La crisis del coronavirus y el papel del Estado

En los últimos días hemos vivido la convocatoria del Estado de alarma por parte del Gobierno a raíz de la crisis sanitaria provocada por el Covid-19, más conocido como el Coronavirus. Esto significa que se aprueban medidas excepcionales de control de la población por las que se limitan nuestros desplazamientos y la abertura de comercios de distinta tipología, así como se autoriza el control por parte del Estado de diversos recursos como la sanidad privada. Al mismo tiempo, esto contrasta con el mantenimiento del trabajo en empresas productivas que no se dedican a la fabricación de recursos de primera necesidad o alimentos.

De esta situación podemos extraer varias conclusiones sobre cuál es la esencia del Estado Burgués en el que vivimos y qué fines principales persigue hasta en una situación de crisis sanitaria.

Estas conclusiones se pueden resumir en que esta crisis sanitaria nos demuestra que el capitalismo es mucho más del mal llamado libre mercado. Por eso los comunistas nos referimos a esta fase actual del capitalismo como capitalismo monopolista de Estado. En este, el Estado funciona como facilitador y garante activo del estado de la economía para el conjunto de la burguesía, y, particularmente para su sector más fuerte y directamente ligado con la oligarquía financiera.

¿Por qué decimos que el Estado funciona como garante de los intereses burgueses?

Con la propagación del Coronavirus hemos visto como ha aparecido un virus que amenaza seriamente tanto a la reproducción de la fuerza de trabajo como a la continuidad en la capacidad de ejercer ese trabajo. Esto es así puesto que no solo muchos trabajadores e integrantes del ejército de reserva (población desempleada) podían caer enfermos a la vez, sino que también podían tener que dedicarse a tareas de cuidados de ancianos o población con determinados problemas de salud previos en caso de que se vieran infectados. Ante esta situación, en medio de la crisis estructural que el capitalismo arrastra de manera crónica, el Estado no ha tenido ni siquiera que justificar ante nadie entrar en juego, sino que ha aparecido para poner orden, incluso tomando el control de algunos sectores para garantizar que la crisis se contenga lo máximo posible mientras se mantiene la gran producción en general. De manera paralela, vemos de manera clara el carácter de clase de este Estado cuando observamos y padecemos metros y otros medios de transporte público atestados de gente que va a trabajar, así como empresas llenas de trabajadoras y trabajadores, pero se llama a que la gente se quede en casa para todo lo demás. No deja de ser sintomático lo estricto que se es con mantener la situación de aislamiento social en todos los casos menos en las situaciones que afecten al desarrollo de la producción.

¿Acaso la burguesía es hipócrita en las ideas que defiende?

Llama la atención ver como todos los ideólogos y propagandistas de las y los empresarios que durante el resto del año se dedican a ensalzar las grandezas del libre mercado, estos días callan o hasta aplauden la supresión efectiva de incluso los más mínimos elementos de este y defienden la intervención decidida del Estado en esta crisis. Esto es así porque la propaganda y defensa del libre mercado es una mentira, mentira que financian los grandes empresarios o, incluso, en la que llegan a creer con, entre otros, dos objetivos:

  1. Para poder legitimar su posición social. Si el mercado es supuestamente libre, cualquiera puede enriquecerse y escalar socialmente, y quien ya goza de dicha situación lo hace por méritos propios.
  2. Como manera de reducir los servicios públicos al mínimo necesario para la burguesía. Esto es, en la cantidad mínima e imprescindible necesaria para reproducir la fuerza de trabajo e instruir a la clase obrera para poder realizar trabajos de unas determinadas características.

Con esta crisis sanitaria observamos como cuando las cosas se ponen feas quienes propugnan estas ideas tienen claro que no es el momento de fomentarlas porque en este caso lo que conseguirían seria socavar la imagen de legitimidad del Estado para actuar. No obstante, esto no quiere decir que nos lancemos en brazos del Estado, que no deja de ser, tal y como estamos viendo a la luz de los acontecimientos, un instrumento de los capitalistas que desde comienzos del siglo XX tiene un papel muy activo y potente en la economía. Papel imprescindible para que siga funcionando una economía basada en grandes monopolios, lo cual requiere de una potente administración y un fuerte aparato represivo y militar necesarios para seguir expandiendo sus negocios en un mundo con recursos limitados.

El Todopoderoso Estado

Es un hecho que de la noche a la mañana, de manera muy rápida, se han anulado garantías constitucionales que dábamos por hechas. Independientemente de la evidente necesidad de contener la transmisión del virus, esta crisis sirve para que todas las personas progresistas tomen nota de lo endebles que son las garantías democráticas de la democracia burguesa. Así, vemos como si el Estado lo necesita se aplican mecanismos de control social mucho más fuertes de lo que estamos acostumbrados.

Ante esto, hay que tener muy presente que esto no es una situación de crisis del Estado, en el que el mismo se juegue su supervivencia o se encuentre en un contexto que le supere: esta situación no desborda el Estado, sino que le ofrece el mejor escenario posible para tomar el control absoluto del día a día del capitalismo, puesto que prácticamente toda la sociedad, por motivos de salud pública, está deseosa de que se actué con contundencia para restringir los movimientos y penalizar a quienes no cumplan con las limitaciones impuestas. De hecho, entre la clase trabajadora este deseo va más allá, pues la misma desearía quedarse en casa sin tener que ir a trabajar para no arriesgarse al contagio.

Por otro lado, aunque los actuales acontecimientos, en principio, sirven para comprobar el alcance que puede tener el Estado a la hora de cubrir el territorio estatal, es un error intentar sacar demasiadas conclusiones con respecto al libre margen de maniobra del que el Estado dispone sólo a partir de lo que estamos observando con su proceder en esta crisis. Es decir, el Estado no puede implementar medidas como las que está aplicando de cualquier manera, en cualquier momento, simplemente por quererlo. A modo de ejemplo, en el caso de las revueltas en Cataluña de hace unos meses, estas no acabaron con la proclamación del estado de alarma que sí se ha efectuado ahora. Esto es porque el motivo que hubiera alegado el Estado para ello hubiera dificultado llevar a cabo la imposición del orden público sin acarrear problemas mayores, especialmente en Cataluña, pero también en el resto de España (por lo tanto, es un caso diferente en el que las ventajas y posibilidades de declarar el Estado de alarma no estaban claras). En cambio, hace unos años vimos como sí se decretó el estado de alarma en el caso de los controladores aéreos. Esto nos hace ver que el Estado sólo puede tomar este tipo de medidas drásticas cuando tiene un apoyo social muy grande hacia lo que va a hacer. En la actual crisis sanitaria, de hecho, el apoyo social que recibe es tan hegemónico que incluso hay personas que se han ido adelantando al Estado en aquello que se defendía hacer y han afeado a otras su conducta nociva para con la salud pública. Hasta este punto la gente está deseosa de que se limite todo y de quedarse en sus casas.

Con todo lo anterior, queda claro que esta no es una crisis normal que surja desde dentro del desarrollo de la lucha de clases, puesto que es una epidemia que nace de manera ajena a la misma, pero el Estado, como instrumento de una clase burguesa que domina al resto, filtra todas sus actuaciones para orientarlas a mantener al máximo el status quo capitalista, intentando sacar provecho de la situación cuando es posible.