[Documentos I Congreso] Marxismo-leninismo, nuestra guía para la acción

Diseño imagen Raúl Arias
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Hoy es el turno del documento «Marxismo-leninismo, nuestra guía para la acción» donde exponemos nuestras bases ideológicas que son el resultado del desarrollo histórico del movimiento obrero.

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El marxismo-leninismo, nuestra guía para la acción.

1. INTRODUCCIÓN

Con este documento pretendemos sentar las bases ideológicas de nuestra organización. Para ello, pretendemos realizar un análisis de esta filosofía desde un punto de vista diacrónico y temático, en tanto que la propia teoría marxista se ha ido desarrollando a lo largo del tiempo desde Marx hasta la actualidad al ritmo que la historia de la lucha de clases ha avanzado; las distintas y nuevas circunstancias históricas y sociales en cada país y a nivel mundial nos han obligado a posicionarnos sobre las mismas, a dar soluciones a los nuevos retos que la lucha por el socialismo ha exigido en cada momento histórico, generando así nuevas y distintas divergencias y corrientes en el campo del comunismo y la izquierda en general y, simultáneamente, desarrollando el propio marxismo-leninismo con nuevos elementos teóricos y de análisis.

A nuestro entender, es en el posicionamiento sobre los grandes debates que han compuesto la historia del socialismo entre los siglos XIX, XX y lo que llevamos del XXI, donde los marxistas-leninistas nos podemos definir como tal, distinguiéndonos del revisionismo y el oportunismo de izquierdas y derechas y el posmodernismo. Así pues y como ya hemos anunciado pretendemos realizar un recorrido histórico sobre aquellos que consideramos fundamentales con el fin de definirnos a nosotras mismas y distinguirnos en la controversia de otras posiciones.

Advertimos que dadas las características de este documento y las limitaciones espacio-temporales a las que estamos sometidas, nos dejaremos muchos y muy interesantes temas en el tintero. Nos limitaremos a ver los orígenes del marxismo y debates importantes hasta el trotskismo para saltar directamente y muy a nuestro pesar al eurocomunismo y el posmodernismo.

2. ORÍGENES Y BASES

No nos vamos a detener demasiado en esta parte dado que los principios básicos del marxismo no sólo están asumidos e interiorizados por el conjunto de la organización sino también por la mayoría de organizaciones que hoy se reclaman comunistas (y por muchas de izquierda).

En estas palabras de Lenin se encuentran resumidas, en nuestra opinión, las principales aportaciones de Marx y Engels al campo de la filosofía y la ciencia en general:

La doctrina de Marx es omnipotente porque es verdadera. Es completa y armónica, y brinda a los hombres una concepción integral del mundo, intransigente con toda superstición, con toda reacción y con toda defensa de la opresión burguesa. El marxismo es el heredero legítimo de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés. (…) Marx no se detuvo en el materialismo del siglo XVIII, sino que desarrolló la filosofía llevándola a un nivel superior. La enriqueció con los logros de la filosofía clásica alemana, en especial con el sistema de Hegel, el que, a su vez, había conducido al materialismo de Feuerbach. El principal de estos logros es la dialéctica, es decir, la doctrina del desarrollo en su forma más completa, profunda y libre de unilateralidad, la doctrina acerca de lo relativo del conocimiento humano, que nos da un reflejo de la materia en perpetuo desarrollo. (…) Marx profundizó y desarrolló totalmente el materialismo filosófico, e hizo extensivo el conocimiento de la naturaleza al conocimiento de la sociedad humana. El materialismo histórico de Marx es una enorme conquista del pensamiento científico.

En estas palabras el marxismo queda definido en primer lugar como método de análisis; brinda a los hombres una concepción integral del mundo. No es sólo una teoría política; es una ideología que aborda todas las manifestaciones y construcciones del ser humano; es una teoría filosófica, sociológica, económica y cultural, que aborda el resto de disciplinas y estudios, como la historia, el arte (y la teoría del arte) y la ciencia (y la teoría de la ciencia). De esta manera, una de las particularidades más destacables de esta filosofía es su intencionalidad totalizadora, no entendiendo de forma aislada y compartimentada todos estos aspectos de la vida y la historia del ser humano sino de forma conjunta y coherente, explicando y ordenando las distintas relaciones que se dan entre ellos y su grado de dependencia sin caer nunca en el automatismo.

Cabe destacar que de todas las corrientes que han surgido del marxismo-leninismo y/o se han contrapuesto a sus pilares básicos, ninguna es capaz de explicar con la coherencia y bajo un mismo prisma ideológico los distintos aspectos de la vida del ser humano como el marxismo lo hace.

En segundo lugar, el marxismo queda definido ante todo y antes de nada como una filosofía materialista y dialéctica. Y esto es sumamente importante porque desde este materialismo edificamos la teoría política, social y económica del marxismo; su aplicación al estudio de la sociedad y su historia. Las bases del marxismo serían, pues, la economía política, el socialismo científico y el materialismo histórico y dialéctico.

