Trotsky y el trotskismo: análisis crítico desde el marxismo-leninismo

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Trotsky y el trotskismo: análisis crítico desde el marxismo-leninismo- Revolución

Desde la Organización Comunista Revolución queremos contribuir con un análisis que trate de explicar por qué históricamente la aplastante mayoría de personas que nos organizamos como comunistas hemos rechazado el trotskismo.

Queremos hacer esta contribución porque sabemos que esta es una cuestión que a menudo suscita dudas entre quienes empiezan a implicarse más activamente en las luchas sociales, especialmente cuando se acercan al movimiento comunista y se encuentran con que, lo que desde fuera parece una trifulca entre comunistas rusos de la primera mitad del siglo XX, sigue saliendo a relucir de tanto en tanto.

Si fuera por nuestra organización, este debate podría darse tranquilamente y de manera bien documentada entre aquellas personas que realmente quieren luchar por un cambio social real en favor de la clase trabajadora, pero somos conscientes de que es el 21 de agosto cuando toda la prensa de los capitalistas y los políticos del sistema, desde la izquierda reformista hasta la derecha liberal-conservadora, usan la muerte de Trotsky a manos de Ramón Mercader como forma de atacar al comunismo, de reforzar la idea de que existen comunistas buenos y comunistas malos, y los comunistas buenos, “casualmente”, siempre son aquellos que han dado lugar a movimientos que no han ido a ninguna parte.

Por eso, aunque haya a quien pueda resultarle de mal gusto, publicamos este artículo como respuesta al falso debate forzado por los capitalistas.

Qué pasa con Trotsky

Para muchas personas que se interesan por el socialismo y no tienen contacto previo con militantes comunistas, Trotsky suele ser una de las primeras opciones a consultar. Al fin y al cabo, Trotsky parece ser la figura revolucionaria “menos incómoda”, después de Marx y Engels. Tomó parte importante en la Revolución Bolchevique, luchó contra el Ejército Blanco zarista y después se sacrificó por los pecados de la humanidad, quedó, según nos dicen, sin mancha, perseguido por sus ideales verdaderamente comunistas por una burocracia totalitaria y desalmada.

Trotsky siempre ha sido, y sigue siendo, un icono utilizado por los capitalistas incluso después de la Guerra Fría por un motivo: ellos creen que demuestra inapelablemente cómo la revolución y el socialismo siempre salen mal, siempre acaban distorsionados y deformados. Suaviza la propaganda anticomunista más cruda, que presenta a los comunistas como totalitarios sin escrúpulos, diciendo: “bueno, quizás hay algunos buenos, pero al final son los tontos útiles de los otros comunistas, mira cómo acabó Trotsky”.

Desde luego, si uno quiere ser crítico con el capitalismo y cree que es posible un sistema mejor, Trotsky es la alternativa más reconfortante. Nada de incómodos dilemas históricos, “el socialismo nunca ha existido”, nada de discusiones con amigos, familia o compañeros de lucha, “la Unión Soviética y las demás experiencias socialistas fueron efectivamente dictaduras más parecidas al fascismo que al socialismo”.

El problema es que, como iremos viendo a lo largo de este artículo, no es casualidad que el trotskismo no plantee nunca compromisos o dilemas históricos. Tanto cuando Trotsky estaba vivo como, especialmente, tras su muerte, el trotskismo atrae a personas progresistas precisamente por la visión épica y reconfortante de que es posible a la vez abordar decididamente los más importantes problemas sociales partiendo de un análisis materialista de la realidad, sin tener que pasar por el aro de la realidad para resolverlos.

Trotsky y el trotskismo:

El trotskismo como corriente política está íntimamente ligado a la figura de Trotsky y el grupo de militantes allegados que capitaneaba. Pero el trotskismo no es un accidente histórico, la figura de Trotsky y su trascendencia como continuo “acompañante crítico” de los bolcheviques y, más tarde, de Lenin no hubiera existido nunca si Trotsky no hubiera representado políticamente a alguien, a una postura política que siempre existe dentro de la lucha de clases.

Por eso, es útil empezar por entender la trayectoria de Trotsky a grandes rasgos, porque en su carácter contradictorio se explica la verdadera naturaleza de la posición que representa Trotsky en la lucha de clases.

Leon Trotsky (Lev Davidovich Bronstein por su nombre de pila) tuvo una carrera política atravesada por 3 constantes que están relacionadas entre sí:

1.Ante cada dilema histórico, estar a la izquierda de la realidad

Ante cualquier situación que claramente dividía en dos campos bien delimitados a los socialistas, Trotsky siempre creía haber encontrado una síntesis superadora genial que permitía aparcar las diferencias bajo su mando, una síntesis que permitía conformarse con una “dulce derrota” cubierta de épica revolucionaria.

a) Cuando el desarrollo del imperialismo, con su monopolismo y la burocratización y militarización de los Estados planteó a los revolucionarios la tarea de decidir qué instrumento revolucionario necesitaban:

Unos defendían la necesidad de un Partido que fuera una organización de combate profesional y disciplinada (postura bolchevique), otros un Partido que hiciera de portavoz pasivo y aglutinador de los trabajadores de toda tendencia autodenominada socialista (postura menchevique)[1].

Trotsky plantea su superación: ni partido de masas reformista, ni partido de vanguardia revolucionario, partido de masas revolucionario, unidad entre los que defienden una vía y otra lo que, por supuesto, implica un partido de masas que, frente a un enemigo tan preciso como el Estado capitalista, solo puede ser reformista.

Cuando la revolución democrática rusa de 1905 obliga a los socialistas rusos a definir la alternativa al zarismo, los socialistas rusos se dividen en dos grandes grupos:

Dejar que tome el poder la burguesía y confiar en que ella llevará hasta el final la limpieza de todos los reductos zaristas, aunque esta burguesía claramente tenga más que perder si se alía con las masas populares que con la aristocracia feudal y la burguesía imperialista internacional (mencheviques).

O, por el contrario, los socialistas deben defender una dictadura obrero-campesina que resuelva las tareas democráticas en el campo mientras asienta el poder obrero y el socialismo en la ciudad, y va deslindando a las diferentes capas del campesinado para ganar al campesinado pobre y medio para el socialismo, de manera que el poder obrero cuente con una potente base en un país eminentemente campesino (bolcheviques).

Trotsky se saca de la chistera otra genialidad superadora que no convence a prácticamente nadie: el proletariado no puede confiar en la burguesía liberal, pero tampoco puede confiar en el campesinado, que necesariamente terminará enfrentándose al proletariado porque la revolución agraria y la revolución socialista son, según Trotsky, antagónicas, así que la tarea en Rusia (y cualquier otro país por atrasado que sea) debe ser la toma del poder en exclusiva por parte de la clase obrera teniendo como apoyo principal no a las clases oprimidas por el capitalismo en ese país, sino a la clase obrera internacional, que con toda seguridad se alzará revolucionariamente en solidaridad con el proletariado ruso[2].

Esta postura ya sonaba entonces muy utópica, pero la Historia ha disipado toda posible duda sobre quién supuso el apoyo principal del poder soviético: las capas populares del campesinado soviético.

b) Cuando los bolcheviques acaban de tomar el poder y la joven República soviética necesita salir de la I Guerra Mundial, de nuevo aparecen dos posturas:

O lanzarse a una conquista revolucionaria de Europa (Bujarin), o reconocer la debilidad del recién nacido Estado obrero y firmar un tratado de paz aunque suponga perder algunos territorios del antiguo Imperio Ruso ocupados por las potencias beligerantes (Lenin y Stalin),

Trotsky textualmente propone “ni guerra, ni paz”[3], lo que la joven República soviética debe hacer es no firmar ningún tratado, no comprometerse a nada, simplemente cesar el fuego unilateralmente y esperar que, como consecuencia de ello, si las potencias imperialistas intentan atacar la Rusia soviética, los trabajadores de dichas naciones es completamente seguro que se alzaran en armas contra sus propios gobiernos, y la revolución mundial comenzará.

