Las prácticas formativas en el capitalismo

Los modelos de prácticas formativas y laborales son uno de los elementos más polémicos tanto de nuestro sistema educativo como del actual marco de relaciones laborales. Cada vez con mayor intensidad, los sindicatos de estudiantes y de trabajadores denuncian el actual modelo de prácticas como uno de los pilares de la precarización del trabajo. Y no es para menos. Los jóvenes sabemos bien lo que supone pagar el transporte hacia un centro de prácticas para soportar una jornada realizando tareas monótonas que poco tienen que ver con nuestra especialización. Del salario y carácter formativo nos olvidamos, por si acaso se nos ocurre pensar que nuestro trabajo tiene algún valor. Del mismo modo sabemos lo que es estar cubriendo un puesto de trabajo para el que estamos plenamente formados y capacitados, pero con un contrato de formación para que la empresa pueda pagarnos una miseria.

En resumen, el actual modelo de prácticas supone, por un lado, convertir a los estudiantes en mano de obra semicalificada (o calificada) gratuita, sin seguridad en sus relaciones laborales ni perspectiva formativa en sus prácticas. Y, por otro lado, la incorporación de los nuevos trabajadores al mercado laboral con unas condiciones precarias e inseguras, aunque ya estén plenamente formados.

¿Pero de dónde viene todo esto?

Los jóvenes siempre hemos sido la cabeza de turco de la burguesía a la hora de introducir medidas de precarización en el trabajo. Ya en 1988, el intento del PSOE de aprobar el Plan de Empleo Juvenil, que recogía contratos temporales con el salario mínimo para los jóvenes, obtuvo como respuesta la mayor huelga general de nuestra historia reciente en la jornada del 12D, que consiguió paralizar la reforma por un tiempo. Lo que viene después lo conocemos, temporalidad y salarios mínimos para, según defienden los burgueses y sus gobiernos, “asegurar la incorporación de los jóvenes al mercado laboral”. Precariedad para facilitar las contrataciones. Precariedad que se fue extendiendo al resto de sectores de la clase trabajadora.

Pues el proceso de las prácticas entra dentro de la misma lógica. Las prácticas han estado tradicionalmente vinculadas a la formación profesional, como un complemento formativo que aportara experiencia práctica. Su incidencia era menor en la universidad hasta la llegada del Plan Bolonia, que plantea como uno de sus ejes centrales potenciar el carácter práctico de la formación.

Así la universidad (como la FP) se vincula a las necesidades económicas de las empresas de su entorno, ofertando una formación práctica vinculada a las necesidades de las mismas y, a través de los másters, especializa este perfil de formación. Este último caso toma especial importancia, ya que las grandes empresas financian sus propios másters y generan planes de estudio vinculados a sus necesidades inmediatas. Por ejemplo, una gran farmaceutica puede ligar las prácticas de su máster a la investigación entorno a un fármaco que pretenden desarrollar. La cuestión es que cuando este ya haya sido desarrollado esa formación específica habrá perdido buena parte de su valor.

Esta tendencia a la especialización de los futuros trabajadores cualificados contrasta con los planes para los trabajadores no cualificados. La nuevas propuestas imperantes en la educación secundaria en los países capitalistas desarrollados es la de generar trabajadores con habilidades básicas muy diversas que tengan mayor facilidad para saltar entre puestos y ámbitos laborales distintos. Nos preparan para un escenario de precariedad y trabajos temporales en el que tendremos que saber hacer un poco de todo en distintos empleos para llegar a fin de mes. A nivel de currículo, esto se traduce en la importancia central que, especialmente a partir de la LOMCE, se le dan a las competencias, capacidades generales no vinculadas a los contenidos de las asignaturas.