Si entendemos el mundo y la sociedad desde una perspectiva materialista, entenderemos que lo que caracteriza principalmente a un grupo social determinado es ni más ni menos que su posición objetiva en la sociedad y en la economía, antes que y por encima de sus condiciones subjetivas; también entenderemos que es el desarrollo material el que determina el sistema de producción; y que es éste quien determina las distintas instituciones sociales y el modelo de Estado. Y gracias a la dialéctica podemos entender estas relaciones, y el verbo “determinar” que hemos empleado constantemente,

no de forma automática y estanca, sino desde múltiples y complementarias perspectivas; también podemos entender el mundo en constante movimiento y la constante necesidad de actualizar nuestras posiciones y nuestra táctica política; también podemos entender que de toda cosa existe su contrario, y gracias a la excelente descripción del modo de producción capitalista, entenderemos que la clase antagónica del proletariado es la burguesía, y que es precisamente por contradicción que se da entre capital y trabajo de la que se deriva la imposibilidad de reconciliación entre ambas clases, ya que sus intereses y suertes están inherentemente opuestos y por tanto el proletariado es la clase llamada a encabezar la lucha por el derrocamiento del régimen de explotación del hombre por el hombre (pues es el proletariado la clase que genera toda riqueza, la clase que sufre en sus carnes la expropiación directa de su trabajo, la clase revolucionaria por su lugar objetivo en la producción de riquezas, la clase que sólo con el socialismo no se verá extirpada de sus frutos). Y también con los ejes que nos proporciona el materialismo histórico, llegamos a afirmar que el motor de la historia es la lucha de clases, que es de esta contradicción (la que se da entre capital y trabajo) de donde emanan las otras contradicciones no principales y secundarias del capitalismo; y que la lucha de clases se da en distintos escenarios y manifestaciones del hombre y hemos de librar la batalla en cada una de ellas, dependiendo del momento histórico con mayor o menor intensidad, etc. Así pues, las teorías que niegan estos postulados niegan, directa o indirectamente, las bases del marxismo.

Por último, podríamos decir que Lenin nos presenta la obra de Marx y Engels como un producto histórico; sus aportaciones al campo de la filosofía, la política, la economía y la historia y ciencias sociales en general son, por una parte, el desarrollo y la superación de otras corrientes anteriores; y por otra, responden a las necesidades de un momento histórico determinado y se nutren con el desarrollo y las experiencias de la lucha de clases, quedando de esta forma la teoría estrechamente unida a la práctica, al desarrollo de las condiciones objetivas; siendo la teoría, en última instancia, la práctica sistematizada.

3. SEGUNDA INTERNACIONAL, PRIMERA GUERRA MUNDIAL Y PRIMERAS ESCISIONES SIGNIFICATIVAS

3.1. La posición de los marxistas-leninistas frente a la cuestión nacional

Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, los dirigentes de varios partidos socialdemócratas votan a favor de la guerra, alegando que en tal situación es necesario anteponer los intereses de la patria a los intereses de clase. Lenin, desde el exilio, junto con un grupo en principio reducido de militantes, refuta estas tesis, alegando que tal posición supone de facto defender los intereses de las burguesías nacionales. Así, el advenimiento de la guerra pone en el centro del debate la cuestión nacional y la posición de los comunistas frente a ella. Se observa como el desarrollo teórico de esta cuestión está íntimamente ligado a las circunstancias históricas.

Frente al social-chauvinismo, Lenin proclama que la consigna de los marxistas es la consigna de la socialdemocracia revolucionaria y la derrota del “propio” gobierno en la guerra imperialista. Al mismo tiempo, Lenin, que cataloga esta guerra de guerra imperialista (en este momento El imperialismo, fase superior del capitalismo estaba casi a punto de ver la luz), defiende el derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas. La clase obrera de los países opresores no puede consentir que su burguesía expolie y explote a sus colonias, y ha de luchar por el derecho de autodeterminación de las mismas con el mismo ahínco que en la lucha por el socialismo (pues no es posible un proceso socialista en un país que explota y oprime a otro) y la clase obrera de las naciones oprimidas también ha de unir su lucha a la clase obrera de las naciones opresoras; la suerte de ambas está ineluctablemente unidas.

Hoy en día podríamos decir que existe cierto consenso en el campo comunista en el rechazo de la guerra imperialista y la defensa del internacionalismo proletario. Las discrepancias se hacen más acuciantes a la hora de entender el derecho de autodeterminación de los pueblos (el cual, de entrada, también apoya todo comunista) y cómo nos enfrentamos los distintos procesos de liberación nacional o nacionalistas.

Nosotros entendemos la cuestión nacional como un elemento ligado de la lucha de clases y del orden mundial imperialista. Nuestra posición ante cada conflicto nacional varía según las circunstancias históricas concretas, y siempre responderá a preguntas como: ¿quién dirige el proceso?, ¿a quién beneficia? (o dicho de otra manera; ¿debilita o refuerza al imperialismo?), ¿es un movimiento reaccionario o progresista?, ¿es un movimiento de liberación de una nación oprimida o por el contrario no lo está?, ¿supone el cambio del yugo de una potencia imperialista por el de otra o realmente se camina hacia la independencia nacional?.

La respuesta a estas preguntas es lo que hace a un/a marxista-leninista posicionarse de una manera u otra ante cada conflicto nacional. Defendemos el derecho de autodeterminación, y las expresiones culturales y políticas de cada nación oprimida en toda circunstancia, lo cual no significa defender su independencia en todo contexto o bajo cualquier pretexto.

En este punto cabe recordar los rasgos básicos atribuidos a Lenin al imperialismo como fase superior del capitalismo, cualitativamente distinto a éste [1], rasgos que, en esencia, siguen vigentes en la actualidad.

