Qué esta ocurriendo en la frontera con Marruecos

Miles de personas -hasta 8.000, según recogen los medios de comunicación- han cruzado entre el lunes 17 y el martes 18 de mayo la frontera que separa Ceuta de Marruecos. Las imágenes no dejan lugar a dudas: mientras las autoridades marroquíes abrían sin mayor problema la verja, permitiendo así que hombres y mujeres, y sobre todo niños y adolescentes, pusieran rumbo a España, el rápido desplazamiento del presidente del Gobierno.

Pedro Sánchez, a las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, y el despliegue de las fuerzas militares en la localidad ceutí, hablan claramente de la tensión que se respira en la frontera Sur con Marruecos. 

Prácticamente, desde que en 2002 ambos países colisionaron por el islote del Perejil, las relaciones hispano-marroquíes se habían mantenido en calma y sin demasiados sobresaltos, más allá de los momentos de negociación de algún acuerdo económico que traía consigo el ejercicio de la presión migratoria desde el lado norafricano. 

¿Qué está ocurriendo?

Mientras unos se limitan a abordar el asunto como una crisis migratoria, otros únicamente tratan la cuestión como un choque político entre dos estados. Sin embargo, la realidad es más compleja, y requiere de un análisis más detallado para descubrir todas las capas e implicaciones que envuelven el escenario. 

Si leemos entre líneas, resulta evidente que estamos ante una nueva operación política diseñada por el Reino de Marruecos para responder a la escalada de tensión con España a cuenta de la asistencia sanitaria al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali. Merece la pena que nos detengamos en este punto. Hace no tantos meses, en noviembre del pasado año, se materializó la ruptura del alto al fuego que desde 1991 habían acordado Marruecos y la organización saharaui. El reinicio de las actividades de guerra en la región fue resultado de la última provocación marroquí un mes antes, cuando este país consumó la ocupación definitiva de un territorio clave para permitir la comunicación terrestre entre Marruecos y Mauritania. El conflicto marroquí-saharaui, en última instancia, se inserta en una lógica de mayores dimensiones. El bloque imperialista encabezado por EEUU, y seguido por la UE -especialmente Francia y España-, ha permitido que el Reino de Marruecos se convierta en una potencia regional en la zona a cambio de servir como perro guardián frente a las corrientes migratorias y grupos terroristas de índole islamista, al tiempo que empresas internacionales de origen europeo y estadounidense explotan los recursos minerales y pesqueros tanto de Marruecos como del territorio saharaui bajo ocupación. A cambio, Marruecos goza de un status diplomático envidiable, además de cuantiosas subvenciones millonarias y acuerdos de intercambio económico preferentes. En resumen, podemos decir que el Reino de Marruecos está bajo un dominio semicolonial por parte de los imperialistas estadounidenses y europeos, quienes explotan a placer los recursos que posee el país, también la mano de obra nacional. Dominio que, por otra parte, permite a la élite del país llevar a cabo su propio proyecto expansionista por la zona, como bien nos muestra la ocupación marroquí del Sahara. 

No obstante, Marruecos, ha iniciado una nueva etapa en su desarrollo político internacional, desembarazándose de cierta tutela europea, mientras que refuerza sus lazos con los Estados Unidos e Israel. No olvidemos tampoco que, en los últimos años, el país ha aumentado el presupuesto militar de manera notable (nuestro país, sin ir más lejos, es uno de los grandes suministradores de recursos armamentísticos), alcanzando a su histórico enemigo en la zona, Argelia, y también ha restablecido el servicio militar obligatorio entre su población. 

Como en otras ocasiones, las autoridades locales han permitido -en este caso, todo hace indicar que directamente han organizado- la irrupción de personas migrantes en España de forma irregular. Los vídeos nos muestran, fundamentalmente, a jóvenes, tanto adolescentes como niños, pero también madres portando a sus hijos. Como ya ocurriera en la Marcha Verde en 1975, el majzén (término con el que se denomina al Estado profundo marroquí) utiliza la miseria de su propia población para lanzarlos en una operación política en su propio interés: chantajear a España y al conjunto de la Unión Europea bajo la amenaza de un descontrol migratorio. Nada nuevo bajo el sol. 

En cualquier caso, el sucio juego diplomático entre Rabat, Madrid y el resto del mundo, tiene unas consecuencias dramáticas para los pueblos. Insistimos poco al señalar la forma miserable en que la élite marroquí trata a su población, empobrecida y en una situación trágica, pero además, son doblemente miserables y criminales al azuzar a cientos, miles de personas, a jugarse su propia vida cruzando la frontera que separa su país del nuestro. Por otro lado, el «gobierno más progresista de la historia de España», con varios ministros autoproclamados «comunistas», el cual ya es incapaz de por sí para atender correctamente a la población local durante la crisis que estamos sufriendo, no ha dudado en incumplir la propia legislación en materia migratoria: las «devoluciones en caliente» de migrantes no identificados y menores no acompañados están a la orden del día. Una actitud hipócrita e insultante viniendo del ejecutivo que hizo bandera de la «defensa de los derechos humanos» con la acogida del barco Aquarius, a inicios de su mandato. Al fin y al cabo así queda patente cómo en última instancia se trata de un gobierno limitado a dar «orden y estabilidad» en todas las cuestiones «de Estado», actuando en esencia de la misma forma que cualquier gobierno liberal o conservador