En la práctica, Trotsky bloqueó las negociaciones de paz, lo que supuso que las potencias imperialistas rompieran finalmente las negociaciones y la Rusia soviética tuviese que enviar a la desesperada un armisticio que terminó traduciéndose en una paz sin contrapartidas con Alemania y una invasión por parte del resto de potencias imperialistas.

c) Cuando, pasados los primeros años 20, ya resulta evidente que no va a haber pronto una revolución socialista en Europa Occidental que asista y sirva de apoyo a la URSS, la cuestión de a dónde tiene que ir la URSS, cómo debe desarrollarse el socialismo, aparece sobre la mesa y, de nuevo, se pueden divisar dos grandes grupos:

Por un lado, un grupo de dirigentes soviéticos defiende que, en mayor o menor medida, la URSS debe conformarse con una economía que se apoye sobre los pequeños capitalistas terratenientes en el campo y la dependencia técnica y de capitales hacia las potencias imperialistas en la industria (Bujarin, Zinoviev y Kamenev, con matices), mientras que otro grupo plantea que no, que la construcción socialista debe abordarse con decisión, empezando por la gran industria y dando pasos progresivos en el campo contra los grandes terratenientes que acaparan y especulan con la producción agraria, para fortalecer el poder obrero y que esto, a su vez, permita convertir a la URSS en un cuartel general para una verdadera revolución mundial (Stalin)[4].

Ante esta disyuntiva, Trotsky niega la mayor, rompe con el debate tal y como está planteado y dice que el debate no está en cómo construir el socialismo en la URSS, sino siquiera si es posible hacerlo. Con argumentos pretendidamente económicos[5], Trotsky viene a decir que la construcción del socialismo en la URSS, la construcción de una producción completamente planificada y bajo control obrero, es imposible, que sin una revolución mundial, necesariamente la dependencia de la URSS subdesarrollada hacia los países capitalistas hará que tenga que retroceder hacia el capitalismo.

En la práctica, su postura no supone alternativa alguna para la clase obrera soviética, simplemente oscila entre el derrotismo del sector de la derecha del PCUS(b)[6] y un aventurerismo que le lleva a proponer aún en 1926-1927, con la economía soviética maltrecha recién salida de la NEP, a querer cargar frontalmente contra los campesinos ricos y medios[7].

2.Todo el poder para los visionarios

Aunque pueda sonar provocador, la segunda constante en la política de Trotsky es precisamente su convicción no declarada de que el factor decisivo para una política revolucionaria exitosa es el mando absoluto e incontestable de uno o unos pocos visionarios geniales (en su caso, él mismo). Cuando las masas o las bases de la organización rechazan ese mando, deben existir subterfugios, instrumentos de reserva, para que esos grandes visionarios incomprendidos puedan seguir maniobrando para regresar en algún momento y arreglar los desperfectos.

Así es como se entienden dos aspectos aparentemente contradictorios de la política de Trotsky: su extremo autoritarismo cuando ostenta posiciones de mando y su exigencia de un democratismo extremo, aun a riesgo de dividir gravemente las filas revolucionarias, cuando queda en minoría.

El autoritarismo en Trotsky:

La vena autoritaria, casi aristocrática, de Trotsky, aunque poco aireada por la prensa capitalista y el movimiento trotskista, es notable para cualquiera que se moleste en leer una de sus obras, especialmente posteriores a la Revolución de Octubre.

La visión que Trotsky tiene sobre un buen político revolucionario, cosa que va reduciéndose cada vez más y más hasta incluirlo básicamente a él solo, es la de un genio que pronostica el desarrollo de los acontecimientos con años de antelación, y que está condenado a ver cómo su visión choca con los bajos deseos de las “masas atrasadas” no proletarias y, muy especialmente, de los militantes del Partido.

Y es que si para alguien tiene tinta Trotsky a lo largo de su carrera política es para los militantes bolcheviques que hacen posible la toma del poder, la construcción del poder obrero y, después, la construcción socialista. Burócratas incorregibles, aspirantes a ministro menchevique y otras lindezas son algunos de los calificativos más flojos que Trotsky dirige contra los militantes revolucionarios dentro y fuera de la URSS.

Al leer cómo recuerda Trotsky la Revolución de Octubre, como un cúmulo de dirigentes bolcheviques inútiles que, si no llega a ser por Trotsky, nunca hubieran hecho la Revolución[8] o cómo describe a los militantes revolucionarios que estaban siendo masacrados por el fascismo y por las democracias burguesas occidentales en 1938[9], ya se deja entrever la visión que Trotsky tiene de la política revolucionaria: grandes visionarios teniendo que lidiar con inútiles sin seso o sin fuerza de voluntad.

Este desprecio por la militancia intermedia y de base del Partido Comunista, como torpes que frenan la voluntad revolucionaria de las masas que solo un genio puede interpretar, se materializa en varios momentos de su carrera política, especialmente tras la toma del poder:

a) Durante su etapa como dirigente máximo del Ejército Rojo en la Guerra Civil contra el Ejército Blanco y las potencias imperialistas invasoras, es bien conocido que Trotsky apostó firmemente por utilizar el conocimiento militar de los militares zaristas. Al principio, accedió a que estos militares fueran controlados por Comisarios Políticos bolcheviques, pero a medida que estos Comisarios Políticos fueron volviéndose incómodos para que hiciera valer su propia estrategia de guerra, propuso subordinarlos por completo al mando militar antiguamente zarista y llegó a ejecutar a Comisarios Políticos comunistas para dar ejemplo[10].

b) En esta misma campaña militar, Trotsky mostró cómo su “audacia revolucionaria” no se detenía ante las molestas opiniones de las masas populares. En la campaña en Polonia, su postura respecto a “liberar” Polonia contra el deseo de los polacos fue notoria, y le valió una gran polémica con Stalin[11].

c)En 1920 y 1921, al calor del debate sobre qué papel debían jugar los sindicatos bajo la dictadura del proletariado, Trotsky intentó en la práctica militarizar los sindicatos, someter a los sindicatos a una estricta dictadura dirigida desde los ámbitos de planificación económica, dado que, pese a que el Partido Comunista con Lenin aún vivo entendía que, aun con un Estado obrero-campesino, existen tendencias burocráticas (más aún en 1921), Trotsky veía ya este Estado obrero como algo perfecto, contra el que no tenía sentido que existieran sindicatos porque no tenían nadie contra quién protestar, no tenían nadie a quien exigirle mejoras materiales para la clase trabajadora, si el Estado ya era obrero, ¿cómo iba a haber que ganarse a los obreros?[12].

Aunque Lenin trató de hacérselo entender en 1920 con la obra que hemos citado arriba, Trotsky siguió tratando de hacer valer desde sus puestos de control su particular dictadura del proletariado sobre el proletariado, pasando por encima de la voluntad de los trabajadores sindicados e incluso contra los deseos de los comunistas organizados en dichos sindicatos[13].

Estos son algunos ejemplos clave que muestran la visión del ejercicio del poder en Trotsky. Y, el complemento perfecto que va apareciendo con el paso de los años es su conocida defensa del derecho a constituir fracciones dentro del Partido Comunista. Veamos este proceso.

