La Revolución de Asturias y sus lecciones

Prólogo

Reeditamos el análisis sobre la Revolución de Asturias de 1934 que publicamos hace dos años. Debido a su extensión y para facilitar su lectura, incorporamos un breve prólogo que permita identificar las ideas y lecciones principales que hemos podido extraer tras un estudio de una experiencia fundamental en la historia de la clase obrera de nuestro país.

Aprender del pasado, estudiar las experiencias revolucionarias que nos han precedido y extraer lecciones de las mismas es una responsabilidad de todo comunista. En nuestro país, la Revolución de Asturias de 1934 es, a pesar de sus limitaciones y de su conclusión, una de las mayores experiencias de unidad de acción, poder obrero y enfrentamiento directo con el estado burgués que han existido.

Los años 20 y 30 del siglo pasado son, sin duda, una de las etapas históricas recientes de mayor agudización de la lucha de clases en Europa y España. Con la democracia burguesa cada vez más deslegitimada, el auge del movimiento obrero revolucionario y la reacción fascista, cada vez existía menos espacio para posicionamientos tibios. La influencia de la revolución bolchevique y las contundentes conquistas soviéticas radicalizaron las posiciones de las bases de los partidos socialdemócratas, empujando a sus dirigentes a posiciones de mayor confrontación. Sin embargo, esto no eliminaba la naturaleza conciliadora de los reformistas con el capitalismo y esa radicalidad no pasaba de ser una herramienta de presión para que los líderes socialdemócratas intentaran situarse en una posición más ventajosa dentro de los límites del sistema.

En España, el PSOE venía de colaborar con la dictadura de Primo de Rivera y de participar en el primer gobierno republicano. La Revolución de 1934 se planteó como una forma de aislar a los sectores políticos más reaccionarios de la República, la CEDA, e intentar evitar su entrada en el gobierno y como respuesta a las propias exigencias de las bases socialistas, descontentas con el rumbo de la República. Sin embargo, los líderes socialistas no planificaron la huelga como una acción consecuente para la toma de poder. No había hoja de ruta, no había fuerza militar ni formación en ese campo, solo la voluntad de los obreros y la improvisación de sus dirigentes en una acción a medio camino entre la insurrección y el órdago para condicionar la política institucional. Cuando todo fracasó, el dirigente de la izquierda socialista Largo Caballero, en lugar de ponerse al frente se escondió en un piso franco. Y es que, el objetivo no era tanto tomar el poder como echar un pulso al presidente de la República para que impidiera la entrada de la CEDA al gobierno.

Para estas alturas, el Ejército era ya un cuerpo bastante profesionalizado, con una mentalidad bastante reaccionaria, especialmente entre sus dirigentes y las tropas africanistas e impermeable a las ideas revolucionarias. Si bien un sector importante se mantuvo fiel a la República dos años más tarde, esto no implicaba más que ser fieles a la legalidad y ni con un trabajo político intenso en su interior se hubiera podido ganar a sectores considerables para la causa revolucionaria. Menos aún a aquellos mejor preparados, las tropas africanistas que defendían los restos del colonialismo español en el norte de África perpetrando incontables masacres y que serían los encargados de arrasar a sangre y fuego a los obreros asturianos. La Historia, salvo experiencias puntuales y explicables, nos dice que la revolución necesita su propia fuerza de combate y no puede intentar seducir a la del enemigo.

Esta falta de formación y profesionalización militar dentro del campo revolucionario también nos lleva a reflexionar sobre ciertas decisiones y tendencias interiorizadas. Las grandes ciudades tienen un valor simbólico innegable, pero no son necesariamente las zonas de mayor apoyo o las más fáciles de defender. En la experiencia asturiana podemos ver como la decisión de tomar Oviedo en lugar de seguir extendiéndose por las cuencas mineras y fortalecer así sus posiciones, precipitó la derrota de las fuerzas revolucionarias. La revolución no es cosa de un día y el balance general de las insurrecciones relámpago tiende más al fracaso que los planteamientos de una guerra de posiciones de mayor duración, en las que el poder obrero se va fortaleciendo en la retaguardia.

Precisamente esa experiencia de poder obrero es una de las más interesantes de la revolución asturiana. Los trabajadores se habían levantado, el poder había cambiado de manos (y de clase) y, sin embargo, el mundo seguía girando, aunque de forma distinta. Ante las soflamas reaccionarias de que el marxismo traería la anarquía, el Comité Revolucionario aseguró el orden público y castigó duramente el pillaje. Pero no solo eso, a través de las medidas de socialización de la economía se convirtió en un ejemplo de la sociedad que se podría construir si la revolución triunfaba.

