El movimiento antifascista. Germen de la autodefensa popular.

1. Introducción

Hace unas semanas el antifascismo madrileño volvió a salir a la calle en memoria de Carlos Palomino, de Lucrecia Pérez y de todos aquellos que fueron asesinados por combatir a este sistema criminal.

La violencia fascista ha sido una constante en el estado español desde la consolidación del capitalismo como modo de producción. Esta violencia mostró su cara más cruda con el golpe de estado de 1936 y la alianza criminal entre el franquismo y la oligarquía financiera. Como es lógico, la reacción fascista no desapareció con la mal llamada transición democrática. El régimen del 78, como toda democracia liberal burguesa, tolera la violencia fascista y no invierte demasiados esfuerzos en ponerle freno.

Desde los medios de comunicación se intentan maquillar las agresiones fascistas para hacerlas pasar por casos aislados, ajenos a cualquier ideología. El poder mediático prefiere hablar de “violencia ultra” porque el estado no puede permitirse admitir que el fascismo campa a sus anchas bien relacionado con las altas esferas y las fuerzas y cuerpos de seguridad. Pero la realidad es muy diferente. La violencia fascista es estructural y sistémica. Está íntimamente ligada con el desarrollo del capitalismo y responde, como un perro dócil, ante los intereses de la gran burguesía.

La violencia terrorista y parapolicial del tardofranquismo (1975 a 1985) se cobró más de 200 víctimas mortales y miles de agresiones. Violencia callejera, secuestros, coches bomba y asesinatos sumarios perpetrados por grupos fascistas como la Triple A, el Batallón Vasco Español, ATE, o ANE. Estas organizaciones estaban compuestas, en buena medida, por militares y policías. Además, estaban financiadas -directa o indirectamente- por el estado a través del “Servicio Central de Documentación”, el servicio de inteligencia franquista.

Con la consolidación de la democracia burguesa la situación no ha mejorado. Desde el inicio de los 90, la violencia de los grupúsculos fascistas ha sido constante, con miles de agresiones y más de 50 asesinatos: Carlos Palomino, Lucrecia Pérez, Guillem Agulló, Aracelli Guillén, Aitor Zabaleta, Hamid Saada, Roger, Jimmy… una lista demasiado larga.

2. ¿Por qué existe el fascismo a día de hoy?

Estamos hartos de escuchar que el fascismo “se cura leyendo”, que la clave está en la educación de los más jóvenes, que quien sabe de historia no puede ser fascista, etc. Este lugar común entiende el fascismo como un producto residual de algunas mentes sectarias y perversas. Algo excepcional que “no tiene cabida en un sistema democrático”. Por supuesto, esta concepción simplista se encuentra impotente a la hora de explicar los momentos históricos (y actuales) en los que el fascismo consigue convertirse en un movimiento de masas. Llegados a este punto, con voz grave y condescendiente, nos intentan convencer acerca de lo maleable e ingenua que es “la gente”, lo fácil que es engañar a las masas… Argumentos débiles, acientíficos y oportunistas.

Entender el origen real del fascismo y su relación con la “democracia” y el capitalismo, exige de reconocer un conjunto de realidades muy incomodas para la socialdemocracia, e inasumibles para la burguesía y su sistema. Por eso intentan falsear la realidad con clichés y moralina barata.

Sabemos que el sistema capitalista es contradictorio en sí mismo. Alberga en su seno diferentes clases sociales con intereses irreconciliables.  Estos intereses generan conflictos constantes que deben ser canalizados para garantizar la viabilidad del sistema.

El estado es la herramienta de la burguesía para lograr este objetivo y asegurar la continuidad de su sistema productivo. No es un ente neutral, no es una institución que represente a toda la sociedad, ni que intente arbitrar los intereses de las clases en conflicto. Es una herramienta diseñada por y para la clase dominante. En todo lo que pretende amortiguar los conflictos de clase (sanidad, educación, derecho laboral) son simples concesiones o derechos arrancados a la burguesía, lo mínimo indispensable para garantizar cierto orden y tranquilidad.