  • Tendencia al monopolio y la concentración de la producción. A diferencia de en el capitalismo en su estadio más primitivo, en esta fase peculiar del capitalismo la libre competencia (baluarte también en un sentido ideológico del capitalismo) viene sustituida por la concentración de la producción y el monopolio.
  • El papel de la oligarquía financiera. Con capital financiero nos referimos a la fusión del capital bancario con el capital industrial [2]. Así, un grupo de oligarcas, cada vez más reducido (dada la tendencia al monopolio), controla y decide las características de la producción y la propiedad privada, y de otros aspectos de la vida del hombre en general (información, precios, cultura, etc.). El papel de la oligarquía enfrenta eventualmente a ésta no sólo con la clase trabajadora, sino también con otros sectores de la burguesía, ya que la tendencia a la concentración de la producción les lleva a ser absorbidos o subsumidos por capitales mayores.
  • Exportación de capitales. Los países imperialistas se caracterizan no tanto por la exportación de mercancías o su grado de intervención militar como por la exportación de capitales. Esta exportación se produce cuando el excedente de capital generado en los países imperialistas lo permite; y se realiza mediante inversiones de capital (en bancos, empresas privadas o públicas), préstamos (a veces con el nombre de ayudas o rescate), etc. Cabe destacar que para realizar sus operaciones imperialistas, la burguesía mundial necesita de la intervención de sus Estados (para crear las condiciones necesarias, llegar a acuerdos legales, etc.), una intervención que, lejos de atenuarse con el paso del tiempo, se acrece.
  • El reparto del mundo entre las grandes superpotencias. El imperialismo trae aparejada inherentemente consigo la contradicción entre los países oprimidos e imperialistas; y también entre los distintos bloques imperialistas, y dentro de ellos, los diversos países que los configuran. Estos son ejes básicos a la hora de entender la situación política y social a nivel internacional.

Superestructura e ideología

Una de las distinciones que los y las marxistas hacemos a la hora de conocer e interpretar el mundo es aquella entre la estructura y la superestructura. Identificamos como estructura la base económica, configurada por el modo de producción, las relaciones sociales de producción y el grado de desarrollo de las fuerzas productivas; la superestructura, por otro lado, coincide con el aparato ideológico e institucional que sostiene y reproduce la base estructural. El capitalismo no se sostiene solamente gracias al Estado y sus leyes y las fuerzas represivas; todo sistema necesita de una base ideológica que lo justifique y sea asumida por la mayor parte de la sociedad. La ideología capitalista no es sólo su discurso económico o político, sino que abarca cada una de las manifestaciones culturales del hombre. En todo sistema basado en la opresión y la explotación, los/as oprimidos/as asumen también este rol; y esta opresión y explotación se normalizan, se convierten en prácticamente naturales o inevitables; el mayor logro de la ideología capitalista es la eliminación de la posibilidad de concebir otro orden mundial. Esta ideología se transmite a través de instituciones como la familia, la escuela o los medios de comunicación, pero no sólo (también se da en las diferentes producciones culturales, etc.).

Gramsci aportó muchísimo a este campo. Acuña (o más bien, emplea y reinventa) los términos de hegemonía y bloque hegemónico: en el sistema capitalista, las clases capitalistas no sólo poseen los medios de producción y controlan el Estado, sino también la hegemonía cultural. La ideología capitalista se convierte en norma y se instaura en el sentido común. Esto no significa que su hegemonía sea absoluta o que dentro del capitalismo no haya lugar para ideología o elementos culturales de la clase obrera; la lucha de clases se da también en el terreno cultural. Nuestra clase también genera y transmite sus propios elementos culturales e ideológicos, que se contraponen a aquellos capitalistas. De hecho, tanto las clases capitalistas como las clases populares y obreras generamos continuamente nuevos discursos y elementos ideológicos; el capitalismo tiene, además, la capacidad de asumir una parte de estos, de neutralizarlos hasta hacerles perder su carácter de clase y/o revolucionario: pero esta capacidad también puede ser nuestra. Conceptos como “democracia”, aceptados y apoyados por una gran mayoría social, pueden ser funcionales al capitalismo o al socialismo dependiendo de la carga de contenido y el uso que les demos a los mismos. Una de nuestras tareas ineludibles es, pues, disputar esta hegemonía, el sentido común, a los capitalistas; saber instaurarnos en la norma no para acomodarnos a ella sino para transformarla y cargarla de nuestra ideología. No obstante, no debemos caer en la interpretación que el reformismo ha puesto encima de la mesa y consistente en renunciar a la lucha ideológica por extender los conceptos propios en beneficio de la pretendida apropiación de los significantes flotantes; dicho de otra manera: la hegemonía no es solo apropiarse de los términos en disputa, sino también derrotar los términos del enemigo de clase y extender los nuestros, como revolución, socialismo…

Uno de los grandes méritos de Gramsci es recordarnos que no basta con que se den las condiciones objetivas para la revolución y el (proceso al) socialismo; es también necesario que se den las condiciones subjetivas. Y que aunque hay una estrecha relación entre ambas y las primeras condicionan a las segundas, la relación entre ellas no es automática ni mecánica. Como comunistas no podemos descuidar este elemento subjetivo y es también nuestra tarea convertirnos en “expertas en comunicación” para poder desarrollar y extender entre las trabajadoras nuestra ideología (y también suya en tanto que el marxismo-leninismo es la ideología política, filosófica, etc., que “corresponde” a la clase trabajadora por el papel que ocupa) y desarrollar y afianzar la conciencia de clase. Conciencia de clase no es solamente, ni mucho menos, conocimiento acerca del papel que se ocupa dentro del sistema y el modo de producción capitalista; es también la asunción de nuestro papel revolucionario. Y para ello el programa político del socialismo ha de a) emanar de las necesidades y preocupaciones cotidianas de la clase obrera, ser capaz de resolver las mismas; b) vislumbrarse como factible y necesario.

Trotskismo, táctica y estrategia

Una de las principales controversias dentro del campo comunista es la que tuvo que ver entre los marxistas leninistas y la corriente trotskista.

Las diferencias principales con esta corriente residen en la incapacidad del trotskismo de comprender el imperialismo como fase superior del capitalismo y por tanto cualitativamente distinto a éste en sus primeras fases, de las condiciones objetivas (base económica y composición social) a la hora de elaborar la táctica, y en general, el debate sobre la estrategia y táctica hacia el socialismo y por tanto las formas de transición hacia el socialismo.