Pero sobra decir que el triunfo de la revolución es un camino tremendamente difícil, que necesita de audacia, sacrificio, preparación y de unas herramientas políticas sin las cuales su éxito es imposible. La más importante de estas herramientas es contar con un Partido Comunista de revolucionarios profesionales, entrenados y experimentados, estrechamente enraizado con los sectores más combativos de la clase obrera y ampliamente influyente entre el resto de nuestra clase. Una organización capaz de identificar y superar las tareas previas a la revolución, sin las cuales el éxito de esta es imposible. Pero también capaz de maniobrar con astucia y agilidad a lo largo de un conflicto político tan complejo, habiendo aprendido de las experiencias pasadas y contando con un amplio conocimiento de la realidad y la sociedad del momento. Un Partido que, en nuestros días, tenemos la tarea de reconstruir.

Introducción

Entre el 5 y el 19 de Octubre de 1934 tuvo lugar una huelga general revolucionaria que declaraba tener el objetivo de derrocar a la II República española e instaurar el poder obrero y la socialización de la economía, ante la tendencia cada vez más reaccionaria de la II República y ante la evidente incapacidad del nuevo Estado republicano de garantizar las condiciones y demandas más básicas de las masas, o al menos de purgar a los representantes políticos y militares más siniestros de las clases dominantes que habían dirigido las dictaduras y guerras previas a la República.

El hecho que desencadenó la huelga fue la entrada al gobierno derechista de la República de 3 ministros de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), un partido ultra conservador con tendencias fascistas y fascistizantes en su seno, en un marco europeo que preocupaba en ese sentido, por la proximidad en el tiempo del caso Dollfus, el canciller socialcristiano de Austria que tras acceder al poder, bombardeó los barrios obreros de Viena para reprimir una revuelta socialista y que había disuelto el parlamento para gobernar (y reprimir) por Decreto.

El papel principal en la organización y llamamiento a la Huelga General Revolucionaria de 1934 corresponde a las masas y cuadros del PSOE, especialmente a aquellos más cercanos al bolchevismo, adscritos al sector de Largo Caballero en el Partido Socialista y la UGT, así como el grueso de las Juventudes Socialistas, dirigidas entonces por el joven Santiago Carrillo.

Estos sectores habían ido evolucionando hacia posturas revolucionarias al ver que la conciliación de clase y la alianza supeditada a gobiernos republicanos de clases medias tenía avances muy tímidos y, sobre todo, avances que saltaban por los aires en cuanto llegaba al gobierno la derecha, comparando todo ello con la influencia de la Unión Soviética, sus obreros armados e instruidos política y culturalmente, y sus derechos sociales “inamovibles”.

De modo que en sí estos sectores socialistas ya valoraban la necesidad de una Revolución proletaria contra la II República desde la victoria electoral de las derechas en 1932 y por todo lo dicho. Ante esto promovieron la organización de grupos de jóvenes socialistas armados “clandestinos” (secreto a voces, pues los jóvenes socialistas siempre habían estado armados en una política española realmente violenta), y fueron trabajando contra las posturas más inmovilistas en UGT y caldeando el ambiente.

Además, el conjunto de fuerzas obreras que se reconocían como revolucionarias (principalmente PSOE o al menos su base más radicalizada, Juventudes Socialistas y algunos grupúsculos de izquierda radical) habían constituido las Alianzas Obreras, una especie de frentes de combate de obreros conscientes, a medio camino entre un frente de lucha y el embrión de un soviet (con más de lo primero que de lo segundo, como pasaba también al principio en Rusia).

La inminente entrada de la CEDA en el gobierno y los ejemplos de fascistización europeos convencieron al sector de Indalecio Prieto, más moderado, para unirse a la convocatoria revolucionaria socialista y colaborar, quedándose solamente fuera el escaso sector inmovilista de Julián Besteiro, quien años más tarde traicionaría a la II República en la Guerra Civil, ofreciendo la rendición de Madrid a las tropas de Franco.

Como tal, aunque los socialistas revolucionarios contaban con un Comité de Huelga, no tenían una organización de cuadros ni experiencia en el terreno insurreccional. Por otro lado, tampoco tenían ni el asesoramiento de la Komintern (Internacional Comunista), ni tampoco el control de una estructura política unitaria, de manera que toda la preparación de la Revolución de Octubre fue un tanto caótica.

Además, aunque la perspectiva era de revolución socialista, la mayoría de ellos (y el más importante, Largo Caballero), solo veía razonable lanzar la Revolución en el momento en que se produjera una provocación evidente que la justificara de cara a las masas (como la entrada de la CEDA en el gobierno), y realmente no se creían del todo que el Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, fuera a permitir entrar al gobierno a la CEDA, de modo que pese al tiempo de preparación, todo les cogió con prisas.

La convocatoria estalló en forma de Huelga General convocada por la UGT en la madrugada del 4 al 5, en vista de que efectivamente entró la CEDA al gobierno con 3 ministros. Para acabar rápido y mal, se puede decir que la insurrección fue un caos absoluto; cada palo aguantó su vela.

