Precio del combustible: Nuestra miseria, su beneficio

Repostar diésel o gasolina en nuestros vehículos es un gesto obligatorio para la mayoría de trabajadoras y trabajadores en nuestro país. No obstante, el encarecimiento del combustible, rondando los 2€/l en el caso de la gasolina, lo convierte en una carga insostenible para nuestra clase, que se suma al resto al resto de necesidades básicas (alimentos, energía, vivienda…) que también están disparando sus precios.

Nuestra penuria contrasta con las ganancias del sector petrolero, con subidas en el valor de las acciones de los principales monopolios capitalistas del petróleo europeos y estadounidenses.

Mientras tanto, una tímida rebaja del precio final del carburante – pagada con nuestros impuestos y con fecha de caducidad – es la única respuesta del gobierno del PSOE-Unidas Podemos, que no hace más que llorar por nuestras penas mientras defiende a los capitalistas.

En el río revuelto, los medios de comunicación, los partidos socialdemócratas, reformistas, liberales y conservadores por igual presentan la cuestión como una circunstancia aislada y pasajera provocada por el imperialismo ruso, como si el coste de la vida, incluido el del combustible, no llevara una tendencia al alza desde antes de la guerra y como si no hubiera subido nunca en décadas anteriores.

En este contexto de confusión que solo beneficia a los capitalistas y sus lacayos, desde la Organización Comunista Revolución sentimos que es nuestra obligación contribuir con un análisis de la cuestión desde los intereses de la clase obrera.

¿Cómo funciona el sector petrolero?

Para entender cómo se determina el precio del combustible, primero es necesario tener en cuenta que el llamado “mercado del petróleo” es en realidad una lucha entre diferentes monopolios capitalistas que se dedican directamente a explorar, extraer, refinar, almacenar y distribuir el petróleo y sus derivados.

Su peso para el funcionamiento de la economía les ha dotado de un enorme poder, y la involucración de grandes costes, así como la necesidad de acceder a la materia prima por los medios necesarios (incluyendo las invasiones), ha hecho que siempre sean monopolios cruciales para sus correspondientes potencias imperialistas. En ocasiones, esta importancia ha hecho que los países imperialistas se aseguren la promoción de estos monopolios sacrificando las ganancias a corto plazo al crearlos desde el sector público, como en el caso de Repsol en España, que fue privatizada por completo en 1997.

Para funcionar, estos monopolios capitalistas extienden una red a escala global que les lleva a actuar a través de Estados coloniales o semicoloniales que les aseguran el suministro y otras operaciones necesarias para convertir el petróleo en combustible, entre otros productos. Para ello, se los países imperialistas utilizan gobiernos de la burguesía dependiente de estos países dominados, ya sean gobiernos favorables a la inversión privada directa por parte de estos monopolios y sus filiales o gestionadas a través de un Estado estructuralmente vinculado a la explotación imperialista.

Esto tiene tres implicaciones:

1 – Los monopolios del petróleo, igual que el resto de capitalistas monopolistas, fijan los precios, no compiten libremente.

2 – La forma en que fijan los precios está condicionada por las sacudidas que reciben sus redes de abastecimiento y procesado del petróleo en la lucha contra otros monopolios.

3 – El mantenimiento de estas redes requiere de la implicación activa, diplomática y militar, de los Estados imperialistas de origen de estos monopolios, lo que lleva a una colaboración activa entre los monopolios y los Estados imperialistas.

Naturalmente, estas dinámicas no son exclusivas del sector petrolero. El crecimiento de empresas con alguna fortaleza clave hasta constituir monopolios y la correspondiente burocratización y militarización de sus Estados de origen para garantizar su lucha contra otros monopolistas es prácticamente la definición de la fase del capitalismo en la que vivimos, el Imperialismo.

¿Cómo se fija el precio del combustible?

Según lo visto en el apartado anterior, es fácil ver que el precio del combustible será lo que los monopolistas del sector puedan forzar, más lo que los Estados imperialistas necesiten cobrarse para mantener funcionando el negocio.

Efectivamente, en la gráfica a continuación podemos ver el caso español:

Fuente: Asociación Española de Operadores de Productos Petrolíferos (AOP). Elaboración propia.