El fraccionalismo: La otra cara de la moneda

En el X Congreso del PCUS(b), en 1921, a propuesta de Lenin, son ilegalizadas las fracciones dentro del Partido Comunista, cosa que se hará extensiva a todos los Partidos Comunistas del mundo. El sentido que esto tiene es el siguiente: el Partido Comunista no es un partido político pensado para hacer de portavoz de un grupo de gente en las instituciones representativas burguesas. Es una herramienta que pretende reclutar y formar a las y los revolucionarios más entregados y capaces para, conjuntamente, aplicando el método científico, tratar de llegar a las mejores conclusiones posibles sobre cómo llevar a la clase obrera al poder, construir el socialismo y llegar al comunismo. Mientras se da la toma de decisiones, la libertad para opinar y discutir es total, de hecho, no es solo un derecho, es una obligación de cada militante velar porque todas las opiniones sean documentadas y expresadas.

Pero, a diferencia de cualquier otro caso en el que se aplique el método científico, la revolución no es algo que pueda esperar, el laboratorio es la práctica de la lucha de clases, y es un laboratorio bastante hostil. La división interna, las refriegas, la desconfianza o la simple dispersión de fuerzas y falta de claridad en la cadena de mando han sido, son y serán aprovechadas por los capitalistas y sus cuerpos de represión para impedir el avance de las posiciones del Partido Comunista.

Una vez tomado el poder, el Partido Comunista que ha dirigido la revolución, se convierte por el propio desarrollo del proceso, en el dirigente máximo de la Revolución, e intensifica la profesionalización de su forma de trabajar, analizar y debatir, la transparencia y rendición de cuentas hacia la clase obrera y el compromiso de incluir y formar continuamente a las personas más honestas, esforzadas y comprometidas con el progreso social de entre la clase obrera.

La clase obrera conserva la última palabra en todos los aspectos, ya que es quien decide qué se hace y qué no con su voto y su participación activa en los consejos que integran la Democracia Obrera (los famosos soviets en la URSS), de manera que la tarea del Partido Comunista es tratar de encontrar las mejores propuestas para el avance del socialismo y la profundización del poder obrero, así como el avance de la revolución mundial, y, con esas propuestas en la mano, hacer lo posible para convencer a la población trabajadora de estas propuestas, así como aprender de ella y recoger sus aportaciones.

Así, lo que puede ser caricaturizado como una dictadura de un solo partido, es en realidad un sistema complejo en el que un trabajador cualquiera tiene mucho más que decir y hacer que en cualquier democracia capitalista, y el Partido Comunista es un instrumento político unido por mil hilos a la propia clase obrera.

Trotsky, en el momento en que tiene lugar la Revolución y hasta 1921, entiende esto, al menos sobre el papel. Está de acuerdo con ello porque él está, a todas luces, en el top 5 de dirigentes más influyentes de la Revolución de Octubre, y mientras está en esa posición, no tiene miramientos en excederse en el uso de la fuerza contra cualquiera que disienta con él, incluso miembros del Partido Comunista que se atienen a los cauces correctos.

Sin embargo, sus posturas van volviéndolo impopular: los trotskistas van perdiendo popularidad a medida que el Partido Comunista bolchevique, ya en ejercicio del poder, crece y toman más importancia cuestiones prácticas sobre cómo atraer hacia la política del gobierno soviético por su propia voluntad y no por la fuerza a las masas trabajadoras y campesinas (cuestión del control del mando militar zarista, de los sindicatos, de cuándo y cómo iniciar la ofensiva contra los terratenientes…), y sobre qué camino debe tomar la construcción socialista en la URSS.

Así, datos del propio PCUS(b) muestran cómo los trotskistas eran cerca de un cuarto de la militancia bolchevique en 1918, y para el año 1927, sumando a todo el bloque de oposición (Trotsky por la izquierda y Zinoviev y Kamenev por la derecha), solo son unos 3000 militantes del total de 572.000 que integran el Partido.[14]

Así, a medida que Trotsky es apartado de puestos de mando, va perdiendo capacidad de aplicar por hechos consumados, su línea política dejando en papel mojado los acuerdos del Partido (como había hecho anteriormente en la firma de Paz de Brest-Listovsk, el Ejército Rojo o los sindicatos), de aprovechar los recovecos burocráticos del Partido, y entonces entra en juego cada vez más y más su derecho a imponer una y otra vez el debate de sus tesis políticas.

Su anterior tolerancia con las fracciones se convierte en una defensa apasionada de las mismas, y, de hecho, ejerce en numerosas ocasiones ilegalmente el fraccionalismo dentro del Partido Comunista para tratar de volver a llevar a debate, con alguna pequeña modificación, sus tesis ya rechazadas entorno a distintos aspectos del socialismo en un solo país, la revolución permanente, la cuestión agraria, los sindicatos, etc. No nos es posible citar un solo ejemplo de esto, de hecho, prácticamente todas las polémicas soviéticas entre el año 1924 y el año 1929 son una reiteración de discusiones una y otra vez sobre detalles de la línea de Trotsky frente a la línea oficial del Partido Comunista, donde son contraargumentadas de forma rigurosa y rechazadas.[15]

Finalmente, en un momento en que sus intentos reiterados de volver a forzar la votación de sus tesis políticas ha llegado a traer problemas de seguridad, como el contacto con una imprenta opositora liberal clandestina que está, a su vez, pasando información al exilio zarista y las potencias imperialistas, y su campaña contra el gobierno soviético ha llegado a extremos que dan a entender a las potencias imperialistas que la URSS está lista para ser invadida o directamente para rendirse, Trotsky es exiliado forzosamente en 1929, no sin antes habérsele ofrecido una tregua a cambio de que disuelva su fracción y vuelva al Partido Comunista, tregua que aceptan Zinoviev y Kamenev, pero no Trotsky, que intentará una vez más constituir una fracción de cara a implantar sus tesis (ya rechazadas) en el XV Congreso del PC(b)[16].

Aunque Trotsky siempre entendió que básicamente se le desplazó de un puesto que era suyo por derecho, fue mediante un debate abierto y frontal como él perdió el favor de los militantes del Partido Comunista, que, a su vez, estaban conectados mediante organizaciones de masas no comunistas (como los sindicatos o los soviets) al resto de la clase trabajadora. Realmente la defensa del fraccionalismo era la defensa del derecho a utilizar la aritmética interna del aparato de un partido político, como haría alguien en el PP o el PSOE, para recuperar mediante los cupos lo que no podía ganar por los votos y los debates.

Así pues, la forma en que Trotsky entiende la política revolucionaria no es la de constituir un Partido cohesionado y disciplinado donde todo el mundo juegue un papel, y que esté conectado con la clase obrera y otras clases oprimidas a través de organizaciones de masas no comunistas, sino la de un pequeño partido de genios que continuamente dan golpes de palacio en el aparato para sacar adelante su visión perfecta y acabada, caiga quien caiga. Es en esa visión burocrática y burguesa de la política como hay que entender esa doble naturaleza contradictoria de Trotsky: autoritarismo burocrático desde el poder, fraccionalismo desde la oposición.

La obra teórica de Trotsky: demagogia vestida de ciencia

Una cuestión especialmente problemática a la hora de abordar la obra teórica de Trotsky para tratar de entenderla y, en nuestro caso, de explicar qué defiende y por qué lo que defiende no nos sirve a las y los comunistas, es que Trotsky no utiliza un método de polémica científico.