La situación en España y el papel que juega nuestro país

No ha tardado Santiago Abascal en acudir a Ceuta para avivar las tensiones desatadas. Desde las terminales mediáticas de la extrema derecha, se están disparando todo tipo de soflamas xenófobas y racistas, discursos que alimentan el odio al extranjero. Además, la situación de desesperanza y miedo en el que se encuentran multitud de familias españolas, son el caldo de cultivo perfecto para que estos discursos arraiguen sin mayor dificultad. En el caso de Ceuta y Melilla, una parte considerable de sus poblaciones -funcionarios de la AGE y miembros de las FCSE- viven bajo la sociología del colono acorralado en un cerco, de forma que episodios como el que estamos viviendo ayudan a profundizar en esta idea. Pero tampoco podemos ser ingenuos y obviar lo que ocurre en la costa Norte del Estrecho. Las localidades del Campo de Gibraltar y limítrofes poseen Centros de Acogida Temporal de Extranjeros (CATEs) con capacidad insuficiente para albergar en condiciones mínimas de dignidad y seguridad a las personas que son trasladas a la península. La idea de asedio se extiende, y esto es lo preocupante, en sectores marginados y no tan marginados de la clase obrera de la zona, en parte a los discursos de la extrema derecha amplificados, pero también a causa de la desastrosa gestión humanitaria de la situación por parte de las autoridades gubernativas (instalaciones desbordadas, huidas de los migrantes, rápida inserción de una parte de ellos en redes de delincuencia, etc). 

Sin embargo, además de la actitud chovinista de la extrema derecha, hemos de observar el papel que ha jugado y está jugando el Gobierno español, así como la política tradicional española en relación a la cuestión saharaui y marroquí. Hemos de recordar que los actuales territorios saharauis ocupados por Marruecos y reclamados por el gobierno en el exilio de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) fueron parte del, ya por entonces, decrépito imperio español. El Sahara, que llegó a ser provincia en la estructura administrativa del país, fue entregada por la inacción del Gobierno franquista en 1975 al Estado marroquí. Quien en aquellos momentos ostentaba el poder, el Dictador Franco, vivía sus últimos días de vida, y en su círculo más íntimo, en el que se encontraba el príncipe, más adelante Juan Carlos I, prefirió someterse a los mandatos de EE.UU. y Francia. Marruecos debía saciar sus apetitos expansionistas, una contrapartida que trajo consigo el afianzamiento de la dominación imperial en el territorio. 

Aquella «jugada maestra» de la política española es parte fundamental del problema que nos ocupa. Hasta ahora, los partidos de la izquierda reformista y revisionista han llevado adelante una política de guiños con el pueblo saharaui, sobre todo como herramienta para captar votos entre la población española que simpatiza con la causa saharaui, bastante numerosa. Pero una vez en el gobierno, esos mismos partidos se han caracterizado por una política de gestos, incapaz de resolver de una vez por todas la completa descolonización del Sahara por medio de un referéndum de autodeterminación, tal y como estableció en su momento las Naciones Unidas. 

Un futuro incierto

Los acontecimientos se suceden con velocidad, y ya vamos conociendo algunas de las claves por las que el Gobierno español y la UE apuestan para resolver la situación. Los llamamientos a la prudencia, la discreción y a la negociación diplomática son constantes. También la táctica que siempre ha funcionado: doblar el pago a Marruecos en concepto de «ayuda económica para controlar las fronteras», o lo que es lo mismo, encarecer la factura de la seguridad subrogada. Muy probablemente, ante la falta de respuestas por parte de las fuerzas gubernativas de izquierda, la extrema derecha seguirá ganando nuevo público para su causa, y no nos podemos extrañar si logran importantes avances entre sectores empobrecidos y de la clase obrera. 

Al otro lado del Estrecho, la situación es todavía más dramática. Los testimonios alarmantes sobre la situación socioeconómica en Marruecos de los que han conseguido cruzar la frontera, así como el estado deplorable en que se encuentra la población saharaui que vive tanto en la zona ocupada como en los campos de refugiados en Argelia, son triste indicador para conocer los estragos que causa el imperialismo en los pueblos bajo su dominio. 

Pero el futuro no está cerrado. Y siempre hay tiempo para moldearlo. De nosotros depende plantar cara a quienes manejan los hilos de un sistema que promueve el hambre, la pobreza y la desesperanza más enfermiza entre los pueblos. Si de ellos depende, todo seguirá igual. Los trabajadores estamos obligados a unirnos en una organización propia, independiente, apegada exclusivamente a nuestros intereses como clase, con independencia de nuestro origen. Nadie dice que resolver el problema sea sencillo, todo lo contrario. 

Por nuestra parte, seguiremos trabajando para construir un Partido Comunista revolucionario que practique el internacionalismo proletario con nuestros hermanos de clase. Con ellos, con los trabajadores marroquíes y saharauis, nos encontraremos en la lucha por la liberación nacional de sus respectivos pueblos.