El capital contra la sanidad pública: la ofensiva se recrudece

Introducción

Madrid, pleno agosto, a las cinco de la tarde una cola nutrida e impaciente da la vuelta al centro de vacunación, 38 grados sin sombra. Mientras, amén de los trastos que se tienen que tirar los políticos burgueses para mantener vivo el circo parlamentario, todos los opinólogos profesionales se sobresaltan y felicitan por el éxito (¡el milagro!) de la campaña de vacunación en el estado español. ¿Qué hay detrás de todo esto? ¿En qué estado se encuentra realmente el sistema sanitario? ¿Qué posición debemos tomar los trabajadores frente a la situación que estamos viviendo?

La sanidad pública española coronada como “una de las mejores del mundo” (ya es casi un lugar común), lleva décadas bajo asedio y, en los últimos años, se encuentra al borde del colapso. Una situación insostenible que la crisis del Covid19 ha evidenciado con la peor de las crudezas.

Al caos generalizado de la campaña de vacunación se le suman problemas que ya son conocidos habituales: centros de salud que no dan abasto, con listas infinitas de pacientes que deben ser atendidos a razón de 15 minutos por usuario; desabastecimiento de productos básicos como guantes de látex, jeringuillas o uniformes; quirófanos suspendidos por falta de personal debido al aumento de casos de covid (en una quinta ola que era imposible prever, por supuesto) y casos dramáticos como el que denunciaban los trabajadores de los Servicios de Urgencias y Emergencias de Madrid, el 29 de julio, 2 UVIS Movil con médico para toda la capital.

Esto es solo un esbozo del panorama general, pero antes de analizar los casos concretos, tomemos un poco de perspectiva ¿Cuál es el papel de la sanidad en el sistema actual?

La sanidad pública en el sistema capitalista

A nadie le va a sorprender. La sanidad es, a partes iguales, una necesidad del estado capitalista y un negocio muy rentable.

¿Por qué una necesidad? La burguesía solo puede sostener su modo de producción si consigue mantenernos vivos y en condiciones suficientemente buenas como para seguir produciendo. Por eso no quieren que estemos sanos, solo les importa que seamos funcionales. Por eso ni se investiga, ni se financia, la atención a pacientes geriátricos. Y, entre otras cosas, por eso la salud mental se enfoca en drogarnos indiscriminadamente para cortar los síntomas que nos impiden ir a trabajar. Pero jamás se plantean solucionar el origen de esos problemas mentales, no porque no quieran o sepan, porque no pueden. Cuando tienes a la mitad de la población con cuadros ansiosos y depresivos por culpa de la precariedad laboral, la falta de una vivienda digna o la imposibilidad de desarrollar un proyecto vital que vaya más allá de trabajar y consumir, la única solución posible es cambiarlo todo, destruir un sistema que no es sostenible para la clase obrera.

¿Por qué un negocio? La industria de la salud (y destacadamente la industria farmacéutica) es un negocio multimillonario en el que prima la obtención de beneficios (mejorar la calidad de vida de los trabajadores es algo secundario).

Como en todo negocio internacional, capitalistas de las diferentes naciones -principalmente de las potencias imperialistas- sostienen una lucha encarnizada (unas veces), o pactan bajo la mesa (otras veces), para repartirse el gran pastel del bienestar y la salud. Un pastel que generalmente está subvencionado por los diferentes estados y es indispensable para la población.

Esta situación -conocida por todos- provoca “paradojas” como que se prioricen los fármacos que mejoran los síntomas en ciertas enfermedades mientras se corta la financiación de investigaciones que podrían curarlas. O que dejen sin abastecimiento de fármacos vitales a la población de países dominados por el imperialismo en los que hacer negocio no es tan sencillo o rentable. La prioridad nunca es curar al enfermo, sino exprimirle al máximo.
El negocio de la salud se ejemplifica perfectamente con el proceso de investigación de la vacuna contra el COVID19. Ante las terribles consecuencias provocadas por la propagación de la enfermedad cualquiera pensaría que la prioridad debería ser encontrar cuanto antes una solución. Nada más lejos de la realidad. La industria farmacéutica no movió un dedo hasta que no consiguieron contratos con los estados que les garantizasen la cobertura de gastos en caso de fracaso, y total impunidad frente a potenciales efectos secundarios ¿Y acaso colaboraron para solucionar cuanto antes esta crisis? Ni por casualidad. La vacuna era un filón que no se podía compartir. Por eso diferentes monopolios farmacéuticos, financiados en su mayoría con dinero público, se embarcaron en una carrera frenética para ser los primeros en desarrollar la vacuna que asegurase unas cuentas anuales rebosantes.

En este contexto no podemos olvidar que la sanidad pública, universal y de calidad ha sido una conquista histórica de la clase trabajadora. Obligar al Estado a garantizar unos niveles mínimos de salud y bienestar a costa de retirar parcialmente del mercado el negocio privado de la salud.