En los núcleos urbanos e industriales, la huelga en términos laborales fue un éxito, y la anormalidad en la producción se dejó sentir durante bastante tiempo de forma espontánea (continuación de la huelga, absentismo incluso…), con grandes enfrentamientos con las fuerzas del orden en el País Valenciano, Madrid, Navarra, País Vasco… Mientras que en las áreas que en aquella época eran más dependientes de la agricultura, no solo económicamente sino a nivel de mano de obra, como Andalucía, Extremadura y La Mancha, el seguimiento fue menor porque las fuerzas estaban exhaustas tras la enorme represión contra la huelga de jornaleros de la CNT de junio de ese mismo año.

En general a nivel de insurrección, salvo en Asturias, no se fue más allá de tiroteos y acciones de pequeños grupos de socialistas armados o de sabotaje. No existía una dirección, ni clara ni difusa, ni dispersa ni unificada, puesto que hasta ese momento el modelo de organizaciones imperantes en España era el de organizaciones de masas, como el PSOE o la UGT, donde los dirigentes no son las personas mejor formadas y capaces para dirigir el combate, sino gente carismática, con principios, con contactos, con buen historial…que ejercía más de portavoz y, como mucho, de organizadora de la estructura burocrática de la organización. La mayoría de grandes dirigentes como Largo Caballero se limitaron a esperar en distintos pisos francos hasta que fueron detenidos, o participaron a pie de calle en grupos organizados de la huelga (piquetes ultra violentos, si se quiere ver así).

La excepción honrosa fue Asturias, donde la clase obrera efectivamente tomó el poder, terminó con la organización estatal durante dos semanas y organizó un autoproclamado Ejército Rojo de 30.000 obreros.

Finalmente, la Revolución de Octubre se desinfló tanto por falta de perspectivas como por la represión que la República desató en Asturias, movilizando a las salvajes tropas de España en el norte de África, dirigidas por el General Francisco Franco. También participaron en esta represión, en nombre de la República, otros militares que después destacarían en el alzamiento contra la República, como el coronel Yagüe, jefe de la Legión en aquel momento, conocido tras la Guerra Civil como el carnicero de Badajoz.

Más allá de la elección de antiguos y futuros golpistas para hacer el trabajo sucio de la República en Asturias, la verdad es que la República consideraba la insurrección asturiana como una Guerra Civil, algo que comentaremos más adelante. De esta manera, se puede ver cómo una vez comenzó la insurrección, la suerte estaba echada, y la clase obrera española fue incapaz de seguir el ejemplo asturiano en el resto del país o al menos en una mayoría suficiente como para terminar el trabajo.

También hay que mencionar cómo la Generalitat catalana, dirigida por Esquerra Republicana de Catalunya, aprovechó para convocar, sin fuerza callejera real, un nuevo estatus para Cataluña (un Estado Catalán dentro de una inexistente “República Federal Española[1]”), lo que fue anulado casi en el acto, deteniendo la República a su President, Lluís Companys.

¿Y el PCE?

El PCE había empezado a superar su sectarismo a finales de 1932, tras una intensa etapa de debates a nivel estatal e internacional y sustituciones en los cargos de dirección del Partido. Este periodo concluyó con la elección de José Díaz como Secretario General del PCE a finales de 1932. Aunque José Díaz inició una línea de intervención de masas y alianza política obrera que llevaría al PCE a crecer de cerca de 900 afiliados en 1932 a casi 20.000 en 1935, el Partido todavía arrastraba su carácter y fama de sectarismo a pie de calle, además de que no tenía todavía una gran implantación industrial.

Por ello, el papel del PCE en la Revolución de Octubre fue más bien limitado, destacando sobre todo por su iniciativa y por el arrojo de la militancia, aunque sería tras la Revolución de Octubre el momento en que ganaría crédito al ser ilegalizado y, pese a todo, lograr llevar adelante la construcción de alianzas por los 30.000 encarcelados de todo signo político progresista tras la Revolución de Octubre y por otros puntos programáticos de izquierdas que evolucionarían después en el Frente Popular.

La insuficiente preparación del PCE para dirigir este momento histórico tuvo un impacto decisivo, y no solo es algo que pueda verse desde un punto de vista de “entendidos” del comunismo: el PCE era el único Partido del país que tenía una estructura de cuadros y una dirección internacional (la Komintern) con algunas de las cabezas más brillantes de la lucha revolucionaria de cada país, de modo que, de haberse desarrollado desde antes y con raíces más sanas el Partido Comunista, muy seguramente el resultado hubiera sido diferente.

El PCE había estado rechazando durante mucho tiempo la propuesta de las Alianzas Obreras del PSOE, por no ser exactamente soviets sino más bien frentes de lucha de obreros revolucionarios, con ausencia de jornaleros. Esta es posiblemente una de las muestras más claras del nivel de sectarismo del PCE de la época, negándose a intervenir en un frente de lucha de obreros conscientes con peso en el principal sindicato obrero del país.

