¡Defendamos el legado revolucionario del Manifiesto Comunista!

El 21 de febrero de 1848 fue publicado el Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels. Esta brillante obra expone las bases fundacionales de la ciencia revolucionaria con una claridad que trasciende épocas y fronteras. Con cada crisis económica, con cada intensificación de la explotación capitalista, con cada nuevo agravio contra la clase obrera, el Manifiesto Comunista resurge y atrae el interés de amplias masas de trabajadoras y trabajadores, que buscan respuesta al por qué de sus penurias y a cómo terminar con ellas. 

No en vano, el Manifiesto Comunista es uno de los libros más vendidos, enviando periódicamente al basurero de la historia a las ideas frescas de tal o cual charlatán o iluminado de la política burguesa, ideas frescas que cada vez caducan más deprisa, como hemos podido ver con los mil y un libros que señalaban supuestas “salidas por la izquierda” a la crisis capitalista de 2008

No hay mejor homenaje al Manifiesto Comunista que defender su legado revolucionario y señalar sus puntos principales para evitar que sea caricaturizado o manipulado. Por mucho que pese a algunos que pretenden sumarse a la celebración del Manifiesto Comunista, sus principios son sólidamente revolucionarios, como podemos comprobar haciendo un repaso de sus principales tesis:

1) La lucha de clases es el motor de la Historia

Todas las sociedades existentes desde que nacieron las primeras sociedades complejas, se organizan en base a la división de la sociedad en clases sociales, es decir, según la relación de las personas con los medios de producción.

Esta división define cómo se desarrolla la sociedad, porque es una contradicción que se da en el corazón mismo que permite a esa sociedad existir y crecer.

Las clases que dominan los medios de producción, los explotadores, aprovechan el trabajo de aquellas que no tienen ese control y necesitan trabajar para vivir. Con los frutos de esa explotación sustentan sus ejércitos y servidores, formando así Estados que solidifican sus privilegios, de manera que las clases dominantes a lo largo de la Historia ostentan el poder político.

Las clases dominantes, para poder costearse su modo de vida y el de aquellos que las protegen, y para asegurarse su posición frente a aquellos que la desafían, se ven forzadas a exprimir cada vez más a las clases dominadas, ya sea mediante violencia abierta o discreta. Esto lleva a que los explotados respondan, sacudiendo con ello la producción de diferentes formas a lo largo de la Historia, lo que obliga a redoblar la violencia sobre ellos.

Estos choques, resultado de esta contradicción antagónica en el corazón de las sociedades de clase, empujan al desarrollo de las fuerzas productivas: si los explotados conquistan nuevos derechos, los explotadores buscan nuevas fuentes de riqueza para compensarlo (se expanden para dominar a otros explotadores, se ven forzados a innovar tecnológicamente…), y reúnen fuerzas para volver a aplastar y exprimir a los explotados de nuevas formas.

Es decir, la Historia no avanza a base de grandes ideas y grandes dirigentes continuamente hacia arriba, sino debido a la lucha inevitable entre las clases sociales que definen un determinado modo de producción.

2) La violencia revolucionaria es una necesidad histórica

Las contradicciones de clase de un sistema no llevan a su desarrollo hasta el infinito. La producción va volviéndose más y más dependiente de los explotados para seguir desarrollándose, precisamente porque los explotadores los han empujado a ello en una continua huida hacia adelante. 

En toda sociedad de clases, llega un punto en que las relaciones sociales de producción existentes, es decir, la división en clases sociales existente, se convierte en un tapón que impide que las fuerzas productivas sigan desarrollándose, que la Historia siga avanzando.

En esos momentos, de entre las clases dominadas que se revuelven contra los explotadores, hay una cuyo papel en la producción le permite no solo eliminar a las clases dominantes, sino tomar el poder y consolidarlo, extendiendo nuevas relaciones de producción con esa clase revolucionaria a la cabeza. Las revueltas se convierten en revoluciones, nacen nuevos sistemas que logran imponerse a los anteriores porque terminan con el tapón que lastraba el desarrollo productivo, las relaciones sociales de producción antiguas.

