El capitalismo tiene raíces profundas, ¡Desatemos la tormenta revolucionaria!

El capitalismo tiene raíces profundas.

Actualmente, no es extraño que las personas jóvenes que viven en el Estado Español, sean críticas con el capitalismo. Es casi una pauta social: en un contexto en el que el precio de la vivienda, los salarios bajos, la temporalidad y un largo etcétera que dificultan la existencia de la clase obrera y las clases populares, es normal que algo haga clic: “el capitalismo no funciona”. La cuestión es que el capitalismo no está roto, no podemos “hacerlo funcionar” mejor, sino que esta es su manera de funcionar: no admite reforma.

Gobiernos, de izquierdas y derechas, se van sucediendo y la situación no sólo no cambia, sino que se recrudece. Cada derecho es una batalla; cada derecho tiene fecha de caducidad. Esta cotidianidad, que pasa desapercibida, que apenas es ruido blanco para el Estado Burgués, apunta a una realidad: el capitalismo está en descomposición.

El sistema capitalista como modo de producción permea todos los ámbitos de la sociedad, define nuestras relaciones, y marca como vivimos. Llevamos así desde que la burguesía tomó el poder a finales del S.XIX y lo cierto es que la mayoría de las masas perciben el aroma a putrefacción que desprende. El hastío es comprensible y, como primer paso, hay que entender con precisión el por qué decimos que es un sistema que está en descomposición, para así poder analizar cómo podemos superarlo.

El capitalismo premonopolista, aquel “ensueño de intercambio libre de mercancías” al que, a veces, un sector de la burguesía nos sigue apelando, como una estrategia ideológica romántica, o como publicidad de una estafa piramidal, empezó a transformarse a principios del S.XX. Es decir, las diferentes ramas de producción se empezaron a fusionar, se crearon monopolios, se fusionó el capital bancario con el industrial y la extracción de materias primas de colonias y semicolonias, terminó con la exportación de capitales. Así, el capitalismo de “librecompetencia” se transformó en imperialismo.

Este sistema tiende a estancarse, impide el desarrollo de las naciones dominadas, los monopolios absorben cualquier nuevo sector que aparezca. También, las inversiones son cada vez menos rentables, ya que el capital necesario sólo para mantener en marcha la maquinaria tiende a crecer, estancando así al sistema en su conjunto, a medida que disminuye la tasa de ganancia. Para recuperarse económicamente, el imperialismo tiene que ser depredador: cercena empleos, destruye países a base de deudas o, en el peor de los casos, mediante guerras, teniendo como ejemplo los destrozos en Oriente Medio con motivo de abaratar la compra de petróleo y afianzar posiciones geopolíticas. Esa depredación afecta también al medio ambiente, entre otros, por la desforestación y las altas tasas de contaminación de las industrias, causando la Crisis Climática actual.

De hecho, en los países semicoloniales ya no se puede disimular la dependencia. Antes, ante los programas de nacionalizaciones de los líderes populistas, el imperialismo se permitía hacer pequeñas concesiones. Estos líderes, durante unos años, podían crear la ilusión de que estaban liberando el país. En el contexto actual, los países imperialistas cierran más el nudo, y ya es imposible disimular la dependencia a uno u otro bloque imperialista.

En el puñado de países imperialistas, como España, donde la democracia burguesa y la paz social son la norma, también vemos esta putrefacción. La democracia burguesa requiere que una parte de la población tenga una vida pasable en general (capas medias pequeñoburguesas, aristocracia obrera…) y que, al menos puntualmente, sea posible dejar caer algunas reformas sociales a los trabajadores para desactivarlos. Sin embargo, el circo parlamentario es cada vez más evidentemente un circo, con una tendencia a las masas a desentenderse de la participación electoral (en algunos países incluso desincentivar el voto se usa como arma política de unos partidos contra otros) y un giro a la derecha de muchas democracias burguesas, destacando casos como el francés, donde se puede elegir entre liberales y ultraderecha.