El marxismo parte de la aplicación del método científico a la realidad social. La idea es que, cuando hay un debate, si realmente creemos en la revolución, hemos de hacer todo lo posible por argumentar exponiendo lo que pensamos sinceramente, investigando a fondo los problemas y contrastándolos a la luz de la realidad social que podemos contrastar con datos, de nuestra experiencia en la lucha de clases, la de nuestros compañeros y compañeras, y la de los revolucionarios que nos precedieron, que está recogida en forma de obras teóricas marxistas.

Cuando algo nos importa mucho, cuando verdaderamente queremos resolver un problema y hemos de resolverlo en grupo, ha de estar claro si estamos de acuerdo en cuál es el problema, en los puntos principales para resolverlo, en las tareas para cumplir esos objetivos, en quién se encarga de ellas, etc.

Cuando, echando la vista atrás, tenemos que hacer un balance serio de por qué algo ha salido mal, si verdaderamente nos importa que el error no vuelva a repetirse, hemos de buscar qué errores ha habido que hayan podido llevar a cometer el error: ¿fueron al analizar el problema?, ¿fueron al encontrar los puntos principales para resolverlo?, ¿se dieron al planificar las tareas para resolverlo? Si verdaderamente nos importa, no nos dedicamos a escampar la culpa, a lavarnos las manos respecto a lo ocurrido, y mucho menos a sembrar confusión respecto a todo lo anterior para poder decir “os lo dije”.

Esta es una forma de debatir muy diferente a la que se encuentra en la política que se contenta en la práctica con reformar el capitalismo. Si el objetivo real no es hacer una revolución, sino ganar unas elecciones, ganar un puesto en un partido o simplemente sentirse más radical que otra persona, ganan mucho más peso los juegos de palabras, las descontextualizaciones…

Muy habitual entre quienes hacen política de manera oportunista es difuminar las diferencias en el momento de toma de decisiones para sacar adelante sus posturas o poder salir electo en un cargo de responsabilidad y forzar su agenda política particular (“en el fondo estamos todos de acuerdo”, “estamos diciendo lo mismo con diferentes palabras”, “venimos de diferentes tradiciones, pero todos queremos lo mismo”).

Si se toma cualquiera de las obras importantes de polémica por parte de Trotsky y se compara con una de Marx, Engels, Lenin, Stalin… Cuesta poco comprobar el contraste. La claridad con la que los autores comunistas más conocidos destacan sus argumentos principales, corrigen sus anteriores errores y se distinguen de aquellos con quienes polemizan, no tiene nada que ver con Trotsky.

Tomemos, por ejemplo, la obra de La Revolución Permanente. En esta obra, Trotsky únicamente polemiza entorno al contenido principal de la polémica que él mismo aborda[17] en la introducción y tras el epílogo y, aun con ello, realmente no ofrece un balance sistemático de por qué no puede construirse el socialismo en un solo país.

Por el contrario, cuando se le acusa de haber tenido y seguir teniendo una postura idealista radical y diferente a la de Lenin y los bolcheviques en la cuestión de la dictadura obrero-campesina, Trotsky asegura indignadísimo que eso no es cierto, que si acaso en 1906 él tenía todavía más claro que Lenin que la dictadura de los obreros era posible y se apoyaría en los campesinos, y que la diferencia entre su postura y la de Lenin era poco más que un juego de palabras.

Cualquiera que logre pasar del tercer capítulo de la obra de Trotsky de 1906, Resultados y perspectivas, podrá ver claramente que no, que Trotsky no defendía lo mismo que Lenin con pocas diferencias. Que en todo momento Trotsky acusa a los bolcheviques de ser idealistas que piensan que al campesinado se le puede ganar para la construcción socialista, y que, según él, el campesinado se alzará contra la dictadura obrera, y esta solo puede confiar en la inevitable revolución mundial que se desencadenará tras la revolución socialista en Rusia.

También en La Revolución Permanente, Trotsky reduce sus choques con Lenin en el antiguo POSDR sobre si tener o no un Partido de nuevo tipo, disciplinado y centralista democrático, a una pequeña rencilla en la que Lenin simplemente habría criticado a Trotsky haber sido demasiado bienpensante y conciliador con los mencheviques reformistas. Esto en 1929, borrando de un plumazo lo que él mismo había reconocido con Lenin todavía vivo[18]: que Trotsky se había opuesto a toda la concepción política del Partido revolucionario que propone Lenin.

Naturalmente no hay ningún problema en que, como Trotsky dice en 1923, tardase en rechazar el menchevismo y abrazar el bolchevismo. El problema está en que, según pasan los años, Trotsky reescribe la historia para aparecer cada vez más y más como el ojito derecho de Lenin, y que poco menos que Lenin le hizo una crítica en 1903 por ser demasiado bueno, crítica que Trotsky acepta teatralmente en retrospectiva.

Y esta no es la última técnica propia de club de debate que le queda a Trotsky para intentar que sus posturas políticas queden difuminadas y encontrar la manera de colarlas en el Partido Comunista “por la puerta de atrás”.

Quizás una de las más paradigmáticas es cuando, en 1923[19], en pleno debate sobre si adoptar o no una serie de tesis de Trotsky propuestas tanto a la Internacional Comunista como al Partido Comunista, Trotsky niega directamente que exista el trotskismo. ¡La misma persona que 15 años más tarde estará construyendo su propia IV Internacional Comunista!

Suena más divertido todavía si se piensa hoy en día, cuando cualquiera que haya consultado la web de un par de organizaciones comunistas sabría identificar una organización trotskista a la legua.

Y, de la misma manera que Trotsky difumina al extremo, más aún según pasan los años, sus importantes diferencias políticas con Lenin, a su vez es usualmente acusado de exagerar teatralmente las diferencias que él llama “de principios” con tal de poder aplicar su particular forma autoritaria y burocrática de ejercer el liderazgo político apoyándose en los documentos congresuales aprobados[20].

Resumiendo:

Aunque aún quedan por abordar dos aspectos principales que definen la corriente política trotskista, hemos querido analizar primero la política realmente existente de Trotsky, sus características fundamentales, lo que es, más allá de lo que dice ser, para poder entender mejor no solo la política de Trotsky y el trotskismo originario, sino las distintas variantes que han evolucionado a partir de la IV Internacional.

Como se puede comprobar, Trotsky trascendió políticamente porque representa una postura que existe en la lucha de clases: una de las posturas pequeñoburguesas.

Es la postura de quien toma parte en la lucha social en el campo de los oprimidos y sabe que hay una serie de cuestiones que no pueden pasarse por alto (necesidad de la revolución, de la dictadura del proletariado, del socialismo para llegar al comunismo…), pero, por otro lado, en lo concreto es incapaz de hacer el esfuerzo de bajar a la realidad y trabajar con la realidad concreta de la lucha de clases, ya sea porque siente que las masas son demasiado atrasadas y no confía en su acción, porque siente que ha de comprometer sus ideales y la lucha de clases va demasiado lenta, porque el socialismo no es tan bonito como imaginaba; de manera que, a final de cuentas, se contenta con ser un militante activo socialmente que critica desde posiciones idealistas todo lo demás, haciendo las cosas más fáciles al reformismo e, incluso, a la reacción en ocasiones.

Ante los dilemas, salirse por la tangente con poses extremistas que no tienen aplicación práctica o que, directamente, son contraproducentes porque intentan pasar por encima de los deseos de las masas; en la organización del Partido y las asociaciones de lucha de las masas, capturar lo antes posible los puestos de mando con cualquier recurso posible para que estén “en buenas manos” y utilizar todos los subterfugios necesarios para conservar ese poder o recuperarlo si se ha perdido; en el debate y la polémica, embrollar todo lo que se pueda y hacer uso de trucos retóricos para ganar posiciones.

