1º de Mayo: ¡La clase obrera al frente de la lucha popular!

Desde la crisis económica de 2008 hasta ahora, sucesivos movimientos populares han ido expresando la rabia y hartazgo de diferentes sectores del pueblo con el sistema capitalista:

El Movimiento 15M ocupó las plazas de pueblos y ciudades a lo largo de todo el país, y sirvió para que toda una generación de jóvenes de capas populares rompiera por primera vez los tabús de la democracia capitalista: el supuesto “fin de la historia” tras la caída del campo socialista, ante el que había perdurado el “mejor de los mundos posibles”; y retase al Estado el control del orden público durante un periodo de tiempo relativamente largo.

El Movimiento Estudiantil organizó la respuesta a los ataques contra los derechos y servicios educativos conquistados a lo largo de años. Ante las masas estudiantiles y trabajadores de la educación se hizo patente cómo los gobiernos del capital buscan continuamente reducir el sistema educativo al mínimo necesario para mantener la instrucción de la mano de obra que el capitalismo necesita. Este movimiento introdujo los fundamentos básicos de la organización y la lucha a grandes números de estudiantes, y logró frenar algunos de los ataques más candentes, como las reválidas o el recorte de los grados universitarios a 3 años. La defensa de los servicios públicos articuló grandes movilizaciones de masas no solo en los centros educativos, sino por la defensa de la Sanidad Pública y otros servicios, mostrando el antagonismo irreconciliable entre los intereses del pueblo y del Capital.

El Movimiento Feminista movilizó a una enorme cantidad de mujeres en sinergia con el Movimiento LGTB y de disidentes sexuales y de género, cuestionando el orden patriarcal, la opresión de género y, a menudo, también su especial impacto sobre las mujeres y disidentes obreras. Este movimiento no solo ha logrado forzar sentencias judiciales y algunas reformas que los oportunistas políticos burgueses han tratado de apropiarse a la vez que las vaciaban de contenido, sino que, a través de la crítica de la sociedad patriarcal, muchas mujeres han visto el enraizamiento de este orden podrido y opresor en la sociedad de clases en general y el capitalismo en particular.

El Movimiento por la Vivienda se convirtió en una trinchera de primera línea en la lucha de clases con el estallido de la burbuja inmobiliaria, con la formación extensiva de las PAH como herramienta popular frente a la violencia estatal de los desahucios. Una década después de este gran choque, este movimiento está atrayendo de nuevo a activistas de todo el Estado, tratando de encontrar el camino para luchar contra los especuladores de la oligarquía financiera, los rentistas y el Estado que les sirve. Es un movimiento que tiene mucho por andar, pero que, sin duda, está planteando una respuesta al sangrado diario que viven las familias de capas populares tratando simplemente de tener un techo sobre sus cabezas, suministros básicos, y comida en la mesa.

Todos estos movimientos han dado ejemplos de los que aprender y han formado a centenares de activistas y organizadores de la lucha popular.

Compañeros y compañeras de la clase obrera han participado junto a otras capas del pueblo en estos movimientos, pero, de forma general, lo han hecho a título individual. La clase obrera ha participado sin posibilidad de tener una agenda propia que pusiera al frente de cada movimiento las necesidades de la clase de cuya explotación los capitalistas extraen el grueso de su poder, y la que más potencial tiene para responder de manera organizada, como veremos más adelante.

Mientras tanto, en el terreno laboral, la clase obrera ha vivido una década y media de desbandada, desorganización y desmoralización. Es el resultado lógico del desarrollo de acontecimientos desde 1950 hasta ahora.

Primero, los dirigentes oportunistas de partidos como el Partido Comunista de España (PCE) pidieron a la heroica clase obrera antifranquista que se limitase a la lucha por migajas cada vez más exiguas. Cuando la Transición y la Reconversión Industrial pusieron en su lugar a estos falsos líderes, la clase obrera, en ausencia de alternativa, depositó su confianza en los burócratas gestores de los grandes sindicatos, que no tardaron en comprar el discurso de los capitalistas sobre la imposibilidad de una alternativa al capitalismo y las maravillas de la supuesta “sociedad de libre mercado”.

Cuando llegó la inevitable crisis del capitalismo en 2008, ni la burocracia sindical disponía de la voluntad y la habilidad para organizar una respuesta seria a los ataques de la patronal, ni la clase obrera contaba con un nivel de organización y conciencia política suficiente para forzar esta lucha. Si a esto se le suma el cierre progresivo de empresas y sectores con algunas de las plantillas más organizadas y combativas del país, en la minería, siderurgia y astilleros, la situación era casi una profecía autocumplida. La burocracia sindical pudo vender como inevitable aquello que había sido fruto de su traición de clase.

Incluso en los momentos más bajos, el movimiento sindical ha seguido siendo el que más trabajadores organiza y más capacidad tiene de incorporar compañeros a la lucha, independientemente de su nivel de conciencia política, precisamente porque los capitalistas no nos dejan otra alternativa a los trabajadores que luchar por nuestro pan y nuestra vida.

Progresivamente y ante la falta de alternativas, especialmente desde que la pandemia demostró que siempre se puede caer más bajo en esta sociedad, poco a poco estamos viviendo un repunte de la actividad sindical en distintos sectores, no solo de la clase obrera productiva en fábricas y almacenes, sino también en cadenas hosteleras y sectores no estrictamente obreros pero sí sometidos a una disciplina similar, como técnicos y oficinistas.