Aunque cada vez sea más difícil convencer a las masas de que el capitalismo es el único sistema posible, o bien el mejor, el capitalismo tiene las raíces profundas. Vemos como grandes empresas quiebran, pero no es el oligarca quien termina en el paro, somos los trabajadores los que sufrimos las consecuencias, ya que ellos, con sus grandes fortunas conseguidas mediante explotación y herencias (conseguidas con más explotación), consiguen salvar sus cuellos.

Como podemos ver, el imperialismo no puede autodestruirse por sí mismo. Incluso si se consigue superar el capitalismo, oponen una férrea resistencia, y estas raíces sociales pueden, incluso, causar restauraciones capitalistas en países socialistas.

Por otra parte, el Estado Burgués, encargado de reproducir el sistema capitalista y defender a los intereses de los grandes oligarcas, es un monstruo burocrático que cada vez permea más en la vida de la población y se torna de un cariz más y más represivo. Tenemos ejemplos de cómo la propia policía desplegaba drones para vigilar que los jóvenes no hicieran botellón, o que la gente no estuviera en las playas de noche, actos que, evidentemente, carecen de relevancia política. Los actos que sí tienen relevancia política son castigados más duramente: raperos y activistas encarcelados o con juicios pendientes, multas o arrestos por parar desahucios, etc. También el Estado Burgués coarta la organización política o la protesta, con leyes como la Ley Mordaza, que impide reuniones no autorizadas de más de veinte personas, o impide tomar fotos de los números de placas de los policías.

Es por eso por lo que las fuerzas represivas están alejadas de las masas. Desde la propia selección es una ocupación que atrae a sectores reaccionarios y el Estado pone considerables esfuerzos en adoctrinarles, además de organizarse corporativamente en pseudo-sindicatos. De hecho, las fuerzas represivas cuentan con una serie de privilegios, entre ellos, la propia impunidad implícita de las acciones violentas que tomen sobre las masas: por ejemplo, en México los policías salen impunes de violaciones y feminicidios y, en Estados Unidos, asesinan indiscriminadamente a personas racializadas. También es necesario mencionar la brutalidad policial en las manifestaciones, teniendo como ejemplo el brutal despliegue de fuerzas durante las manifestaciones por la libertad de Pablo Hasel, o el tiro con arma de fuego a un hombre en Linares.

Además, en esta fase de capitalismo estancado y decadente, los cuerpos policiales están cada vez más militarizados: aparecen en desahucios y manifestaciones con escudos, trajes aislantes, protecciones que les hacen ser, físicamente, prácticamente intocables, con posiciones y tácticas de ofensiva calculadas. Incluso, aunque no sean policías, tampoco es extraño ver miembros de empresas de seguridad vigilando en el transporte público, armados con tasers. Como podemos ver, la progresiva militarización de la vida cotidiana es una realidad, incluso aunque no haya un Partido Comunista que suponga una amenaza real al Estado.

Tampoco podemos olvidar que el capitalismo no es un ente abstracto; es el gobierno quien encarna el poder del Estado, el que decide la vida de las masas, quien gestiona la miseria y quien está por encima de los cuerpos represivos. Los políticos burgueses, cuya agenda es aspirar a gobernar con sus respectivos partidos, son la otra pata que asegura la supervivencia del Estado. Esta capa de gestores del capitalismo, privilegiada a más no poder, incluso después de terminar su carrera política, es el brazo ejecutor del poder de la burguesía. Sus acciones y su política están al margen de las amplias masas que, aunque haya un sistema democrático parlamentario, no tienen ninguna posibilidad real de incidir en la política, a no ser que ejerzan presión suficiente para que alguno de los políticos haga una propuesta de ley, que tampoco garantiza si pasará o no, o si lo único que pasará va a ser una versión diluida a más no poder de las reclamaciones populares. Esto sumado al poder judicial, de casi imposible acceso para una persona de clase obrera.

