El futuro de la clase obrera andaluza no se juega en el Parlamento

Ya va quedando menos para el 2 de diciembre. Ese día las y los andaluces están llamados a participar en unas nuevas elecciones autonómicas. La mayoría de encuestas auguran que el PSOE continuará siendo la fuerza política más votada, como así ocurre desde 1982. En cambio, el resto de opciones se sitúan en un empate virtual, de tal forma que el PP, Adelante Andalucía (coalición formada por Podemos, IU y otras organizaciones menores) y Ciudadanos, miden sus fuerzas por la segunda plaza. Además, los sondeos muestran la pérdida de apoyos tanto de PSOE como de PP, votos que irían a parar hacia las otras dos candidaturas.

Sin lugar a dudas, esta situación mantiene y profundiza los cambios que experimentó la política andaluza en 2015. En los comicios celebrados ese año, el parlamento autonómico pasó a contar con cinco fuerzas políticas en lugar de las tres que habitualmente convivían. Tanto Podemos como Ciudadanos finalizaron con éxito su primer ensayo electoral previo a las elecciones generales. En el caso del partido de Albert Rivera, su perfil de renovación en el campo de la derecha cosechó unos resultados que, aunque discretos, arrojaron un número suficiente de asientos en la cámara. Podemos, por su parte, se hizo con la mayoría del espacio de IU y parte del electorado más desencantado del PSOE.

Como en la anterior legislatura, los socialistas debieron buscar un apoyo parlamentario para poder gobernar. Si en 2012 fue IU, en 2015 tocó a Ciudadanos brindar sus escaños en favor del PSOE. Conviene recordar qué ha ocurrido en estos últimos años para fijar y aclarar nuestra posición.

Cuando las ilusiones se desvanecen

Si la historia está condenada a repetirse, que al menos la segunda vez no parezca una farsa. Algo parecido debieron de pensar los dirigentes de la antigua IU en Andalucía cuando se les planteó la disyuntiva de cogobernar o no con el PSOE de Griñán. Los discursos de entonces se esforzaban por convencer a los más reacios: “desde el gobierno podremos hacer notar los cambios”, “es la hora de la responsabilidad política”, “solo gobernando podremos llevar a cabo nuestro programa de izquierdas”. La alegría se desató cuando la militancia respaldó la propuesta de la dirección. Y fue entonces cuando Izquierda Unida pasó a gobernar con los socialistas andaluces.

Pocos recuerdan el lema que entonces usaron en la coalición de izquierdas. Rebélate! se convirtió rápidamente (¿o quizás siempre lo fue?) en un mero eslogan. Y los problemas no tardaron en llegar. El gobierno andaluz al completo aplicó la política de recortes emanada desde Madrid y Bruselas. “No nos queda otra, debemos cumplir por imperativo legal”. Más de 4000 docentes, entre otras muchas consecuencias, se fueron al paro. La sanidad se resintió, la precariedad se extendió y la clase obrera, una vez más, salió perdiendo. Uno de los momentos más esclarecedores fue el episodio que protagonizaron los trabajadores de Delphi. Los obreros de la factoría gaditana, víctimas de un ERE con engaño de la Junta por medio, fueron a pedir respuestas y soluciones al Vicepresidente del Gobierno y líder de IU en persona. Las palabras de Diego Valderas resonaron como un mazo entre los trabajadores. El gobierno ofrecía tiempo, reuniones y formación de comisiones. Los obreros estallaron con el grito de “traidores”.

¿Aquel gobierno, aquellos pactos, significaron una traición?

De aquellos polvos… esta derechización política

Susana Díaz accedió a la presidencia del gobierno andaluz después de que su predecesor fuera señalado por la justicia como responsable del caso de corrupción de los EREs y cursos de formación. El cogobierno quedó roto, y se convocaron unas elecciones como las que tenemos entre manos.

