Las mujeres en el Movimiento Comunista

En este artículo vamos a dar unas breves pinceladas de cuál ha sido el análisis marxista respecto al patriarcado y las luchas de las mujeres, haciendo un recorrido por cuál ha sido el posicionamiento de las teorías filosóficas más influyentes. Después, pasaremos a analizar cómo se materializó dicha teoría en la práctica, es decir, expondremos los casos de las políticas de igualdad en la Unión Soviética y Albania. Finalmente, pasaremos a reflexionar sobre qué nos han aportado, cuáles son sus limitaciones y qué enseñanzas podemos extraer para aplicarlas a nuestro contexto actual.

La mujer en el marxismo. Una breve aproximación.

Si hacemos un balance de la consideración histórica que hemos tenido las mujeres, no nos salen las cuentas. Si nos entretenemos en hacer un recorrido sobre cuál es el lugar que hemos ocupado dentro de las principales corrientes de pensamiento, sobre todo de aquellas que han tenido difusión y han sido determinantes en la política social y cultural de las distintas clases dominantes que se han ido sucediendo, no es una sorpresa que las mujeres no hayamos salido bien paradas.

Nuestra realidad material, era, en líneas generales, la siguiente: relegadas al trabajo reproductivo sin capacidad de participar en ningún órgano oficial político, siendo objetos de compraventa, incluyendo incluso a las nobles, que eran piezas de intercambio territorial en una determinada situación geopolítica. Lo interesante es comprobar las piruetas dialécticas de las que parten los distintos paradigmas de pensamiento para justificar nuestra situación de subordinación. Aristóteles se refería a las mujeres como “un hombre inferior”, y es vox populi lo que piensa la tradición cristiana sobre las mujeres. En el capitalismo, la suerte de las mujeres es diferente: para sobrevivir, necesitamos ser asalariadas pero, por otra parte, necesitamos reproducir mano de obra. Un ejemplo que ilustra esta realidad sería El Emilio, un tratado de Rousseau -murió unos años antes de la revolución francesa, en un momento en el que la burguesía estaba preparada para tomar el poder- que habla sobre la educación de los niños y las niñas. Rousseau lo tiene claro, tal y como señala, con indignación, Mary Wollstonecraft [1], las mujeres tenemos la misión de: “Agradarnos (a los hombres), sernos de utilidad, hacernos amarlas y estimarlas, educarnos cuando somos jóvenes y cuidarnos de adultos, aconsejarnos, consolarnos, hacer nuestras vidas fáciles y agradables.”. Este discurso tenía la función de legitimar moralmente la subordinación de las mujeres y que, además, refleja muy bien las contradicciones en la moral burguesa: la mujer tiene que ser el ángel del hogar pero, de cada vez más, es necesario su incorporación como asalariadas.

Dentro del propio capitalismo, las ciencias empíricas se afanaron en demostrar, mediante otros medios -el paradigma cambió, ahora el hombre desplazó a Dios- la inferioridad de la mujer: mediciones de cráneo, patologías psiquiátricas que derivaban en violencia obstétrica -la histeria, por ejemplo- o tópicos que naturalizaban construcciones sociales tales como el instinto maternal o una supuesta inferioridad intelectual.

Dentro de todo este conglomerado de ideologías, que venían a perpetuar los sistemas opresores anteriores y el presente, surge el marxismo, pero ¿qué diferencia al marxismo de todo este compendio de pensamiento científico, filosófico y social? En primera instancia, el marxismo no aspira a describir la realidad, sino a transformarla, y esto supone un antes y un después; el marxismo analiza las condiciones económicas, el desarrollo histórico de las sociedades, y estos análisis parten del estudio de las propias condiciones de la clase obrera, del estudio del propio sistema capitalista y de cómo se da la lucha de clases tanto en el pasado como en el presente.

