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Las últimas semanas hemos asistido a un hecho sin precedentes en la historia del Estado español. La Presidencia del Gobierno cambió de manos a través de una moción de censura, sustituyendo Pedro Sánchez a Mariano Rajoy al frente del ejecutivo.

Sólo una semana después del anuncio de un acuerdo para la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado, que dotaba previsiblemente de una cierta estabilidad al Gobierno, la aparición de una sentencia del caso Gürtel ha permitido que el PSOE haya presentado una moción que, aunque en sus inicios nadie preveía que podía prosperar, ha terminado con su Secretario General en Moncloa.

No podemos negar que para nuestra organización, la salida de Rajoy y del PP del Gobierno por la puerta de atrás supone una alegría. Disfrutamos del hecho de que alguien que ha sido tan dañino para la clase trabajadora pague al menos un pequeña parte de los ataques que ha realizado a los obreros y obreras.

Sin embargo, no debemos leer estos acontecimientos desde una perspectiva simplista que lo explique exclusivamente basándose en la corrupción, que sin duda ha sido un factor importante. Por ello nos disponemos a hacer un análisis de las principales cuestiones que a nuestro juicio destacan en este asunto.

Al PP le derrota su política territorial y la corrupción

Sí, es cierto que la justificación pública para echar a Rajoy del Gobierno, y que ha terminado por hacer que deje la dirección de su partido, es la corrupción y cómo ha afectado la sentencia que por primera vez condena a un partido político por cargos de corrupción en calidad de partícipe a título lucrativo.

El Partido Popular ha alcanzado tales niveles de corrupción que su permanencia en el gobierno dañaba la credibilidad de las instituciones españolas frente a sus socios internacionales capitalistas y, como caso inaudito, ha llegado a tener un efecto perjudicial a nivel macroeconómico desde un punto de vista capitalista, como atestigua el estado lamentable en que el PP dejó la economía valenciana, centro del huracán de la trama Gürtel.

La burguesía tolera ciertos niveles de corrupción, incluso los favorece para aprovecharse a la hora de lubricar las instituciones y facilitarse los negocios y la competencia, pero cuando la cosa pasa de mordidas y tratos de favor a toda una trama que condiciona toda la intervención del Estado en la economía, necesariamente hay burgueses importantes que salen perdiendo directa o indirectamente, y esto, sin duda, ha facilitado las cosas a los “Partidos de Estado”, PSOE y Ciudadanos, para perderle el miedo a generar “inseguridad en los mercados”.

Sin embargo, no es sólo su actuación como uno de los partidos más corruptos de Europa lo que le ha sacado del Gobierno. Ha influido mucho, sin duda, la gestión del conflicto territorial que ha existido los últimos años. El PP ha encabezado una escalada represiva contra las personas que se movilizaban en Cataluña en defensa del derecho a decidir, abundando en su proyecto de Estado que niega las identidades nacionales y culturales que coexisten en España.

Esto ha llevado a que las burguesías periféricas de los territorios con un conflicto nacional latente o abierto, a través de sus proyectos políticos, hayan dado la espalda a Rajoy y participado, en algunos casos como los catalanes sin contrapartidas, en la moción de censura que le ha desalojado de la Moncloa.

Especialmente significativo es el caso del Partido Nacionalista Vasco, que pactó con el Partido Popular una semana antes de la moción de censura los Presupuestos Generales del Estado, obteniendo muchas ventajas económicas para los negocios de la burguesía vasca pero que, sin embargo, no tuvo reparos en perjudicar su política territorial a corto plazo buscando un perfil algo más conciliador para tratar de solucionar un conflicto que de forma indirecta también afecta a la burguesía vasca.

Además, en este eje territorial hemos de incluir la importancia de Ciudadanos y su postura como máximo garante del centralismo y el nacionalismo español más agresivo. En un tema en el que este partido se ha sentido muy cómodo y con el que ha subido como la espuma en las encuestas, Ciudadanos se ha convertido en el enemigo principal de todas las burguesías periféricas, que ven peligrar su posición si es el partido naranja el que acaba en Moncloa. Y esto es especialmente relevante para el PNV puesto que la formación liderada por Albert Rivera ha sido la única que ha puesto en duda el concierto económico del País Vasco, por lo que una de sus principales preocupaciones era que no hubiese elecciones de forma inmediata ante el riesgo que vaticinaban las encuestas de que Ciudadanos fuese el ganador.

