[Documentos I Congreso] Situación internacional

Seguimos con la publicación de nuestros documentos congresuales. Hoy es el turno del documento sobre la Situación Internacional. En estas líneas que siguen, abordaremos de forma sucinta el devenir histórico de los últimos 40 años, poniendo el foco de atención en las tendencias y dominios cambiantes entre bloques, países y sistemas políticos. Trataremos, pues, de caracterizar la realidad internacional presente por medio de su configuración histórica.

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Situación internacional

1. INTRODUCCIÓN

Entender nuestro presente es un paso previo en el camino hacia un futuro justo y próspero para los trabajadores y trabajadoras, la construcción del socialismo y la consecución del comunismo. Ahora bien, el mundo que nos rodea está, inevitablemente, ligado a los sucesos que se han desarrollado en los últimos tiempos a lo largo y ancho del planeta. Y nuestro país está inserto en un complejo sistema global, cambiante y contradictorio por igual. El estudio de la historia internacional deberá seguir siendo una materia de primer orden para los revolucionarios y revolucionarias. No se trata, sin embargo, de reducir el análisis a una simple actividad académica. Muy al contrario, la militancia comunista debe procurar conocer con rigor las bases sobre las que se asienta la situación del momento para afrontar con mayor dosis de solvencia los problemas que plantea la lucha de clases.

En estas líneas que siguen, abordaremos de forma sucinta el devenir histórico de los últimos 40 años, poniendo el foco de atención en las tendencias y dominios cambiantes entre bloques, países y sistemas políticos. Trataremos, pues, de caracterizar la realidad internacional presente por medio de su configuración histórica.

2. DEL «ESTADO DE BIENESTAR» AL NEOLIBERALISMO

Los modelos de cohesión social surgidos en el «mundo occidental» tras la IIª Guerra Mundial tuvieron un periodo de vida estable, sin fisuras reseñables, hasta la década de los 70. La «edad de oro» finalizaba entre los años 1973 y 1975, al amparo de una de las crisis cíclicas del sistema capitalista. En esos años se produjo una impresionante crisis de sobreproducción que se ha prolongado hasta hoy con ciertos crecimientos debidos a políticas de crédito barato y bajos tipos de interés. Así, lo que vivimos hoy no es más que el largo ciclo de crisis marcado por la sobreacumulación de capital y el subconsumo relativo de las masas que no se ha resuelto sino que ha sido permanentemente pospuesto. En el fondo se encuentra una bajada tendencial de la tasa de ganancia que desincentiva a los capitalistas a invertir por no poder obtener un “beneficio suficiente” y los desvía a la especulación y otras operaciones financieras.

Fue a partir de entonces cuando se inicia una ofensiva política, económica y social por parte de los gobiernos «neoconservadores» y «neoliberales» instalados en Reino Unido y EE.UU. Thatcher y Reagan constituyen el binomio sobre el que se fundamenta el desmantelamiento de los conocidos como estados del bienestar. Además de promover privatizaciones de empresas públicas, junto a la desregulación de conquistas y derechos laborales y sociales, las gobiernos angloamericanos, junto a una pléyade de economistas liderado por Friedman, sancionaron políticas similares en regímenes dictatoriales proclamados con su ayuda. Un ejemplo paradigmático fue Chile, donde los asesores estadounidenses desplegaron sus propuestas en el país. No obstante, el modelo neoliberal adquirió formas diversas en función de la realidad nacional donde era aplicado, y en no pocas ocasiones los gobiernos defensores del laissez-faire hicieron uso de políticas estatistas para combatir sus pobres resultados (véase el profundo nacionalismo y proteccionismo que fomentaron tanto EE.UU. como Reino Unido).

En 1975 se publicó La crisis de la democracia. Informe sobre la gobernabilidad de las democracias a la Comisión Trilateral, encargado por la propia Trilateral [1]. Este documento marcará los objetivos de la oligarquía internacional: constatando la deslegitimación de la autoridad por parte de las poblaciones en el mundo y el crecimiento de las demandas populares con respecto a los regímenes democráticos, se comprendió que no bastaba la vía represiva para dominar a los pueblos, era preciso iniciar la batalla de las ideas, una «revolución neoconservadora». La democracia, el excesivo poder de los gobiernos y la participación del pueblo eran (y son) a ojos de los defensores del documento obstáculos para el desarrollo del capitalismo monopolista.