Antes de la existencia del marxismo, los Socialistas Utópicos como Fourier o Flora Tristán ya habían reconocido la opresión de la mujer como una “injusticia” y la famosa frase: “Se ha observado que el grado de civilización que las diferentes sociedades han alcanzado siempre ha sido proporcional al grado de independencia del que han gozado en ella las mujeres.” llegará  a ser bastante parafraseada. Lo que aporta, en este aspecto el marxismo, no es que caracterice el patriarcado como meramente injusto, sino que hace un estudio de cómo a través de un cambio en el modelo productivo -propiedad comunal a propiedad privada- se desarrolló lo que hoy llamaríamos el sistema patriarcal [2]. Esto es importante por las implicaciones que tiene: la opresión de la mujer se trata del resultado de un proceso de transformación en la producción y que, por lo tanto, dicha opresión es abolible. Ya en el Manifiesto Comunista Marx y Engels hablan de la abolición de la familia, institución en la cual se reproducen las relaciones patriarcales, y de que la destrucción del capitalismo, señalando los comportamientos hipócritas de la burguesía respecto al papel de la mujer, supondrá unas condiciones que nos podrán llevar a nuestra emancipación.

Estos fundamentos teóricos no estaban basados en consignas vacías: el capitalismo supuso la inclusión de las mujeres en la esfera productiva, cosa que, inevitablemente, llevó a su politización y auto-organización. Por una parte, existían las burguesas, como Olympe de Gouges o Mary Wollstonecraft -antes citada-, que reaccionaron contra las políticas patriarcales que les impedían ejercer su autonomía o autorrealización. Se llegó, incluso, al asesinato de Olympe de Gouges, o a la persecución de líderes sufragistas de la esfera burguesa. Se podría decir que, por ambas partes, se estaba una dando una guerra sin tregua por los derechos civiles. La diferencia es que, como la historia nos ha mostrado, el feminismo burgués, naturalmente, se ha desinflado cuando sus reivindicaciones se han dado por cumplidas, porque éstas pueden conseguirse dentro del capitalismo.

En cambio, de forma paralela, se empezaron a organizar las primeras secciones sindicales de mujeres, y las primeras manifestaciones de mujeres obreras, en relación a la mejora de sus condiciones laborales. Un ejemplo serían las mujeres de las fábricas de Lyon, que consiguieron una reducción en su jornada laboral, de doce a diez horas, y un aumento de sueldo, gracias a una huelga que duró más de un mes. Posteriormente, en 1869, se unieron a la Primera Internacional [3]. Obviamente, ni Marx, ni Engels, ni otros grandes nombres del socialismo estaban mirando para otro lado cuando el movimiento de las mujeres empezaba a ser un movimiento de masas. De hecho, Bebel dedica una monografía sobre la cuestión, “La mujer y el socialismo”, en el que hace una defensa de la organización de las mujeres obreras y la caracterización de la doble explotación de la mujer, que se trata de unos pilares ideológicos claros del marxismo y, a posteriori, ha sido una premisa que en España se ha popularizado mucho dentro del feminismo de base como los colectivos feministas universitarios, el feminismo sindical, el feminismo barrial, etc.

Respecto a la doble explotación, desde la teoría marxista han corrido ríos de tinta sobre ésta. Se ha caracterizado lo que conocemos actualmente como trabajo reproductivo incluso como esclavitud doméstica. En la tradición marxista el trabajo doméstico tiene la función de asegurar la reproducción de la mano de obra, y entra en contradicción con la nueva condición de mujer como asalariada, por eso se habla de una doble explotación. Además, el yugo doméstico impide a las mujeres participar en la vida social u organizarse políticamente. Para el marxismo, el trabajo reproductivo, en sus múltiples vertientes e incluso en familias no nucleares (homoparentales, monoparentales, etc.) es necesario para la reproducción del propio sistema y, mediante los dispositivos de coacción social, se asegura de que las mujeres nunca consigamos desligarnos de este rol. La emancipación de la mujer pasará por librarla de la esclavitud doméstica, y esto se empieza a llevar a la práctica en la primera experiencia socialista asentada: en la Unión Soviética se hacen grandes avances con respecto a ello.

