La importancia del sindicalismo en la actualidad

Históricamente la organización de la clase obrera en los sindicatos se daba de forma masiva. En todas partes las trabajadoras y trabajadores se agrupaban para defender sus intereses inmediatos: cuestiones de seguridad laboral, tiempo de descanso, reivindicaciones salariales… Sin embargo, en las últimas décadas las luchas fueron menguando y las que existieron fueron cada vez menos ambiciosas.

Al porqué de esta situación a menudo se ha respondido con que “la gente ya no se sindica”. Si bien es cierto que en los últimos años la afiliación a los sindicatos ha disminuido, si miramos la evolución de la sindicación en las últimas décadas observamos que la tendencia era ascendente. En el año 2000 en España había dos millones de afiliados y afiliadas, cifra que creció hasta casi tres millones en 2008, momento a partir del cual la sindicación empieza a descender [1].

Ante las continuas ofensivas del capital vía recortes, privatizaciones y leyes represivas, la apatía y la desmovilización han sido las posiciones imperantes. No obstante, ha habido en los últimos años honrosas excepciones (Movistar, Panrico, Coca Cola, John Deere…). No vamos a analizar por qué a partir de la enésima crisis capitalista mengua la afiliación a los sindicatos, ya que es un tema que daría para otro artículo; conviene, sin embargo, que analicemos cómo hemos llegado hasta aquí.

¿Por qué los sindicatos han dejado de ser combativos?

Cambios ideológicos

Por un lado está la causa subjetiva, la que reside en el plano de lo ideológico. Nos referimos al triunfo del discurso neoliberal como pensamiento único e indiscutible, que desde la década de 1980 fue minando la ya descafeinada socialdemocracia y reduciendo a la insignificancia a los partidos comunistas, en toda Europa venidos a menos por su aceptación de la farsa democrático-burguesa como la única realidad posible.

En la medida en que el pensamiento neoliberal impuso sus esquemas, consiguiendo que todo lo demás pareciese fuera de lo “razonable” (del “sentido común”), los sindicatos fueron entrando al trapo, aunque no sin resistencias. En todo el viejo continente hubo masivas huelgas contra reformas laborales regresivas o contra decisiones empresariales como la deslocalización de la industria [2]. No obstante, la burguesía supo leer el momento histórico y, consciente de hasta qué punto su discurso ha calado entre las masas, no cedió ni un ápice. Tras tanta batalla perdida, los sindicatos aceptaron entrar al juego del mal menor, colaborando a menudo en los planes de la patronal y sus gobiernos, quienes casi parecían hacerles un favor por el mero hecho de reconocerles como un interlocutor válido.

Así, la cooptación de los sindicatos fue en paralelo a la “derrota de la izquierda” y, más en concreto, a la disolución de los proyectos revolucionarios. Los autodenominados partidos comunistas dejaron de ejercer como tal: abandonaron los sindicatos y priorizaron el parlamentarismo; abandonaron el horizonte socialista, la tarea de concienciar y organizar a la clase trabajadora para su emancipación, contentándose con la lucha por las reformas. Una cesión llevó a otra y, mientras tanto, la burguesía pasó a la ofensiva.

Cambios económicos

Sin embargo, la debacle sindical no se explica sólo por los cambios en la superestructura (las leyes, el discurso dominante, la relación de fuerzas…), de hecho la principal causa reside en los cambios estructurales a los que el movimiento obrero y el antiguo movimiento revolucionario no han sabido adaptarse.

En las últimas décadas ha habido cambios como la informatización y tecnificación de la industria (con menos mano de obra se consigue la misma o mayor productividad), la deslocalización de parte de este sector a zonas dominadas por potencias imperialistas o con menos derechos laborales adquiridos (a Asia, el mundo árabe, América Latina), la externalización de partes del proceso productivo (recurriendo a subcontratas), o la terciarización de la economía.

Al no haberse adaptado a estas transformaciones, los sindicatos conservan su papel en las grandes empresas industriales pero no en sus distribuidoras, por ejemplo. De la misma manera, la alta sindicación en las empresas matriz no tiene su correlación en las subcontratas que de ellas dependen. Si a esto le sumamos el mayor peso cuantitativo de sectores con gran atomización de la plantilla y poco margen de presión al empresario, el resultado es un sindicalismo menos influyente que el de las décadas precedentes.

