Análisis: ¡Contra las injerencias imperialistas en Ucrania!

El conflicto interimperialista en el este de Ucrania entre Rusia y el bloque occidental, liderado por EE.UU, está escalando. La zona industrial y minera del Donbas, fronteriza con Rusia, lleva siendo objeto de un constante tira y afloja entre los dos bandos desde 2014, que llevan acumulando tropas y material bélico en la región desde entonces. Recientemente, el destacamento de más efectivos y la realización de maniobras por parte del gobierno ruso ha sido presentado en los medios como el preludio de una guerra de agresión a la que hay que responder de manera preventiva. Para ello, EE.UU ha dado el toque de corneta, movilizando a los miembros de la OTAN, el cártel mafioso de la rapiña internacional, y el estado español acude a la llamada. ¿Qué papel juega en todo esto? Demos antes un poco de contexto.

A raíz del golpe de estado dado por las fuerzas políticas pro-occidentales y nacionalistas ucranianas en las revueltas conocidas como el «Euromaidan», la población rusófona, mayoritaria en las regiones orientales y sureñas de Ucrania como Donbáss y Crimea, salió a la calle en protesta. El Kremlin aprovechó la ocasión para introducir paramilitares rusos, anexionar Crimea y dar apoyo material a las repúblicas «populares» proclamadas en las provincias de Luganks y Donetks, que conforman la zona del Donbas. Lejos de ser supuestos «experimentos de soberanía popular», las milicias nacionalistas rusas son los títeres del Kremlin, y la revuelta hubiera sido aplastada sin la intervención militar directa de Rusia y su presencia sostenida en el área. En el otro lado, las fuerzas del gobierno reaccionario ucraniano y las organizaciones de paramilitares fascistas fueron rápidamente apoyadas por EE.UU y sus aliados con todos los recursos necesarios.

La cuestión rusa

La burguesía del bloque occidental (EE.UU y UE) intenta limitar, aislar y reducir la influencia de la burguesía rusa. En definitiva, comerse su trozo del pastel. Esta, por su lado, ha buscado mantener los restos de la esfera heredada de la Unión Soviética y reposicionarse como potencia de primer orden tras el colapso de principios de los noventa. Así pues, el escenario ucraniano es uno más de los puntos calientes en el conflicto de intereses entre Rusia y Occidente. A lo largo de estos últimos años hemos visto algunos más: Kosovo, Siria, Bielorrusia, y más recientemente, Kazajistán. Aunque es evidente quién se encuentra en peor posición en esta coyuntura, eso no debe hacernos vacilar en considerar a Rusia como una potencia imperialista de primer orden, debilitada y a la defensiva, pero con una capacidad de proyección legada por su pasado como superpotencia. Es precisamente en el social-imperialismo soviético y en el proceso de restauración del capitalismo en la URSS donde hay que buscar las bases que hacen posible hablar de un proyecto imperialista ruso en nuestra época: los países del extinto bloque del Este y el cinturón de repúblicas ex-soviéticas, las distintas naciones oprimidas en el seno del estado ruso como Chechenia así como otros estados tradicionalmente dependientes de Moscú (Cuba, Siria), han sido el área de juego de la burguesía rusa las últimas tres décadas, en competencia feroz y con las de perder, contra la hegemonía del bloque occidental y la ascendencia de China.

Es evidente que el control que la burguesía rusa ejerce sobre estas regiones ha menguado respecto su pasado social-imperialista, pero eso no significa que sea extinto. La principal institución financiera en Europa del Este es el banco estatal ruso Sberbank, uno de los tres más grandes de Europa, y el monopolio estatal de gas, Gazprom, que también combina en su seno capital financiero e industrial, extiende sus redes por distintos países del entorno post-soviético. El dominio de los gasoductos, el control del acceso a recursos mineros o a puertos del Mar Negro, el mantenimiento del control financiero en países de Europa del Este… Todo esto está en la agenda del imperialismo ruso y occidental, y el desarrollo de la pugna se ve reflejado en el avance territorial de la UE y la OTAN o en las sanciones que restringen la entrada del capital financiero ruso en la Unión Europea.

 

El papel de España

Como hemos explicado en anteriores ocasiones, España es una potencia imperialista de segundo orden. Se beneficia del expolio de las naciones oprimidas del mundo gracias a su posición dentro de la Unión Europea y la OTAN, pero seria incapaz de perseguir un proyecto imperialista independiente como si hacen Francia, Alemania o Gran Bretaña. Así pues, su papel en las intervenciones militares internacionales conjuntas se ve casi siempre supeditada a un rol complementario o de apoyo logístico, sin ostentar posiciones de mando ni de gran relevancia en la planificación estratégica, que recaen casi siempre en Estados Unidos o alguna de las principales potencias. Las misiones en Europa del Este han sido acciones como la vigilancia aérea en el Báltico y en el Mar Negro o el refuerzo militar de Letonia. En todas ellas, los efectivos españoles empleados han sido relativamente pocos y quedan supeditados normalmente al mandato de otros ejércitos. Se podría argumentar que la posición subordinada del estado español en este conflicto se debe a la relativa lejanía geográfica pero el hecho de que el capital español no tenga prácticamente arraigo en Europa del Este es otro indicativo de que nuestra presencia militar en esa zona no responde a la protección de los intereses «directos» de nuestra burguesía sino de potencias mayores, principalmente Estados Unidos y Alemania, y al bloque colectivo de la Unión Europea de manera general.

La gran burguesía española así como sus representantes políticos son plenamente conscientes de cual es su papel en este tablero, y lo desempeñan muy a gusto y servicialmente. El gobierno «más progresista de la historia» no es una excepción. No en vano el PSOE ha sido siempre un firme partidario de la integración en la OTAN, y saca a lucir ante las cámaras cualquier oportunidad de presentar al estado español como un miembro relevante del cuadro militar atlantista. Para el reformismo de Podemos y el PCE, los conflictos de la OTAN son aprovechados como un intento de lavarse la cara, olvidándose de que en el proceso se la manchan con la sangre que tienen en las manos. Los eslóganes anti-otanistas son una soflama vacía que no llama al boicot activo del esfuerzo bélico (que empezaría por romper el gobierno) sino a una indignación pasiva y de teatrillo. Un recurso mediático que les viene muy a mano en sus horas bajas, tras la aprobación de la reforma laboral, para poder presentarse como «la izquierda combativa» ante un electorado decepcionado con los nulos resultados de la «labor de gobierno». Esta solo ha consistido, como no podía ser de otro modo, en ser los manijeros del gran capital: la reforma laboral, las eléctricas, los alquileres, los desahucios… Y ahora, una guerra imperialista. Por lo poco, el gobiernos mas hipócrita de la historia puede ya cantar bingo.

A pesar de las reducidas fuerzas de los revolucionarios en el estado español, nuestra tarea revolucionaria es oponernos sin ambigüedades extrañas a la guerra imperialista, sin dar apoyos velados o abiertos a ninguno de los bloques en pugna, y llamar a la clase trabajadora al boicot activo del esfuerzo bélico del estado español si llegase el momento.

Cualquier otra opción es servir a los intereses de la burguesía y una traición al internacionalismo proletario.