En resumen, podemos concluir que, en líneas generales, las mujeres y nuestras reivindicaciones tenemos un papel clave dentro del marxismo y del Movimiento Comunista, a diferencia del papel que se nos ha dado en el pensamiento político burgués ajeno a círculos feministas. Sobre esto último, tampoco podemos ser hipócritas: actualmente, el feminismo más liberal defiende la cosificación de las mujeres trabajadoras bajo el prisma de la libre elección -véanse los vientres de alquiler-, así que tampoco nos tienen en mucha mayor consideración.

Sobre lo referente las demandas de las mujeres, es necesario tratar un tema polémico: hemos visto que el movimiento de las mujeres ha tenido reivindicaciones opuestas, marcadas por la clase, ¿pero qué pasa cuando se trata de una reivindicación interclasista? Hay ciertas tendencias, en cuanto existe una reivindicación que atañe a las mujeres en su conjunto, que se la tilde automáticamente de burguesa. Un ejemplo interesantísimo y que, además, viene muy a cuento, es el del voto femenino. Las que han pasado a la historia como las protagonistas de la victoria del sufragio femenino han sido las conocidas como Sufragistas, las cuales estaban lideradas por mujeres de la burguesía. En cambio, Rosa Luxemburgo también fue una gran luchadora por el derecho al sufragio femenino. En su artículo sobre el voto femenino [4], argumenta que esta reivindicación es, por una parte, un derecho democrático y civil y, por la otra, es una herramienta clave para la politización de las mujeres, ya que implica una participación con la que antes no contaban. Es decir, las propias mujeres trabajadoras empezaron a interesarse en su papel por la política. De hecho, citando al propio Lenin: “…la democracia no suprime la opresión de clase, sino que hace que la lucha de clases sea más pura, más amplia, más abierta y más aguda; y esto es lo que necesitamos. Cuánto más plena sea la libertad de divorcio, más claro será para la mujer que el origen de su «esclavitud doméstica» reside en el capitalismo y no en la falta de derechos. Cuanto más democrático sea el régimen político, tanto más claro será para los obreros que la raíz del mal está en el capitalismo, y no en la falta de derechos” [5].

¿Es excluyente apoyar las reivindicaciones políticas de las mujeres y a la vez señalar las contradicciones de clase dentro del movimiento feminista? En absoluto. Es más, es necesario si queremos construir un movimiento que ponga las reivindicaciones de las trabajadoras en primer plano.

Otro aspecto que también hay que tener en cuenta es el representativo. Los Partidos Comunistas han sido conocidos por tener dirigentes obreros y, además, cuando se ha entrado en política institucional, también ha habido una gran número de parlamentarios obreros. En cuanto a la inclusión de mujeres, es difícil conocer en exactitud cuáles eran las políticas internas en materia de igualdad dentro de los partidos del Movimiento Comunista, pero es innegable que, a principios del XX, era impensable que una mujer ocupase, en un partido burgués, la posición que ocupaba, por ejemplo, la misma Rosa Luxemburgo, como representante del SPD. También, desde el propio Movimiento Comunista se han impulsado diferentes órganos internos e internacionales, como las Conferencias de Mujeres Socialistas, o cargos específicos internos dedicados a tratar las problemáticas y reivindicaciones de las mujeres. Otro ejemplo de éste último sería el cargo de Clara Zetkin, como responsable de la Oficina de la Mujer. También nos encontramos con la figura de Nexhmije Hoxha, recientemente fallecida, que ocupó el cargo de representante de la Asamblea Nacional de Albania, y, posteriormente de presidenta del Comité Central. Finalmente, está uno de los casos más conocidos, el de Alexandra Kollontai, que fue la primera mujer de la historia en ocupar lo que entendemos ahora por un ministerio.

Las políticas de igualdad en los Países Socialistas.