El camino trazado por la Trilateral supuso una guía para la experimentación política. Como hemos subrayado, los ejes del poder fueron implementando sus políticas en múltiples países, y en algunos casos llegaron a alcanzar el plano continental, como en América Latina [2], donde los niveles de pobreza y miseria eran equivalentes al grado de desarrollo monopolístico. Por otro lado, los gobiernos europeos comenzaron el camino neoliberal con mayor arraigo ya en la década de los 80. La firma del Tratado de Maastricht y la creación de la Unión Europea en 1992 encarrilaron el futuro del viejo continente. La convergencia entre la casta política y la oligarquía empresarial y financiera facilitaron el progresivo desmantelamiento de los sistemas de bienestar (eso sí, a un ritmo desigual y no lineal) en favor de la liberalización de los servicios públicos. La crisis de 2007 aceleró este proceso, pero tendremos ocasión de verlo más adelante.

3. DERRUMBAMIENTO DEL BLOQUE SOCIALISTA Y BREVE HEGEMONÍA DE LOS EE.UU.

La caída del socialismo real no solo trajo consigo trágicas consecuencias político ideológicas [3], también supuso un duro revés en las economías de los países bajo dominio comunista. Algunos datos nos pueden ilustrar: Rusia perdió un 17%, 19% y 11% de su PIB en los años 1990/1991, 1992 y 1993 respectivamente; Polonia vio caer un 21% el PIB entre 1988 y 1992; Checoslovaquia un 20%; Rumanía y Bulgaria serán más castigadas, con caídas del 30%. Como se podrá imaginar, el impacto sobre las vidas de millones de personas fue demoledor.

No es objeto de este documento analizar las causas de la desaparición de los países socialistas en Europa del este y central, pero consideramos necesario nombrar algunos elementos que ayuden a comprender los acontecimientos. El sistema socialista sufrió una ofensiva exterior por parte del capitalismo internacional desde su nacimiento, a lo que debemos sumar las deficiencias económicas, sociales y políticas constatadas en el proceso de construcción socialista. En último lugar, las organizaciones partidarias fueron, en parte, secuestradas por la burocracia funcionarial, que representaba los intereses de una protoburguesía enriquecida que sustraía materiales y maquinaria que eran revendidos en el mercado negro. Paulatinamente fue aceptada por la dirección soviética que eliminó los controles democráticos de las masas sobre el nuevo estado y lamino la ideología marxista progresivamente.

Pero, además de estos hechos, la desaparición del campo socialista liderado por la URSS significó el fin del contrapeso que tenía el bloque imperialista estadounidense. Lejos de una relajación por parte del bloque vencedor, los EE.UU. aprovecharon la ocasión para fortalecer su hegemonía, tratando de asegurar un orden unipolar. La OTAN, nacida para proteger los intereses occidentales frente al enemigo soviético, se extendió por nuevos países. Los EE.UU. lideraron guerras de expansión y dominio territorial, como la invasión de Panamá en 1989 y el conflicto del Golfo entre 1990 y 1991. Y Alemania, con la inestimable colaboración de la OTAN, pudo reanudar su proyecto expansionista desmembrando la República Federal de Yugoslavia y desatando una cruel guerra en el corazón de los Balcanes. Hasta finales de la década de los 90 y el comienzo del nuevo milenio, ningún país o alianza de países podía hacer frente al imperialismo estadounidense.

4. APERTURA DE UN MUNDO MULTIPOLAR

La proclama de Fukuyama del “fin de la historia” se desacreditó hasta para sus seguidores tan pronto como la breve hegemonía estadounidense se vio en entredicho. Actores como Brasil, India o Sudáfrica han aumentado su peso en la escena internacional, Rusia renace de sus cenizas de la mano de Vladimir Putin, mientras que China expande su influencia por todo el globo disputándole seriamente la partida a las potencias occidentales.

