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Introducción

            La revolución rusa de octubre de 1917 supone la primera revolución netamente obrera tras la breve experiencia de la Comuna de París y la primera experiencia histórica de construcción de un sistema socialista. Ni Marx ni Engels habían analizado como sería una futura sociedad socialista, más allá de la elaboración de un programa político bastante básico, principalmente porque habría supuesto un juego de futurología escasamente científico. Esto supone que los bolcheviques y la clase obrera rusa van a tener que hacer uso de una gran creatividad política y originalidad a la hora de ir superando las contradicciones que implica la creación de un mundo nuevo.

            Este reto histórico es aún mayor si entendemos la realidad de la Rusia del momento. Hablamos de un país semifeudal con una población de 150 millones de personas de las que un 75% eran campesinos pobres que empleaban técnicas de cultivo arcaicas. La mitad de la tierra seguía en manos de la nobleza, la iglesia ortodoxa o la familia real. La incipiente industria se encontraba en núcleos urbanos aislados en los que trabajaban 3,5 millones de obreros[1]. Hablamos pues de un país donde convivían formas económicas muy distintas (desde la producción agrícola arcaica hasta la capitalista) y con una composición de clase mayoritariamente campesina que condicionará el proceso de construcción del Socialismo.

            Muchos fueron los que defendieron que era una aberración plantear el Socialismo en un país de estas características. El mismo Marx había analizado, en su momento, que la revolución comenzaría en los países capitalistas más avanzados, lo que sirvió de excusa a los mencheviques para situarse junto a los kadetes (liberales burgueses) durante la revolución de octubre. Lenin, sin embargo, había analizado cómo el Capitalismo había entrado en una fase monopolista, su fase superiora la que llamaría Imperialismo y que trascendía las fronteras estatales. Una consecuencia de esta nueva fase es que la revolución ya no estallaría en el país con un capitalismo más avanzado sino en el eslabón más débil de la cadena imperialista, y este era Rusia.

            Al difícil punto de partida que suponía la estructura económica y social rusa se sumó la reacción de las fuerzas contrarrevolucionarias (zaristas, burgueses, mencheviques…) que llevaría a una feroz guerra civil en 1918 y la invasión de las potencias imperialistas durante la misma. Esto, y la realidad de un país devastado tras la guerra, impidió que los bolcheviques pudieran pararse a reflexionar de forma concienzuda y serena los pasos de construcción del Socialismo durante los primeros años de la dictadura del proletariado[2]. Y, sin embargo, las primeras décadas tras la revolución, con sus aciertos y errores, son una fuente fundamental de enseñanzas para los comunistas de hoy en día y una prueba histórica de que el Socialismo es un sistema más justo y productivo que el Capitalismo.

 

La dirección política de la clase obrera

            La revolución permitió por primera vez la incorporación masiva de la clase obrera a la actividad política y la toma de decisiones, sin importar criterios de género o etnia. El poder político soviético tuvo siempre un marcado carácter obrero de clase, en el que las alianzas con otras clases sociales tuvieron una importancia fundamental, pero meramente táctica. Tanto los bolcheviques como los campesinos eran conscientes de la naturaleza temporal de esta alianza de clase, como Lenin hacía explícito en sus escritos[3]. Y esta solo pudo mantenerse gracias a las concesiones que la clase obrera realizó a los pequeños productores agrícolas para consolidar el proceso de avance hacia el Socialismo. Solo dentro de esta lógica podremos entender decisiones como el reparto de tierra en usufructo de 1917 o la NEP en 1921.

            La participación de la clase obrera en el poder político fue evidente desde los primeros momentos de la Revolución. En 1917 la participación era masiva en las instancias de poder mediante los soviets desde las fábricas, los barrios pobres o las aldeas, elevando propuestas y representantes a los estamentos superiores, somo el Congreso de los Soviets, aunque es cierto que esta masividad se vería truncada con la guerra[4]. Mediante el decreto de control obrero de las fábricas de 1917 las órdenes de los comités de empresa en las fábricas pasaban a ser de obligado cumplimiento para sus propietarios, si bien esta coexistencia con los burgueses fabriles se mantendría hasta la etapa de construcción de la economía socialista debido a la necesidad de la clase obrera de aprender todas las técnicas de gestión necesaria para dirigir la economía de forma eficiente, como siempre defendió Lenin.