Como podemos observar, aproximadamente la mitad del precio corresponde a impuestos, mientras la otra mitad corresponde al precio monopolista, incluyendo sus márgenes de beneficio y sus costes de compra al por mayor.

En España, los impuestos al petróleo son dos: el IVA al 21% y el Impuesto Especial de los Hidrocarburos (IEH), de aproximadamente 0,3€/l (diésel) y 0,4€/l (gasolina).

Ambos son impuestos regresivos, es decir, que se le cobran al consumidor, independientemente de su renta, lo que significa que trabajadores, pequeñoburgueses y capitalistas pagan lo mismo sin tener los mismos recursos, para sufragar un negocio que beneficia a los capitalistas a costa de los explotados de todo el mundo.

Por otro lado, en cuanto a la mitad del precio del combustible relacionada con el precio monopolista, el coste al por mayor viene determinado de manera indirecta por el precio al que cotiza el barril de petróleo Brent que es el petróleo extraído en el mar del Norte, y constituye el punto de referencia en relación al precio del petróleo en la Unión Europea (en Estados Unidos es el WTI y en Rusia el Ural). Los precios al por mayor del carburante se relacionan con el precio del barril Brent, pero en el caso español se establecen directamente en base a la cotización del diésel y la gasolina en los mercados «Mediterráneo» y «Europa del norte».

En otras palabras, el coste al por mayor viene determinado por una estimación del coste de extracción, más algunos altibajos especulativos. Los monopolistas del petróleo se aseguran su margen de beneficio ya en el propio precio, como hacen todos los demás, añadiendo el coste de distribución al precio, además de su margen de beneficio deseado.

¿Por qué ha subido de precio el combustible?

Si miramos la actual subida del precio de los carburantes como hace la prensa burguesa, la respuesta es bien clara: la invasión imperialista de Rusia sobre Ucrania y las tensiones interimperialistas entre Estados Unidos y potencias imperialistas europeas (incluyendo España) con el imperialismo ruso han llevado a que sea más difícil abastecerse de petróleo.

El día 1 de febrero el barril de Brent se encontraba en 89,96 $. Con la escalada de tensiones en Ucrania (antes de la intensificación de la guerra) ya había alcanzado los 98,71 $. A partir del día 24 se dispararía, alcanzado un máximo de 139,13 $ el día 7 de marzo. Aunque en la actualidad está más estabilizado (123, 75 $), el pico del día siete se acercó al máximo histórico de 146 $ que alcanzó durante el estallido de la crisis capitalista de 2008.

Una parte de la subida ligada a la guerra en Ucrania se ha dado de manera indirecta: la invasión de Ucrania ha hecho caer el valor del euro frente al del dólar. Como el capital estadounidense es más potente debido al carácter de superpotencia imperialista de los EEUU, el barril de Brent cotiza en dólares, cosa que hace más caro comprarlo a las empresas europeas en euros.

No obstante, la prensa capitalista busca que nos olvidemos de que los potentes monopolios del petróleo cuentan con redes por todo el planeta. ¿Cómo es posible que no les sea posible acceder a los recursos petrolíferos por una pugna con una única potencia imperialista?

La dificultad de acceso al petróleo, fruto de las tensiones interimperialistas:

La dificultad de acceso a los recursos petrolíferos (y otros combustibles fósiles) no es únicamente una contingencia fruto de la reciente pugna entre capitalistas rusos y estadounidenses/europeos. Se enmarca en una interminable lucha por el acceso a estos recursos naturales, que viene marcando fuertemente la historia del imperialismo en los últimos 50 años.

Tenemos como primer ejemplo claro de estas luchas la Crisis del petróleo de 1973, motivada por la Cuarta guerra árabe-israelí o guerra del Yom – Kipur (1973), donde algunos países árabes miembros de la OPEP subieron unilateralmente el precio del petróleo como castigo al imperialismo estadounidense y europeo, que apoyaba al Estado israelí.

Estos países eran dependientes económicamente de las dos superpotencias imperialistas existentes en la época – EEUU y la ya revisionistas URSS. Sin embargo, podemos ver en este ejemplo una de las claves de la inestabilidad del acceso al petróleo: los imperialistas fomentan Estados dependientes y gobiernos títere, pero a su vez también pasan a necesitarlos (como le ocurre a España con Marruecos o a Alemania y EEUU con Turquía), lo que confiere a las clases lacayas de los imperialistas que dirigen estos países cierta autonomía para pequeñas rebeliones. Sumado a la dependencia simultánea a más de una potencia imperialista, el margen para introducir barreras momentáneas es mayor del que pueda parecer.