Esa es la forma de hacer política de Trotsky, es la experiencia que Trotsky condensa en sus escritos, en su teoría, y está en el ADN del movimiento trotskista, por muy honestos que puedan ser sus militantes.

Ahora, pasemos a analizar sus dos legados principales: la teoría de la Revolución Permanente y el Programa de Transición.

 

Revolución permanente

Como ya hemos adelantado anteriormente, a diferencia de la teoría que podemos encontrar en Lenin, que es sistemática y clara, la teoría en Trotsky es mucho más confusa, cambiante y errática, en la medida en que sus obras se utilizan, por un lado, para exponer sus puntos de vista, pero, por otro, para intentar convencer a los miembros del Partido Comunista de la URSS o al Movimiento Comunista Internacional de que sus puntos de vista y los de Lenin son idénticos.

Efectivamente, en su obra de 1929, La Revolución Permanente, Trotsky no se molesta en destacar exactamente cuáles de sus tesis sobre la Revolución Permanente difieren con las tesis oficiales del Partido Comunista, pero podemos encontrar tres, tanto de la lectura de esta obra como de otras anteriores y algunos de sus posicionamientos en el pasado[21]:

  1. El socialismo no puede construirse en un solo país, por mucho que se monopolice el comercio con el exterior. Tarde o temprano, el crecimiento económico se detendrá, la economía se estancará y habrá que rendirse ante el mundo capitalista o restaurar total o parcialmente el capitalismo. Además, el socialismo en un solo país genera tendencias chovinistas atrasadas que llevan necesariamente a abandonar la perspectiva de la revolución mundial.
  2. La dictadura que construyen los proletarios tras tomar el poder es siempre y únicamente una dictadura exclusiva del proletariado que se apoya sobre diferentes clases, campesinado u otras, pero teniendo este apoyo fecha de caducidad, debido a las irreconciliables contradicciones entre las tareas de la revolución agraria (nacionalización de la tierra y reparto para su usufructo) con las tareas de la revolución socialista (colectivización), de manera que el único apoyo confiable de la dictadura del proletariado es el proletariado de otros países, que, con la presión adecuada desde fuera, es seguro que se alzaría y tomaría el poder.
  3. Independientemente del país del que se esté hablando, del régimen político que haya, la burguesía nacional no es nunca un aliado. El único aliado del que se puede hablar es aquel que es manifiestamente más débil que el proletariado, como el campesinado ruso, la pequeña burguesía o los intelectuales. La experiencia de la revolución rusa con la burguesía liberal urbana que se vendió al imperialismo es una experiencia universal.

 

Sobre el punto 1, de la no viabilidad del socialismo en un solo país, la Historia lo ha refutado.

Sobre si es viable o no a nivel económico, podemos tomar el ejemplo de Albania. Con la población aproximada de Cataluña, partiendo del subdesarrollo extremo y con unos recursos limitados, fue capaz de construir y mantener durante años un país socialista, en el que, de hecho, como garantía para hacer efectivo el control obrero de la producción, los gerentes y directivos cobraban menos que el obrero medio.

La cuestión fundamental es que Trotsky nunca llega a expresar convincentemente cuál es la diferencia fundamental entre el país en el que él mismo es dirigente y ese mismo país cuando él ya no es dirigente. Qué hace que, habiendo socializado toda la producción, habiendo absorbido la técnica productiva de las potencias imperialistas, habiendo situado a los directivos y gerentes por debajo en todos los sentidos a un obrero medio[22], con la misma línea política adoptada con Lenin todavía vivo y Trotsky en puestos de mando…La URSS no pueda ser socialista porque es una pesadilla cuasi-fascista donde el tirano Stalin aterroriza a la población.

En otras palabras, la concepción que Trotsky tiene del socialismo es deliberadamente poco clara, de manera que su crítica sobre la viabilidad o no de construir el socialismo en un solo país es un tanto superflua, una vez que sus predicciones agoreras sobre que la URSS se iba a hundir en cualquier momento en los años 30-40 fracasan.

Por último, y quizás el punto más trascendental, es el punto de que el socialismo en un solo país es supuestamente una traición a la revolución mundial. En 1928 ya critica que esta concepción del “socialismo nacional” (el nombre se lo da Trotsky) poco más o menos supone que los obreros “hagan guardia en la frontera de la URSS”[23]. Pero, ¿es esto cierto?

La verdad es que nunca ha estado claro en qué consistía la propuesta de Trotsky de que la URSS debía volcarse en la Revolución Mundial en los primeros años 20. Si, con ello, se refiere al intento de invasión de Polonia con el Ejército Rojo bajo su mando, ya sabemos cómo hubiera acabado.

Pero lo cierto es que la URSS sí jugó un papel internacionalista innegable durante el mandato de Stalin, y, de hecho, la construcción del socialismo fue crucial en ello. Algunos ejemplos:

a) Ya en los años 20 y, especialmente, en los años 30, cientos y miles de militantes comunistas, obreros de todo género, etnia y nacionalidad, pasaron por la URSS para formarse como cuadros revolucionarios, y volvieron a sus respectivos países como potentes organizadores sociales. Además, junto a la Internacional Comunista, esto ayudó a hacer que los Partidos Comunistas de todo el mundo superasen estrecheces racistas o chovinistas[24].

b) En la Guerra Civil española, la organización de las Brigadas Internacionales por parte de la Internacional Comunista, así como el envío de armas y especialistas técnicos y militares soviéticos para asistir a la II República Española frente al bando fascista.

c) En la preparación ante la inminente II Guerra Mundial, donde la construcción socialista permitió destinar recursos al margen del criterio capitalista de rentabilidad máxima, permitiendo fomentar la industria pesada pese a ser menos rentable y, además, hacerlo aceleradamente gracias al entusiasmo de la población, así como de manera repartida en todo el territorio, e incluso asumiendo el coste de pequeñas ineficiencias inaceptables para un capitalista pero aceptables para un país socialista que se prepara para una guerra, como equipar con ruedas la maquinaria y las fábricas para poder desplazarlas fácilmente país adentro ante una posible invasión.

d) Durante la II Guerra Mundial, prestando apoyo político, logístico y militar a los partisanos italianos y franceses, así como organizando la trama conocida como Orquesta Roja en la Alemania nazi, crucial para terminar con el régimen nazi.

e) Tras la Guerra Mundial, la asistencia política, técnica y militar a las Democracias Populares antifascistas, Albania y China a partir de 1949.

 

Sobre el punto 2, la dictadura exclusiva del proletariado apoyándose principalmente en el proletariado internacional:

De nuevo, esta teoría no es tanto una teoría como una carta a los Reyes Magos. Lo más parecido a verdaderas argumentaciones que se ofrecen al respecto son la inevitabilidad de que las masas europeas se alcen en solidaridad con la Revolución Rusa[25].

Realmente, sobre lo que de verdad se asienta esta “teoría” es más bien sobre la convicción de que es inevitable que el campesinado acabe alzándose contra el proletariado[26]. En este caso, es Lenin quien, en primer lugar, y realmente no polemizando con Trotsky sino con Kautsky (viejo dirigente marxista reconvertido en reformista), explica por qué es posible ganar gradualmente al campesinado para el socialismo, siempre que se vayan aplicando progresivamente las tareas de la revolución democrático-burguesa en el campo (acabar con la aristocracia terrateniente y los restos de feudalismo, reparto de la tierra, alfabetización, combate al oscurantismo religioso, participación política…) y el proletariado vaya ganándose al campesinado pobre para acabar terminando con los caciques que Lenin describió como “ricachos del campo” (kulaks)[27].