            La base y el apoyo obrero al sistema soviético trascendieron todas las fronteras y se hicieron evidentes en todo el mundo. No en vano Lenin defendía que su revolución contaba con una base social más amplia que cualquiera de las experiencias precedentes[5]. Las movilizaciones obreras se extendieron y recrudecieron por numerosos países, incluido el nuestro, estimuladas por el exitoso ejemplo del proletariado ruso en un periodo que ha pasado a conocerse como “trienio bolchevique”. Paralelamente, las muestras de solidaridad de la clase obrera internacional, sobre todo a través de los sindicatos, fueron numerosas a lo largo de los años 20, mediante envíos de dinero y productos para colaborar con la resistencia del nuevo estado soviético en sus años más difíciles.

 

Asentar las bases de un nuevo mundo

            En 1921 los bolcheviques controlaban ya la mayor parte del territorio ruso, aunque los combates se alargarían hasta 1923. La guerra supuso la devastación económica para el nuevo estado soviético y la pérdida de millones de vidas. Respecto a 1913 la producción agraria apenas llegaba a un tercio, la producción industrial a un 13% y el tráfico ferroviario a un 12%[6]. Las muertes provocadas por la guerra y el difícil abastecimiento de las ciudades, donde se generalizaron el hambre y el frío, provocaron la desintegración de la mitad del proletariado, ya fuera por fallecimiento o por el éxodo al campo.

            Esta situación impuso un sistema de requisas forzosas de grano durante la guerra para asegurar el abastecimiento del ejército y las ciudades, lo que generó malestar entre sectores amplios del campesinado, en los que dominaba una mentalidad tradicional y pequeñoburguesa. El consecuente debilitamiento de la alianza obrera-campesina era aún más peligroso teniendo en cuenta el fracaso de las experiencias revolucionarias en Hungría y Alemania que pronosticaban que la revolución no se iba a extender en el corto plazo a otros países y que el nuevo estado soviético debería resistir en solitario[7]. Para asegurar la estabilidad del país los bolcheviques decidieron realizar un giro táctico y, ante fuertes tensiones con los sectores más izquierdistas del partido, aprobaron la Nueva Política Económica en 1921.

            La NEP suponía un retorno a los mecanismos de mercado, buscando el incremento de la productividad de los pequeños agricultores y el estímulo del intercambio de productos entre el campo y la ciudad. Se permitía a los agricultores el libre comercio de sus excedentes una vez pagado el impuesto correspondiente al Estado. Suponía en la práctica un sistema mixto de economía capitalista y socialista. La importancia política de este viraje es que los comunistas siempre fueron conscientes de que se trataba de una medida de transición, temporal y condicionada por una población mayoritaria de pequeños productores agrícolas. Una medida que de ningún modo sería necesaria en un país con un capitalismo desarrollado[8].

            Los éxitos económicos de la NEP fueron innegables. La producción comenzó a incrementarse y se restablecieron los mecanismos de intercambio entre el campo y la ciudad, superándose los niveles de Renta Nacional anteriores a 1914. Gracias a las divisas generadas por la agricultura se pudo invertir en maquinaria industrial, lo que facilitó que la producción industrial alcanzara la cifra de 16.800 millones de rublos en 1928 respecto a los 1.700 millones en 1920[9]. Sin embargo también aumentaron las diferencias sociales en el campo. Los kulaks, campesinos ricos, arrendaban la tierra, contrataban mano de obra asalariada y cada vez tenían más poder en los soviets rurales frente a la masa de campesinos pobres. A su vez, aparecieron los Nepman, comerciantes especuladores, intermediarios entre el campo y la ciudad. Los elementos capitalistas en la economía generaban irremediablemente parásitos sociales.

            Sin embargo, lo fundamental de este punto es que los comunistas y la clase obrera fueron en todo momento conscientes de estas contradicciones que se estaban generando. Sabían que no se podía resolver el problema de la mentalidad pequeñoburguesa en los productores agrícolas hasta no resolverlo en su base, es decir, hasta no mecanizar el campo y extender la electricidad[10]. Asumieron estas nuevas contradicciones sociales como un mal temporal mientras potenciaban el desarrollo de las fuerzas productivas, cimentando unas bases sólida para la construcción de una economía socialista. Y esta empezaría a dar sus primeros pasos a partir de 1928, bajo la dirección de Stalin.