En esta segunda parte, vamos a analizar las diferentes políticas de igualdad que se llevaron a cabo dentro de los países socialistas. Empezaremos con una mención honorífica a la comuna de París, un levantamiento popular que influyó mucho en Marx y, también, en el resto de la teoría marxista sobre cómo debe de ser un estado socialista. Los primeros avances en la Comuna de París, aunque breves -la Comuna fue disuelta en menos de un mes-, de la mano de la llamada Unión de las Mujeres de París, formada por unas 122 obreras. Empezó mediante tareas asistenciales, pero no tardaron en asumir un papel político mucho más importante, creando unas oficinas y promoviendo la creación de una escuela de mujeres para su formación; también promovieron reformas como la igualdad salarial y fomentaron la creación de secciones sindicales entre las mujeres [6]. Otro aspecto a destacar fue la organización de la defensa de la Comuna durante la Semana Sangrienta. Muchas mujeres se unieron a los comités de vigilancia mixtos y, además, construyeron barricadas. De las 1051 mujeres fueron procesadas 756 eran obreras, 246 eran amas de casa, y sólo fue procesada una mujer que pertenecía a la burguesía [7]. Como ha pasado tantas veces, las comuneras fueron descritas por la prensa como mujeres descarriadas, prostitutas, y una serie de calificativos que a día de hoy se nos hacen familiares, ya que la burguesía tiene tendencia a criminalizar las organizaciones de mujeres. Sólo hace falta repasar los calificativos con los que se referían a nosotras los sectores más rancios de la burguesía cuando protestamos por la sentencia de La Manada.

El segundo intento revolucionario, y el más conocido, no tuvo una trayectoria tan efímera: hablamos de la Unión Soviética. Mientras que la Comuna de París fue un intento muy primitivo, la Revolución Rusa se dió a cabo en un contexto de imperialismo temprano, con una clase obrera curtida y con una teoría revolucionaria, el marxismo-leninismo, el cual sirvió para la creación de un Partido Comunista fuerte. Cuando se empezó a construir un modelo socialista en 1917, éste fue acompañado de una serie de reformas sociales que en su época marcaron un hito. Estas medidas se hicieron para poner las primeras piedras en nuestro camino para la emancipación: si se había teorizado que la familia era un dispositivo de subyugación patriarcal, que el trabajo doméstico era esclavizante y funcional al capital y que, además, la ideología burguesa reproducía discursos machistas que afianzaban dichas relaciones sociales, había que legislar en consonancia. La artífice de estas reformas fue Alexandra Kollontai, en su cargo de Comisaria de Asuntos Públicos. También se creó un departamento interno del Partido, junto con Inessa Armand, el Zhenotdel, en el cual se administraban tareas relacionadas con la socialización de las tareas domésticas, se redactaba una revista y, además, se hacía agitación con tal de involucrar a las mujeres en política.[8]

La primera medida que se tomó fue incluir la obligatoriedad del trabajo para todas las mujeres, para que no tuvieran que depender económicamente del padre o marido y, también, legalizar el voto femenino y la igualdad formal constitucional, que se mantuvo también en la posterior constitución. Por otra parte, en el apartado de política familiar, se introdujeron leyes que permitían el divorcio y que flexibilizaron mucho el proceso, también se legalizó el aborto y se despenalizó la homosexualidad. En la esfera de los trabajos reproductivos, se inauguraron guarderías, lavanderías, y el Estado tomó responsabilidad de varias tareas de cuidados. Si hacemos balance, vemos que estas reformas, como las políticas de conciliación familiar, son una reivindicación clásica del feminismo actual, pero que el Estado Capitalista no se puede permitir cumplir, por sus propias dinámicas.