Estas tendencias, que derivan a un revisionismo hacia ambos lados, no se han dado puntualmente en la historia del socialismo, sino que se han reproducido a lo largo del siglo XX y XXI, en posiciones y organizaciones de índole trotskista pero también en otras que han asumido la esencia de esos posicionamientos.

Para el trotskismo, la táctica se asimila con la estrategia; se confunde el cometido histórico del proletariado (construcción del socialismo y del comunismo) con las tareas del mismo en cada momento histórico. Lo que nos distingue como marxistas-leninistas es la elaboración de una línea política concreta para cada momento concreto, atendiendo a la composición social, correlación de fuerzas en el plano político, económico, social; atendiendo a las condiciones objetivas y subjetivas dadas. Para nosotros el socialismo no se construye de facto con la toma del poder político por parte de la clase obrera, con la revolución, sino que es un proceso histórico en el que el proletariado debe seguir tejiendo alianzas con otras clases o subclases, en el que la lucha de clases se sigue desarrollando a todos los niveles (económico, político y social), ya que la sociedad de clases no desaparece en el socialismo, y que exige por tanto la elaboración de distintos pasos que conlleven esa transformación. Para los trotskistas, tras y como se puede ver en la polémica histórica sobre la cuestión de la “revolución permanente”  el proceso revolucionario es una cuestión de “todo o nada”, la clase obrera no puede construir alianzas con otras clases no monopolistas (el campesinado en la URSS, por ejemplo)  para avanzar hacia el socialismo sino que tiene que buscar de un salto la revolución mundial. La corriente trotskista y su izquierdismo se complementan con el reformismo predominante en el MCI desde la II Internacional.

Esta posición denota en sí misma una total ignorancia o falta de atención a las condiciones objetivas; el estudio de la disposición de fuerzas para la revolución y construcción del socialismo, la búsqueda de aliados tácticos del proletariado para esta “misión”, tiene un papel si no inexistente sí insignificante. Todos los posibles aliados se convierten en enemigos en tanto que tienen intereses confrontados con el proletariado y su programa político de clase y cuando éstos se contemplan se hace desde una óptica cuantitativa y no cualitativa. Basta que las condiciones para el advenimiento del socialismo se den en el plano subjetivo para que “automáticamente” se den también en el plano objetivo.

Para las marxistas-leninistas, en cambio, los conceptos de táctica y estrategia residen en nuestra base política; aunque luchamos contra el capitalismo en general, nosotras localizamos “el enemigo principal” (por ejemplo, en este momento histórico, la oligarquía financiera y empresarial) para atestar el golpe principal y buscar aliados tácticos en el golpe contra éste: defendemos y procuramos la independencia política de la clase obrera, la elaboración de su propio programa; pero esto no nos impide buscar y afianzar alianzas tácticas coyunturales (pues las consideramos imprescindibles para traer las transformaciones sociales capaces de crear las condiciones en las que desarrollar el socialismo). De hecho, como marxistas-leninistas hemos desarrollado a lo largo del siglo XX distintos elementos teóricos y de análisis para la táctica y la estrategia, como son el estudio de la disposición de clases y fuerzas sociales, la distinción entre fuerzas principales, opositoras y de reserva, la localización del golpe y/o la contradicción principal, la distinción entre cuestiones y objetivos tácticos y estratégicos, etc.

 Nosotras no entendemos el imperialismo como una fase de extensión geográfica y cuantitativa del capitalismo, en el cual los países desarrollados tienen una ventaja técnica sobre aquellos no desarrollados (produciéndose así la desigualdad entre ambos); nosotras entendemos el imperialismo como la fase del capitalismo monopolista, de concentración de capitales, en el que un puñado de súper potencias cada vez más reducido ejerce la dominación sobre el resto del mundo, explota y oprime al resto de países. La relación que se da entre colonia y metrópoli no es de igual a igual y por tanto las tareas del proletariado en la metrópoli y en las colonias no son las mismas.  En este sentido, podemos mencionar los textos de Trotski sobre la India y Gran Bretaña donde llegaba a equiparar a ambos estados, o en los últimos años la posición prácticamente pro OTAN de los y las trotskistas en los conflictos de Yugoslavia, Libia o Siria.

Debemos mencionar que además algunas corrientes del trotskismo se han ido imbricando con el posmodernismo en torno sobre todo a negar el papel de vanguardia de la revolución que porta la clase trabajadora y la negación del carácter leninista de organización sustituyéndolo por la mera acumulación cuantitativa de activistas de distintas luchas dentro de un formato fundamentalmente asambleario.

Eurocomunismo y posmodernismo. Dos caras de la misma moneda.

A continuación pasaremos a hablar sobre estas dos corrientes dentro del movimiento comunista y de izquierda en general, muy determinantes en las últimas décadas del siglo XX. Aunque por diferentes vías, el eurocomunismo y el posmodernismo llegan a conclusiones e implicaciones políticas similares. Por ello vamos a estudiar su historia y planteamientos generales por separado y después realizaremos una comparación entre ambas tendencias.