La construcción del Socialismo

            La construcción del Socialismo se basó en 2 pilares fundamentales: la colectivización del campo y la planificación de la economía. La agricultura se basó en dos nuevos modelos de explotación agrícola: los koljós, cooperativas, y los sovjós, granjas estatales. El fin de la pequeña propiedad, la creación de grandes unidades de cultivo y la mecanización produjeron una gran cantidad de excedente que fue destinado a cubrir las necesidades de la población y a la exportación, generando unas divisas que serían destinadas a importar máquinas y tecnología. Todo esto generó, por supuesto, fuertes tensiones sociales y conflictividad interna con los kulaks, que se resistieron a la colectivización por todos los medios a su alcance. Por su parte, la planificación supuso la regulación de la economía, racionalizándola, mediante planes quinquenales[11]. Los objetivos de producción se establecían en base a las necesidades de las personas del país, los materiales disponibles y la capacidad de los trabajadores para producir.

            Los resultados fueron espectaculares. La Renta Nacional se incrementó un 86% por el primer plan y un 110% tras el segundo, multiplicándose por 4 en apenas 10 años. La producción industrial, que suponían un 34’8% en 1928 pasó al 62’7% en 1940. Para alcanzar estas cifras hubo que construir grandes fábricas, ampliar la red ferroviaria, industrializar nuevas regiones y construir nuevas ciudades[12]. Pero no solo eso, la escolarización se extendió a todos los niveles acabando prácticamente con el analfabetismo. Las Universidad se abrió para la clase obrera formando a miles de técnicos. El sistema educativo fue completamente gratuito, desde la escuela infantil hasta los posgrados, fomentando un modelo de educación continua que mejorara los conocimiento y la cualificación de los obreros a lo largo de su vida y que respondiera a las diversidades nacionales, incluyendo la formación en 15 idiomas distintos. Esto se vería reflejado en el progresivo incremento de avances científicos y técnicos, como el primer trasplante de córnea con éxito en 1931, las hibridaciones fértiles de vegetales o los avances en tecnología espacial pocos años después.

            Pero sin duda, el mejor ejemplo de la eficacia de la economía socialista planificada llegaría durante el reto que supuso la II Guerra Mundial. El 22 de junio de 1941 un ejército de 5 millones de soldados alemanes, italianos, húngaros, rumanos y finlandeses invadirían la URSS. En apenas 5 meses los soviéticos perdieron un territorio que contenía el 63% de la producción de carbón, el 68% de la producción de lingotes de hierro, el 60% de aluminio, el 41% de la líneas férreas, el 38% del cereal y el 60% de la ganadería porcina. En 1942 los alemanes llegaban hasta Stalingrado ocupando  las mejores tierras de cereal e interrumpiendo temporalmente los suministros de petroleo que llegaban desde Baku[13].

            Los soviéticos trasladaron entre julio y noviembre de 1941 1.523 de empresas y 10 millones de personas fueron evacuadas. La industria se reorganizó en zonas alejadas del frente y se enfocó a la producción militar para ganar la guerra. Una hazaña de estas magnitudes no hubiera sido posible sin el pleno apoyo y el sacrificio de millones de obreras y obreros soviéticos, así como de otros países como los exiliados españoles tras nuestra Guerra Civil, que lo dieron todo para conseguir la derrota fascista desde el frente y desde las fábricas. Fue este sacrificio de nuestra clase, lleno de individuos anónimos, el que permitió organizar la contraofensiva y la definitiva derrota del nazismo en toda Europa.

Los avances feministas de la Revolución

            La incorporación de las mujeres obreras al poder político y los avances en igualdad de género, aunque insuficientes y sujetos a una necesaria crítica, fueron también innegables en la experiencia soviética. Desde un primer momento se reconoció la plena igualdad de derechos entre hombres y mujeres, en un contexto histórico donde la participación política de las mujeres estaba aún restringida en casi la totalidad de países del mundo. La dirigente bolchevique Alexandra Kollontai sería la primera mujer en la historia en ocupar un cargo de gobierno, sin llegar a estar libre de los tradicionales roles de género, como Comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública. Y en 1920 encontramos, al menos, a 600 mujeres alcaldesas en sus ciudades y pueblos.

            Los avances en las igualdad de género y la incorporación efectiva de las obreras a la vida política y profesional solo podía ser plenamente efectiva si se acababa con las bases de la explotación patriarcal, tambaleantes con la caída del capitalismo, y con el modelo de familia que las acompañan. Las dirigentes bolcheviques, pese a las resistencias que encontraban, se encargaron de incrementar mecanismos para la socialización de los trabajos domésticos. Un ejemplo de ellos fue la creación de la red de comedores públicos impulsada por Inessa Armand, como forma de liberar a las mujeres y asegurarles tiempo para su vida política, profesional y personal.  Se aprobó el seguro de maternidad, que establecía 8 semanas de licencia de maternidad con total remuneración, asegurando los recesos de lactancia, las instalaciones de descanso en fábrica y la cobertura medica total en embarazo y parto. A pesar del enraizado machismo de la sociedad rusa se aprobaron también el derecho al divorcio sin necesidad de justificación, el matrimonio civil y se acabó con las distinción entre hijos legítimos e ilegítimos[14]. El derecho al aborto también fue legalizado, así como la despenalización de la homosexualidad, sin embargo serían retirados años más tarde en una muestra de las limitaciones en materia feminista del nuevo e incipiente sistema socialista.