A diferencia de entonces, los efectos de la crisis suman ya más de 10 años. Y las consecuencias son evidentes. Una parte de la burguesía española ha endurecido sus posiciones represivas y reaccionarias en el ámbito político y social. Tanto el PP como Ciudadanos han radicalizado sus discursos, al tiempo que ciertos medios de comunicación alientan las tesis de Vox, partido que se presenta como una fuerza populista y antisistema. Desde el multitudinario mitin en Vistalegre, sectores de la media y gran burguesía española no dudan en promocionar nuevamente ideas racistas y reaccionarias entre la población.

Dicho esto, en la campaña electoral andaluza se está hablando, y mucho, de Cataluña, inmigración ilegal, la españolidad de Gibraltar y Juego de Tronos. El guion ya está escrito: solo falta que las urnas se abran para finalizar la función. Sin embargo, imaginemos que las llamadas fuerzas progresistas, el “partido de la gente”, logre un buen resultado electoral. Pongamos por caso que Adelante Andalucía es capaz de influir en el gobierno andaluz, ya sea desde la oposición o bien desde el mismo Palacio de San Telmo. Sin lugar a dudas, sería un alivio para el pueblo andaluz, especialmente para la clase obrera y otros sectores populares. Pero la experiencia en la legislatura de 2012/2015 no tardaría en resurgir como un deja vu.

¿Una nueva traición? Sin lugar a dudas, sería una traición a la ilusión depositada por aquellas personas de nuestra clase que, una vez más, confían en la alternativa socialdemócrata. Pero la explicación hasta aquí sería superficial. En primer lugar, el ejemplo de 2012/2015 reveló los límites de la institucionalidad burguesa. Y no, no es palabrería hueca. La Consejería de Vivienda, en manos de IU, desarrolló un completo decreto contra los desahucios que protegía a los afectados por hipotecas abusivas. De nada sirvió ser gobierno, el Tribunal Constitucional salió en defensa de las entidades bancarias. El decreto quedó en suspenso y Susana Díaz retiró las competencias en materia de vivienda pública a IU.

Por otra parte, poco podemos esperar del gobierno autonómico. Es cierto que jugar a la democracia burguesa significa hacerlo bajo las condiciones que marca nuestro enemigo. Pero en el caso de las competencias autonómicas, hemos de reconocer que éstas son, sencillamente, muy limitadas. Limitadas a muchos niveles: presupuestarios, marco normativo de rango estatal y ortodoxia europea. Y si no, echemos un vistazo qué consecuencias se han producido en Cataluña después de que el gobierno autonómico catalán, con un respaldo considerable de la sociedad catalana, tratara de llevar a cabo un referéndum de autodeterminación.

En último lugar, es imposible perder de vista el escaso nivel organizativo de nuestra clase. Sobre esto último, las y los comunistas tenemos mucho de culpa. Tiempo atrás, hemos confiado el destino de nuestra clase a quienes decían defenderla, pero los años han demostrado que aquellas organizaciones formadas por cuadros de la pequeña y media burguesía poco o nada harán por la clase trabajadora.

En conclusión, ¿podemos realmente hablar de traición? Difícil creer tal cosa, como complicado sería esperar que nuestros enemigos cedieran a nuestros propósitos de forma voluntaria.

En Andalucía, ¿qué es lo que toca?

Todo apunta que se avecinan tiempos difíciles. La economía capitalista no nos dará ni un respiro, y es previsible que la situación de explotación y miseria que vive la clase obrera andaluza continúe. Ello, unido a la intervención cada vez más dura de las organizaciones reaccionarias y ultraderechistas, plantea un horizonte de confusión para la clase trabajadora.

En Revolución venimos constatando que para comenzar a plantear alternativas y soluciones a nuestros problemas, urge contar con una herramienta potente y eficaz. Reconstruir el Partido Comunista es, ante todo, el objetivo que nos marcamos en el corto tiempo. Ha pasado demasiado tiempo sin que la clase obrera de Andalucía, sin que las trabajadoras y los trabajadores de España, pudieran organizarse en su partido.

Es el momento, es la hora. Únete a la Organización Comunista Revolución. Únete al proyecto que lucha por un futuro digno para la clase obrera.