Otro aspecto muy importante fue que el tema del amor y las relaciones sexo-afectivas se pusieron sobre la mesa: son muy famosas las epístolas entre Inessa Armand y Lenin y las disputas entre Clara Zetkin también con este último [9], en torno al amor libre. Independientemente de los puntos argumentales y las contradicciones en torno a este debate, resalta, realmente, su actualidad. Lo que es importante es que cuestiones que antes estaban sujetas a la más íntima privacidad, ahora eran sujetos de debate político, cosa que más tarde recuperaron las feministas con su famoso eslogan: “lo personal es lo político”. De hecho, fue Kollontai quien analizó con lupa las relaciones personales, y no tardó en descubrir los mecanismos culturales que legitimaban el patriarcado, tales como los estereotipos en la literatura de la época.

Finalmente, para terminar este resumen sobre las políticas de igualdad de la URSS, cabe destacar que fue el primer estado con una política abolicionista, que no prohibicionista. De hecho, en su Discurso a la tercera conferencia de dirigentes de los Departamentos Regionales de la Mujer en toda Rusia, Kollontai hace un análisis histórico de la prostitución y sus efectos sociales. Criticó con dureza el hecho de que la prostitución estuviese situada en un limbo legal y, a partir de ahí, se realizaron campañas para la inclusión de las prostitutas al trabajo productivo, y dejaron de ser perseguidas por la policía. También se realizó una campaña contra el consumo, alegando que este tipo de relaciones mercantiles enturbiaba la camaradería e igualdad entre hombres y mujeres.

Antes de establecer un balance general, de los muchos casos que hay -véase la RDA como el primer país en el que se proyectó una película de cine LGBT- en tanto a medidas progresistas en el ámbito social en países socialistas, vamos a mencionar otro caso, el de la Albania socialista. Albania era un país semi-feudal que, al igual que Rusia, las mujeres se encontraban en una situación de prácticamente esclavitud, sin ningún derecho civil y totalmente ligadas a la familia y a la propiedad patriarcal. Cuando se instauró la República Popular, una prioridad del Partido del Trabajo fue aumentar la afiliación femenina y asegurar su participación en la vida política. Hay varios informes que reflejan las contradicciones de éste proceso: prueba de ello es el informe de 1967 dónde Enver Hoxha señala las contradicciones dentro del propio Partido [10], en el cual la militancia no había interiorizado bien del todo las premisas teóricas sobre la liberación de la mujer, ya que la cultura patriarcal era aún muy fuerte. Aun así, en 1978, en palabras de Hoxha, las cifras eran las siguientes: “Hoy en día, la mujer albanesas cumplen un papel importante en toda la vida del país. Haremos referencia a algunas cifras: en la actualidad el 47 por ciento de los empleados que trabajan en nuestra República son mujeres y muchachas. En ciertos sectores, como en la industria ligera y la industria alimentaria, en el de la educación, el servicio médico y el comercio, esta cifra se eleva del 55 al 80 por ciento. La mujer representan el 33,3 por ciento de los representantes en el órgano Supremo del Estado y en la Asamblea del Pueblo, el 25 por ciento de los miembros del Partido del Trabajo de Albania, el 26 por ciento de los miembros de la Corte Suprema, el 41,2 por ciento de los líderes de las organizaciones de masas.” [11] Estas cifras, si las vemos desde nuestra perspectiva, no parecen del todo impresionantes, pero si tenemos en cuenta que se trata de un país en el que no hacía ni 50 años que las mujeres teníamos acceso a la educación, se ven desde otros ojos.

Conclusiones

Haciendo balance, podemos ver que desde el Movimiento Comunista, ha habido de manera regular una implicación en las luchas políticas de las mujeres y, una vez que se ha instaurado el socialismo, ha traído consigo mejoras significativas. Pero, ¿tenemos que repetir de manera mecánica las diferentes políticas que se dieron? Está claro que presentaban limitaciones: en la Unión Soviética prevaleció una cultura general de rasgos todavía patriarcales, a pesar de que las mujeres estaban empoderadas. Prueba de ello fue que se llegó a penalizar de nuevo la homosexualidad, cuando previamente la Unión Soviética había sido un país vanguardista respecto a la legislación sobre libertad sexual. La clave está en que en la fase histórica en la que se encontraba la Unión Soviética, tan sólo se habían dado los primeros pasos de cara a analizar la importancia de la batalla ideológica y cultural al patriarcado.

