Filomena en Madrid: Solidaridad barrial, abandono institucional

Desde el viernes pasado, en Madrid estuvo nevando durante 30 horas seguidas. Alrededor de 1.300 personas han pasado horas atrapadas en las carreteras, muchas de ellas no fueron rescatadas hasta el día siguiente, buscándose la vida para pasar la noche en plena borrasca. Madrid ya ha registrado cuatro muertes.

En decenas de barrios la nieve impide acceder a centros sanitarios o desplazarse a comprar artículos de primera necesidad, y en muchos casos las quitanieves no han llegado. Las autoridades públicas no responden. Estos últimos días la ciudad se ha inundado de convocatorias de vecinos que bajaban pala y cubo en mano para despejar las calles antes de que la nieve se convirtiera en hielo. Se han creado grupos en los que voluntarios prestaban sus vehículos todoterreno para hacer transportes de urgencia.

Pero donde más preocupa la situación es en la Cañada Real. Este asentamiento está especialmente aislado y desde hace casi cuatro meses no llega el suministro eléctrico. Aquí viven 800 familias que, como en muchos otros puntos de la ciudad, apenas pueden salir de sus hogares para conseguir gas butano o leña. Ya ha habido ingresos por hipotermia y casos de emergencia como aludes y derrumbamientos sobre las casas que tardan horas y días en ser atendidos.

Las autoridades autonómicas y centrales siguen sin querer escuchar a los vecinos, que llevan meses organizando protestas contra el corte de suministro eléctrico. La táctica para lavarse las manos ante la privación de necesidades básicas de 4.000 personas ha sido, por una parte, ignorar y silenciar el problema, y por otra, criminalizar a toda la comunidad utilizando como arma arrojadiza la “lucha contra la droga” para culpar a todas estas personas, también a los 2.000 niños que viven aquí, de su propia miseria.

Lo absurdo de la situación es que la sociedad está sobrecapacitada para producir bienes y servicios, pero el sistema capitalista no es capaz de utilizar todo este potencial para proporcionar a la población un respaldo básico para afrontar situaciones de crisis. ¿Es que los ayuntamientos no podrían haberse provisto de vehículos, excavadoras, sal y anticongelante, reservas de gas, generadores eléctricos o telecomunicaciones de emergencia para ponerlos a disposición de los vecinos en caso de que algo así ocurriera? En lugar de eso nos encontramos con una subida del precio de la luz y el gas. Nos encontramos con brigadas vecinales organizándose como pueden para sacar la nieve a palazos. Nos encontramos con personas atrapadas en coches, camiones, trenes y autobuses durante horas. Con servicios de limpieza y emergencias insuficientes e infradotados. Personas pasando la noche en sus centros de trabajo. Aglomeraciones en el metro en plena pandemia.

Este Lunes muchos de nosotros hemos vuelto al trabajo. Por supuesto, trabajar debe ser nuestra prioridad absoluta por mucho que nuestras condiciones de vida sean cada vez más degradantes. Por mucho que aquellos a los que enriquecemos, a los que cedemos el poder de decidir sobre nuestro presente y nuestro futuro, nos dejen a la deriva cuando vienen tiempos duros. Es hora de organizarse y plantar cara. Estos días hay un lema que resuena en muchas calles de Madrid: sólo el pueblo salva al pueblo. Que así sea.