El segundo ejemplo lo podemos encontrar en la guerra entre Irán e Irak (1980-1988). El Estado iraquí, apoyado por el imperialismo estadounidense y europeo, atacó al nuevo gobierno iraní formado tras la Revolución Islámica de 1980, teniendo entre sus objetivos fundamentales el asalto a la provincia iraní de Juzestán, rica en petróleo e inmediatamente adyacente a la frontera iraquí. Irak fue lanzado contra Irán, un antiguo aliado occidental hasta que el régimen reaccionario de los ayatolás depuso al títere imperialista – el Sha de Persia Reza Pahleví.

Irán, progresivamente tendente a ser dependiente de las potencias imperialistas Rusia y China, ha ido quedando aislado y sancionado por las potencias imperialistas occidentales, impidiendo así la normal afluencia de petróleo iraní hacia ellas.

Siguiendo con las guerras que envolvieron al Estado iraquí encontramos que, sin conseguir sus objetivos en la guerra contra Irán, invadió Kuwait en 1990. Otra guerra a la que subyació el interés por el petróleo y el control comercial del golfo Pérsico.

En este caso, encontramos una guerra de invasión de un país dependiente de EEUU a otro, donde la burguesía burocrática iraquí buscaba la exclusividad del dominio sobre la región en representación de los imperialistas. Kuwait contaba con grandes reservas de petróleo y suponía un estado tapón que impedía el libre acceso al golfo Pérsico – fuera de las marismas difícilmente navegables de Shatt-Al-Arab – al Estado iraquí.

EEUU reaccionó amedrentando a su títere al considerar que se le había ido de las manos. A pesar de la victoria militar del ejército iraquí, Estados Unidos iniciaría una guerra para recuperar a Kuwait como aliado estratégico en la región, lanzando una campaña militar contra Irak que se conocería como la Primera Guerra del Golfo (1990 – 1991). A la derrota de Irak en Kuwait le siguió algunos años después la Segunda Guerra del Golfo (2003 – 2011), que supuso la invasión definitiva de Irak y el derrocamiento de Sadam Hussein.

A esta invasión le siguió una ocupación que provocó más de un millón de muertos, las posteriores guerras intestinas frente al Estado Islámico y otros grupos yihadistas, y la partición del país según los intereses de la explotación petrolífera: el norte de Irak conserva un gobierno de base kurda, apoyado por Estados Unidos, y que permite una segura explotación del petróleo en esta región, en relación a la debilidad del propio Estado iraquí, fallido en muchos territorios del país. No obstante, como hemos visto recientemente en Afganistán, aunque los yihadistas no sean más que representantes de la sumisión feudal al imperialismo, pueden suponer un reajuste del dominio imperialista que en el futuro provoque nuevas dificultades de acceso al petróleo.

A la destrucción de Irak le siguieron la destrucción de Libia (2011; 2014 – 2020) y Siria (2011 – actualidad). En ambos casos, la lucha de clases en estos países se transformó en guerras abiertamente imperialistas que han dejado cientos de miles de muertos a sus espaldas, con un componente importante de pugna por los hidrocarburos.

El Estado sirio impedía el desarrollo pleno de los planes geoestratégicos del bloque de semicolonias árabes de las potencias imperialistas occidentales (como Arabia Saudí, Qatar o Emiratos Árabes Unidos) e Israel. Por ejemplo, en la construcción de un gaseoducto que uniese Qatar (poseedor de la mayor reserva petrolífera del mundo junto con Irán) con Europa occidental. En la actualidad, Siria también se encuentra dividido, siendo el imperialismo ruso el garante del Estado sirio, que favorece la estabilidad política y militar de su aliado árabe para mantener el cuasi monopolio del gas ruso en la Unión Europea. Mientras tanto, el imperialismo estadounidense (contando con Israel) y otras potencias imperialistas presentes en la OTAN, mantienen la ocupación del margen izquierdo del Eúfrates – el territorio sirio más rico en petróleo.