Además, el PCE había estado esencialmente ausente en la lucha política relevante del país desde el momento en que su posicionamiento sectario previo al giro de 180 grados de 1932 le había llevado a condenar la II República desde su proclamación como régimen reaccionario en lugar de tomarlo como un paso adelante para manifestar de forma más abierta la lucha de clases. Otros ejemplos de su sectarismo habían incluido el intentar organizar su propio sindicato marginal, sin éxito alguno, en lugar de trabajar por ejemplo en la UGT, que era socialista y muy combativo, aunque igual que el PSOE hubiera participado más o menos de la política de conciliación de clase durante parte de la dictadura de Primo de Rivera.

Con José Díaz y su Dirección, ayudados y aconsejados por una Komintern que también había superado su pasado sectarismo, el PCE pasó de ser un grupúsculo de radicales sectarios incapaces de participar en nada que no coparan organizativamente al Partido de vanguardia con una influencia muy superior a su ya importante cantidad de militantes. Pero esto no pudo tener lugar de la noche a la mañana, y por desgracia no llegó a tiempo para Octubre de 1934, sumándose a todas las Alianzas Obreras y a la Unión de Hermanos Proletarios de Asturias con el conflicto ya casi encima.

El Octubre Rojo de Asturias

En Asturias la clase obrera minera tenía unas redes personales y de lucha mucho más estrechas que las de la mayoría de la clase obrera española, y sus condiciones de trabajo y vida hacía que su lucha siempre fuera mucho más resuelta. De esta manera, en Asturias la ausencia de una organización dirigente de cuadros fue parcialmente suplida por la natural disciplina y compenetración de la minería asturiana.

Allí, la organización de la revolución se había tomado con un sentido literal: el PSOE y la UGT lograron convencer a la CNT (menos quemada en Asturias, al no tener una base social de jornaleros) y a grupúsculos de izquierda radical para formar la UHP, la Unión de Hermanos Proletarios, organización clave de la revuelta.

Los mineros hicieron acopio no solo de armas de caza y otras de contrabando, sino de la gran cantidad de dinamita que se utilizaba entonces en las cuencas mineras, aprovechando la compenetración (en grado familiar y de grupos de amigos, no solo estrictamente política) junto a su fortaleza política (que disuadía al gobierno de meter las narices en los asuntos de los mineros).

En Oviedo, la ciudad más “terciarizada” de la Asturias de la época, la organización fue más accidentada, aunque con un buen nivel, similar a algunas ciudades del País Vasco industrial o a Madrid, especialmente fuerte en barrios obreros, con juventudes de partidos obreros y secciones sindicales armándose.

Como consecuencia, ya el día 5, el primer día de la huelga, los mineros habían tomado toda la cuenca minera asturiana, entonces muy poblada, y habían salido en columnas, en formación militar, a tomar cuarteles de la Guardia Civil y derrotar destacamentos militares, dirigiéndose a tomar Oviedo.

El mismo día 6 caía la mayor parte de Oviedo, y después de aquello se ocuparon emplazamientos importantes, como la Comandancia de Carabineros o la Fábrica de Armas de la Vega. Aunque estas gestas se llevan a cabo de forma heroica, y contaban con algo de asesoramiento militar de un sargento sublevado, el sargento Vázquez, no faltaron los errores tanto de orden táctico como de orden estratégico.

Las fortalezas principales de la milicia obrera eran dos:

Por un lado, la alta moral y los meses de preparación, que hacían que avanzaran con arrojo, que tuvieran en muchas ocasiones la “retaguardia cubierta” por simpatizantes (al fin y al cabo era gente normal haciendo cosas extraordinarias) por muchas bajas que tuvieran, mientras los soldados no estaban con la moral tan alta. Junto a esto, a la hora de estabilizar el poder revolucionario en Asturias, los obreros insurrectos contaron con la colaboración de mucha gente por solidaridad o por el trato normal que les dispensaban.

Por otro lado, la vanguardia de dinamiteros. Los dinamiteros se colocaban los barreños de dinamita con la mecha cortada en un saco colgado del cuello, y encendían con un pitillo la mecha antes de lanzarlo, haciendo volar por los aires todo lo que hubiera a su paso, blindajes y edificios incluidos. La alta moral favorecía que una posición tan peligrosa fuera una gloria que muchos quisieran llevar.

Pero sus debilidades eran también muchas:

Falta de conocimientos militares y, en cualquier caso, de los mínimos conocimientos tácticos. Por ejemplo, la toma de Oviedo se priorizó casi espontáneamente porque “era la Capital” y porque innegablemente tenía un carácter simbólico y de derrumbamiento político del régimen en Asturias. Pero sin embargo quedaron muchos emplazamientos externos a Oviedo muy interesantes que podían haber servido de retaguardia o de zapa para las fuerzas que vinieran de fuera a reprimir la insurrección. Los ataques que llevaban a cabo eran disciplinados y organizados, pero pecaban de cortoplacismo y de una preocupación sobre todo agitativa (asestar tal o cual golpe de efecto al tomar tal o cual edificio de gobierno), de sabotaje inmediata (eliminar tal o cual central de comunicaciones, de fuerzas del Estado…) o de avituallamiento urgente (tomar una fábrica de armas…).