Pero el estado no es una herramienta perfecta, la lucha de clases se cuela por todos los poros del sistema. Para atajar estas inconveniencias el estado cuenta con varios mecanismos. Desde los menos coercitivos: sistema educativo, medios de comunicación, etc. Hasta los más violentos: represión administrativa (multas), persecuciones jurídico-policiales, sistema penitenciario, abuso policial, torturas en comisaria.

El último resorte con el que cuenta la burguesía para garantizar sus intereses es el movimiento fascista: un movimiento político organizado que articula los ideales más reaccionarios y conservadores de la sociedad burguesa. Un subproducto inevitable del capitalismo.

En tiempos como los actuales, con una democracia burguesa estable y una clase obrera desorganizada, que no supone una amenaza, el fascismo es residual y se mantiene latente; a la espera de cumplir su función. Por esto mismo podemos ver -muy de vez en cuando- alguna redada contra algún grupúsculo fascista, algún gobierno que, de cara a la galería, toma ciertas medidas… en tiempos de “paz social” el fascismo puede llegar a ser incómodo para la burguesía.

Pero cuando el estado burgués no puede lidiar con el impulso de las clases populares las cosas cambian. Empiezan a financiarles, legitimarles y promocionarles. Aquí es donde el fascismo puede llegar a convertirse en un movimiento de masas. Aprovechando las condiciones miserables a las que nos condena el capitalismo, y la deslegitimación de la democracia burguesa; reclutan elementos que, en un principio, no eran fascistas, pero se ven atraídos por el discurso ultraconservador y el enemigo común señalado: el judío, los masones, los comunistas, o los “menas”, la causa de todos los males.

Fascismo y capitalismo son dos realidades inseparables. El fascismo no es la fantasía de algunas ovejas descarriadas. El fascismo está ligado con lazos firmes a la violencia que exige el capitalismo para mantenerse a flote.

Por esto mismo los cuerpos especiales para la represión, la policía y el ejército, son aliados naturales del fascismo. Estamos hartos de ver a la policía compadreando y escoltando a los nazis en sus procesiones para honrar la memoria de tal o cual fascistoide; o para recordar alguna efeméride falangista. A nadie le sorprende cuando se identifica a miembros del ejército o de la policía protagonizando agresiones fascistas.

El estado tiene que garantizar la fidelidad de sus cuerpos represivos. La ideología que nutre a las fuerzas y cuerpos de seguridad es la misma que impregna las organizaciones fascistas. Nacionalismo español, unidad de la patria (es decir, unidad del mercado burgués), tradicionalismo y conservadurismo, “orden”, “disciplina”, homofobia, racismo, machismo, xenofobia.

La violencia fascista es necesaria para reprimir al movimiento popular y solo existe gracias a la permisividad y connivencia de la burguesía y de sus cuerpos policiales. De la misma forma que la policía nos intenta amedrentar con sus montajes, sus abusos, su violencia y torturas. Los grupos fascistas buscan los mismos objetivos, disputando el espacio público al movimiento obrero. Por eso su violencia es indiscriminada, no solo agreden a antifascistas o a militantes de la izquierda; mendigos, migrantes, prostitutas cualquiera puede ser víctima de una agresión fascista, porque su objetivo no es eliminar a personas concretas, sino generar una sensación de dominio y control. Aprovecharse de la relativa impunidad de la que gozan para causar terror en los barrios obreros, que los trabajadores seamos conscientes de que si nos organizamos habrá consecuencias.

Al estado le sobran los medios para perseguir y desarticular a los grupúsculos fascistas que operan actualmente en el territorio español, pero, como es lógico, no tienen ninguna intención de hacerlo. Entre bomberos no se pisan la manguera. Por ello debemos ser los trabajadores quienes plantemos cara a esta lacra reaccionaria.