El sistema patriarcal se vertebra en las relaciones sociales, estamos sujetos a todo tipo de producciones culturales que forman parte de nuestra socialización, en la cual interiorizamos una serie de roles. Kollontai vio clarísimo que era necesario construir lavanderías y guarderías para facilitar la vida a las mujeres, pero daba por sentado que serían ellas las que harían dicho trabajo. Por otra parte, el desarrollo del movimiento feminista en los países capitalistas, curtió a las mujeres en años continuos de lucha por los derechos democráticos que, a su vez, pudo desarrollar una serie de conceptos teóricos que describen situaciones vivenciales y culturales: masculinidad hegemónica, corresponsabilidad, cultura de la violación, representación, educación sexual, etc. Son conceptos que, aunque de entrada designan realidades interclasistas, son usadas por las mujeres trabajadoras para describir sus vivencias diarias y que, además, aportan herramientas de convicencia muy importantes, además de analizar problemas de las relaciones entre géneros que antes no se habían descrito. El problema es que un estado capitalista no tiene ni el interés ni la capacidad de integrar esta amalgama de términos que supondrán una manera de repensar la legislación o la institucionalización de las demandas de las mujeres, cosa que el socialismo sí permitiría.

Si queremos construir el Partido Comunista y un futuro socialista, tal como nos ha enseñado la historia, no podemos girar la cara ante las reivindicaciones de las mujeres, sino tomar como ejemplo a Rosa Luxemburgo defendiendo el voto femenino. Ahora contamos con nuevas estrategias, podemos aspirar una erradicación de la violencia sexual que vaya más allá de lo punitivo, tenemos los mecanismos necesarios para señalar todas las aristas culturales del patriarcado y no permitir que las políticas de igualdad sean una herramienta que funcione sólo por la vía coercitiva. No podemos mirar de forma mecánica y aplaudir, sin más, los logros del socialismo, ya que de esta manera no vamos a llegar a nuestros objetivos. Tenemos la obligación de rescatar la amplia genealogía de teóricas marxistas, estudiar sus aportaciones y analizar cómo se materializó en aquel momento histórico, pero también tenemos que entender que nuestro pensamiento es dialéctico, y que es necesario comprender las limitaciones históricas a las que estuvieron sometidos los Países Socialistas de antaño.

 

[1] http://www.e-revistes.uji.es/index.php/asparkia/article/view/952/860

[2] https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/origen/

[3] STEFAN ENGEL; MONIKA GARTNER-ENGEL. (n.d.). NUEVAS PERSPECTIVAS PARA LA LIBERACION DE LA MUJER – UN ESCRITO POLEMICO. [Place of publication not identified]: Verlag NEUER WEG.

[4] Íbid.

[5] Lenin, «Sobre la caricatura del marxismo y el `economicismo imperialista’ en op. cit., págs. 42-43

[6] Arruzza, C. and Coll, A. (2015). Las sin parte. Barcelona: Sylone. -la autora es trotskista pero el capítulo sobre la Comuna de París es muy enriquecedor.-

[7] Íbid

[8] Kollontaï, A. and Marco Serra, Y. (2016). Mujer y lucha de clases. Barcelona: El Viejo Topo.

[9] http://archivo.juventudes.org/clara-zetkin/entrevista-realizada-por-clara-zetkin-vlad%C3%ADmir-lenin-en-1924

[10] http://ciml.250x.com/archive/hoxha/spanish/enver_hoxha_sobre_algunos_aspectos_del_problema_de_la_mujer_albanesa.pdf

[11] https://tiemposrojos.wordpress.com/2013/12/14/la-situacion-de-la-mujer-en-la-albania-popular-2/