Esta lucha sindical es importante y debe extenderse a todos los sectores donde sea posible, porque, cuando se da de manera consecuente, abre la puerta a grandes números de trabajadores a experimentar por primera vez la organización y la lucha, la necesidad de sumar al máximo de compañeros, la necesidad de mantener un grado de cohesión elevado para evitar la infiltración de los jefes y el mangoneo por parte de burócratas sindicales, de entender los rudimentos de la explotación capitalista para saber responder a ella.

Pero no basta con organizarse en el centro de trabajo y pelear contra el jefe o contra la patronal de un sector, ni siquiera la de todo el país. El capitalismo necesita intensificar la explotación continuamente. Cualquier concesión que haga ante la lucha, solo la hace para ganar tiempo y ver cómo arrebatarla o por dónde puede compensarla.

Por otro lado, la clase obrera no somos pobres explotados de quienes haya que compadecerse. Los capitalistas han puesto en nuestras manos el funcionamiento de toda su preciada economía; nos han forzado a ser disciplinados, tanto en el trabajo para no irnos a la calle, como en la lucha por nuestros derechos; nos demuestran cada día que solo uniéndonos tenemos alguna posibilidad de luchar, pero que la vida bajo el capitalismo es una pelea constante por no ser empujados de nuevo al límite de la subsistencia, si no es por ajustes y recortes en el trabajo, lo es por la subida de precios, la crisis, los despidos masivos o la incorporación de esquemas de trabajo temporal.

Todo esto es algo que cualquier trabajador puede aprender por su propia experiencia a poco que los capitalistas lo hayan puesto a trabajar de manera medianamente socializada junto a otras decenas de compañeros.

Pero, más aún, la clase obrera del sector productivo, de lugares como las fábricas y los almacenes, tiene en sus manos las principales palancas de la producción capitalista y la disciplina de los empresarios se imprime de manera física y directa. Estos compañeros de la clase trabajadora son quienes están en posición, no solo de organizarse para luchar por sus condiciones y las de los demás, sino de hacerlo con una contundencia inigualable, incluso utilizando las herramientas y medios de producción de los capitalistas en su contra, como tantas veces hicieran los mineros con la dinamita o los siderúrgicos con piezas de acero.

La clase obrera sabe lo que es tener que luchar por cuestiones del día a día sumando al máximo de gente posible y, a la vez, saber que esto no va a resolver sus vidas ni convierte en un “aliado” a quien finalmente les concede una versión rebajada de lo que pedían.

La clase obrera organizada sabe lo que es luchar sin poder dejar el movimiento, bajo una presión constante, y no rendirse. Sabe lo que es ver a un compañero reprimido o despedido por luchar, sabe lo que es vivir una infiltración por parte de los empresarios. Sabe lo que es hacer renuncias para conseguir algo mejor, como ocurre en las huelgas de larga duración.

Y, en el caso del proletariado industrial organizado, conoce los fundamentos de la producción necesarios para mantener la sociedad en marcha. Todo este potencial hace que la clase obrera sea la clase revolucionaria, la clase que, de entre los explotados, puede dar una respuesta más contundente y definitiva a los capitalistas.

¿Cómo podrían haber crecido los movimientos populares de las ciudades si a ellos afluyeran las enormes plantillas de trabajadoras y trabajadores de hostelería, comercios y oficinas?, ¿cuánta fuerza podría tener el movimiento de solidaridad con Palestina si el ejemplo de astilleros de Europa y América bloqueando envíos de armas a Israel se convirtieran en un sabotaje más generalizado de la producción dirigida a Israel?, ¿cómo se hubiera multiplicado la presión del movimiento estudiantil si hubiera ido más a menudo de la mano con los trabajadores de sectores adyacentes, como el transporte público o la limpieza?, ¿hasta dónde podría haber llegado el 15M si hubiera incluido también la ocupación de fábricas y la puesta de la producción y sus herramientas a su servicio?

Y esto solo son ejemplos del potencial que puede desatar la clase obrera como fuerza organizada dentro de movimientos populares que, al fin y al cabo, son respuestas a ataques del capitalismo. ¿Qué podría hacer nuestra clase si contara con una dirección clara contra los capitalistas y por la construcción de un nuevo mundo sobre las cenizas del estancado orden burgués?

Pero todo esto no va a venir espontáneamente, no va a caer del cielo ni tampoco va a brotar de la simple acumulación de lucha sindical. La clase obrera debe organizarse políticamente dentro y fuera del movimiento sindical, el Movimiento Obrero debe reorganizarse llevando sus necesidades y poniendo su disciplina, masividad, capacidad y experiencias de lucha en todos los ámbitos de la lucha popular, y los comunistas y todos los activistas que quieran verdaderamente terminar con el capitalismo, tenemos el deber de luchar por ello, tanto directamente con nuestros compañeros de clase, como en el resto de movimientos sociales tratando de extrapolar las enseñanzas generales de la lucha obrera y las necesidades de la clase obrera como la clase revolucionaria en el capitalismo.

Con esta perspectiva de clase, con este enraizamiento en los compañeros y compañeras más conscientes y combativos de la clase obrera y otras capas populares, con la formación política y entrenamiento práctico que la lucha contra el capitalismo plantee, será posible que la clase obrera reconstituya su herramienta política para dirigir toda la lucha y terminar con este sistema explotador: el Partido Comunista.

Por ello, hacemos un llamamiento a la movilización este 1º de Mayo, Día Internacional de la Clase Obrera, para tejer la unidad entre el movimiento obrero y el resto de movimientos populares.

¡La clase obrera al frente de la lucha popular, contra el capitalismo y por la revolución!

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