También hay que ser conscientes de que, incluso cuando la clase obrera haya tomado el poder mediante una revolución socialista y haya establecido su correspondiente Estado Obrero, las raíces del capitalismo son difíciles de extirpar. Hemos visto como en el caso de la Unión Soviética, sobrevivieron pequeñas formas de producción capitalista, en forma de talleres clandestinos, pequeños privilegios a la burocracia o apropiación privada de beneficios que, una vez los revisionistas consiguieron el poder, condujeron a una restauración del capitalismo. Eso no significa que el capitalismo sea imbatible, sino que se trata de que los y las revolucionarias extraigamos enseñanzas de los procesos revolucionarios pasados, para aplicarlas en el presente.

Desatemos la Tormenta Revolucionaria.

El árbol podrido que es el capitalismo está regado con la sangre y el sudor de las masas; somos el engranaje que hace girar este sistema, y sólo nosotros y nosotras podemos derribarlo. En concreto, la clase obrera tiene un papel fundamental, ya que es ésta la que produce las mercancías. Para desatar la Tormenta Revolucionaria, uno de los puntos clave es, precisamente, atinar de manera correcta en cual tiene que ser la relación del Partido con las masas. En la fase en la que nos encontramos ahora, en la de Reconstrucción del Partido Comunista, la relación con los activistas radicales va a ser de vital importancia, como pasaremos a exponer a continuación.

Desde la Crisis del 2008, los movimientos sociales no han parado de crecer y avanzar en sus formas de organización y en su combatividad. Vemos que la situación del día a día es la de una protesta casi permanente: las masas salen a la calle para defender sus intereses. No solo eso, sino que generan redes y formas de asociación en la que la lucha es diaria, como los diferentes sindicatos de vivienda.

Estos movimientos evolucionan, estamos ante una nueva generación de activistas que aprenden de los anteriores, que están en la cabeza de sus movimientos, y que luchan hasta las últimas consecuencias, como muestra, los detenidos y represaliados en las protestas de Pablo Hasel.  Lo vemos también en las Huelguistas represaliadas del 8 de Marzo: a pesar de que el Gobierno se suele poner una careta feminista, las mujeres organizadas saben que esto es poco más que una performance, y se las reprime en consecuencia. La realidad es que estas formas de organización son más tangibles y han superado con creces los resultados de la mayoría de Partidos Comunistas en el Estado Español, que apenas cuentan con relevancia política.

¿Qué debemos hacer los comunistas en esta situación? Actualmente, el tópico que impera es que los comunistas asistimos a los conflictos a hablar de nuestro libro, y nos retiramos cuando los conflictos escalan. Si queremos desatar la tormenta revolucionaria, debemos tener muy claro cual tiene que ser nuestra relación con las masas en el contexto que nos toca: tenemos que ser sus aprendices, a la vez que las dotamos de las herramientas políticas necesarias.

Lo que nos pueden aportar las luchas de masas es extremadamente valioso, va desde formas de organización hasta formas de combate y autodefensa. Nuestro deber es aprender en primera línea de estas experiencias, y sintetizarlas. Por otra parte, si los activistas más avanzados saben de sobra que el capitalismo no es reformable, y que no tiene nada bueno que ofrecer, ¿Qué les podemos ofrecer nosotros? No podemos repetirles lo que ya saben. Nuestro deber es aportar la ciencia revolucionaria, es decir, la síntesis del conjunto de experiencias revolucionarias internacionales, que permite planificar, organizar y ejecutar el salto de las actuales luchas de masas a las luchas revolucionarias. Sólo las masas pueden corroborar la veracidad de nuestra línea política.