Para sumar más inestabilidad, el establecimiento de un gobierno kurdo en la región ha provocado tensiones en la propia OTAN: Turquía, una potente semicolonia principalmente dependiente de EEUU y Alemania, no acepta la autonomía kurda, pues la considera peligrosa para su propia integridad como Estado debido al sometimiento de la nación kurda que ejerce dentro de sus fronteras, y apoya de manera unliateral a las milicias yihadistas en el Norte de Siria.

En Libia, la OTAN contó en la revuelta contra Gadaffi con una participación mucho más activa, bombardeando intensamente el país durante meses y dejando más de 30.000 muertos en el proceso. Posteriormente, la guerra en Libia se reactivó (2014) y terminó por dividir el país en numerosas zonas. La posición de Libia como uno de los principales depositarios de recursos petrolíferos en toda África estuvo directamente relacionada con el ímpetu por derrumbar al gobierno de Gadaffi, que había pasado a ser dependiente de los EEUU y las potencias imperialistas europeas tras la caída de la URSS, pero que estaba empezando a acercarse a China. Pero, al igual que en Siria, se han granjeado importantes tensiones interimperialistas en el país, actualmente en ruinas.

El apoyo al Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN, con base en Trípoli) es estratégico para el Estado italiano, cuya petrolera – ENI – tiene importantes inversiones en la región. El gobierno del Ejército Nacional Libio, con base en Bengasi y apoyado por Estados Unidos, Rusia y otros países europeos, controla buena parte de la fuerza militar del antiguo ejército libio, pero, a pesar de su control directo sobre territorios de extracción de petróleo, no controla la Compañía Nacional de Petróleo y el gaseoducto que une Libia con Italia (Greenstream), ambos con base en Trípoli – sede de su rival político. La guerra sin fin en Libia orbita constantemente alrededor de los hidrocarburos y enfrenta a los propios capitalistas que participaron de su destrucción directa.

América Latina es otro escenario clásico de las tensiones imperialistas relacionadas con los hidrocarburos. En el subcontinente, principalmente encontramos situaciones en las que la presión imperialista de los EEUU lleva como respuesta al surgimiento de gobiernos de oposición vinculados a la burguesía burocrática que nacionalizan empresas petroleras o mantienen su propiedad estatal a la vez que intentan llevar su dependencia de ser principalmente hacia EEUU a compartirla con el imperialismo chino, ruso o algunos imperialismos europeos.

En Brasil, Petrobrás sigue manteniéndose de propiedad estatal debido a los intereses políticos y económicos de la burguesía burocrática brasileña, dependiente de los EEUU y fuertemente ligada a las cúpulas militares reaccionarias que los propios EEUU han fomentado durante años para mantener al país bajo su bota. Además, el dominio imperialista de EEUU sobre Brasil también favoreció el triunfo de la oposición de Lula Da Silva, representante de otra facción de la burguesía burocrática igualmente dependiente del imperialismo, igualmente capitalista y también represora de los trabajadores, pero con gestos puntuales de populismo que incluyeron tampoco privatizar Petrobras.

El pueblo brasileño no se beneficia de Petrobras ni una centésima parte de lo que lo hace su burguesía burocrática, pero el acceso al recurso petrolero es más indirecto de lo que podría ser para los imperialistas.

En Argentina el gobierno populista de la burguesía burocrática de los Kirchner nacionalizó YPF en 2012, que dejó de estar en manos del monopolio español Repsol. Este movimiento supuso que el Estado argentino sostiene el 51% del capital de YPF, mientras que el 49% restante cotiza en las bolsas de Buenos Aires y Nueva York. Esta medida generó tensiones entre España y otras potencias imperialistas, pues la medida perjudicaba principalmente al monopolio español, mientras otros monopolios, como los estadounidenses, podrían seguir accediendo a la vez que el Estado argentino costeaba parte de las operaciones.