Con motivo del 50 aniversario de la Conferencia de Bandung [4], se ha celebrado la Cumbre Asia-África 2015 que, organizada por China, ha congregado a más de cien países de los dos continentes. Este evento da cuenta de los cambios que se han producido en el mundo y apunta al esfuerzo del gigante asiático como exportador de capitales. No es un hecho aislado, paralelamente China impulsa proyectos como el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (BAII), planteado como alternativa al Banco Mundial y al FMI (controlados por el imperialismo dominante), o la nueva ruta de la seda [5], que pretende agrupar en torno a los intercambios económicos a un conjunto de países que suman casi dos terceras partes de la población mundial. Con la nueva ruta de la seda, China intenta arrebatarle a los EEUU aliados como la India o Pakistán invirtiendo en infraestructuras, a la vez que refuerza lazos con Rusia y actores menores como Camboya o Mongolia. Por otro lado, el dominio de China sobre el continente africano es evidente, con la masiva exportación de capitales (en forma de alquiler y compra de miles de kilómetros cuadrados de cultivos o el impulso industrial y en infraestructuras, entre otras cosas) del gigante asiático sobre regiones de África.

El destino de Rusia se prevé vinculado al de China. Su gran plan es la creación del ferrocarril transcontinental que le una con Pekín, así como la imbricación de la nueva ruta china con su Unión Económica Euroasiática [6]. Además, la alianza entre Putin y Xi Jinping se materializará, según han acordado, en la construcción del gasoducto que garantizará a China el abastecimiento de gas ruso, y la participación del capital chino en el desarrollo de la agricultura rusa.

La respuesta estadounidense es reforzar su posición en Europa [7] y cerrar filas con Japón, fiel colaborador desde que acabó la II Guerra Mundial. Pero hasta en este frente está encontrando problemas, ya que muchas empresas niponas no esconden su interés por los beneficios que les comportaría participar en la nueva ruta de la seda, y no es un caso aislado: incluso el capital alemán sigue de cerca el proyecto chino, síntoma de que también existen desencuentros entre la Unión Europea y los EEUU.

Otra manifestación de la crisis de la hegemonía estadounidense la hemos visto en Oriente Próximo. En las últimas décadas el papel de los EEUU en la región ha consistido en el “divide y vencerás”, promoviendo enfrentamientos que han llevado a pueblos enteros al más absoluto subdesarrollo. Alentaron en los ochenta la guerra entre Irak e Irán (que supuso la destrucción mutua), invadieron Irak en dos ocasiones (1990-1991 y 2003-2011), ocuparon Afganistán (en 2001 y aún no se han ido), y sembraron el caos del fundamentalismo islámico en todo país que no se plegase a sus intereses, el ejemplo lo tenemos hoy en Siria. El objetivo: acceder al petróleo e impedir el desarrollo de potencias regionales que harían peligrar la existencia del Estado de Israel.

El balance que hacen los EEUU de estas intervenciones es negativo. Tras años de ocupación, la situación dista mucho de estar bajo control, ello explica que Barack Obama lleve todo su segundo mandato incumpliendo la promesa de retirarse de Afganistán. La guerra no da sus frutos y en el Pentágono empiezan a jugar otras cartas, como buscar acuerdos con Irán o incluso reconocer un Estado Palestino, pese a la presión que ejerce el sionismo. Y es que a EEUU cada vez le cuesta más arbitrar “la paz” en el mundo, tiene demasiados frentes abiertos.

El frente en el que más terreno han perdido tanto EEUU como la UE ha sido América Latina. Desde que en 2006 Chile firmase un tratado de libre comercio con Pekín, las relaciones comerciales de Sudamérica con China han hecho menguar las que el subcontinente tenía con las viejas potencias. Así, el país asiático es el principal socio comercial de Brasil, Chile y Perú y el segundo destino de las exportaciones de Argentina, Costa Rica y Cuba, según la Comisión Económica Para Latinoamérica (CEPAL) [8]. China está llegando a importantísimos compromisos en la región, como el de un grupo de trabajo trilateral (con Brasil y Perú) para la creación de un ferrocarril que una la costa pacífica con la atlántica [9].

Desde la década pasada América Latina vive un momento de auge económico (no sin reveses) en el que los diferentes países parecen emanciparse del yugo que les ha sometido durante siglos. Este hecho se explica por dos razones: por la ola de progresismo que inauguró Venezuela en 1999, que se expandió por media Latinoamérica con un cariz más o menos antimperialista dependiendo del país; y por la contribución del potencial brasileño a la integración latinoamericana.