Aquí es donde entra la estrategia de la Reconstrucción del Partido Comunista. No sólo se trata de recuperar un gran partido que represente a la clase obrera, sino un instrumento para hacer la revolución, lo más afilado posible. Este partido se construye con los elementos más avanzados de la lucha activista y, además, son estas experiencias sintetizadas, esta referencialidad dentro de los movimientos de masas, y la capacidad de organizar y dinamizar a éstos para asestar golpes al Estado, lo que lo define.

Pero sólo con los movimientos de Masas, por muy militantes que sean, no se puede acabar con el Estado Burgués. Cuando hemos hablado antes de la importancia de las experiencias de enfrentamiento del pueblo contra las fuerzas represivas, no es por casualidad. Para hacer una revolución, igual que la burguesía cuenta con su ejército, la clase obrera debe contar con el suyo propio. Éste, evidentemente, no cae del cielo. También aquí debemos buscar el punto de partida en las luchas de masas más militantes: en el Estado Español, las experiencias más vanguardistas de combate las hemos visto en manifestaciones antirrepresivas, antifascistas, obreras, por la autodeterminación de Catalunya, etc. Es nuestro deber como comunistas aprender de estas experiencias, y esto se consigue no huyendo de ellas.

¿Qué forma tiene el capitalismo en España?

El Estado Español es una potencia imperialista de segundo orden, esto significa que el capitalismo está completamente desarrollado y que, además ejerce una dominación hacia otros países. Aunque sea de segundo orden, es decir, presente una menor riqueza y supeditación a potencias imperialistas más fuertes o a superpotencias, la estrategia revolucionaria aplicable es la toma de poder por parte de la clase obrera mediante una revolución socialista. Así mismo, los comunistas somos internacionalistas, esto significa que damos a apoyo a todas las luchas antiimperialistas en los países dominados, a la vez que luchamos contra nuestro propio Estado.

Por otra parte, aunque hemos mencionado el Estado Burgués, el Estado Burgués puede tener muchas formas, nosotros no luchamos contra una abstracción, luchamos, concretamente, contra una democracia burguesa. Democracia burguesa es un oxímoron. Nuestra participación es entre poca o nula, teniendo sólo el derecho a elegir quien nos va a subir la luz en la próxima legislatura. La democracia burguesa parte de mil trabas, es por esto por lo que existen cifras altas de abstención entre la clase obrera: llegan miles de programas por correo que nadie tiene tiempo a leer, y si se leen, se leen con sorna, porque la desconfianza crece. Estamos en una situación que, incluso, leyes esperadas que son una concesión progresista, como la Ley Trans, ha pasado de milagro -porque la burocracia estatal ha puesto mil trabas- y recortada por todas partes, privando de este derecho a buena parte de los solicitantes.

Quien gestiona y representa este Estado es el gobierno. No hay fracciones en nuestra oligarquía financiera, está unida para dominarnos y el gobierno la representa, independientemente de su color. Cuando el gobierno es de derechas o si es de izquierdas, lo único que cambia es cómo intentan sacar adelante la política de la oligarquía, si frontal o sibilinamente, pero unos continúan las políticas de otros, cogiéndose a las mil excusas que el capitalismo les ofrece. Es nuestro deber señalar al Estado como enemigo principal de la clase obrera en la estrategia revolucionaria, y al gobierno del Estado como el enemigo principal a nivel táctico, como concreción de la dictadura capitalista a cada momento.

Por último, nuestro gran reto en España es reconstruir el Partido Comunista, volver a tener la herramienta que, asentada y construida a partir de las masas más avanzadas, enraizada firmemente en la clase obrera y el resto de las masas populares, y dirigiendo un verdadero ejército popular, sea capaz de derribar de una vez por todas ese árbol podrido.

¡EL CAPITALISMO TIENE RAÍCES PROFUNDAS, NO VA A CAER SOLO!

¡RECONSTRUYAMOS EL PARTIDO COMUNISTA!

¡DESATEMOS LA TORMENTA REVOLUCIONARIA!