La Transición: el lavado de cara del capital español

Hoy se celebra el 40 aniversario de la aprobación del referéndum de la constitución, una fecha de gran peso como mito fundacional del Régimen del 78. Desde Revolución queremos echar la vista atrás y realizar una reflexión que nos permita entender cómo se construye nuestro sistema político actual y el peso que la idea de la Transición sigue jugando en el mismo.

¿Es España actualmente un régimen fascista?

En lo que se refiere a la caracterización del Estado en el presente, hay sectores de la izquierda revolucionaria que defienden que estamos en un régimen fascista. Atendiendo a los hechos, la mayoría de historiadores coinciden en que la Transición no supone una ruptura con la dictadura, sino una reforma de la misma impulsada por sectores del propio franquismo, en contraste con la Revolución de los Claveles en Portugal. Esto permitió que amplios sectores del franquismo (empresarios, políticos, jueces, policías…) se mantuvieran en puestos clave del Estado y la economía tras el paso al nuevo régimen (son numerosos los casos de altos cargos franquistas que se vinculan a empresas del IBEX35), la vigencia de ciertas leyes y el carácter de tribunal político que cumple en algunos aspectos (como la defensa de la monarquía, la Audiencia Nacional, etc.).

Sin embargo, nuestra postura es alejarnos de la equiparación represión-fascismo. El fascismo es la forma más clara y evidente de reacción de la burguesía contra la clase obrera, saltándose sus propias reglas del juego (la democracia liberal) para ejercer una violencia que le permita mantener el control político y social frente a un movimiento obrero a la ofensiva. Pero fuera de contextos prerrevolucionarios o de mucha tensión en la lucha de clases, una democracia es perfectamente útil a la burguesía para legitimar sus posturas, reprimir y mantener el control y sus beneficios. Esto hemos podido comprobarlo recientemente en España con las cargas durante las Marchas de la Dignidad o el 1-O en Catalunya, pero también ante la violenta represión a las protestas en países como Francia o Turquía. En definitiva, caracterizar toda represión burguesa como fascista es no entender el propio carácter represor de la democracia burguesa[1].

Echemos la vista atrás

En los años 50, España estaba prácticamente en la ruina. Sus viejas alianzas con las potencias fascistas europeas (y el propio carácter fascista del régimen) provocaron su aislamiento internacional tras el fin de la II Guerra Mundial. Sin embargo, el nuevo contexto de Guerra Fría y el claro anticomunismo franquista favorecieron sus relaciones con los EEUU, a través de pactos militares, comerciales y finalmente con la entrada de España en la ONU (1955). Sin embargo, esto no fue suficiente para que España se asimilara, ni mucho menos, a los países de su entorno, quedando fuera de la CECA (Comunidad Económica del Carbón y del Acero y la CEE (Comunidad Económica Europea), bases de la futura UE y elementos clave en la reconfiguración del capitalismo europeo tras la guerra.

En este nuevo contexto, los sectores puramente fascistas del franquismo fueron perdiendo peso frente a los tecnócratas vinculados al Opus Dei. Estos llevarían a cabo una serie de políticas económicas liberalizadoras, desarrollando desde finales de los 50 un impulso industrial clave que aceleraría el crecimiento y el consumo interno y consolidaría a una burguesía crecida al amparo del régimen. El éxodo rural y la industrialización también suponen el desarrollo de una clase obrera caracterizada por su juventud y su dinamismo (muchos son jóvenes del pueblo que emigran a la ciudad a trabajar en la fábrica).

Esta nueva clase obrera no tenía, a priori, la conciencia revolucionaria de la clase obrera española de los años 30[2] debido a la represión franquista a partidos y sindicatos y a un Movimiento Comunista Internacional con menor impulso. Sin embargo, las duras condiciones de trabajo en un contexto de crecimiento económico y la existencia de amplios sectores obreros jóvenes que no habían vivido la guerra (sin olvidar el trabajo de los aún escasos militantes clandestinos) favorecieron el desarrollo de distintos conflictos de tipo económico y laboral. Pero el franquismo no podía asumir las reivindicaciones obreras y el conflicto sin represión, convirtiendo reivindicaciones laborales en problemas políticos que dejaban patente la falta de libertad y el carácter de clase del régimen. Este es uno de los motivos por los que el movimiento obrero fue uno de los principales factores de desestabilización del franquismo y de su importancia en la Transición. En este mismo sentido, a pesar de sus diferencias, también debemos destacar el papel que jugaron el movimiento estudiantil, el movimiento feminista[3] y el movimiento vecinal.