El caso venezolano es el más conocido. La guerra económica contra la Venezuela chavista cuenta ya con un largo recorrido, que se mueve en la contradicción del imperialismo estadounidense de socavar la producción de petróleo venezolano – principal fuente de financiación del gobierno bolivariano -. Y, por otro lado, la necesidad acuciante de ampliar un mercado petrolífero que se estrecha, como vemos en la actualidad. Los incesantes intentos de golpes de Estado en Venezuela, el bloqueo que sufre el país – al estilo iraní – y la creación constante de un clima guerracivilista dentro del mismo, funcionan como herramientas de «poder blando» para integrar, de forma definitiva, al Estado venezolano en la esfera de influencia del capital estadounidense.

Pese a los gestos de los dirigentes chavistas, conviene recordar que, incluso tras su expropiación, el principal comprador de petróleo venezolano, por tanto, de quien dependen los negocios de la burguesía burocrática venezolana que sirve de sostén económico al chavismo, es EEUU.

Este proceso no es ajeno a tensiones entre imperialistas y, también, entre monopolios de un mismo país. En esta pugna el gobierno estadounidense se enfrenta, por ejemplo, a los intereses de Repsol (español) en el país caribeño, y, en ocasiones, a los de sus propias empresas con una visión más cortoplacista. Como el caso de Chevron, especialmente interesada en el crudo venezolano por su capacidad de refino de petróleo proveniente de arenas bituminosas, como es el venezolano. Observamos estas mismas tensiones en Cuba, en donde las inversiones petrolíferas de Repsol – entre otras – se paralizaron por presiones estadounidenses en 2013. El aislamiento económico de la isla es prioritario.

Todos estos ejemplos que hemos visto someramente suponen la normalidad del caos que envuelve a toda la producción capitalista. Común a todas las mercancías, pero que en este caso se relaciona con la producción y control de una fundamental para el resto; el petróleo. De esta espiral imperialista parte en buena medida la creciente dificultad de producción y suministro, que ahora se ve especialmente agravada con la escalada de la guerra en Ucrania.

Sus beneficios, nuestra miseria

En todo caso, este proceso afecta directamente a la capacidad de consumo de la clase trabajadora. No únicamente por el consumo directo de carburante, sino también por la inflación que provoca en toda la economía al incrementar el coste del transporte y la producción industrial, agrícola y de energía eléctrica.

Y ante nuestras pérdidas, su juego especulativo y político. A pesar de la situación de peligro y crisis para toda la clase capitalista, el riesgo de colapso financiero y de guerra nuclear, el lobby de los combustibles fósiles sale reforzado. Especialmente el estadounidense, que era el más interesado sin duda en escalar el conflicto en Ucrania.
Mientras que las petroleras europeas han salido solo relativamente reforzadas del conflicto – las acciones de Repsol han aumentado su valor un 3,45 % y las de Shell un 4,52 % en el último mes (marzo), por ejemplo – las estadounidenses – con mayores accesos a su territorio y fuera del mismo – se han disparado y han ganado competitividad frente a las europeas (además de expulsar a las rusas como competencia). El último mes Exxon Mobil ha aumentado un 6,80 % el valor de sus acciones y Chevron un 18,15 %.

Estas ganancias extraordinarias ya están siendo reinvertidas, continuando así el ciclo de reproducción ampliada de capital:

El mayor precio del barril de crudo permite a estas compañías impulsar nuevos y caros proyectos de exploración y extracción – también por el método del fracking – e impulsar otros antiguos que se encontraban en una delicada situación política. Recordemos que el fracking es la técnica de extracción más cara, y necesita un precio extraordinario del gas y el petróleo para financiar la extracción y las nuevas prospecciones. Solo en 2016 setenta compañías estadounidenses de fracking entraron en bancarrota. Número que fue en aumento en los siguientes años hasta la actualidad (Reuters, 2020).

El caso de nuevas prospecciones y el impulso de otras antiguas es ya patente a raíz del conflicto en Europa. Por ejemplo, Exxon está acelerando su proyecto de explotación offshore en el nordeste de Brasil, que podría contener hasta 1.000 millones de barriles. Chevron ha conseguido el permiso de su gobierno (estadounidense) para operar en Venezuela a pesar de las sanciones impuestas sobre el país, y el propio gobierno estadounidense está dispuesto a incentivar la explotación de una de las fuentes más contaminantes de petróleo del mundo: las arenas bituminosas de Athabasca, en Canadá. Muy similares por sus características al crudo venezolano; las refinerías estadounidenses del golfo de México están especialmente preparadas para procesar este tipo de petróleo.