Falta de militares sumados a la insurrección. Como es natural, en periodo de paz el ejército se reducía en España a los soldados “a sueldo” de los ejércitos profesionales permanentes. Lo mismo con los cuerpos de seguridad del Estado. De este modo, y además en ausencia de una organización realmente sólida de la revolución en todo el país, lo que más pesó entre los militares y cuerpos de represión fueron la debida obediencia al gobierno democráticamente electo, además de, en el caso de los militares traídos del Norte de África, el fanatismo ultra reaccionario de estos parias del ejército español, entrenados en técnicas salvajes durante años de ocupación colonial en África, y dirigidos por militares todavía más reaccionarios, como Francisco Franco o el comandante Yagüe entre otros personajes oscuros a los que se sumaría el particularmente siniestro Millán Astray, conocido por su grito: “Viva la muerte, muera la inteligencia”.

Es curioso que, en todas partes, no solo en Asturias, todos los revolucionarios echaron en falta que se sumasen efectivos de los distintos cuerpos de seguridad del Estado, pues los distintos grupos masivos de revolucionarios habían ido exagerando su influencia en estos y la supuesta adhesión de los “compañeros militares” a las filas revolucionarias. Exceptuando casos particulares, el papel de los militares y los cuerpos de seguridad fue la represión de la insurrección obrera.

Falta de perspectiva de expansión. Aunque esto, igual que el resto de cosas, no es “culpa” de los obreros revolucionarios asturianos, es cierto que posiblemente una mayor coordinación al menos con las provincias industriales circundantes (País Vasco o el Norte de León) podrían haber facilitado que la Revolución durase más tiempo.

Falta de utensilios y entrenamiento de guerra: Los revolucionarios, una vez pudieron, se hicieron con la Fábrica de Armas de la Vega, la Comandancia de Carabineros y otros centros de armamento, y también al ver que la insurrección triunfaba se sumaron a ella los obreros de la fábrica de cañones de Trubia, a pocos km de Oviedo, lo que fue una adición notable al arsenal del ejército rojo. Lo que más faltaba era munición, porque armas llegó a haber de sobra para los 30.000 obreros. No obstante muchos de aquellos obreros nunca habían tomado parte en una guerra, y al depender únicamente de sus propias fuerzas y no poder contar con las fuerzas de otros trabajadores del país que les hubieran dado la mayoría numérica frente a los cuerpos de seguridad, no pudieron contra todo el ejército del Norte de África movilizado contra ellos.

La experiencia de poder obrero

Lo que es totalmente verídico es que en Asturias, al poco de empezar la revolución y tomar Oviedo, se constituyó un Comité Revolucionario dirigente de las operaciones y en su primer bando proclamó el orden revolucionario, el llamamiento a todo aquel que tuviera armas a ofrecerse para la constitución de un ejército revolucionario y la prohibición so estricta pena (pena capital) del saqueo y el abuso de poder.

Al suprimir la administración del Estado en Asturias y el funcionamiento de los cuerpos de seguridad de la zona, así como arrogarse de forma efectiva el control de la violencia y el orden público, podemos hablar claramente de que este Comité Revolucionario instituyó una experiencia a pequeña escala de poder obrero comparable a un pequeño ensayo de Estado socialista.

Como en cualquier revolución, decir que “se socializó la economía” en términos estrictos es mucho decir, pero en términos más amplios sí se hizo. En este sentido, cabe remarcar que obviamente no se puso en marcha de nuevo la producción a toda máquina, dada la evidente situación de confrontación, pero tampoco estamos ante una simple insurrección armada como las que ha habido miles, con ocupaciones y boikots.

A lo largo de toda Asturias se constituyeron Comités Revolucionarios con un funcionamiento relativamente sincronizado gracias, en buena medida, a las estructuras que sustentaban la UHP, y así sí se organizaron fuerzas productivas con vistas tanto a tratar de hacer la vida lo más apacible posible para la “retaguardia” de la revolución (las familias de los barrios y la cuenca minera), así como a dejar los medios de producción lo más apunto posible para cuando el conflicto se estabilizase volver a producir para la futura República Socialista.

En los Bandos de los Comités Revolucionarios puede observarse una progresiva y rápida asunción de los deberes de la dirección política de una Revolución que trata de construir un mundo nuevo:

En las Cuencas Mineras, se ordenó a los cuadros técnicos de la minería y a algunas escuadras de operarios que comprobasen y pusieran a punto toda la maquinaria, y la mantuvieran tal y como lo harían para sus empresas originarias, para cuando fuera necesario volver a producir.

