La violencia patriarcal, una cuestión de Estado

Durante estos días estamos asistiendo al juicio a los violadores de sanfermines; un juicio que parece desarrollarse más hacia la víctima de las agresiones que hacia los propios agresores; pese a los vídeos y mensajes de whatsapp, la víctima ha sido sometida a cuatro horas de interrogatorios y se ha aceptado como prueba de la defensa un informe de un detective privado sobre la vida de ella tras la denuncia (si bien este informe ha sido retirado parcialmente por parte de la defensa).

No se trata de un caso aislado de violencia institucional en la prensa de estos días; el pasado 9 de noviembre leíamos y sufríamos por el asesinato de Jessica, a quien no le valió de nada haber denunciado a su agresor. Éste, que ya había sido condenado por malos tratos y tenía una denuncia reciente por amenazas, incumplió la orden de alejamiento que caía sobre él. Jessica lo denunció de nuevo pero la policía y el juzgado de Elda no tuvo reparos en dejar a Imanol (así se llamaba el asesino) en libertad. Un día después, la mataba a balazos en la puerta del colegio de su hijo en común, en presencia de éste. Un caso de asesinato que nos recuerda mucho al de Rosa María, quien fue acuchillada por su ex-pareja horas después de denunciarlo, y a otros muchos. Desgraciadamente tantos que sería imposible enumerar aquí.

Frente a estas noticias, asistimos también a una marea de apoyo hacia las víctimas; los mensajes de #Yotecreo inundan las redes sociales, y una verdadera manada de mujeres ocupaba las calles de Madrid y otras ciudades la semana pasada protestando contra esta justicia patriarcal que por cada denuncia de maltrato y violaciones que deja pasar, firma condenas hacia nuestras vidas. Y es que desde la gran manifestación del 7N, el movimiento feminista no ha hecho más que crecer y ganar hegemonía ideológica en la lucha contra el machismo; se ha conseguido implantar la idea de que ser mujer y no ser feminista es casi una contradicción en términos, que ciertas actitudes machistas normalizadas como el acoso callejero o en los centros de trabajo son también violencia machista, que NO es NO y sólo un SÍ es un SÍ. Pero pese a estas victorias del feminismo, en este país sigue cometiéndose una violación cada ocho horas , llevamos cuarenta y cinco asesinadas en lo que va de año, y 915 desde 2003.

Ante esta aparente contradicción, se nos hace inevitable preguntarnos por qué la lucha feminista y los innegables avances en cuanto a concienciación de la sociedad se refiere no se han traducido en una mejora real y efectiva de la situación de las mujeres; no sólo en cuanto a violencia física, psicológica y sexual, sino también en el marco laboral y del trabajo no remunerado de las tareas domésticas; por qué pese a que en cada vez más medios de comunicación albergan secciones sobre la cuestión de la mujer, otros hacen gala de un machismo recalcitrante (p.ej., recientemente hemos visto cómo tertulianos y demás foros dispuestos por telecinco se dedicaban a opinar si una denuncia de una concursante de Gran Hermano a otro por agresión sexual era real o no); por qué pese a que el Partido Popular, nada más y nada menos, ha tenido que buscar su delfín lila, de la mano de Cristina Cifuentes, muy dada a salir en los vídeos de “a mí también” al tiempo que cuestiona la necesidad de las trabajadoras de tener vacaciones y aplica medidas que van contra los intereses de la mayoría de mujeres; por qué existen tantos políticos de este y otros partidos con miembros que no tienen escrúpulos en mantener actitudes machistas y realizar abusos de poder; por qué no son destituidos jueces, fiscales y policías que son obviamente machistas, por qué se sigue subvencionando a una institución como la iglesia que preconiza la represión sexual hacia las mujeres, etc.

¿Es porque la lucha contra el machismo es un camino largo que necesitará de varias generaciones para ver un cambio real o efectivo? ¿O porque hace falta algo más?

Desde Revolución siempre hemos sostenido que el fin del patriarcado y la violencia machista que genera está ligado al fin del capitalismo, pues al fin y al cabo éste se beneficia de la situación de desigualdad de las mujeres y de la división sexual del trabajo, haciendo caer sobre nuestras espaldas sin ningún tipo de remuneración las tareas domésticas y de cuidados, necesarias para la reposición de la mano de obra y por tanto para seguir generando beneficio para los capitalistas; y porque mientras la clase capitalista esté en el poder, nuestro papel va a ser el de generar nueva mano de obra; nunca vamos a poder tener un control real sobre nuestros cuerpos porque los capitalistas los necesitan para seguir acumulando beneficios mediante la explotación de la clase obrera y harán todo lo posible por controlar la natalidad en función de sus necesidades de producción (restricción del aborto, imposición de unos determinados roles de género, etc.).