Es importante tener este esquema en la cabeza para entender la política sanitaria en cualquier estado. Esta política se mueve entre la constante contradicción de una burguesía que solo necesita invertir el mínimo posible para mantenernos vivos, mientras busca desesperadamente ampliar su mercado y sus ganancias destruyendo la sanidad pública como conquista social y salario indirecto que percibimos los trabajadores.

¿Y todo esto como se traduce en nuestra realidad diaria? Para ejemplificarlo tomaremos el caso paradigmático del sistema de salud madrileño.

La Marca España en sanidad

Antes de nada ¿Por qué es interesante la situación de la sanidad pública madrileña? Básicamente porque es la punta de lanza de la burguesía española para ensayar su proyecto privatizador a nivel estatal. Un experimento macabro cuyo único objetivo es liberalizar el mercado de la salud como ya se hizo -en un pasado muy reciente- con la energía, las telecomunicaciones y el resto de sectores estratégicos. Las ofensivas cíclicas contra los derechos de los trabajadores se agudizan en aquellos lugares en los que la burguesía se siente más fuerte, más impune.

En Madrid, le hemos dado la bienvenida a la campaña de vacunación en medio de una ofensiva temeraria contra la atención primaria (como parte de una estrategia generalizada de desmantelamiento de la sanidad pública).

Este solo es un capítulo más de una historia que lleva años escribiéndose. El precedente más cercano lo encontramos en 2012, cuando el infame Consejero de Sanidad Javier Fernández Lasquetty intentó sacar adelante un plan para privatizar los hospitales y el 10% de los centros de salud. La respuesta popular fue contundente y gracias a la presión en las calles se paralizó el proyecto y dimitió su responsable (que lejos de caer en desgracia ocupa ahora el puesto de Consejero de Hacienda).

Casi 10 años después Ayuso retoma con fuerzas renovadas la campaña contra la sanidad pública madrileña. La gestión de la pandemia ha dejado escenas bochornosas, con una falta absoluta de planificación, decisiones arbitrarias, maltrato y recortes a las plantillas. Llegando al esperpento del Zendal, un hospital innecesario, construido a prisas, con unos costes disparados al doble de lo que se licitó y que a día de hoy sigue sin reunir los requisitos necesarios para funcionar con normalidad, todo un ejemplo de la “Marca España” en palabras de Diaz Ayuso.

La burguesía nunca pierde la oportunidad de “recordarnos” que no hay dinero para sufragar nuestros derechos. Pero cuando se trata de financiar el enesimo pelotazo urbanístico, sobra el presupuesto. Esta maniobra política infantil no solo ha valido para regar los bolsillos de los amigotes del gobierno de Madrid, también ha sido un intento desesperado para intentar ganar redito político tras una nefasta gestión de la pandemia y especialmente tras el drama de las residencias (que se ha intentado silenciar incluso a través de la represión sindical).

La campaña de vacunación habría sido la excusa perfecta para volver a redistribuir los recursos que permitieran una atención primaria decente (ya no aspiramos a que sea de calidad bajo este sistema). Nada más lejos de la realidad ¿para qué reforzar los centros de salud cuando puedes pactar con la CEOE y entregar la campaña de vacunación a empresas privadas como Acciona, Iberia, el Santander o el Corte Inglés? (casualmente los principales valedores del gobierno derechista madrileño). Puntos de vacunación poco accesibles, alejados de los barrios, sin posibilidad de mantener la distancia social ni las medidas de higiene que se exigen a un centro sanitario.

Para sorpresa de nadie, los centros de salud que siguen vacunando se han encontrado con trabas burocráticas, problemas constantes e incluso falta de stock de vacunas que no sufrían los puntos privados de vacunación. Como siempre, la salud lejos de ser un derecho se demuestra como un jugoso negocio muy rentable a la burguesía española. El gobierno de la comunidad de Madrid no ha perdido la oportunidad de rentabilizar la campaña de vacunación para pagar favores a aquellos que le sostienen en el poder.

¿Y cuál ha sido el resultado? Un ridículo espantoso. Al poco de constatar que la campaña privatizada iba a ser un fracaso Ayuso pedía enfermeras voluntarias de la pública para vacunar.

Para costear todo este esperpento y pagar las prebendas a los amigos del poder, la comunidad de Madrid ha arriesgado la vida de miles de personas ralentizando la campaña de vacunación y maltratando a los trabajadores sanitarios a base de incertidumbre, inestabilidad y jornadas maratonianas.

¿Y por qué obligar a que un vecino se desplace 2 horas para vacunarse en peores condiciones en vez de hacerlo en su centro de salud? ¿Por qué desarmar la atención primaria, que es la primeria línea de defensa del sistema sanitario? Como es lógico esto forma parte de un plan mucho más ambicioso.