Al otro lado del océano, las tensiones imperialistas no hacen más que crecer. En España, el PSOE vendió a la monarquía marroquí el Sáhara occidental por petición expresa de sus aliados. Marruecos es una semicolonia estratégica para los imperialistas estadounidenses y franceses, que buscarán explotar de manera más intensa los combustibles fósiles (entre otros recursos) existentes en esta región. Y el suministro de gas natural licuado a la UE puede realizarse también a través de Italia en caso de conflicto del Estado argelino con el español y marroquí. Una cuestión que ya provocó a principios de marzo maniobras militares de Argelia en su frontera con el vecino magrebí (16 marzo), así como Venezuela ya las había realizado poco antes en la frontera con Colombia (8 de marzo).

Más hacia oriente, los imperialistas europeos representados por la UE intentan descongelar el acuerdo nuclear con Irán y hacer más leves las sanciones contra este país, para que pueda – como se está haciendo con Venezuela – suministrar un mayor volumen de petróleo y aliviar así el precio a nivel internacional. No obstante, este movimiento ya ha provocado la reacción de uno de los mayores enemigos regionales del Estado iraní: la monarquía Saudí, semicolonial y semifeudal.

El gobierno Saudí se ha negado a incrementar la producción de crudo y ha amenazado con vender su producción a China en renmibi, desdolarizando parte de su comercio – lo que es una de las mayores amenazas para el imperialismo estadounidense. Una vez más, el títere presionando al titiritero.

Además, es probable que aumente la intensidad de su guerra contra Yemen en el futuro por el control del estrecho de Bab al-Mandeb (muy importante para el suministro de petróleo) y por la supresión de los rebeldes Houthíes que amenazan sus refinerías con apoyo iraní en un momento tan delicado. Por ahora, se ha alcanzado un alto el fuego que permite al capital saudí estabilizarse y no perder su posición de importancia en la OPEP: a finales de marzo los Houthíes bombardearon una refinería de Aramco, la petrolera Saudí, en un momento en el que la petromonarquía no puede permitirse un ataque a sus centros neurálgicos de producción.

De esta manera, la guerra imperialista de Rusia contra Ucrania, que EEUU y los imperialistas europeos han azuzado, no sólo impone una subida de precios general y amenaza con escalar de nuevo la guerra ya en curso en Europa, sino que también supone la posibilidad de extender (de forma renovada) los conflictos armados que envuelven el petróleo y los combustibles fósiles a América Latina, el norte de África y Oriente medio. El imperialismo constituye una fase monstruosa del capital que amenaza a la clase trabajadora en todo el mundo, empobreciéndola y abocándola a las guerras entre capitalistas.

Los reformistas, al servicio de los capitalistas

Dado el contexto económico y político en el que se encuentra el aumento de precio del barril de petróleo, no podemos olvidar la cuestión acerca de los impuestos que gravan el carburante. Como hemos visto con anterioridad suponen casi la mitad del precio de cada litro que compramos. Y no solo es un dato importante por su magnitud, sino por su cualidad de impuestos regresivos.

Su recaudación recae en atacar las rentas del trabajo, que son mayoritarias. Y que, además, son las que más sufren con la inflación: a alguien rico no le supone una gran pérdida de poder adquisitivo pagar algo más por la energía, gasolina y los alimentos que consume. Son una parte pequeña de sus gastos totales (y es un aumento de gasto mucho menor en relación a sus ingresos). A alguien de clase trabajadora, cuyos gastos puedan estar muy ajustados a sus ingresos, y componerse principalmente de los gastos en energía y combustible, alimentos, alquiler, etc, cualquier subida de precios – más si es generalizada en todos estos elementos – puede suponer una gran carga. Hoy la inflación (IPC) en España ronda el 10%, la más alta desde el año 1983.

A pesar de la gravedad de la situación para el conjunto de trabajadoras y trabajadores de este país, el Estado junto a sus verdaderos gobernantes – la clase capitalista española -, no puede permitirse una rebaja fiscal duradera a los combustibles. La recaudación de este sector se situó en 2021 en 19.804 millones de euros. Esto es casi un 4,7 % de la recaudación del total de impuestos en España.