En los pueblos de la Cuenca y los pequeños pueblos diseminados por Asturias, los Comités Revolucionarios aseguraron que los obreros de los sectores de apoyo (alumbrado público, distribución del agua, aprovisionamiento y distribución de las raciones…) funcionaban ejemplarmente, dentro de las posibilidades de lo que era un conflicto abierto con todo un ejército.

En todas Asturias, incluido Oviedo ciudad, los Comités Revolucionarios se encargaron de poner en marcha los servicios públicos esenciales, concretamente la sanidad, centralizando el servicio de todos los médicos y enfermeros en un único hospital para todos los enfermos. Esto no solo evitaba las peligrosas “consultas a domicilio” que podían dar pie a infiltraciones y espionaje, sino también dejaba claro quién era la nueva administración que se ocupaba del orden público.

-A nivel de orden público, los Comités Revolucionarios constituyeron su propia “policía”, especialmente enfocada a terminar con la pequeña criminalidad (pillaje) y hacer de las calles un lugar seguro en plena revolución, con la perspectiva de que el objetivo era construir un nuevo tipo de gobierno y de Estado, no simplemente liarla parda. La preocupación por dotarse de direcciones militares (Ejército Rojo) y policiales tenía además el objetivo de evitar la represión por “venganza” y las grandes sacas o malos tratos a prisioneros. Efectivamente, durante la Revolución de Octubre no hubo grandes eventos en este sentido (más allá de casos concretos debidos a turbas revolucionarias fuera de control), y ni siquiera los testimonios militares hicieron sangre con el tema de la represión.

Antecedentes, las tres visiones de la II República:

Desde el 14 de abril, con la proclamación de la República, había encima de la mesa tres visiones sobre su significación que acabarían manifestándose como radicalmente distintas:

Estaban, en primer lugar, las capas medias urbanas, la pequeña burguesía progresista de las ciudades, las entonces llamadas “profesiones liberales” (autónomos adinerados, como abogados, médicos o periodistas de éxito…) y otras capas de la población que veían en la II República un fin en sí mismo.

Por fin, después de años de oscurantismo religioso, militar y dictatorial, España iba a ser un país a la europea, una patria donde las políticas se decidieran desde la libre concurrencia de ideas en un régimen de sufragio universal, sin trampa ni cartón, y donde la posición social de cada cual solo la decidiría su bolsillo y su talento, haciendo más o menos hincapié en uno u otro aspecto. Estas ideas las podemos encontrar entre partidos progresistas como Izquierda Republicana y otros del centro derecha republicano como el Partido Socialista Radical de Lerroux.

Esta visión de la II República tomaba como un éxito en sí mismo el hecho de que los progresos sociales estuvieran en una competencia más o menos igualada con los posibles retrocesos sociales, que la Iglesia Católica quedase separada del Estado y que poco a poco fuesen desapareciendo los residuos parasitarios e inmovilistas de la sociedad feudal.

Dentro de esta visión de la II República, había gente como Azaña, de Izquierda Republicana, que apostaba con más ánimo por todo esto y por una serie de reformas en favor de las capas populares.

El objetivo, en general, era llegar a un Estado del estilo de Francia: con un cuerpo de funcionarios leales al gobierno independientemente de su color político, con una Iglesia totalmente separada del Estado, una red de educación pública y adoctrinadora en valores cívicos de la sociedad burguesa totalmente extendida y dominante…Y también con un dominio colonial  significativo y con el uso de la fuerza estatal republicana contra aquellos que desafiaran el nuevo orden.

Estas capas y clases, y su correspondiente visión de la II República, irían viéndose atrapadas progresivamente en la espiral de todas las democracias burguesas de la época: mantener el orden sobre una base socioeconómica injusta significaba reprimir a grupos enormes de la clase trabajadora, y a la vez respetar los lentos procedimientos del interminable cuerpo burocrático de los Estados burgueses erigido para garantizar la “seguridad jurídica” de los empresarios, cosa que acababa librando de la mayoría de los “males” del progreso tanto a los residuos del feudalismo como a la oligarquía española aliada con ellos y a sus oscuros representantes políticos y militares.

Es importante remarcar aquí la transformación radical de las capas medias en su forma de vida y, en relación con ello, en su política. A medida que el desarrollo productivo monopolista fue desarrollándose a lo largo del siglo XX, gran parte de estas capas fueron desapareciendo, incorporándose a distintos sectores de la clase trabajadora (los técnicos y administrativos, especialmente en la recta final del siglo XX y primera del siglo XXI) o manteniéndose como pequeña burguesía pero embebida en las redes corporativas de los grandes monopolios y la administración política.