Cuanto menor sea el financiamiento del sistema público de salud, peor calidad tendrá, más listas de espera, menos servicios, trabajadores más quemados. ¿Y cuál es la consecuencia? Hacerse un seguro privado y convencerse de que la sanidad pública no funciona. No falta dinero para costear nuestros derechos, lo que falta es interés.

¿Quién es el culpable de todo esto?

No podemos pensar que todo esto que hemos visto es fruto de un simple error: repartir más de 7 millones de euros entre tus amiguetes nunca es un error de cálculo. Con el dinero que ha gastado la comunidad de Madrid privatizando la campaña de vacunación se podían haber contratado más de 200 profesionales de la enfermería durante TODO el año. Insistimos, no falta dinero, sobran las corruptelas propias del capitalismo agonizante.
Como es lógico, nada de esto es culpa de Ayuso. Cualquier otro representante de la burguesía española (del color electoral que sea) habría hecho exactamente lo mismo, con diferencias puramente estéticas, o, en el mejor de los casos, planes de privatización algo más eficientes (en Madrid todavía recordamos la política sanitaria de Manuela Carmena). El “gobierno más progresista de la historia” tiene herramientas de sobra para apuntalar y reforzar nuestros derechos como trabajadores. Pero su preocupación por los servicios públicos solo es una buena coartada para movilizar el voto en periodo electoral. Mientras tanto, lo único que les diferencia de la derecha más explícita es que representan de distinta forma a la misma oligarquía financiera. Sin necesidad de esforzarnos mucho recordaremos perfectamente que no fue el PP quien inició la liberalización y posterior privatización de las empresas públicas y sectores estratégicos en el estado español.

Tenemos que ser conscientes de que el desmantelamiento de los servicios públicos no es, ni mucho menos, patrimonio de la derecha institucional. La burguesía invertirá siempre sus mejores esfuerzos en menguar el salario indirecto que recibimos a través de unos servicios públicos de calidad y universales. Ellos solo necesitan garantizar el mínimo necesario para que nosotros podamos seguir produciendo, el resto es superfluo.

Conclusiones

¿Y qué podemos hacer al respecto? Organizarnos y luchar. En otoño se esperan movilizaciones tanto de las plantillas como de los usuarios para poner freno al experimento madrileño. Los trabajadores tenemos que dar un paso al frente, pero no por una sanidad pública en abstracto sino por todos los derechos que hemos conquistado. Porque los servicios públicos no son migajas concedidas por la patronal, son parte de lo que producimos, una ínfima parte de lo que merecemos.

En los últimos meses hemos visto numerosas protestas frente a los centros de salud de aquellos que no se resignan a permitir que continúe el saqueo. Es importante ahondar en esta vía sin caer en las procesiones rutinarias y las reclamaciones administrativas que no llegan a ningún lado. Debemos fomentar la organización y tejer nuevos lazos entre trabajadores sanitarios y usuarios, en definitiva, masificar la lucha.

Hay que estar prevenidos no solo contra el enemigo obvio, sino también contra el más sibilino. Quien hoy ignora la precaria situación de la sanidad, mañana intentará rascar algo de redito político llevando la lucha a las instituciones, ahogando las protestas y apuntalando así el éxito de la burguesía. Con esta estrategia -ya consolidada- los partidos reformistas intentarán desactivar las movilizaciones como moneda de cambio para pactar alguna migaja en el parlamento. Siguiendo la vía (la agenda) que marca la burguesía no vamos a conseguir nada. En sus planes ya prevén una moderada oposición, una pataleta que no altere la correlación de fuerzas. Se sienten seguros porque hasta la fecha, esa oposición moderada la ha liderado el ala izquierda del sistema, la pequeña-burguesía pintada de rojo (o de morado). Ni la patronal ni el gobierno nos van a regalar nada, hay que obligarles a ceder, debemos arrancarles por la fuerza lo que nos corresponde.

Bajo el capitalismo no podemos dar por sentado ninguno de “nuestros derechos”. Incluso el más básico, como el derecho a vivir, se puede poner en entredicho si el beneficio para la burguesía es suficientemente apetecible. “Nuestros” derechos no serán tal mientras sigan dependiendo de los caprichos de sus consejos de administración.

Las actitudes conciliadoras y complacientes de los partidos reformistas no evitarán la sangría que sufrimos. En el mejor de los casos nos clavaran el cuchillo con mejores modales. ¿A que esperan para tomar cartas en el asunto? ¿Por qué se esfuerzan tanto en que las movilizaciones se conviertan en paseos anodinos que ni ruido generan? La clase obrera tiene que ser independiente para poder afrontar los desafíos que tenemos por delante. De nada nos vale seguir al más radical de los palmeros de la burguesía. Ya se ha demostrado que no existe un capitalismo amable, la única alternativa es que podamos decidirlo TODO, la única opción viable es el socialismo.