Pese a todo lo anterior, y al hecho de que Rajoy ha tenido que abandonar la primera línea política, debemos hacer mención de que en todas las encuestas, en las horas más bajas del Partido Popular, mantiene un suelo electoral del 20%, que contando con su especial implantación en el electorado rural, sobre representado en el parlamento, haría que con gran probabilidad siguiese siendo el partido con mayor número de escaños si las elecciones se celebrasen ahora mismo.

En cualquier caso, los votos fugados del PP van a parar a Ciudadanos, por lo que la continuidad de un bloque reaccionario fuerte está bastante asegurada. Siempre en torno al 40% del electorado apoya a la derecha y hemos de ser conscientes de que este apoyo de la sociedad no se da “porque la clase obrera es tonta” o que se castigue más o menos la corrupción.

Esto se debe a que en España existen importantes capas de la población que de forma objetiva tienen intereses alineados con las propuestas de este bloque reaccionario. La gran burguesía, la pequeña burguesía que es directamente dependiente en cuanto a su trabajo de la gran burguesía, así como la pequeña burguesía arruinada pero que todavía conserva esperanzas de volver a su anterior estatus social, parte del funcionariado y los cuerpos de represión del Estado, junto con las familias de todos los anteriores, forman grandes concentraciones de gente que votan a este bloque conservador. Y a su vez también tienen una gran red de influencia desarrollada a través de las corporaciones locales que hace que tengan apoyos que, aunque no lo son por razones económicas objetivas, sí son muy sólidos como, por ejemplo, el lumpen o algunas capas populares del área rural.

Esta base electoral a la que hacemos referencia que tiene el PP, y que complementa Ciudadanos, no hace más que dejar a las claras como la burguesía más reaccionaria tiene un proyecto claro y nítido, que llega de forma clara a su electorado, mientras deja patente la inexistente contrapartida de la clase obrera debido a la inexistencia de un Partido que defienda los intereses de la misma y también evidencia la falta de proyecto de la socialdemocracia durante los últimos años, cada vez más atrapada en sus propias lógicas de posibilismo y sin tener claro qué pretenden conseguir, por lo que cambian de rumbo cada poco tiempo en función de lo que dictan las encuestas.

Podemos y las capas medias, simples espectadores

Sin lugar a dudas, el papel menos relevante durante la última investidura lo interpretó Podemos, que renunció a poner cualquier tipo de condición a la investidura de Sánchez y, a diferencia de hace dos años, le extendió un cheque en blanco al candidato del Partido Socialista con la esperanza de que éste lleve a cabo políticas más favorables para las capas medias que aquellas que ha hecho el Partido Popular.

Es importante señalar la forma en que el nuevo reformismo ha vuelto a una senda más tradicional en la que se apoya sin contrapartida a la socialdemocracia clásica siguiendo la lógica del mal menor. En esto sin duda tiene influencia una diferencia fundamental respecto a lo sucedido hace dos años, Mariano Rajoy estaba gobernando. La posibilidad de quedar como los culpables de que se mantuviese en la Moncloa hubiese dañado en exceso su imagen.

Sin embargo, esto no quita que se atisba una nueva etapa en Podemos con una menor beligerancia hacia el PSOE, o al menos expresada en términos distintos, ya que esta formación se guía bastante en sus acciones por aquello que contenta a su electorado potencial y se ha dado cuenta que durante los últimos años los ataques descarnados al Partido Socialista les han hecho resentirse en la estimación de voto. En definitiva, podríamos encontrarnos ante la situación de que el reformismo esté volviendo al papel que cumplió tradicionalmente Izquierda Unida, subordinado a la socialdemocracia.

Esta dinámica no es casual: gran cantidad de población de antiguas capas medias se vieron súbitamente empobrecidas por la crisis y entraron de lleno en los problemas cotidianos de la clase trabajadora. Descubrieron que la democracia burguesa solo sirve para representar a los ricos y conformar a los acomodados y se desgajaron de la política tradicional capitalista. Como consecuencia de su desencanto, ganaron fuerza las apuestas políticas que prometían recuperar lo perdido por una vía cómoda: un golpe de efecto electoral y, por arte de magia y de la ilusión, todo volvería a su sitio. Hablamos, por supuesto, de Podemos.