  • Eurocomunismo. Historia

  El eurocomunismo como corriente se formaliza en los años 70, con Carrillo, Berlinguer y Marchais a la cabeza. En el contexto de su aparición encontramos: la ausencia de una brújula marxista-leninista en el ámbito del comunismo internacional (“orfandad ideológica-política”; tanto el PCUS como el PCCh, dos de los grandes partidos con más influencia en el ámbito internacional, estaban inmersos en una deriva revisionista y aunque encontremos partidos y experiencias más consecuentes con el socialismo científico, éstas no tuvieron, o no pudieron tener, el peso suficiente como para ejercer una influencia capaz de oponerse al revisionismo imperante) y una práctica política prolongada durante años de participación y colaboración con las instituciones y el gobierno burgueses en el caso del PCF y el PCI. Una participación propiciada por el papel de estos partidos y del movimiento obrero en general en la lucha contra el fascismo y la formación de los gobiernos tras la segunda guerra mundial (en el caso de Italia, la resistencia encabezada por los partigiani y la fuerza del movimiento obrero en general en los últimos años del fascismo y la ocupación nazi, situaba a la clase obrera como una fuerza fundamental en la posguerra; gracias a esto, la constitución italiana es, formalmente, una de las más progresistas de Europa, declarándose desde su artículo 1 una democracia fundada en el trabajo; así, el PCI, de los más grandes que ha existido en Europa, ha colaborado desde los inicios de la república italiana en su construcción y gestión, lo cual, aun habiendo traído reformas progresistas significativas para la clase obrera italiana, ha significado en la práctica una degeneración ideológica y política bestial: encontramos a Togliatti, Berlinguer, Bertinotti…) y un ciclo económico de expansión del capitalismo que permitió la concesión (o la conquista) de ciertos derechos y reformas favorables para la clase obrera.

  • Sus postulados ideológicos-políticos:

           –  Negación de las experiencias históricas del socialismo.

La renuncia al leninismo no es sólo una cuestión formal, sino completamente ideológica y política. Aunque la figura de Lenin pueda salir incólume en algunos casos, lo cierto es que sus enseñanzas y las de Marx y Engels son denostadas por los eurocomunistas, quienes las tildan de obsoletas. Afirman que ninguno de los padres del marxismo podría haber imaginado el desarrollo que se ha dado en las sociedades actuales y que las bases del socialismo no pueden residir en teóricos de hace un siglo, habiendo de (re)elaborar sus propias bases. Así que aunque formalmente no se nieguen sus enseñanzas, éstas se “inhabilitan” por una cuestión de “antigüedad”. Por otra parte, sostienen que el socialismo entendido desde una perspectiva marxista-leninista ha fracasado históricamente y que los países socialistas han derivado en dictaduras. Según este razonamiento, no es posible valerse de ninguna experiencia histórica sobre la instauración del socialismo en ningún país porque ésta no se ha dado, y la vía revolucionaria para la consecución del socialismo se habría mostrado inútil. Esto les induce y justifica al mismo tiempo para inventar y proponer vías nacionales y actuales al socialismo, que tengan en cuenta las particularidades de las sociedades actuales.

         – Negación de la lucha de clases

El eurocomunismo dibuja un panorama idealizado de la sociedad capitalista donde las contradicciones de clase no existen o no tienen relevancia; éstas no serían las contradicciones principales. Además, la clase obrera ya no se preocuparía por los problemas económicos en tanto que cuenta con una cierta “holgura” económica. Se plantea que el papel de la burguesía y de la clase obrera hoy ya no es el mismo que el de la época de Marx y Lenin; el desarrollo económico habría otorgado distintos papeles a estas clases, creando una nueva estructura social. La clase obrera no podría ser, por tanto, el sujeto histórico principal para la creación de una sociedad socialista (porque además también habría nuevas clases interesadas en el socialismo); el papel del partido comunista, vanguardia de la clase obrera, tampoco tendría a día de hoy los mismos cometidos históricos; habiendo de luchar por los intereses del pueblo pero no de la revolución.

          – Pacifismo y lucha por la democracia.

El eurocomunismo planifica la consecución del socialismo desde una lucha «pacífica» y «democrática» en el seno de las instituciones burguesas, obviando la naturaleza clasista del Estado. Además, esta propuesta, plantea, de forma inevitable, una política de «conciliación nacional», es decir, la mayoría de las clases sociales del país están convocadas a la lucha por el socialismo, pero bajo una nueva vía inspirada en el genuino «socialismo nacional.

          –  Reformismo y parlamentarismo

Para el eurocomunismo hoy en día no se trata de luchar por el socialismo, sino de luchar por la democracia, ya que consiguiendo una democracia radical, el socialismo se podría introducir dentro del capitalismo: la democracia sería el fin y el método para llegar al socialismo. Se ignora el carácter de clase del Estado y sus fuerzas represivas: afirmando que fortaleciendo la democracia, la posibilidad de que todas las clases puedan tener representación a través de sus partidos, es posible el advenimiento del socialismo, y que a través del diálogo y la conciliación entre clases se pueden conseguir acuerdos favorables para todos: se pasa por alto la cuestión de la clase que ostente el poder político y de quién posea los medios de producción. “Todas” estaríamos interesados en el bien común. En este sentido, el parlamento se entiende como el lugar donde llegar a una auténtica democracia, negando la crítica al parlamentarismo del marxismo.

De todo esto se deriva que el objetivo de las luchas ya no es el socialismo o la revolución socialista, sino las reformas que traigan mejores condiciones. Para  conseguir esto, consideran las elecciones como el principal medio para conseguir cambios políticos.

            – Ojos ciegos ante el imperialismo

El imperialismo no sería ya la fase superior del capitalismo en el que éste se ve sustancialmente modificado, sino la expansión del capitalismo donde los distintos países ocupan una posición equitativa. Así, no se apuesta por luchar por la liberación nacional y la independencia de los países oprimidos sino por la paz y la cooperación con ellos, evitando la guerra y la violencia: un movimiento revolucionario violento en un país oprimido sólo conduciría la guerra. (Como ejemplo de aplicación política de estas Tesis, Berlinguer apoyó las bases de la OTAN en territorio italiano dado que los EEUU “son guardianes” de la paz en el mundo).

             – Ruptura de la organización leninista.