No obstante, conviene no exagerar estos cambios: ni el crecimiento latinoamericano está consolidado (2015 está siendo un año difícil para los citados actores), ni la dependencia del Norte es cosa del pasado (EEUU y la UE continúan siendo los socios preferentes del subcontinente en su conjunto).

5. LA UNIÓN EUROPEA, BLOQUE IMPERIALISTA

1992 es el año que explica la constitución de la Unión Europea tal y como la conocemos hoy, heredera de las primigenias Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA, 1951) y Comunidad Económica Europea (1957). Ese año se aprueba el Tratado de Maastricht, texto fundacional de la Unión, constituida como una suerte de gran confederación europea asentada en los principios del libre comercio (capitales, mercancías, servicios y personas), con una política exterior, interior, de justicia y de seguridad común.

La construcción de la unidad europea continuará, y en 1999 los estados miembros de la Unión acuerdan el establecimiento de una moneda única común, el euro. A partir de 2002, los países convergerán su política monetaria en el Banco Central Europeo, perdiendo así parte de su soberanía económica. Además, los intentos de formalizar una constitución europea, impedidos por los votos de franceses y holandeses, concluirán con la adopción del Tratado de Lisboa en 2009, documento que asienta el reparto de poderes y competencias entre los estados miembros y las instituciones europeas.

No obstante, para comprender en su totalidad la realidad europea, es necesario que fijemos nuestra vista más años atrás todavía. En los 80, la Mesa Redonda Europea de Industriales (ERT), asociación que agrupa a las empresas y federaciones industriales más importantes del continente, ya promovía la instauración de un mercado único con una moneda común, de la misma manera que también defendía muchos de los criterios que Maastricht incorporará en la tabla de condiciones para formar parte de la Unión.

Déficit y deuda pasan a convertirse en los elementos fundamentales para el diseño de la nueva Europa, y la UE surgirá de esta manera como un gran “artefacto” de dominio por parte del conocido como eje franco-alemán. Por un lado, se lograba la consolidación del instrumento imperialista europeo, o lo que es lo mismo, la UE se convierte en un bloque que permite una actuación europea exterior unificada al tiempo que se trasladan una serie de políticas al interior basadas en el desmantelamiento de conquistas sociales y laborales, privatización de sectores estratégicos de la economía y privación de derechos democráticos básicos. Y por otra parte, se instaura la conocida como política de austeridad, que afecta de manera especial a los países de la periferia europea, donde se ha incentivado la desindustrialización nacional y la desregulación de las condiciones de trabajo, favoreciendo indiscutiblemente la hegemonía franco-alemana.

La crisis económica, más allá de ser el origen de los males que golpean a la clase trabajadora europea, está siendo la cortina de humo perfecta para imponer el programa de Lisboa. Los diferentes tratados fijan que el no cumplimiento de la normativa relativa al déficit conlleva automáticamente la aplicación de un paquete de reformas en el sentido de recortar el gasto público social, como son aumento de la edad jubilación o la reducción de la cotización social, y también reformas en lo laboral que endurezcan las condiciones de la clase trabajadora en favor de la patronal. La pretendida soberanía nacional -¿ha existido alguna vez bajo en régimen de dominación capitalista?- ha sido desplazada por la soberanía de la Comisión Europea, o lo que es lo mismo, el poder de las empresas y entidades financieras [10]. Buena cuenta de ello son los 15.000 lobistas que trabajan en Bruselas, representando los intereses de las grandes empresas ante las instituciones de la Unión.

Por su especial configuración como organismo supraestatal, la Unión Europea ha resultado ser una gran jugada para la burguesía europea. La misma utiliza también la idea de que las penurias que soportamos se deben a la existencia de conflictos entre pueblos (Alemania contra Grecia) para velar su verdadero origen de clase. Mientras que, si bien la clase obrera tiene escasa capacidad de reacción en el ámbito estatal, tiene mucho más poder de presión que a niveles supranacionales, en los que tenemos un alto grado de dificultad a la hora de articular una respuesta organizada a las numerosas medidas que toma la UE.