El papel de los comunistas

Respecto a los comunistas, su militancia fue difícil, peligrosa y sacrificada. El PCE se convirtió rápidamente en la principal fuerza de oposición antifranquista en el interior y en el exterior, sin embargo, las nuevas condiciones de clandestinidad le pasaron gran factura. Las difíciles condiciones del interior impedían del desarrollo de una militancia formada y crítica, aunque, sin embargo, destacaba generalmente por su trabajo y su entrega. Por otro lado, la dirección en el exilio, cada vez más agotada, pensaba cada vez menos en la revolución y más en cómo volver a España en las mejores condiciones políticas cuando el régimen se tambalease. Esto, sumado la debilidad ideológica que empezaba a imponerse en la URSS, condicionó que se asumieran posturas revisionistas como la “reconciliación nacional” y, finalmente, el Eurocomunismo[4].

El PCE juega un papel complejo en la Transición. Por un lado, es promotor de muchas de las principales organizaciones de masas que se enfrentaron al franquismo, como Comisiones Obreras, el Movimiento Democrático de Mujeres o su papel en el movimiento estudiantil. Por otro lado, a medida en que es consciente que no va a poder forzar un proceso de ruptura con el franquismo, empieza a realizar una serie de graves concesiones políticas e ideológicas con tal de no quedarse al margen del nuevo escenario político oficial. De esta forma, el gobierno de Suárez aprueba la legalización del PCE en 1977 a cambio de que este se comprometa con la paz social y con el proceso de Transición, siendo muy consciente de que el peligro del PCE estaba en su influencia en el movimiento obrero y no en las urnas y de que su legalización legitimaría al nuevo régimen y acercaría al PCE a posiciones más dóciles y seguras. Esto quedaría confirmado con sus llamadas a la paz social, su defensa de los Pactos de la Moncloa y sus malos resultados electorales.

Estos hechos consolidaron aun más la fragmentación del movimiento comunista en una multitud de organizaciones (algo que ya venía ocurriendo desde los años 60 debido a la deriva revisionista en el PCE) con más militancia e influencia social que las actuales. Muchas de ellas, desde posiciones honestas intentaron recoger el testigo del marxismo-leninismo y de la revolución en nuestro país, dando la batalla ideológica y un ejemplo de militancia y sacrificio. Sin embargo, fueron incapaces de romper la dispersión y generar una alternativa revolucionaria fuerte ante la deriva del PCE.

El PCE era la principal fuerza obrera organizada, de manera que mantenía su actividad de base combativa y su militancia influyente, pero a la vez era una fuerza que se alejaba cada vez más de su papel dirigente, lo que se concretaba en la burocratización y acomodo de su dirección y la cada vez más acentuada deriva ideológica, transmitida a la militancia por activa (difusión de ideas reformistas) y por pasiva (despreocupación por mejorar la capacidad de análisis y crítica de la militancia). La militancia iba marcando su propio ritmo al calor de las necesidades que iban encontrando en la intervención de masas, mientras la dirección intervenía principalmente para utilizar esa capacidad militante medio espontánea como herramienta de presión en la negociación con el franquismo y el resto de fuerzas políticas. Esto termina llevando a que, con ese enfoque de negociación, la dirección del PCE termine por frenar incluso esa misma presión de su militancia como “gesto de buena fe” y demostración de que, si hay pacto, mantendrán las cosas bajo control.

Pero, ¿qué pasó con los franquistas?

¿Cómo, de repente, se despertaron “siendo demócratas”? Como decíamos antes el desarrollo económico en España y la consolidación de una burguesía industrial avanzaba al margen de la evolución del proyecto europeo, cada vez más consolidado. La futura Unión Europea ofrecía un mercado común sin aranceles donde poder exportar los productos, pero no permitía el acceso a países que no asumieran la democracia burguesa. Teniendo en cuenta que no estaba claro como continuar un franquismo sin Franco y que una dictadura férrea ya no era necesaria (como en los años 30) para que la burguesía mantuviese el control (ya que esta necesitaba ejercer una fuerte represión hacia el movimiento obrero para mantener unos altos márgenes de explotación), el movimiento lógico parecía ser un proceso de cambio controlado desde arriba hacia una democracia que les permitiera entrar en la UE. Este es, al fin y al cabo, el motor esencial de la Transición.