En consonancia con todos estos principios ideológicos, el eurocomunismo en lo organizativo rompe con la organización leninista en centros de trabajo, sustituyéndola por la organización por territorio. Elimina el carácter de órgano de base político de la célula leninista y la sustituye por la amorfa agrupación de límites laxos y que apenas exige compromisos. No planifica la intervención a lo externo e incorpora la federalidad a la estructura del partido, laminando de esta manera los principios del centralismo democrático. Del mismo modo, elimina la relación dialéctica entre militantes y órganos de dirección sustituyéndola por un mix de disciplina cuartelaría (para laminar la democracia interna) y aceptación de las fracciones (en el argot, familias). Por último, intenta sustituir los frentes de masas por el propio Partido, laminando el carácter plural de los frentes de masas y al mismo tiempo el carácter de dirigente político del Partido. En general, el eurocomunismo en lo organizativo destruye la relación que el marxismo establece entre el Partido y las masas, y también destruye el carácter de organismo de dirección política del Partido.

En conclusión el eurocomunismo, de acuerdo a sus objetivos reformistas/electoralistas, sustituye la concepción de partido de cuadros, es decir, el partido formado por revolucionarios profesionales, los elementos más avanzados de la clase, formados y preparados para organizar la revolución; por la de partido de masas, donde prima la cantidad a la calidad del militante, diferenciándose así nada en lo fundamental de los partidos socialdemócratas.

Posmodernismo

El posmodernismo no es (sólo) una corriente política, sino también filosófico-ideológica, cultural y artística: es la expresión cultural de la fase actual del capitalismo. El posmodernismo preconiza el fin o la crisis de los valores y modelos filosóficos, ideológicos políticos de la época moderna y desconfía de la posibilidad del conocimiento y la ciencia (para sustituirlos por “nada”).

El posmodernismo confiere gran importancia a la comunicación y a los medios de comunicación. Se postula que lo importante de un mensaje no es el contenido, sino el impacto; que lo importante no son los hechos, sino las interpretaciones de los mismos; que la representación de la realidad ha trasladado a la propia realidad; que los textos históricos e informativos en general no pueden contener la historia en sí misma, no nos pueden servir para conocer el hecho en sí, sino la interpretación subjetiva del autor del texto; que un hecho es significativo en tanto que se hable sobre él; y que nos adscribimos a formas, estilos, etc., más que a conceptos o contenidos.

En este sentido, los posmodernos de izquierdas se han esforzado mucho en desarrollar la teoría o teorías sobre la comunicación, llegando a postular algunos elementos que pueden ser útiles para nosotros mismos.

No obstante, los marxistas-leninistas tenemos un enfrentamiento abierto con el posmodernismo en tanto que niega algunos de los pilares básicos del socialismo científico. Traemos a colación las palabras de Peter Martens en La clase obrera en la época de las multinacionales que resumen los postulados políticos de Negri y Hardt expuestos en “Imperio”:

Negri y Hardt escriben que a la era del Imperialismo le ha sucedido la era del Imperio. En esta era del sector servicios, la producción inmaterial ha reemplazado la producción material. De este modo, la clase obrera ha desaparecido del campo visual, sus sindicatos han perdido toda utilidad y los partidos revolucionarios están superados. Organizaciones en forma de red han reemplazado a las organizaciones centralizadas y disciplinadas. Una red de poder con ramificaciones mundiales ha reemplazado a los estados. En este nuevo mundo, la gente ya no tiene relaciones mutuas en calidad de clases sociales, sino más bien como singularidades. Juntos, constituyen la muchedumbre.

El posmodernismo ataca:

  1. El papel de la clase obrera como fuerza dirigente del proceso al socialismo.
  2. Las formas de organización y de la clase obrera.
  3. El papel del Estado en el imperialismo (y el imperialismo mismo como fase superior del capitalismo)

Para el posmodernismo, la clase obrera ya no existe como tal en tanto que:

  1. “No existe objetivamente”. El capitalismo industrial y de la producción material habría dado paso al capitalismo de servicios y producción inmaterial. Tales serían las actividades que “dominarían” en el capitalismo actual. La clase obrera industrial sobre la que se habría cimentado el marxismo ya no existe o tiene muy poca relevancia, afirman. Hoy además, dicen, vivimos en la era del consumo, la información y la tecnología, de manera que la división de clases sería otra y también las contradicciones (por ejemplo, consumidores VS empresas).
  2. “No existe subjetivamente”. No sólo la producción se diversifica cada vez más, sino también la identidad cultural de la clase obrera. Afirmando que no existe una conciencia de clase común a toda la clase obrera y que ésta no sea un grupo homogéneo socio-culturalmente, se deduce como imposible una identificación de  los individuos en su propia clase y por tanto se organización y articulación de un programa político propio como clase. Esto es muy consecuente con la lógica posmodernista en la que la representación ha sustituido a la realidad: los individuos no estaríamos unidos por la posición social-económica-objetiva que ocupamos sino por la representación que hacemos de nosotros y nosotras mismas, por lo subjetivo y/o cultural. Además de esto, el posmodernismo magnifica la presencia de la aristocracia obrera y/o un sector de la clase obrera acomodado que vive con amplia holgura económica
  3. Rechazo de la “dualidad”. El posmoderno evita “los blancos y negros”; se sostiene la sociedad no puede explicarse “simplemente” a través de las categorías de proletariado y burguesía, y que es necesario buscar nuevos grupos, agentes, sectores sociales; y dentro de ellos, buscar también la heterogeneidad. Así, los y las posmodernas han trasladado el centro de las reivindicaciones de la contradicción principal (capital-trabajo) a otras contradicciones y es frecuente la lucha por las “minorías silenciadas”.