El patriarcado es, pues, totalmente funcional al capitalismo. Además, día a día comprobamos que las mujeres de clase obrera sufrimos doblemente las consecuencias del patriarcado; en nuestros trabajos, tenemos que soportar un mayor índice de temporalidad, menor salario y paro que los hombres; en nuestras casas, somos nosotras las que tenemos que ocuparnos no sólo de las tareas del hogar, sino también del cuidado de los hijos e hijas y familiares dependientes, un problema que no tienen quienes pueden permitirse pagar por este trabajo; y como culmen de esta diferencia entre mujeres de clase obrera y burguesa, hoy asistimos a cómo quieren consentir el expolio de nuestros cuerpos mediante la legalización de “los vientres de alquiler”; ¿no es obvio quiénes van a ser las madres biológicas? La lucha por la “igualdad” en una sociedad caracterizada por la desigualdad social que genera el capitalismo, no da los mismos resultados si eres Esther Koplowitz que si tienes que trabajar para ella.

Por ello nosotras entendemos que sólo derrocando el capitalismo podremos conseguir una verdadera emancipación de la mujer. Y también entendemos que para ello la única vía posible es la revolucionaria, pues no basta con realizar reformas dentro de este sistema o mejorar nuestras posiciones en el parlamento para, poco a poco, ir construyendo “un mundo mejor”; el Estado es en esencia un órgano de dominación de clase, y el aparato estatal y burocrático no consiste simplemente en los representantes electos; también se compone de jueces, funcionarios y distintas fuerzas represivas que tienen como último término mantener el orden capitalista , que usarán todas sus herramientas ante un proyecto que ponga en juego su esencia, y también la del patriarcado.

Podremos conseguir ciertas mejoras en cómo se adueñan de la plusvalía procedente de nuestro trabajo,pero no acabar con la explotación; podremos poner más medidas contra la violencia de género y el machismo, pero no erradicarlo, pues no tambalearán los pilares del patriarcado. Por tanto, la única solución para destruir el orden burgués es destruir el Estado que lo sostiene, desde el parlamento hasta el sistema judicial y las fuerzas represivas, y construir un Estado controlado por la clase obrera en el poder, que asegure no sólo el control obrero de la producción en todas sus etapas, sino también el resto de aspectos de la vida social.

Y es dentro de este proceso donde también podremos poner las medidas necesarias para acabar con el patriarcado y la violencia que genera hacia las mujeres; mientras no tengamos el poder para echar a jueces, policías, guardias civiles y otros funcionarios, cargos eclesiásticos y periodistas que proclaman el machismo, que son machistas y no tienen escrúpulos en esconderlo, no podremos poner punto y final a la violencia machista.

Esta gente se beneficia de los privilegios que le otorga el sistema capitalista y patriarcal, y no van a cambiar porque se den cuenta de que “lo que hacen está mal”. Necesitamos poder poner medidas reales contra todas aquellas declaraciones de personajes públicos que se permiten legitimar el machismo y cuestionar a las víctimas con total impunidad; necesitamos ser nosotras mismas quienes desarrollemos legislación y procedimientos contra la violencia de género, quienes gestionemos las denuncias, quienes juzguemos a los agresores. ¿Cuántas filtraciones de declaraciones machistas de jueces, fiscales, guardias civiles, etc. escuchamos casi a diario? ¿Cuántas denuncias por maltrato y violación a gente que, teóricamente trabaja para evitarlas salen a la luz? ¿Qué represalias vemos que toman luego contra ellos? Ninguna. ¿Cómo van a tratar o juzgar a los agresores después? La respuesta está clara; juzgando a la víctima.

Estas cuestiones se tienen que abordar desde el feminismo (el feminismo de clase, entendemos, para que sea efectivo), desde órganos compuestos por trabajadoras que sufrimos el machismo a diario, que cada vez que escuchamos un caso de asesinato, violación o maltrato, nos estremecemos, sufrimos porque han agredido a una de nosotras, nos han agredido, podría haber sido yo, mi madre, mi amiga, y ha sido alguien que, conozca o no, siento parte de mí, de mi colectivo.

Y esto está claro que no podremos hacerlo mientras no podamos acceder realmente al control de las instituciones que regulan la vida pública y social; y el capitalismo y el Estado burgués, obviamente, no nos van a permitir conseguirlo.

Por eso, nosotras no renunciamos a la lucha feminista dentro del sistema capitalista; pero, mientras combatimos desde los espacios feministas para mejorar la situación de las mujeres hoy, trabajamos para construir el partido de la clase obrera, el partido de la Revolución, primer paso necesario para poder acabar con la explotación de clase y la opresión de género.