Como el propio Lenin explica, no puede distinguirse radicalmente cuándo empiezan y acaban las tareas de la revolución democrático-burguesa y las tareas de la revolución socialista en el campo, pero las primeras van dirigidas contra los restos del feudalismo, mientras que las segundas van contra el capitalismo y de la mano de todos los explotados por el capitalismo, incluyendo al principio los burgueses rurales (kulaks). Naturalmente, la dictadura es de obreros y campesinos, pero los campesinos que realmente pueden ganarse para el socialismo son los pequeños campesinos que se ven obligados a alquilar tierra y material de labranza para trabajar, de manera que las tareas de la revolución democrático-burguesa, al culturizar a los campesinos y eliminar a los grandes aristócratas terratenientes, cediendo la tierra propiedad ahora del Estado para que la usen los campesinos, permite a estos pequeños campesinos ver que su enemigo ahora son los “ricachos del campo”, que deben excluirlos de los soviets, que sus verdaderos aliados son los obreros urbanos, con los que intercambian comida a cambio de instrumental y mercancías elaboradas[28].

Esto fue lo que se estuvo haciendo en el campo en la URSS hasta que, en los años 30, con la necesidad de acelerar la industrialización y garantizar el abastecimiento, el gobierno soviético se vio obligado a lanzar una colectivización forzosa que generó gran resistencia entre los kulaks y problemas de abastecimiento durante unos años, que el gobierno soviético trató de evitar hasta que, finalmente logró estabilizar la situación tras la II Guerra Mundial, ya sobre la base de cooperativas y empresas agrícolas socializadas[29].

 

Sobre el punto 3, el cierre en banda a una posible alianza con la burguesía nacional:

Aunque este pretendía ser, en principio, un punto menor de la teoría de La Revolución Permanente, es el único que realmente ha tenido trascendencia práctica, dado que los otros dos no dependían de la voluntad de Trotsky ni del movimiento trotskista.

Pero, por supuesto, no nos estamos refiriendo con esto a que Trotsky y su IV Internacional lograran organizar, como aseguraban que era absolutamente inevitable que ocurriera[30], sino a que hemos podido ver en la práctica en qué se traduce el análisis de que es imposible apoyarse en una burguesía nacional para una revolución de liberación nacional en un país dominado por el imperialismo.

El rechazo a la revolución conjunta con la burguesía nacional, unido al esquematismo entorno a la relación entre la clase obrera y el campesinado, llevó a que Trotsky fuera tremendamente insistente en que la Internacional Comunista había ahogado para siempre la revolución en China[31].

Hubiera sido interesante ver la reacción de Trotsky si hubiera vivido para ver, en 1949, la Revolución China, una Revolución de liberación nacional dirigida por el Partido Comunista Chino “seguidista del campesinado” (según Trotsky) y, además, en un régimen revolucionario conjunto con el campesinado y con la burguesía nacional patriótica[32].

En cualquier caso, la noción detrás de esta postura toma un carácter más peliagudo cuando pretende hacerse extensiva a la postura de los comunistas en potencias imperialistas que, según Trotsky, en ningún caso deberían solidarizarse con el Gobierno no imperialista (Trotsky no considera que un gobierno no comunista pueda ser antiimperialista) ante una agresión externa, simplemente deben mostrar solidaridad con su pueblo y apoyar el alzamiento de los trabajadores del país dominado también contra su Gobierno[33]. Para colmo, en esta categoría Trotsky incluye a la URSS ante un posible ataque por parte de los nazis.

Es decir, Trotsky desdibuja por completo la noción de contradicción principal y contradicción secundaria, hace como que no existe, y trata de extrapolar un esquema de acción a todos los países.

En todas sus obras se desvive por matizar esto, por explicar que, por supuesto, hay tareas burguesas, se pueden tejer alianzas… Pero el hincapié que realiza en todos sus escritos cuando se posiciona de manera más concreta deja ver a las claras un esquematismo que el movimiento trotskista históricamente ha reproducido:

En los países dominados, tener exactamente la misma agitación que se tendría en una potencia imperialista, combatiendo frontalmente por igual a la burguesía nacional en su conjunto y a la burguesía compradora aliada de los imperialistas. En las potencias imperialistas, demasiado a menudo se ha podido encontrar a trotskistas y reformistas de autodeclarada inspiración trotskista confiando ciegamente en procesos de desestabilización claramente en manos de las potencias imperialistas contra Gobiernos antiimperialistas.

En resumen, la teoría de la Revolución Permanente no es la teoría leninista de la Revolución, es un sucedáneo idealista incapaz de ofrecer herramientas reales para superar el capitalismo, y presenta un esquematismo que hace que sea particularmente susceptible de acabar haciéndole el juego a las potencias imperialistas dentro del movimiento obrero.

El programa de transición y las demandas transicionales

Este es quizás un punto menos conocido fuera del movimiento trotskista, pero es uno de los postulados cruciales con los que realmente arranca la IV Internacional.

Por supuesto, como ocurre con La Revolución Permanente, no es un programa viable. De hecho, la consulta del documento que da nombre a la doctrina[34], leído hoy en día supone casi un documento cómico en vista de lo tajantemente que la IV Internacional expresa su “quítate tú que me pongo yo”, al menos si no fuera por su maximalismo y sectarismo que pueden hacer hervir la sangre a alguien con memoria histórica.

Para entender mejor la idea de las demandas transicionales y el problema que suponen, es necesario detenerse un momento a reflexionar sobre las fases que toma la lucha de clases. Para presentar la información de manera ordenada y comprensible, utilizaremos a continuación el análisis de las fases de la lucha de clases sintetizado por Willi Dickhut[35] a partir de los análisis de diversos dirigentes comunistas:

Lo primero que hay que tener claro es que la revolución no puede hacerse en cualquier momento.

Para hacer una revolución es necesario un Partido Comunista con las características explicadas anteriormente[36] que, además, sea capaz mediante su referencialidad interviniendo en las organizaciones de lucha de masas, de constituir un frente único de la clase obrera (en el caso de una potencia imperialista desarrollada), un frente de liberación nacional democrático (en una potencia dominada) o un frente popular (en una dictadura fascista).

Y, por supuesto, las masas no están masivamente organizadas, porque el capitalismo no es un sistema que fomente la participación política precisamente[37], así que no basta con que las masas organizadas en frentes dirigidos por el Partido Comunista estén listas, también ha de estarlo una mayoría decisiva de la clase obrera y, en menor medida, de otras capas populares, cosa que depende de muchos más factores.

De esta manera, la mayor parte del tiempo la población explotada y oprimida por el capitalismo se encuentra en una fase no revolucionaria de la lucha de clases, donde la población da luchas por reformas que mejoren su nivel de vida y se enfrentan contra el Estado o los capitalistas de manera dispersa y puntual.

En estas circunstancias, la tarea principal de las y los comunistas es constituir el Partido Comunista yendo a las masas tanto para aprender de ellas como para aprender a dirigirlas y ganar referencialidad, a la vez que tratan de llevar esas luchas por reformas a su nivel más consecuente e intransigente posible, tratando de popularizar reivindicaciones políticas, utilizando la ventana de oportunidad que abren para hacer ver cómo opera el capitalismo, cómo opera el reformismo y cómo operan políticamente las distintas clases sociales y dando a conocer el objetivo final.

Distintos motivos, desde la acción progresiva del Partido por organizar luchas políticas hasta una crisis del capitalismo y el Estado pueden hacer pasar de esa fase de calma relativa a una fase de turbulencias, la fase con una situación revolucionaria aguda, una fase en la que es posible imaginar que, si las cosas siguen escalando, termine habiendo una represión.