3. ¿Cómo combatir y vencer al fascismo?

Ha quedado claro que el fascismo es una realidad siempre presente bajo la democracia liberal y sabemos que la burguesía no moverá un dedo para evitar que crezcan y se organicen, entonces ¿Cuál es nuestro papel como comunistas? ¿qué hoja de ruta debe seguir el antifascismo?

Echarse las manos a la cabeza e indignarse por la inacción de los poderes públicos no parece que sea una opción viable. Los cuerpos represivos del estado no van a mover un dedo contra el fascismo. Es NUESTRA tarea como comunistas y antifascistas combatir y vencer al fascismo. Una tarea ineludible, porque de ella depende el resto de luchas del movimiento popular.

La socialdemocracia, haciendo lo que mejor sabe hacer: apagar fuegos, llama a la no confrontación. No “caer” en sus provocaciones, “porque eso es lo que quieren”. Esta actitud, que se hace notar especialmente en periodo electoral, solo se justifica en la facilidad que tiene el reformismo para ignorar deliberadamente las tareas revolucionarias. Los representantes de la aristocracia obrera nos piden que confiemos en el estado, en su sistema judicial y sus cuerpos policiales “democráticos”. El chiste se cuenta solo.

La lucha antifascista no puede limitarse a las movilizaciones, la agitación en los barrios, reuniones, charlas… Todo esto son medios que deben servir como catalizador para potenciar el combate sin cuartel contra la reacción. Si los fascistas organizan una movilización o un mitin debemos boicotearlo (aunque luego salgan en la prensa victimizándose), si aparecen en nuestras manifestaciones debemos plantarles cara, cuando salgan de caza por nuestros barrios debemos defendernos. No tenemos otra opción. Los reformistas si la tienen, y por eso nos quieren condenar a la inacción con modos y maneras de sacerdote o policía frustrado.

El movimiento antifascista despierta simpatías en amplios sectores de la población. Y por su experiencia a la hora de enfrentarse, tanto con los grupúsculos fascistas, como con las fuerzas y cuerpos de seguridad, puede aportar al resto del movimiento popular experiencias especialmente útiles. A fin de cuentas, el antifascismo organizado es un sólido cimiento de la autodefensa popular. Un requisito indispensable para que podamos construir una verdadera fuerza de combate revolucionaria que derribe los pilares sobre los que se sostiene la vieja sociedad.

Pero no nos llevemos a engaño, el movimiento antifascista, por sí solo, no es suficiente. Simplemente es un buen primer paso. La única forma de terminar de una vez por todas con la violencia fascista es mediante la violencia revolucionaria. El fascismo es el hijo predilecto del capitalismo. Arrancando de raíz la mala hierba es la única forma de terminar con el problema. La lucha contra el fascismo es inseparable del combate contra la burguesía. Debemos doblar la punta de lanza de la oligarquía financiera, pero nuestro objetivo final es tomar el poder y meter al capitalismo en el cajón de los trastos obsoletos.

Vencer a la burguesía, destruir el capitalismo y construir una sociedad nueva son tareas mucho más complejas que plantar cara al fascismo. Tareas que requieren de los militantes más abnegados y profesionales, de su organización sincronizada y eficiente, vertebrada por el centralismo democrático y la disciplina consciente. Solo el partido comunista es capaz de coordinar los esfuerzos necesarios para vencer a un enemigo aparentemente invencible, pero con pies de barro.

Las luchas populares están sujetas a las dinámicas de lo espontaneo, suben y bajan como la marea. Solo el elemento consciente y organizado es capaz de asegurar su continuidad, de aprovechar los momentos de flujo y replegarse ordenadamente cuando haya reflujo. Por eso no podemos confiar todas nuestras bazas a la buena voluntad de quien lucha en su tiempo libre.

Para derrotar a la burguesía debemos dar un paso más.

Reconstruyamos el partido de la revolución. Construyamos el poder obrero que derribe su castillo de naipes.