Por eso no debe extrañarnos que hoy no duren demasiado ni capten demasiado apoyo partidos reformistas radicales como pudiera serlo Podemos, en la medida que las dinámicas electorales y de gestión de la riqueza sobrante de los capitalistas (o sea, la política electoral burguesa) tiende a tener como base permanente a las capas medias y a alejar sistemáticamente a la abstención o el conformismo a la clase trabajadora.

Por otro lado, la clase trabajadora en sus distintas formas, de manera especialmente unánime la clase obrera industrial y urbana, pero también buena parte del proletariado agrícola, veía la II República no como algo bueno en sí mismo, sino como la señal de que se abría una época mejor, de avances sociales rápidos y, lo que es más importante, persistentes.

Naturalmente las capas medias urbanas podían permitirse el lujo de considerar la II República como un Estado bueno y justo en sí mismo, aunque los avances se ralentizaran eternamente y volaran de un plumazo en cuanto la derecha llegaba al gobierno. Pero la clase trabajadora no podía permitirse ese lujo. Esto no debe extrañarnos: hoy en día no nos consuela que las reformas laborales de Rajoy y Zapatero estuvieran respaldadas por una mayoría de diputados.

La clase trabajadora dio mucho por la II República y recibió muy poco a cambio. Es cierto que se produjeron grandes avances sociales, especialmente en el campo educativo y de las libertades políticas, pero a la vez las medidas sociales mínimamente ambiciosas se encontraban con la resistencia parlamentaria y extraparlamentaria de todos los poderes de la sociedad.

Frente a eso, la clase trabajadora se revolvía a menudo, pero mientras que en la sociedad burguesa es perfectamente natural que un burgués condicione a todo un país con su bolsillo sin pasar por ningún parlamento, cuando la clase trabajadora lo hace, como no tiene bolsillo y debe recurrir a la calle, altera el orden y es reprimida. Y la II República reprimía con dureza.

Además, si ya late en todos los que somos de clase trabajadora la mentalidad de que no nos vale justificar “democráticamente” un retroceso social, en aquellos años todo era más evidente, con el ejemplo de la Unión Soviética como país que, como poco, había reorganizado toda la base social del Estado sobre los trabajadores y un sector público controlado por ellos directa o indirectamente.

Cuando efectivamente llegaron al gobierno las derechas y fueron amenazados ya no los escasos avances sociales, sino toda la base misma de las libertades políticas y la integridad física de la clase obrera organizada, el desencanto fue total, y la opinión de la clase obrera española puede resumirse muy bien con uno de sus (guste más o menos) máximos representantes en aquellos años, Largo Caballero, que respecto a la República comentaba:

A los trabajadores se les ha caído la venda de los ojos y saben que la República, en el orden económico, es exactamente lo mismo o peor que la Monarquía”. O como decía gráficamente el periódico del PSOE, El Socialista, sobre qué hacer ante los males que aquejaban a la II República: “que se muera”.

Esto es bastante indicativo del ánimo que habían venido tomando los distintos sectores de la clase trabajadora en España respecto a la República. Tras el 34, y sobre todo con el alzamiento fascista, la clase obrera, ya con fuerza propia y un Partido de nuevo tipo (el PCE), trataría de darle un nuevo significado histórico a la II República, aprovechando que buena parte de la fuerza militar había caído en manos de organizaciones obreras y populares, y el único apoyo militar significativo era el de la Unión Soviética, y que la oligarquía financiera y terratenientes españoles estaban apostando por el bando franquista.

En estas circunstancias, la fuerza de las armas recaía en buena medida, y cada vez más según la guerra avanzaba, en las masas organizadas por los comunistas, construyendo las bases de un poder popular democrático con la clase obrera en su vanguardia, que, tras la guerra civil, en caso de triunfo republicano, si los comunistas se hubieran mantenido firmes, podría haber llevado a la toma del poder por parte de la clase obrera.

La naturaleza de clase exacta de esta II República a medida que la Guerra Civil avanzó, así como lo adecuado de la táctica del Partido Comunista en aquel momento es una cuestión que todavía tenemos pendiente estudiar, pero es evidente que la situación había cambiado respecto a la de la II República del primer gobierno de Azaña o del bienio negro.

Por último, los residuos latifundistas feudales, la gran, mediana y pequeña burguesía del entorno rural, la mayoría de la oligarquía urbana, parte de las masas trabajadoras más apartadas de la modernidad urbana y productiva, con miedo a los cambios bruscos y a la avidez de la producción industrial, que veían en la II República primero una amenaza a la estabilidad y después, con la constitución de la CEDA, una oportunidad para instituir un régimen ultra reaccionario a imagen y semejanza de lo que estaba ocurriendo por toda Europa.

Los primeros dos años los progresos sociales solo contaron, casi, con oposición extraparlamentaria, pero de cara a las segundas elecciones republicanas, estas capas sociales se constituyeron en partido político: la CEDA.