En esta segunda fase, las luchas dispersas por reformas, principalmente económicas, dan paso a las grandes luchas políticas de masas, incluyendo huelgas políticas, y es posible plantear formas más avanzadas de lucha contra el Estado capitalista.

Es en esa situación en la que los dirigentes comunistas señalan la importancia de hacer las llamadas demandas transicionales, demandas en las que pasar de una situación de poder absoluto de la burguesía, como el que vivimos ahora, a una situación en que las masas ejerzan pequeños reductos de poder obrero (situación de poder dual). Esas demandas transicionales son llamados a la acción de las masas para convertir sus protestas en ejercicios de poder, como, por ejemplo, tomar el control indefinido de una serie de fábricas, no de manera simbólica, sino de manera indefinida, y ponerlas al servicio de comunidades en las que quien mande sean las masas trabajadoras con los organismos de poder constituidos por ellas.

Naturalmente, especialmente en un país capitalista con un Estado totalmente desarrollado, como España, estas situaciones de poder dual no pueden durar mucho, y, en cualquier caso, no siempre una situación revolucionaria aguda tiene por qué llegar a establecer situaciones de poder dual a una escala reseñable. Si el Partido Comunista no es lo suficientemente fuerte o decidido, se retrocede al punto de partida, las masas se desmoralizan, los organismos de poder obrero se pierden, el poder total de los capitalistas vuelve.

Si, por lo contrario, se logran situaciones de poder dual o directamente una ofensiva abierta contra el Estado, se entra en la tercera fase, que es el choque frontal y violento entre las masas trabajadoras en lucha y el Estado capitalista.

¿Por qué hemos dado todo este rodeo? Porque lo que Trotsky plantea en su programa de transición con numerosos ejemplos y casos concretos es todo lo contrario, es desdibujar, difuminar las diferencias entre la fase no revolucionaria y la fase revolucionaria de la lucha.

La propuesta de Trotsky, que es la lección que él extrae de Octubre (contra el juicio de todo el resto de dirigentes de la Revolución de Octubre) es que el Partido obrero debe ser decidido, que cualquier situación es susceptible de convertirse rápidamente en una situación revolucionaria aguda, y que la manera de garantizar el éxito en ese momento es plantear demandas transicionales ante cada conflicto que se presente.

La consulta del programa electoral de cualquier Partido trotskista, la consulta de los panfletos que muchas organizaciones trotskistas reparten en conflictos obreros dan una buena muestra de por dónde van los tiros: plantear siempre a las masas, en cuanto se trate de una huelga de gran calado al menos, que hagan escalar la lucha a ocupación de fábricas, a la puesta inmediata de la fábrica bajo control obrero.

¿Qué problema tienen estas demandas transicionales cuando no son viables?

  1. Que los trabajadores, por puro sentido común, son conscientes de que no son viables. Esto facilita que la clase trabajadora termine rechazando a los comunistas (al fin y al cabo, los trotskistas suelen presentarse como comunistas) por utópicos.
  2. Que, todavía peor, si el grupo trotskista tiene buena fama entre los trabajadores por tener algún militante entre ellos, genere falsas ilusiones en que un gobierno burgués, incluso aunque haya enfrente una huelga muy decidida, va a nacionalizar y entregar a los obreros una fábrica para…¿para qué?, ¿qué van a hacer los trabajadores con una empresa aislada insertada en una cadena productiva capitalista más amplia? Además de llevar a un callejón sin salida, puede distorsionar lo que es posible lograr del Estado capitalista en una fase de defensiva estratégica.
  3. Que, incluso peor aún, las consignas transicionales que piden “control obrero de la producción” para ya, sean interpretadas como que existe una versión buena de la cogestión, de la colaboración entre los representantes de los trabajadores y la dirección de una empresa que, como se ha probado mil veces, termina con los representantes de los trabajadores siendo rehenes de los beneficios económicos de la empresa, beneficios que, por definición, no pueden ponerse en cuestión.
  4. Que suponen un placebo para quienes las hacen. Tal y como le ocurría al propio Trotsky, plantear sin ton ni son propuestas “de máximos para ya” ante cualquier conflicto social que escale un poco es una manera de pasar de puntillas sobre la tarea de acercar a los trabajadores realmente existentes aquí y ahora a puntos de vista de confrontación con el Estado capitalista y, más aún, revolucionarios.

El problema es que Trotsky, una vez más, en lugar de partir de las reflexiones de otros dirigentes comunistas, incluyendo Lenin, sobre las distintas fases por las que pasó la lucha de clases en Rusia, o las reflexiones de revolucionarios de la Internacional Comunista como Lozovsky sobre las demandas transicionales, decide que ni en misa ni repicando, que ni con los Partidos Socialdemócratas y su hipócrita distinción entre programa mínimo y máximo, ni con los marxistas-leninistas y su análisis de las distintas fases de la lucha de clases.

Ante esta disyuntiva, fiel a su estilo y a la postura que representa en la lucha de clases, Trotsky sale una vez más por la tangente con una pose ultra revolucionaria que no sirve de nada, más que para desmoralizar a los trabajadores y, si acaso, lavar la cara al gobierno capitalista.

Por lo demás, el Programa de Transición viene a sistematizar todos los planteamientos que atraviesan la obra política de Trotsky y que ya hemos analizado en su mayoría, y son todo un testamento político a la intransigencia más absurda, a la confusión absoluta del enemigo principal. Animamos a todo el mundo a leer el delirio que supone el Programa de Transición y sus pronósticos sobre el futuro glorioso de la IV Internacional.

Por no terminar sin dar algunos ejemplos, diremos que este maximalismo lleva a Trotsky a plantear cuestiones como que, en el año 1938, con las cárceles llenas de comunistas tanto en los países fascistas como en las democracias capitalistas, el enemigo principal a abatir son los comunistas de la III Internacional, que son burócratas sindicales[38], que ante la inminente guerra mundial causada por la expansión del imperialismo fascista, la única postura posible es la misma que tuvieron los bolcheviques en la I Guerra Mundial, llamando al boikot a la Guerra[39], donde se critica la resistencia antifascista de los comunistas en Europa occidental no como un intento fallido tratado de sacar adelante por lo mejor de la clase obrera de dichos países (incluida España) del que sacar conclusiones y aprender, sino como una traición directa fruto del acomodo y de la cooptación de esos comunistas por la URSS, presentada como un régimen despótico equiparable al nazismo, que debe combatirse tanto como el fascismo.

 

Conclusión

Desde la Organización Comunista Revolución esperamos que esta modesta contribución crítica a Trotsky y el trotskismo sirva para entender por qué hay que rechazar el mito anticomunista que trata de dividirnos entre “comunistas buenos y malos” para dispersar nuestras fuerzas, facilitar la represión y seguir agitando uno de los más útiles iconos contra el comunismo.

Queremos hacer hincapié en que el objetivo de este documento no ha sido en ningún momento hacer un repaso exhaustivo de los fallos y aciertos de Trotsky, ni siquiera hacer un retrato histórico de su figura en el contexto político en el que vivió. Otros han abordado esa tarea antes con más detalle.

Hemos querido explicar la significación política de su postura, que ha trascendido precisamente porque Trotsky es más que el propio Trotsky, Trotsky representa la condensación de la experiencia política del radicalismo pequeñoburgués en su forma más extravagante y extrema, en su forma más beligerante con las posiciones revolucionarias honestas y en su forma más funcional en la práctica a los reaccionarios y reformistas.