La educación es un reflejo del sistema

La educación es un reflejo del sistema y cambia adaptándose a las necesidades del capitalismo. Si pensamos en la educación de hace un siglo podemos ver como las grandes tasas de analfabetismo reflejaban lo restringida que estaba la educación básica. Los capitalistas no necesitaban que los campesinos o los obreros de las fábricas tuvieran conocimientos básicos para que pudieran trabajar. Respecto a las universidades, eran un espacio restringido de autoreclutamiento de las élites, formaban a los hijos de la burguesía para que pudieran llevar las empresas y ocupar los puestos dirigentes del estado. Paralelamente, también incorporaban a algunos sectores de las capas medias destinados a convertirse en profesionales liberales (médicos, arquitectos, abogados…) o funcionarios medios. Y, por supuesto, cumplía una de sus funciones principales, la de defensora intelectual del sistema y la ideología burguesa.

En los años 60 la educación, sobre todo la universitaria, va a vivir el inicio de una transformación que dura hasta nuestros días. El profundo y constante desarrollo técnico de la producción hizo necesaria la mayor formación de los trabajadores. Para ello las universidades van empezar a potenciar los estudios técnicos (las escuelas politécnicas) y se van a abrir a las capas medias y a parte de la clase obrera. Este proceso se fue desarrollando, aumentando también la formación de los trabajadores más rasos a través de la formación profesional y diversificando y especializando las carreras técnicas. Recuperando lo comentado en los puntos anteriores, los actuales niveles de especialización exigidos en nuestra formación o el sistema de prácticas son solo unos pasos más en este proceso ligado al desarrollo de la producción. Eso sí, con una peculiaridad nada inocente, el sistema de prácticas permite, de paso, que los burgueses cuenten con una bolsa fija de trabajadores gratuitos.

Cambiar el sistema para cambiar la educación

Ante todo esto, podría parecer que la mejor opción es defender una educación “pura”, completamente al margen de la economía. Sin embargo eso nos encajaría en una posición idealista, que pone la educación por encima de todo y que entiende los distintos aspectos de la sociedad de forma aislada. Y, al fin y al cabo, entender la educación de forma aislada es no entender el papel transformador de la educación.

La economía, esencialmente, supone cubrir las necesidades (en un sentido amplio) de la sociedad en base al trabajo de las personas, en base a lo producido, y repartir los frutos de ese trabajo. Por tanto, la economía es la base que puede permitir que la sociedad pueda ofrecer cada vez una mayor calidad de vida en todos los aspectos. Y, por tanto, que la educación sea un elemento esencial que potencie y complemente ese desarrollo es, en si mismo, positivo.

El problema principal, el que da pie al resto de problemas, es que aunque, actualmente, la educación y el trabajo se realicen entre toda la sociedad de forma complementaria, los frutos de todo ello van a parar a manos de unos pocos. Y, precisamente, para asegurar y aumentar sus fortunas, estos burgueses condicionan la forma en la que trabajamos, lo que estudiamos y la forma en la que se organizan las prácticas. No hay que cambiar la educación para cambiar el sistema, hay que cambiar el sistema para cambiar la educación.

En el socialismo, un sistema en que los frutos de nuestro trabajo fueran para la sociedad y no para los empresarios, la máxima eficiencia en el trabajo nos beneficiaría a todos. Tendría todo el sentido que la sociedad costeara todo el proceso formativo de los futuros trabajadores: tasas, transporte, vivienda, manutención… porque los resultados de ese proceso repercutirán en todos. Tendría sentido un sistema de prácticas en el que, al fin y al cabo, el valor de nuestro trabajo fuera a la sociedad, a empresas controladas por los trabajadores y no al bolsillo de los empresarios.

El problema de fondo es el capitalismo y la única solución real para las reivindicaciones de los trabajadores y los estudiantes es conquistar el socialismo. Por ello, sin abandonar todas las luchas actuales por mejorar nuestras condiciones de vida en el corto plazo, es necesario que seamos conscientes de esto, nos organicemos y planteemos estrategias que permitan que la revolución y la democracia obrera vuelvan a ser una alternativa creíble para la clase trabajadora.