Las potencialidades del Socialismo 100 años después

            Un siglo después de la Revolución de Octubre podemos afirmar que el Capitalismo ha perfeccionado sus mecanismos de dominación hasta puntos muy sutiles. La explotación burguesa se cubre con un manto democrático incuestionable para las amplias masas gracias al trabajo de unos aparatos ideológicos cada vez más desarrollados. Los intereses imperialistas siguen sembrando de muerte y destrucción un gran número de países como Libia, Siria o Ucrania. En un momento como el actual, con el mayor porcentaje de clase obrera entre la población mundial, con crisis económicas constantes que ahondan la miseria de nuestra clase por todo el planeta mientras los monopolios siguen acumulando riqueza, lo que parece claro es que acabar con el Capitalismo es una necesidad política del presente. Y si echamos la vista atrás de forma honesta y analizamos cada una de las propuestas políticas que se han generado contra el mismo solo podemos concluir en que el Socialismo, a través de la vía revolucionaria, es la única que se ha demostrado exitosa.

            El camino hacia el socialismo es difícil y requerirá no pocos sacrificios, las experiencias históricas así nos lo han enseñado, pero también supone un modelo económico más eficiente, productivo y sostenible y, sobre todo, un modelo de sociedad más justo. Teniendo en cuenta la increíble evolución de las fuerzas productivas durante los últimos 100 años a nivel técnico y tecnológico y siendo conscientes de que bajo el capitalismo el trabajo no tiene como objetivo satisfacer las necesidades de la sociedad y asegurar su progreso, sino enriquecer de forma permanente a una élite que controla los medios económicos, las posibilidades presentes y futuras que supondría enfocar toda nuestra capacidad social en el bienestar colectivo son incalculables.

            El Socialismo es el futuro porque en un mundo donde tenemos las herramientas y conocimientos capaces de asegurar bienestar seguimos malviviendo explotados para enriquecer a una minoría, porque la necesidad burguesa de acumular ganancias provoca muertes y arruina vidas. El Socialismo es el futuro porque nunca dejaremos de luchar contra la barbarie.

[1]     HERMIDA, Carlos. Apuntes históricos de la Rusia Soviética (1917-1945). Aurora 17. 2009. Pág. 93.

[2]     LENIN. De la construcción de un régimen secular a uno nuevo. Obras escogidas, Tomo III. Edición Progreso. Moscú. 1961.

[3]     LENIN. Informe sobre la situación del sistema de contingentación por el impuesto en especie 15 marzo. X Congreso PC(b). Obras escogidas, Tomo III. Edición Progreso. Moscú. 1961

[4]     DURÁN, Eduardo. Comunismo. Historia de un sistema político. Abya Yala. 2004.

[5]     LENIN. Informe del Comité Central 29 marzo. IX Congreso PC(b). Obras escogidas, Tomo III. Edición Progreso. Moscú. 1961

[6]     HERMIDA, Carlos. Obra citada. Pág. 95.

[7]     LENIN. Informe sobre la situación del sistema de contingentación por el impuesto en especie 15 marzo. X Congreso PC(b). Obras escogidas, Tomo III. Edición Progreso. Moscú. 1961

[8]     LENIN. Informe sobre la situación del sistema de contingentación por el impuesto en especie 15 marzo. X Congreso PC(b). Obras escogidas, Tomo III. Edición Progreso. Moscú. 1961

[9]     HERMIDA, Carlos. Obra citada. Pág. 96.

[10]   LENIN. Informe sobre la situación del sistema de contingentación por el impuesto en especie 15 marzo. X Congreso PC(b). Obras escogidas, Tomo III. Edición Progreso. Moscú. 1961

[11]   HERMIDA, Carlos. Obra citada. Pág. 97.

[12]   HERMIDA, Carlos. Obra citada. Pág. 98.

[13]   HERMIDA, Carlos. Obra citada. Pág. 101.

[14]   FELIS, Carla. 8/3/2017. Las tres mujeres que utilizó Lenin para el triunfo de la Revolución Rusa. El Mundo.

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