Igualmente, las formas tradicionales de organización de la clase son categorizadas como obsoletas. Lógico teniendo en cuenta que la propia existencia de la clase se pone en tela de juicio. Así, la organización sindical y/o por centros de trabajo tendría poco sentido en tanto que los centros de trabajo cada vez serían siempre más pequeños, y las condiciones de trabajo del precariado (nueva clase social) harían prácticamente imposible la organización por centros de trabajo. Además, afirman que los trabajadores “abominan” su centro de trabajo, ya que allí sufren penurias, etc.; no pueden organizarse en torno al mismo. Las estructuras sindicales y/o rígidas, con una dirección “oficial” y explícita, tampoco se adaptarían a la época actual, donde las grandes ideologías habrían fracasado y no nos sentiríamos representados por las mismas. Proclaman la necesidad de formas de organización mucho más flexibles, más permeables por la sociedad, donde confluyamos como “magma” social: sin un proyecto de una clase o sector social determinado; sin una ideología política o fines concretos claros.

Además, alguno posmodernos y posmodernas postulan que lo importante “es el movimiento” y que de lo que se trata no es tanto de tomar el poder como de crear un contrapoder que “presione” constantemente a los gobiernos.

En este panorama huelga decir que no hay mucha cabida para el partido de la clase obrera.

Igualmente, en contra de lo que proclama Lenin y observamos en la actualidad (que la clase capitalista de las distintas potencias mundiales necesita “cada vez más” de la actuación e intervención de “sus” Estados para salvaguardar sus intereses sea en el extranjero, sea en la propia nación), para los y posmodernas actualmente estamos más bien ante una “red difusa de poder” en la que el papel de los estados es cada vez menos relevante.

Nuestra postura frente al eurocomunismo y el posmodernismo

Frente a las tesis posmodernistas y eurocomunistas que llegan al fin y al cabo a implicaciones políticas idénticas, los marxistas-leninistas defendemos (y denunciamos):

  • El papel del proletariado como sujeto revolucionario. No sólo porque los datos en los que se basan los posmodernos y los eurocomunistas pequen de a) occidentalismo (se habla siempre del descenso de las actividades de producción en general sin tener en cuenta el traslado de los centros de producción a otros países del mundo y el aumento del proletariado a nivel internacional) b) formalismo estadístico (se basan en las estadísticas para determinar que la clase obrera industrial desciende y que estamos ante una economía de servicios sin tener en cuenta hechos como que muchas de las actividades que se contabilizan como de servicios están íntimamente ligadas a la producción industrial; igualmente, preconizan la diversificación de la producción y la creación de centros de trabajo cada vez más pequeños sin tener en cuenta la ligazón que existe entre los mismos, como aunque la producción se pueda diversificar “formalmente”, se concentra “realmente” en tanto que aumenta el grado de dependencia de la pequeña y mediana burguesía con los monopolios, que muchos de los centros que aparecen formalmente separados son en realidad parte de la misma compañía, etc.), sino porque la clase trabajadora sigue siendo a día de hoy la clase que produce todos los bienes de los que gozamos en el mundo, sigue siendo de su trabajo del que el capitalista obtiene su mayor beneficio, y aunque el peso cuantitativo del trabajo improductivo esté en aumento, éste sólo es posible por el trabajo productivo: dicho de otra manera, porque la contradicción principal sigue siendo la de capital-trabajo, porque el proletariado sigue siendo la clase que sufre directamente esta contradicción y es la clase que por su posición social central y porque sólo a través de la lucha colectiva y el derrocamiento del capitalismo podrá desarrollarse plenamente.
  • El papel del partido comunista como vanguardia de la clase obrera, la necesidad de la toma del poder político (que nunca podrá ser “neutro o desclasado”) y de la revolución socialista. No nos negamos a la participación en las instituciones burguesas, pero no para defender, sostener o construir las mismas (como hicieron y hacen los y las eurocomunistas) sino para llevar la lucha de clases allí también, agotar la vía de la lucha parlamentaria, llevar contradicciones a las propias instituciones; “usarlas para romperlas”. No queremos ser el ala izquierda del régimen, sino su soga. Somos conscientes de que la burguesía ejercerá la violencia ante un proceso revolucionario.
  • Necesidad de los sindicatos (y organizaciones de clase) y de la organización de los y las trabajadoras en sus centros de trabajo. Éstas son las formas de organización más básicas de la clase obrera, las de carácter económico-sindical, y son absolutamente imprescindibles para defender los derechos de las trabajadoras en el capitalismo y librar la lucha de clases del proletariado.
  • Vivimos en la época del imperialismo, fase superior del capitalismo. Al contrario de lo que sostienen los seguidores de las corrientes eurocomunistas y posmodernas, el sistema capitalista se mantiene en su fase de desarrollo más profundo, y por tanto, las condiciones objetivas para la revolución socialista también se mantienen elevadas. Es un hecho que la crisis económica ha servido para acelerar el proceso de acumulación de capitales y poder de los monopolios, al tiempo que las instituciones políticas que defienden sus intereses, tanto nacionales (estados-nación) como internacionales (ya sean regional, como la UE, o mundiales, como el FMI), han cerrado filas ante las tentativas que cuestionan su dominio.

Conclusiones

Recapitulamos, a modo esquemático y de resumen, los rasgos principales que destacamos de nuestra ideología frente a otras corrientes:

  • Aceptación, defensa y desarrollo de las bases del socialismo científico, la economía política marxista, el materialismo histórico y dialéctico.
  • Concepción del marxismo como filosofía de la praxis.
  • Posiciones sobre la cuestión nacional.
  • Internacionalismo proletario.
  • Papel del Estado y de la superestructura. Hegemonía de Gramsci.
  • Distinción entre táctica (flexible, adaptable y múltiple) y estrategia.
  • Clase obrera como sujeto histórico principal
  • Necesidad de la revolución y de la toma del poder político.
  • Necesidad del partido comunista.
  • Frentes de masas y sindicatos como instrumentos imprescindibles de la lucha de la clase obrera.
  • Vigencia de los rasgos del imperialismo definidos por Lenin.