Y pensemos que el capitalismo español está en horas bajas. La crisis de rentabilidad que el coronavirus impulsó atacó todos los sectores económicos, pero especialmente se cebó con el turismo, que es uno de los sostenes del capital español. Esto se refleja en una prima de riesgo ascendente frente a Alemania – que amenaza con alcanzar niveles similares a los del inicio de la pandemia (cerca de los 130 puntos).

La posibilidad de rebaja fiscal contrasta totalmente con las medidas de austeridad y presión fiscal que estaban demandando al Estado español desde la Comisión Europea para justamente permitir la «recuperación» tras la pandemia. Un eufemismo que indica realmente que la Comisión Europea necesitaba incrementar la presión fiscal en España para recuperarse de la espiral de endeudamiento (con los Fondos COVID, por ejemplo) y la socialización de pérdidas que supusieron y suponen los ERTES. Con la misma lógica se incentivó el reforzar la anterior reforma laboral con la falsa reforma del PSOE y UP, que asentó la situación precaria de la fuerza de trabajo y permitió a los capitalistas españoles mantener la tan aclamada «flexibilidad» sobre sus trabajadores y proteger su malograda tasa de beneficio.

En esta situación de necesidad de más impuestos, la ministra de Hacienda – María Jesús Montero – declaró a principios de marzo que lo máximo que se podía hacer era no seguir temporalmente por la vía impuesta por desde Bruselas de mayor presión fiscal.

Desde el 29 de marzo el gobierno ha establecido una rebaja de 20 céntimos por litro de combustible, que será efectiva únicamente hasta el 1 de octubre de 2022. De esta rebaja, ¾ partes (15 céntimos) son aportados por el Estado, y la ¼ restante por las petroleras. En este caso hay que entender que la temporalidad de esta medida será clave, por la mencionada situación de debilidad que vive el capital español. Además, la «rebaja» recae fundamentalmente en absorber recursos del Estado – en su mayoría aportados por los impuestos que paga la clase trabajadora – para financiar la bajada de precio. Mientras que la proporción que aportan las petroleras a partir de la reducción de sus beneficios es mínima: su «solidaridad» acaba donde empieza la temida pérdida de competitividad frente a las compañías rivales. Una vez más, la soberanía de lo que imaginamos como gobierno está por debajo de la soberanía del capital, como ya hemos comprobado con los recientes intentos de limitación del mercado mayorista de energía eléctrica.

El Estado español capitaneado por su “gobierno más progresista de la Historia” no puede ni plantearse la reducción directa de los impuestos regresivos sobre el combustible rebajando gastos que no le aportan nada a la clase obrera, como los gastos en defensa. La rueda debe seguir girando: hay que recaudar con el petróleo para poder mantener a los capitalistas en marcha y sus intereses a nivel global asegurados.

El ejecutivo socialdemócrata español ha anunciado que aumentará considerablemente el gasto en defensa con la excusa de la guerra ruso-ucraniana. Estas declaraciones se suman a sus equivalentes en Europa, como el meteórico incremento de la partida presupuestaria alemana hasta el 2% del PIB. Militarismo que ha impulsado – ya con la escalada de tensiones en Ucrania meses antes de la escalada definitiva del conflicto – los precios de las acciones de algunas de las empresas que más armamento suministran a la OTAN; General Dynamics, Lockheed Martin, Raytheon y Northrop Grumman aumentaron el precio de sus acciones en un 20,73 %, 27,68 %, 11,93 % y 22,28 % respectivamente (últimos 6 meses).

La espiral belicista llenará los bolsillos de muchos capitalistas en la Unión Europea y especialmente en Estados Unidos, mientras que la rebaja fiscal de los hidrocarburos se reflejará, sin duda, en una mayor austeridad con los servicios sociales.
La guinda del pastel al belicismo socialista y el pacifismo de pacotilla de Podemos es la organización, con toda pompa, de una vergonzosa cumbre de la OTAN en Madrid a finales de Junio.

¿Somos «rehenes de Putin», como Pedro Sánchez argumenta? ¿O más bien somos rehenes de las luchas entre capitalistas, del sinsentido de su mundo de intereses económicos, guerras y competencia sin fin? Como fuerza de trabajo dispensable o como carne de cañón en el frente es como contamos para el mundo del capital, y nada más.