Podemos ha capitaneado la vuelta a la normalidad política de esas antiguas capas medias empobrecidas y, en la medida en que ha emprendido ese camino electoral sin una base social potente, su proyecto ha ido menguando cada vez más hasta volver a las formas clásicas de la “pequeña izquierda” posibilista, que trata de no pillarse los dedos con grandes propuestas que no tendrá fuerza para cumplir, y ello le ha llevado a centrarse cada vez más en desarrollar una política de “partido de las capas medias progresistas”, desencantando a su potencial base electoral más necesitada de mejoras sociales contundentes y, por tanto, habiendo de centrarse en el caladero más estable de aquellas personas que pueden permitirse “ilusionarse” con tímidas recuperaciones de derechos.

Una moción de censura que frena la llegada esperada de Rivera a la Moncloa

Ciudadanos es un partido que en un primer momento nació como un bloque liberal de renovación en lo económico con intenciones de representar a los sectores más “dinámicos” y juveniles de la burguesía, así como a la pequeña burguesía arruinada, y por tanto constituyéndose como un partido clásico de centro-derecha.

Sin embargo, tras una serie de fracasos electorales en relación con lo que vaticinaban las encuestas, en los que siempre había cantidades importantes de voto oculto que tras proclamar a los cuatro vientos que votarían a Ciudadanos en el último momento acababan eligiendo la papeleta de Rajoy, el partido naranja decidió jugar en el terreno que siempre ha dominado el PP.

Para ello, C’s ha tratado de disputar la hegemonía de la derecha española que ostenta el PP a base de beneficiarse de ser la representación de la estabilidad, de sus redes clientelares y del dominio de las corporaciones locales. Los populares tienen fuertes raíces a lo largo de todo el territorio español y una distribución de su electorado, muy enfocado en el ámbito rural, que les hace sacar un mayor rédito de cada uno de sus votos.

Así, Ciudadanos entiende que la mejor forma de ganar al Partido Popular en un escenario en el que la estabilidad le es favorable es activando socialmente a todo un bloque reaccionario liberal-conservador, es decir, eliminar la percepción de que ese bloque social solo puede ganar por goteo y con la estabilidad, apostando por un proyecto agresivo contra la clase trabajadora y todo el que se ponga delante.

Esto ha ido influyendo para que la formación se fuese escorando cada vez más a la derecha, hasta ser de facto en el partido del odio y la ultraderecha en España, con claros guiños al discurso falangista clásico poniendo por encima de las diferencias de clase la unidad en un proyecto patriotero y mesiánico, como demostró el propio Rivera diciendo “Ni rojos ni azules; ni trabajadores ni empresarios; yo sólo veo españoles”, hablando abiertamente de quienes “quieren liquidar España”, etc.

Y, si bien es cierto que comenzaba a ser preocupante la trayectoria claramente ascendente que llevaba Ciudadanos en las encuestas con la combinación de un discurso muy reaccionario y un silencio muy elocuente sobre la represión del Estado a las capas populares ante cualquier manifestación política (acompañado de su papel de promotor del reconocimiento y mejora de condiciones de los cuerpos policiales), la llegada de Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno y la intención de éste de agotar la legislatura atenúa esta preocupación.

La posibilidad de que el nuevo Gobierno de Sánchez realice algún tipo de gesto para tratar de apaciguar, aunque sea levemente, el conflicto territorial apartaría a Ciudadanos de su tema estrella y se vería obligado a afinar mucho más su discurso, eligiendo entre suavizarlo para competir el electorado de centro al PSOE o mantenerse en términos más reaccionarios para luchar con el PP intentando ser relevo generacional.

En cualquier caso, parece menos peligrosa la opción Ciudadanos cuanto más se alejan las elecciones, ya que en la actualidad todo parecía de cara para que su discurso calase y entrase a un Gobierno que tendría tintes represivos y laborales incluso peores que el actual, con los consecuentes perjuicios que ello tendría para la clase obrera.

El PSOE, un partido de Estado en el Gobierno

Lo primero que debemos hacer con este Gobierno para intentar entender cuáles son sus posibilidades y si puede ser positivo o negativo para la clase obrera es caracterizarlo. Por ello debemos mencionar que este Gobierno es una alianza de todas las capas medias progresistas españolas con las burguesías periféricas, ya sean progresistas o no, liderados y unidos por la socialdemocracia en su sentido más tradicional, es decir, por un Partido Socialista que aboga de forma clara por ligar los intereses de todas las capas anteriores a los intereses del Estado, o dicho en otras palabras, a los de la burguesía.