4. TEORÍA Y PRÁCTICA EN UNA ORGANIZACIÓN MARXISTA. CÓMO ENTENDEMOS LA FORMACIÓN

Son archiconocidas las citas del tipo de nada sirven las ideas si no hay personas que las pongan en práctica o hasta ahora los filósofos se han dedicado a describir el mundo, ahora se trata de transformarlo o sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria. La “práctica” va unida a la teoría marxista de manera ineludible y primaria; y no sólo en un sentido “agente” o “eficiente” en la acepción aristotélica de la palabra, en tanto que como teoría revolucionaria ésta no tiene ningún sentido no le acompañan actuaciones encaminadas a transformar el mundo; sino también en un sentido ideológico e incluso ontológico.

Para los marxistas, la teoría es práctica condensada. Esto quiere decir que la teoría no es un fin último más o menos inalterable que tenemos que alcanzar o comprobar “mediante la práctica”. La formación marxista tiene sentido como “guía para la acción”, como forma de nutrirnos de experiencias anteriores y adquirir de forma más o menos condensada los conocimientos que han procesado pensadores y marxistas anteriores a nosotros. Leer a los clásicos (y también textos coetáneos, sobre actualidad general, política u otros temas) nos proporciona un bagaje cultural, una serie de conceptos y métodos, útiles para entender el mundo en el que vivimos (premisa para cambiarlo). Pero esta serie de conceptos y métodos no sólo se aprende a también de la lectura, sino también mediante la actividad y la experiencia propias; y es en la sistematización de éstas donde el marxismo se actualiza y se desarrolla: la teoría marxista debe estar sujeta, como todo en esta vida, a una evolución constante (que no significa transgresión de sus principios básicos). Así, podemos ver que la teoría marxista se ha desarrollado históricamente de forma muy ligada a su contexto, a la actividad y a los debates concernientes a los marxistas de ese tiempo. La teoría (marxista) no se desarrolla de forma aislada o de manera diferente a la práctica.

Igualmente, cuando un marxista o una organización marxista actúa, no lo hace separadamente de la teoría, sino que siempre se pone en juego el conjunto de los conocimientos y experiencia asimilados del militante o el conjunto de militantes; nuestro actuar es un reflejo o una constatación de nuestro pensar, entendiéndose más ésta clásica dicotomía entre “pensar” y “hacer”, “razón” y “acto” en clave platónica más que en clave marxista: para los marxistas no hay una distinción ontológica entre teoría y práctica: cuando hablamos de filosofía de la praxis, o de la praxis simplemente, no nos referimos a teoría aplicada a la práctica, sino a la fusión de la teoría y la práctica. La relación entre una y otra no es unidireccional ni lineal: la teoría “es” no en un plano metafísico sino en acto.

Atendiendo a estos prolegómenos, la formación en una organización marxista es imprescindible en tanto que sin ella: a) no podremos entender el mundo en el que vivimos y por tanto no podremos transformarlo: nuestras aproximaciones a la realidad serán vagas y acientíficas, carecerán de método de análisis que proporcione armonía y coherencia y en vez de poner nuestra actividad al servicio del socialismo científico y su historia en general, perderemos el tiempo nosotros mismos y haremos un flaco favor a la clase obrera: cuando acertemos será de casualidad y en general nuestra práctica será la de “dar palos de ciego”, b) desaprovecharemos las experiencias y los avances y desarrollos históricos del socialismo; pecaremos de adanismo, será imposible avanzar en la ciencia (el camino que nosotros estamos recorriendo lo han recorrido ya muchas personas; si lo ignoramos, es como si partiéramos de cero en vez de seguir en el punto donde ellos lo habían dejado). Por otra parte, la formación no ha de ser un adorno y cáscara vacía que nos haga perdernos en debates inoperativos, sino, como decíamos, una guía; el objetivo de la formación en cada militante es que éste transforme su forma de entender el mundo y adquiera una perspectiva más marxista y un método de análisis más marxista (decimos “más” porque jamás será puro ya que siempre estaremos influenciados de alguna manera por la ideología burguesa hegemónica ya que somos parte de este mundo y no ajenos al mismo; el marxismo-leninismo “puro” es más una quimera que una posibilidad), las cuales, de forma consciente o inconsciente, propulsarán un actuar político determinado. La práctica de una organización será el resultado cualitativo de la suma de las actuaciones de sus militantes.

 

 


[1] Sobre el imperialismo como estadio particular del capitalismo nos remitimos a las palabras de Lenin: pero el capitalismo se trocó en imperialismo cuando llegó a un grado determinado de desarrollo muy alto, cuando algunas de las características del capitalismo se convirtieron en su antítesis (…) Lo que hay de fundamental en este proceso, desde el punto de vista económico, es la sustitución de la libre competencia capitalista por los monopolios capitalistas. La libre competencia es la característica fundamental del capitalismo y de la producción mercantil en general; el monopolio es todo lo contrario (…) (Lenin, El imperialismo: fase superior del capitalismo)

[2] Una parte cada día mayor del capital industrial —escribe Hilferding— no pertenece a los industriales que lo utilizan. Pueden disponer del capital únicamente por mediación del banco, que representa, con respecto a ellos, al propietario de dicho capital. Por otra parte, el banco también se ve obligado a colocar en la industria una parte cada vez más grande de su capital. Gracias a esto, se convierte, en proporciones crecientes, en capitalista industrial. Este capital bancario, por consiguiente, capital en forma de dinero, que por este procedimiento se trueca de hecho en capital industrial, es lo que llamo capital financiero». (…) El capital financiero es el capital que se halla a disposición de los bancos y que es utilizado por los industriales. (Hilferding, El capital Financiero, citado por Lenin, ibídem)

 

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