Somos conscientes de que, en muchos sentidos, esta tarea ya fue abordada en su día por los comunistas que siguieron a Lenin, empezando por Stalin. Pero la propaganda capitalista y la manera en la que el revisionismo ha configurado su postura sobre Stalin han llevado a que, salvo para quienes ya están muy cercanos al comunismo, Stalin no sea considerado una fuente válida, de manera que hemos hecho el pequeño esfuerzo de volver a demostrar los principales puntos que caracterizan el pensamiento de Trotsky y su forma de hacer política en el campo de los oprimidos.

Si este artículo contribuye a clarificar conceptos a unos pocos simpatizantes del comunismo en nuestro país, el pequeño esfuerzo habrá valido la pena.

[1] 1903, debate central del Segundo Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR), que organizaba todavía a los marxistas tanto revolucionarios como reformistas.

[2] Resultados y perspectivas, Leon Trotsky, 1906

[3] Capítulo La paz de la obra Mi Vida, Leon Trotsky, 1930

[4] Cuestiones del Leninismo, Iosif Stalin, 1926

[5] La Revolución Permanente, Leon Trotsky, 1929 e Informe Político del Comité Central al XVI Congreso del PCUS(b), Iosif Stalin, 1930.

[6] Partido Comunista de la Unión Soviética (Bolchevique), nombre oficial del Partido Comunista de la URSS hasta el año 52.

[7] Sobre las cuestiones de la Política Agraria en la URSS, I. Stalin, 1929

[8] La Revolución Permanente, Leon Trotsky, 1929 y ¿Trotskismo o Leninismo?, I. Stalin, 1924.

[9] Programa de Transición: La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Internacional, Leon Trotsky, 1938

[10] Aunque esto es un hecho histórico bien documentado, incluso presente en Wikipedia, puede encontrarse en algunos libros de historiadores burgueses anticomunistas como Stalin: Paradoxes of Power, S. Kotkin

[11] Ídem

[12] Los sindicatos, la situación actual y los errores del camarada Trotski, 1920, Vladimir I. Lenin

[13] Nuestras discrepancias, I. Stalin,

[14] El Partido y la Oposición; discurso de Stalin ante la XVI Conferencia del Partido en la provincia de Moscú, 1927

[15] Es de interés señalar que, a menudo, se mezcla la pérdida de popularidad de Trotsky con la represión política durante el periodo de las purgas, dando a entender que Trotsky no perdió popularidad, sino que fue violentamente perseguido. Lo cierto es que, sin entrar en la cuestión de las purgas, que han sido tratadas en numerosas ocasiones desde una postura marxista-leninista, ni Trotsky ni ningún otro opositor interno del PCUS(b) fue víctima de la represión mientras tienen lugar estos debates, ya que éstos se dan entre 1923 y 1929, mientras que las purgas se concentran entre 1936 y 1938. De hecho, la consulta de las obras de Trotsky y Zinoviev durante este periodo, como Lecciones de Octubre (1926, Trotsky) o Sobre el régimen del Partido (1927, Zinoviev), denuncian a lo sumo procedimientos burocráticos que también son discutidos y contraargumentados en algunas de las demás obras de Stalin que hemos ido citando en este texto.

[16] Ídem

[17] Socialismo en un solo país como cuartel general de la revolución mundial vs revolución permanente, dictadura obrero-campesina vs dictadura de los obreros con apoyo de la revolución internacional y apoyándose temporalmente en los campesinos.

[18] Nuestras divergencias, Leon Trotsky, 1923

[19] Ídem

[20] Los sindicatos, la situación actual y los errores del camarada Trotski, 1920, Vladimir I. Lenin

[21] Especialmente en Resultados y Perspectivas, de 1906, pero también es visible a lo largo de sus posicionamientos respecto a la revolución en las colonias tanto en La Revolución Permanente (1929) como en Crítica del Programa de la Internacional Comunista (1928) y, en adelante, en sus opiniones sobre la Revolución China.

[22] Podemos encontrar ejemplos de todo esto en fuentes liberales occidentales de 1943, como en Two Commonwealths, un libro escrito por K. E. Holmes para la prestigiosa (y ya difunta) editorial británica de divulgación general George G. Harrap & Company LTD, en su serie informativa sobre la vida en la Unión Soviética The soviets and Ourselves.

[23] Crítica del Programa de la Internacional Comunista, Leon Trotsky, 1928

[24] En el caso español, Discurso de Manuilisky (1931) y Carta abierta de la IC a los miembros del PCE (1932), son dos ejemplos que permitieron corregir la línea maximalista y chovinista del primer PCE; y en el caso estadounidense, la promoción continua por parte de la IC de comunistas afroamericanos, destacando el caso de Harry Haywood como delegado entre 1928 y 1930 para la IC, contribuyendo a la redacción de la línea de la IC sobre la cuestión afroamericana en los EEUU.

[25] Resultados y perspectivas, Leon Trotsky, 1906

[26] Ídem

[27] Capítulo Servilismo ante la burguesía con el pretexto del “análisis económico”, en el libro La Revolución Proletaria y el Renegado Kautsky, V. I. Lenin, 1918

[28] Ídem.

[29] Stalin: Waiting for the truth, Grover Furr, 2019

[30] El Programa de Transición, Leon Trotsky, 1938

[31] Crítica del Programa de la Internacional Comunista (1928), La Revolución Permanente (1929) y El Programa de Transición (1938), Leon Trotsky

[32] Sobre la Nueva Democracia, Mao Tse-Tung, 1940 y Cinco Conversaciones con Economistas Soviéticos (1941-1952), I. Stalin

[33] El Programa de Transición, Leon Trotsky, 1938

[34] Ídem

[35] Willi Dickhut (1904-1992) fue un dirigente comunista revolucionario alemán. Metalúrgico, sindicalista y militante en el KPD desde 1926, pasó 8 meses de formación y colaboración en la URSS (1928-1929), de donde volvió a Alemania para jugar un rol más activo como representante del KPD en Solingen. Luchador antifascista en plena Alemania nazi y represaliado por ello, tras la II Guerra Mundial fue un militante destacado del KPD hasta que éste lo expulsó en 1966 por sus posturas antirrevisionistas, tras lo cual organizó la organización comunista KABD, germen del actual Partido Marxista-Leninista de Alemania (MLPD). Contribuyó con múltiples obras teóricas y, en este caso, nos basamos en su libro Sindicatos y Lucha de clases (1973).

[36] A este respecto, hay múltiples obras que explican el por qué, siendo de las más conocidas el Qué Hacer (1902) y La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo (1920), especialmente sus capítulos finales, ambos libros de V. I. Lenin, dan una visión bastante completa.

[37] Aunque es una realidad conocida, puede encontrarse una explicación detallada en el Capítulo V, Las Bases de la Extinción Económica del Estado de El Estado y la Revolución, V. I. Lenin, 1917.

[38] Aunque los comunistas habían sido o estaban siendo expulsados masivamente de los sindicatos socialdemócratas y lo serían más todavía en el futuro en algunos países como EEUU. No debe confundirse esta denuncia con el rechazo que hacemos los comunistas a la línea reformista que fue cuajando en Partidos Comunistas como el de Francia e Italia en la inmediata post II Guerra Mundial, y que fueron denunciadas de hecho por la Cominform, el organismo de coordinación del PCUS con algunos Partidos Comunistas europeos en 1947 y 1948.

[39] Esto toma niveles casi cómicos en sus discursos de cara a la fundación de un partido trotskista en los EEUU, donde propone que los trotskistas sean, junto con el sector pro-nazi del Partido Republicano de los EEUU, quienes defiendan la no intervención de EEUU en la II Guerra Mundial.