En este punto cabe recordar algo a lo que hacíamos mención más arriba cuando nos referimos a la ausencia de proyecto de la socialdemocracia durante los últimos años.

Esto es algo que la socialdemocracia viene arrastrando desde la pérdida del contrapeso mundial que suponía la existencia de un bloque socialista, que ofrecía una alternativa (cada vez menos ilusionante, eso sí) para la clase trabajadora y, por tanto, arrastraba a la socialdemocracia y el reformismo a posiciones más exigentes a la hora de redistribuir las ganancias de la burguesía, a la vez que suponía un argumento para que la burguesía tratase de ceder parte de esas ganancias como mal menor, de modo que la socialdemocracia podía presentarse como quien conseguía nuevos derechos, ampliando su base social, renovando su aparato y manteniendo cierta conexión con la calle a la hora de plantear su proyecto.

Así, como veníamos comentando, ante la falta de rumbo y de un objetivo claro, así como de los medios y motivación para poder presionar para obtener cesiones de la burguesía, la socialdemocracia ha ido gobernando y decidiendo sus políticas en base a lo que dictaban las encuestas. Ha difuminado su proyecto y ha entrado en una espiral de posibilismo que le ha ido acercando cada vez más a las tesis e ideas transmitidas por el Partido Popular o Ciudadanos.

De este modo, la socialdemocracia ha perdido gran parte de su base social, principalmente la obrera, ante la falta de resultados que presentar, mientras ha conservado una parte pequeña de dicha base y otra parte de su base electoral se ha ido incorporando en las capas medias.

A esto se le ha unido que, para evitar mojarse con promesas ambiciosas que después no podrán o no querrán cumplir, han abandonado la labor de concienciación de su base social restante, cosa que en cierta medida también le ocurre a opciones reformistas como Podemos, de tal manera que su electorado ha ido virando paulatinamente a la derecha hasta el punto de que si en este momento implementasen algunas medidas de su ideario originario, buena parte de su electorado no lo entendería ni apoyaría.

Si además de esta falta de proyecto le añadimos que en la actualidad los dirigentes del PSOE son de segunda generación, antiguos “niños probeta” que han desarrollado toda su carrera política en las instituciones sin haber sido siquiera activistas previamente ni, en muchas ocasiones, hayan trabajado con anterioridad y hayan sufrido la explotación asalariada en sus propias carnes, está claro que la socialdemocracia está metida hasta el fondo en una línea de la que no puede salir, así que podemos imaginar que el gobierno que ahora se conforma no va a llegar demasiado lejos con ninguna reivindicación popular.

El margen de maniobra del Gobierno. ¿Positivo para nuestra clase?

Como ya hemos comentado anteriormente, el mantenimiento y cumplimiento de los Presupuestos Generales del Estado tal como los aprobó el PP era un requisito indispensable que reclamaba el PNV para dar su apoyo a la moción de censura, por lo que el Gobierno de Pedro Sánchez tendrá las manos muy atadas en lo relativo a cualquier cambio económico. Así, no podemos esperar ningún alarde redistributivo que mejore mínimamente las condiciones de vida de la clase obrera. Buena muestra de ello es el nombramiento de una administradora laureada por la oligarquía europea y por Ciudadanos como ministra de Economía.

Sin embargo, como ya hemos comentado en otras ocasiones, no es sólo la voluntad política lo que influye en la escasa redistribución de la riqueza, sino que es la propia dinámica del sistema la que hace que las migajas que reparte la burguesía sean cada vez menores.

Por un lado, la burguesía, especialmente en los países capitalistas desarrollados y dominantes como España, se muestra cada vez más reacia a ceder parte de sus ganancias porque mantener sus enormes entramados monopolísticos y a la vez luchar por su supremacía en el mercado mundial le deja un margen de ganancia “libre” cada vez menor.

Por otro lado, la política electoral en las democracias capitalistas tiene un protagonista claro: las capas medias. Como ya hemos tratado, son las que siempre van a estar dispuestas a conformarse con un mal menor, negociar su encorsetamiento en un gran consenso nacional con la oligarquía dominante…En los países como España, con un Estado y unas redes de producción y distribución desarrolladas, con una serie de servicios públicos o público-privados funcionales y la posibilidad de mejorar individualmente en las condiciones de vida si se empieza en una familia más o menos acomodada, la capas medias son tremendamente complejas políticamente, y gran parte de ellas tienen muy poco que ganar con la conflictividad social y muy poco proyecto político pendiente, más allá de invertir más o menos dinero público en facilitar su ascenso social (educación, sanidad…) o proteger a sus allegados de clase obrera.