No obstante, el papel de Europa en el cuadro internacional se ha reducido considerablemente, y la UE ha quedado como la más fiel aliada y colaboradora de los EE.UU. De hecho, ambos bloques negocian en secreto el llamado Tratado de Libre Comercio Transatlántico (TTIP). Esta nueva normativa vendría a consagrar la libertad comercial entre ambas áreas, con clara ventaja para los EE.UU. [11], asegurando el poder de las multinacionales por medio de la creación de instituciones jurídicas al margen de los tribunales nacionales. Un tratado que además de los beneficios económicos que reportará a la burguesía, trae consigo el desmantelamiento de conquistas sociales y laborales, abonando el terreno para todo tipo de desregulaciones, privatizaciones y más precariedad.

La consolidación de un férreo bloque europeo [12] no está exenta de problemas y contradicciones. La propia organización como bloque de la Unión es el desencadenante de algunas de sus tensiones. Con una configuración en la que los países del oeste, centro y norte de Europa son el foco de la economía productiva en sectores de alto valor añadido, dejando a los países del este de Europa como lugares en los que poder obtener mano de obra barata y a los estados del sur como zonas destinadas al sector servicios ligado al turismo para el resto de los habitantes de la Unión. Este reparto de la economía está engrasado de forma que beneficie a los impulsores del proyecto europeo, Francia y Alemania, aunque en los últimos tiempos la preponderancia de la segunda potencia ha sido demasiado evidente y ha provocado tiranteces en el resto de burguesías nacionales. El euroescepticismo, fruto de las luchas entre la oligarquía europea, algunos sectores de las burguesías nacionales (representadas por los partidos de extrema derecha) y los recelos de los pueblos, está ganando terreno político. La fractura europea tiene fundamentalmente un componente social. Según los datos del Eurostat el 24,8 % de la población del Euro está en la franja de la pobreza. Esto ha tenido su reflejo en las tensiones políticas focalizadas en Grecia que han acabado con la claudicación del gobierno de Tsipras.


[1]  Organización privada que recoge en su seno a las personalidades más destacadas del mundo de la empresa y finanzas de EE.UU., Europa y Japón. Fue fundada por David Rockefeller en 1973.

[2]  Esta situación ha sido revertida en parte por gobiernos progresistas y antiimperialistas –sin contar a Cuba-que conforman el ALBA y otros.

[3]  Nos referimos, en este caso, al golpe que sufrieron los partidos y organizaciones comunistas de todo el globo. El desconcierto ideológico y la fractura de los lazos internacionalistas entre organizaciones todavía renquean.

[4]  La Conferencia de Bandung, celebrada en 1955, fue un encuentro cargado de simbolismo ya que congregó, por primera vez, a 29 países de Asia y África sin la injerencia de los imperios de los que acababan de independizarse.

[5]http://www.rebelion.org/noticia.php?id=200666&titular=construyendo-la-nueva-%3Ci%3Eruta-de-la-seda%3C/i%3E-

[6]   Rusia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán y Armenia. En 2014 Moscú intentó que Kiev firmase el tratado, a lo que la Unión Europea respondió con una contraoferta. El resultado fue el estallido del conflicto que hoy perdura en Ucrania.

[7]    EEUU es a quien más ha convenido el golpe de Estado que alejó a Ucrania de la influencia rusa. Todo esto forma parte del plan iniciado en la década de 1990 con la rápida admisión de países de Europa del Este en la OTAN, organización que hoy se refuerza en Europa multiplicando por cuatro sus soldados (http://www.lavanguardia.com/20150625/54432510078/la-otan-dota-con-40-000-soldados-su-fuerza-de-reaccion-en-europa-dani-rovirosa.html) y desplegando nuevos tanques, vehículos blindados y artillería (http://www.elmundo.es/internacional/2015/06/23/55896a7846163f2f3c8b4582.html).

[8]   http://internacional.elpais.com/internacional/2013/03/30/actualidad/1364601531_428554.html

[9]   http://internacional.elpais.com/internacional/2014/11/12/actualidad/1415804318_763371.html

[10]   Ejemplos de esto que explicamos aquí lo encontramos en países como Grecia, Portugal, Irlanda y España, donde los gobiernos nacionales han sido, literalmente, sobrepasados por instituciones supranacionales.

[11]  Muchos de los productos estadounidenses no deberán cumplir los requisitos químicos y sanitarios que exigen la UE a los productos locales, lo que supone un triple perjuicio para los pueblos europeos: económico, medioambiental y sanitario.

[12]  Muchos autores se han atrevido de bautizarlo, Estados Unidos de Europa, gran federación europea.