo biológico es nuestra anatomía como femenino, masculino o intersexual. Describe nuestro cuerpo interior y exterior, incluso nuestra anatomía sexual y reproductiva, nuestra composición genética y nuestras hormonas.

Analizando estos conceptos, observamos como desde que nacemos, a partir de nuestro sexo determinan nuestro género, aplicando inmediatamente después los estereotipos establecidos que nos determinarán y oprimirán durante el desarrollo de toda nuestra vida. Las mujeres son personas emocionales, inestables, con menor capacidad intelectual, frágiles, que necesitan ser cuidadas, destinadas a un ámbito de cuidados, doméstico, y principalmente, cuidarse para gustar. Mientras los hombres son fuertes, protectores, más inteligentes, capaces de actividades más intelectuales, que deben alcanzar una gran capacidad adquisitiva, posesivos. Estos estereotipos se basan en relaciones de posesión, de dependencia, de destrucción, porque si salimos de estos estereotipos socialmente aceptados y normalizados, seremos discriminadas, tanto mujeres como hombres.

Debemos superar los géneros binarios que esencializan en categorías dicotómicas (hombre\mujer; social\natural). No existe ninguna esencia «mujer» u «hombre», sino que son el resultado de la estructura de opresión patriarcal. No podemos seguir alimentando este discurso destinado a mantener las estructuras de poder vigentes y establecidas, este sistema relacional que asigna unos roles masculino y femenino.

Es en la existencia de la sociedad de clases donde debemos buscar los orígenes del sexismo. El capitalismo se basa en la familia como unidad económica primaria y, por tanto, se basa en la opresión de las mujeres en la sociedad para proporcionar mano de obra gratuita en el hogar. También utiliza las mujeres trabajadoras para reducir los salarios y las condiciones de toda la clase obrera.

A través del feminismo de clase se pretende hacer un análisis materialista del origen histórico y de las raíces sociales de la opresión de la mujer, por ser elementos considerados fundamentales para conquistar la liberación de la misma, la propiedad privada y la división de la sociedad en clases, son los elementos que determinaron la división sexual del trabajo y la configuración de la familia patriarcal como sostenedora de la acumulación privada de capital, fue la primera institución socio económica que perpetuaría a lo largo de las generaciones la división clasista de la sociedad.

La configuración patriarcal de la familia, garantía de la perpetuidad de la propiedad privada, hacía necesaria la subyugación económica, social y reproductiva de la mujer, si la mujer hubiera podido tomar a sus hijos e hijas e irse, sin sufrir ninguna penalidad económica o social, la familia patriarcal no habría podido sobrevivir. Es por eso que un análisis materialista de la dialéctica de la desigualdad entro lo sexos, se remite a la aniquilación de la división clasista de la sociedad, sin caer en el error, de percibir la explotación de la mujer únicamente desde una dimensión netamente economicista, o como un aspecto de la explotación de la clase obrera. Precisamente por eso, el socialismo, y la extinción del estado como elemento de dominación de una clase sobre otra, no son garantías de la emancipación de la mujer, porque no sólo ha de emanciparse de su rol de clase subyugada, si no de los roles impuestos históricamente por la sociedad patriarcal al servicio de la propiedad privada, y más tarde, al servicio del capitalismo.

Es fácil autodenominarse feminista, reproducir frases tipo «no puedo ser machista soy de izquierdas» pero son innumerables las ocasiones en las que mujeres comprometidas y políticamente activas se encuentran totalmente anuladas en sus círculos políticos. Las mujeres necesitamos empoderarnos en los espacios públicos (especialmente en los espacios políticos) y privados. A lo largo de la historia podemos comprobar cómo el patriarcado no hace más que ponernos trabas. Pocos son los referentes femeninos en los que mirarnos, y es aquí donde aparece lo que conocemos como techo de cristal. Las actitudes machistas y la estructuración patriarcal se repiten en todos los ámbitos.

Debemos ser conscientes de que incluso un hombre concienciado y que lucha por el feminismo, es decir, por la igualdad entre las personas, sigue viéndose privilegiado por el mero hecho de ser hombre. Aceptando esta premisa podremos ser conscientes de que no eliminaremos el machismo sin acabar antes con el sistema patriarcal, sistema que se sustenta en la propiedad privada y por lo tanto se enmarca en las relaciones de producción capitalistas.
Hay que defender que la lucha feminista no es independiente de las luchas obreras, sino que es transversal a todas ellas y por lo tanto hay que visibilizar la opresión a la que estamos sometidas las mujeres en todas nuestras acciones. Cada victoria de la lucha feminista que consigue acercarnos a la emancipación de la mujer es a su vez una victoria de la clase obrera para alcanzar la libertad y la igualdad social que buscamos.

Por lo tanto, sólo con la abolición del sistema capitalista y la toma del poder de los medios de producción por parte de la clase trabajadora, es decir, con el socialismo, es posible conseguir la igualdad entre el hombre y la mujer.
Como marxistas apostamos por el socialismo, que permitirá la socialización del trabajo doméstico y pondrá fin a la explotación mediante el trabajo asalariado, es decir, se elimina la base material de la opresión de las mujeres. Debido a su posición en la producción, sólo la clase obrera en su conjunto a través de la lucha de clases podrá acabar con la explotación de las trabajadoras y trabajadores y la opresión de las mujeres.

A pesar de esto, no quiere decir que la opresión de la mujer desaparecerá automáticamente con la toma del poder por parte del proletariado, sino que será necesario crear las condiciones sociales óptimas a través de la lucha feminista.
Tampoco debemos asumir que debemos esperar a la revolución socialista para acabar con la dominación masculina. La lucha diaria es fundamental y la única que permitirá la revolución a través de la concienciación social. Esta lucha debe explotarse a través de las diferentes vías que tengamos.

Dejando a un lado la teoría, la práctica es significativamente diferente. Muchos de los órganos de dirección de organizaciones marxistas declaradas feministas, están dominadas por los hombres, lo cual es un reflejo de la opresión de la mujer en la sociedad en su conjunto.

Debemos combatir el patriarcado y el capitalismo, que sin ser lo mismo se retroalimentan. Trabajemos para alcanzar el socialismo que nos permita la abolición de las clases sociales y los géneros impuestos, al tiempo que acabamos con la explotación y la opresión para poder alcanzar una sociedad realmente igualitaria. Por otro lado, aunque combatamos y denunciemos la opresión a la mujer en su conjunto, haremos especial hincapié en la doble opresión que sufrimos las mujeres de clase trabajadora. Debemos, necesariamente, combatir ambos sistemas de forma simultánea. Sin feminismo, no hay comunismo.

 


 

[1] En algunas civilizaciones ha pervivido la poligamia, aunque como derecho restringido a la élite, ya que el número de varones siempre ha sido más o menos equivalente al de mujeres y, por tanto, es imposible que se dé en toda la sociedad. La verdadera poligamia necesita la poliandria.

[2] ENGELS, “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado”, Barcelona, Diario Público, 2010, p. 82.

[3] Ibidem, p. 93.

[4] Ibidem, p. 94.

[5] FEDERICI, “Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación primitiva”, Madrid, Traficante de sueños, 2010, p. 90.

[6] Ibidem, p. 176.

[7] Ibidem, p. 176.

[8] Ibidem, p. 234.