Aquí entramos ya en los años de la Transición, donde aparecen presentándose como elementos democráticos y reformadores un Suárez que llevaba dos décadas medrando en el aparato estatal y un Fraga que tuvo poder de decisión a los más altos niveles durante el franquismo, principal responsable de la represión en la matanza de Vitoria y uno de los “padres de la Constitución”. El sector más inmovilista, el llamado búnker, se resistía a dejar caer la dictadura, pero perdía peso progresivamente, quedando arrinconado. Aunque si bien su peso político fue menor, no podemos decir lo mismo de la violencia que ejercieron en las calles de todo el país contra los militantes de izquierdas y progresistas con gran impunidad.

En este contexto, el PSOE estaba liquidando los vestigios marxistas que le pudieran quedar con la victoria de Felipe González en el congreso de Suresnes, apoyado por la socialdemocracia alemana y con la protección de servicios de inteligencia franquistas. Se esperaba de él, como así fue, que se convirtiera en la pata izquierda del nuevo régimen desplazando al PCE a la marginalidad.

El franquismo había conseguido poner en su contra a amplias masas obreras, al movimiento estudiantil, al naciente movimiento feminista (abriéndose espacio reivindicaciones feministas como el derecho al divorcio y al aborto), al movimiento vecinal gestado por un tejido asociacional con peso en barrios obreros e incluso a una reducida parte de miembros de la Iglesia Católica, como los “curas obreros”. El gobierno de Arias Navarro se vio superado por la situación, tanto por la oposición de izquierda como por ministros como Fraga o Areilza. Es aquí cuando Suárez, que ya había ocupado varios cargos públicos durante la dictadura franquista y había sido director de la radiotelevisión española, es designado presidente del gobierno y gana las primeras elecciones, tomando el papel de cara visible de la transición y sumando consensos como la legalización del PSOE y el PCE.

Conclusión

Actualmente nos encontramos en un momento en que la visión idílica de la Transición se pone en duda desde sectores jóvenes y no tan jóvenes. Desde Revolución creemos que la historia de la lucha de nuestra clase debe servirnos para aprender lecciones que nos ayuden a mejorar en el presente y el futuro. Consideramos este proceso como una reforma del franquismo desde dentro (imposible de acometer sin consensos con los sectores de oposición al régimen) para buscar la paz social, la conciliación de clases que beneficiaba a la burguesía y servía de trampolín de entrada a la CEE, como germen de la actual UE. Es lógico si desde la curiosidad abordamos hechos condicionales como si ese proceso hubiera sido diferente con un Partido Comunista de cuadros fuerte y con una estrategia revolucionaria. Incluso en el caso de que las fuerzas obreras no hubieran sido capaces de forzar una ruptura, cuesta creer que la evolución de nuestro actual régimen hubiera sido similar. Pero la realidad nos indica que el Partido que necesitábamos entonces sigue sin existir. Por tanto, las exigencias del presente solo pueden ser resueltas aprendiendo de las enseñanzas del pasado, así como de los errores y aciertos de hoy del movimiento comunista en España y, de manera honesta y autocrítica, trabajar por construir un Partido capaz de organizar la lucha contra el capitalismo y la toma del poder por la clase obrera, que nos lleve a una sociedad igualitaria, sin explotadores ni explotados, una sociedad socialista.

[1] Próximamente publicaremos un artículo donde explicaremos más en detalle la cuestión referida en este apartado.

[2] Véase el artículo “El octubre rojo de Asturias” en nuestra web. http://somosrevolucion.es/el-octubre-rojo-de-asturias-la-revolucion-socialista-espanola/

[3] Esta acepción solo se adoptaría años más tarde, aunque a efectos analíticos era el mismo movimiento que luego ha sido el feminista.

[4] En los documentos de nuestro 2º Congreso explicamos qué supuso el Eurocomunismo y cuáles eran sus planteamientos.