En definitiva, las capas medias están atrapadas en el electoralismo, el electoralismo está atrapado en el posibilismo y el posibilismo se ve arrastrado por el proyecto reaccionario, todo ello por sus propias contradicciones y todo ello toma forma en este nuevo gobierno. Por ello tampoco confiamos en que si tuviese mayor capacidad de decisión en la política económica el cambio sería significativo. Sólo cabe una forma de cambiar la economía para que sea más beneficiosa de forma permanente para la clase trabajadora. Cambiar el sistema.

En cambio, donde sí tiene capacidad de modificar las cosas es fundamentalmente en dos frentes: el territorial y el represivo.

En el campo territorial, sin duda se trata de un avance el mero hecho de que haya habido un cambio de interlocutor en Madrid que no necesita de unas formas tan duras con el independentismo para mantener contento a su electorado, cosa que posiblemente permita relajar la tensión con Cataluña. En este sentido, cabe la posibilidad de que la fiscalía, que es nombrada por el Gobierno, relaje las acusaciones que se hacen contra los dirigentes del ‘Procés’ como gesto de buena voluntad y de diálogo.

Esto podría facilitar que la clase trabajadora no se vea tan empujada a posicionarse junto al nacionalismo españolista o periférico, que ya de entrada evitan que se hable de temas urgentes para las y los trabajadores.  Estas condiciones que permitan tratar el problema nacional y territorial más en frío deben servirnos a las y los comunistas para impulsar que la clase obrera tome una posición propia en ese campo, desmarcándose del nacionalismo, pero defendiendo a la vez el derecho a la autodeterminación, su cultura y su lengua.

Y en cuanto a la represión sí es de esperar un cambio notable, un cambio que quizá no se vea tanto reflejado en la ley (sobre todo tras el nombramiento de Grande-Marlaska como Ministro de Interior), aunque sin duda hay mayorías para cambiar la Ley de Seguridad Ciudadana o el Código Penal, pero sí se vea en el día a día, con menor presencia policial en manifestaciones, menor persecución de la fiscalía a delitos de opinión y, en definitiva, un menor acoso a la oposición política al sistema.

Esto es, sin lugar a dudas, un elemento diferencial a la hora de calificar como positivo en este aspecto el Gobierno que ahora comienza, puesto que esta disminución de la represión puede facilitar el trabajo que realizamos cada día las organizaciones comunistas, sindicales, obreras… Un trabajo que es indispensable para alcanzar algún día otro sistema, otro mundo, en el que no existan clases explotadoras ni explotadas.

Por último, consideramos muy importante remarcar lo nocivo que es para la clase trabajadora un sistema en el que la población debe estar atenta a cómo un Gobierno hecho casi por casualidad a mitad de legislatura es el que va a frenar, ni siquiera revertir, la ofensiva reaccionaria y represiva que ha lanzado la burguesía los últimos 8 años. Un sistema que te quita casi todo y al que aún tienes que dar las gracias cuando te devuelve las migajas.

Quizá esta vez haya habido suerte y este Gobierno pueda servir como freno a dicha ofensiva, pero ¿y la próxima vez? ¿Qué nos salvará? ¿Y todo lo que se va perdiendo por el camino? ¿Hay que aplaudir, conformarse o quedarse en silencio cuando el “éxito” es aplicar lo que hace 20 años no se planteaban ni los dirigentes más moderados del PSOE? ¿Y quién va a revertir este ataque para que por fin la clase trabajadora ocupe el lugar que le corresponde en el mundo?

No podemos estar eternamente a la espera de los arreglos parlamentarios cada vez más débiles de la socialdemocracia y la izquierda parlamentaria alternativa, cada nueva legislatura supone la consolidación de una pérdida más de derechos sociales. Lo único bueno que puede sacar la clase obrera de este gobierno es algo más de tiempo para organizarse antes de la inevitable embestida reaccionaria que ha estado bien cerca, que ya campa a sus anchas en Europa y que el “sálvese quien pueda” de la socialdemocracia no va a frenar.

Sin duda llega el momento de organizarse y empezar a combatir el sistema. Llega la hora de dar voz a una clase obrera que no tiene una organización propia que defienda su proyecto político, que defienda a aquellas y aquellos que lo producimos todo y que, por tanto, debemos decidirlo todo.

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