En un sentido más amplio, el hecho de que la burguesía pueda permitirse no ceder en las negociaciones menos tensas porque le es más fácil que nunca simplemente dejar de explotar aquí para hacerlo en otro sitio en condiciones más ventajosas, ha roto la columna vertebral entorno a la que se situó el movimiento obrero en países imperialistas de primera y segunda fila, como España. A saber: que a fuerza de hacer una cierta presión constante pero suave, la burguesía debe dejar caer unas cuantas migajas de las superganancias que maneja a base de explotar en los países dominantes y en los dominados.

Esto, como todo, entraña contradicciones para la burguesía: esa situación que ha permitido a la burguesía terminar con los derechos laborales adquiridos en los países imperialistas a base de llevarse empresas a otros países, va haciendo que la clase obrera de esos otros países se agrupe y exija más derechos, de forma que las condiciones de la clase obrera en los países mínimamente industrializados (sean dominantes o dominados) tiende a igualarse a la baja, y la burguesía vuelve a arrojar a la clase trabajadora al combate, mientras pierde capacidad de presión por cierre patronal.

Es normal que los sindicatos, que al fin y al cabo representan la lucha más inmediata de la clase trabajadora, tendiesen a esta lógica. El error en última instancia hay que achacarlo al movimiento revolucionario: que no supo, no pudo o no quiso (depende del lugar) orientar su trabajo sindical de forma que la clase obrera estuviera preparada tanto para épocas de más calma como para épocas de embestida, y para que la parte de la clase más inquieta políticamente tuviera asumida la necesidad de acabar con el sistema independientemente de lo que cediera temporalmente la burguesía.

Con todo, los sindicatos siguen siendo las organizaciones más grandes en las que se organiza la clase obrera. En el sector industrial y el funcionarial sigue siendo muy masivo, y en el resto de sectores son de todos modos la agrupación de trabajadoras y trabajadores más relevante.

Revitalicemos el movimiento obrero

La base de nuestra estrategia revolucionaria pasa por la reconstrucción del Partido Comunista, pero somos conscientes de que éste no nacerá de la nada, como por arte de magia. La materia prima para la reconstrucción es la revitalización del movimiento obrero. Parece una obviedad, sin embargo, hace tiempo que muchos, en nombre del comunismo, dan más importancia a otras tareas. No compartimos, por ejemplo, las tesis de quienes dan prioridad a la vía electoral y apuestan por diluirse en confluencias progresistas que abocan a nuestra clase a un nuevo muro de frustración, como el que hemos visto en Grecia con Syriza.

En términos generales, es primordial la intervención de las y los comunistas en el ámbito sindical. Esta intervención debe supeditarse a la reconstrucción del Partido, porque no podemos pretender centrarnos en ser los dirigentes sindicales o en tomar los sindicatos sin tener un Partido capaz de fijar las tareas necesarias para organizar la revolución socialista, ya que esto nos arrastraría a dinámicas de acumulación eterna de fuerzas en la lucha espontánea.

Nuestro trabajo en los sindicatos es, principalmente: aprender a ser referentes de las y los trabajadores en lucha, entrar en contacto con compañeros y compañeras de clase, detectar las formas de lucha sindical que contribuyen a un sindicalismo masivo y combativo, distinguir a aquellos trabajadores más arrojados para aprender de ellos y establecer una conexión con ellos, y entre esos trabajadores más arrojados, a los más inquietos políticamente, para sumarlos a la reconstrucción del Partido Comunista.

Está en nuestras manos impulsar un modelo sindical combativo, que logre resultados y deje en evidencia a quienes se conforman con “el mal menor”. Esta dinámica agilizará la democratización de los sindicatos, hará que la clase obrera participe en ellos y se eduque en la lucha colectiva. Su propia experiencia le llevará a romper con la cultura del “es lo que hay”, allanando el terreno hacia la toma de conciencia y la incorporación de sus sectores políticamente más avanzados al Partido de la revolución.

 


[1] http://economia.elpais.com/economia/2016/04/29/actualidad/1461944863_948173.html

[2] Dependiendo del país, los sindicatos continúan peleando con mayor o menor intensidad. Aunque en España desde 2012 los sindicatos declinaron encabezar las protestas, en Francia, por ejemplo, han organizado la oposición al gobierno de Hollande.