La CEDA, como sabemos por testimonios tanto de historiadores como de políticos que vivieron aquel momento de primera mano, era un conglomerado muy reaccionario, con unas juventudes violentas y simpatizantes del fascismo y con elementos que, si bien no compartían el carácter “rupturista” del fascismo, porque eran viejos ultrarreaccionarios chapados a la antigua, sí aspiraban a un orden estatal de hierro que pusiera fin al desorden social que había venido aparejado a las libertades para la clase obrera. A todo ello se unía la Iglesia Católica, latifundista feudal y encargada de prácticamente toda la educación en España (muy escasa, por otra parte), y los escalafones medios y altos del Ejército.

El papel militar en este movimiento de masas ultra reaccionario merece mención propia: en España se tenía un ejército “cabezón”, con muchos oficiales en relación a la tropa, fruto de una política de favoritismo hacia los soldados “valientes” que más se esforzaban en las misiones de ocupación colonial españolas y para evitar añadir más leña al fuego del descontento social, en vista de cómo había ido en Rusia y otros lugares maltratar demasiado a los militares profesionales.

Ante esto, lo lógico desde el punto de vista de cualquier gobierno pequeño burgués republicano era meter en vereda a ese Ejército acostumbrado a premios fáciles y a intervenir en política, de manera que se intentó por distintos medios licenciar a antiguos cargos, limitar los ascensos…con mucho ruido de sables de por medio y con ambiciones muy limitadas.

Los altos cargos militares del antiguo ejército monárquico habían intentado un golpe de Estado contra la II República (La Sanjurjada), aunque no lograron que trascendiera, dado que gente como Franco, los oficiales más jóvenes, curtidos en las masacres contra los nativos en las ocupaciones coloniales del Norte de África, se retiró de última hora, aunque fue probada su participación en la conjura.

El Ejército, sus altos oficiales monárquicos y las fracciones coloniales del mismo, sería durante toda la República uno de los bastiones de la derecha más dura, con Franco como consejero del Gobierno durante el Bienio Negro, y el Gobierno republicano de izquierdas trató con extrema suavidad a los responsables de La Sanjurjada, quienes años más tarde también estarían entre los principales responsables del alzamiento del 18 de Julio.

Otro elemento preocupante de la derecha española era su carácter fascistizante, un denominador común en la Europa de la época. En Alemania, Hitler había sido, antes que dictador con todas las de la ley, ministro de un gobierno de ultraderecha similar al que pudiera organizar la CEDA. En Austria, como ya se ha comentado, Dollfus clausuró el Parlamento ante los desórdenes socialistas y bombardeó los barrios obreros, lo que allanó el camino para que en 1935 los nazis simplemente hubieran de pasar a dominar la situación (y ejecutaran a Dollfus).

En España, elementos políticos a la derecha de la CEDA y presencia parlamentaria, como Calvo Sotelo, exministro de Primo de Rivera y dirigente del partido ultra Bloque Nacional, abogaban por la instauración de un Estado totalitario tradicionalista, y mantenían grupos de choque callejeros y estrechos contactos con el fascismo puro de Falange y de las JONS. Y no puede olvidarse que, aunque las bases sociales de la CEDA eran tradicionalistas y muy alejadas del estilo vanguardista de Falange, su filo fascismo era notable, alzando el brazo al grito de “Jefe, jefe, jefe” al paso de Gil Robles, presidente del a CEDA, en imitación del trato que se daba en Italia a Mussolini.

Efectivamente, como los socialistas y comunistas esperaban, cuando la CEDA llegó al gobierno lo primero que hizo fue tirar mano de las tropas norte-africanas para reprimir a sangre y fuego la insurrección asturiana, pusieron orden con la detención de 30.000 presos por los eventos de Octubre del 34, e ilegalizando el PCE, cuya participación había sido testimonial.

Un desenlace negativo para la clase obrera

Al cabo de 2 semanas, tras la llegada de las tropas de Franco enviadas por la República contra la “Comuna” Socialista Asturiana, llegó el final de la insurrección.

Esta insurrección sirvió de escuela política para el PCE recién abierto al mundo, que pasaría a partir de entonces a tomar un papel mucho más activo, propositivo, de unidad obrera por la base y dirigente de las masas.

Tras la Revolución de Octubre, 30.000 personas fueron encarceladas por su vinculación con el movimiento revolucionario, incluyendo a todos los líderes políticos socialistas revolucionarios. La represión se hizo extensiva, en clara muestra del afán totalitario de la CEDA, también a Manuel Azaña, quien no había tenido nada que ver ni con la insurrección ni con la proclamación del Estado catalán “federado en España”.

Como muestra del nivel de consciencia existente, estos presos fueron calificados de “presos políticos” y se inició una enorme campaña por ellos que sería, de hecho, el eje central del Frente Popular y el elemento que más movería a los anarquistas a participar en las elecciones de 1936 que dieron el éxito a dicho Frente.