3) El capitalismo ha engendrado a los enterradores de la sociedad de clases

En el Manifiesto Comunista se narra vívidamente el crecimiento de la burguesía bajo el sistema feudal: naciendo de entre los artesanos y mercaderes explotados, la aristocracia feudal va volviéndose cada vez más dependiente de sus manufacturas, y la burguesía juega un papel cada vez mayor tanto en las revueltas anti-feudales y en la promoción de unos grupos de aristócratas feudales contra otros.

Gradualmente, el papel de la burguesía, dirigir la producción de mercancías orientadas al mercado, va desplazando a la economía agraria y extractiva sobre la que se asienta el poder feudal. En el siglo XVIII, este papel en la producción ha acumulado ya el peso suficiente como para poder sustituir y superar a las relaciones de producción feudales. Las revueltas anti-feudales se convierten en revoluciones burguesas. La burguesía toma el poder y extiende su forma de producir como la fundamental en la economía, es decir, impone el capitalismo como modo de producción dominante.

Tras ello, el capitalismo desata al extremo las fuerzas productivas y simplifica las relaciones al mínimo necesario, polarizando la sociedad en dos grandes clases sociales fundamentales como las conocemos hoy en día: proletarios y burgueses. Los capitalistas son dueños de los medios de producción, y se apropian el fruto del trabajo del proletariado, que, a cambio, solo recibe lo básico para estar en condiciones de seguir trabajando.

Dejando al margen restos de sociedades de clase anteriores, la única forma de producción pasa a ser la producción de mercancías, la forma más simple y eficiente de producir bajo una sociedad de clases. Aunque el capitalismo se dota de servidores fieles de entre aquellas clases sociales no propietarias que aún pueden llevar una vida acomodada bajo el capitalismo, desaparece toda clase social oprimida capaz de derrocar a los capitalistas y establecer nuevas formas de explotación aún más eficientes, el capitalismo es la última parada de la sociedad de clases.

A la vez, el capitalismo ha delegado por completo su fuente de riqueza y poder en manos del proletariado, reduciéndose a sí misma a un papel ceremonial, de lucro y especulación. Al ir apartándose de la dirección directa de la producción, los grandes capitalistas han dejado tras de sí una capa de jefes y jefecillos pequeñoburgueses y aristócratas obreros a sueldo que solo mantienen una versión burocrática y apolillada del antiguo dinamismo burgués del capitalismo de las revoluciones burguesas y la Revolución Industrial.

La producción ha crecido fantásticamente, pero el capitalismo, desde hace ya más de siglo y medio, se ha convertido en un obstáculo: la anarquía productiva que lo caracteriza, fruto de la competencia entre capitalistas (incluso entre los monopolios capitalistas actuales), da lugar a crisis de sobreproducción que destruyen el progreso económico periódicamente, y a un despilfarro de recursos materiales y humanos de magnitudes globales: conocimientos técnicos valiosos patentados y, a veces, mantenidos en secreto por empresas, millones de personas que quedan en la miseria y totalmente incapacitadas para contribuir al desarrollo de la sociedad, entre otros ejemplos.

Por el contrario, el proletariado no tiene ningún interés en la competencia entre capitalistas. Esta competencia solo le supone su ruina: pérdidas de empleo, recortes de condiciones, crisis económicas y guerras. El proletariado es capaz de mantener en marcha la producción que mantiene viva la sociedad, y es capaz de desarrollarla rompiendo los grilletes capitalistas que la atan: terminando con la anarquía productiva fruto de la competencia, dirigiéndola de manera planificada mediante la socialización de los medios de producción.

Como todas las clases revolucionarias antes que ella, el proletariado solo puede hacer esto tomando el poder mediante la violencia, mediante una revolución. La violencia, como siempre en la historia de las sociedades de clase, ocurre de todos modos, pero en la revolución ya no es padecida únicamente por la clase obrera, sino por sus explotadores.

Sin embargo, a diferencia de en revoluciones anteriores, la revolución del proletariado es la última revolución, es la que da comienzo al fin de las sociedades de clases, dado que toma el poder una clase que solo puede liberarse si elimina las bases mismas de la explotación, si socializa los medios de producción, terminando así con la división de clases. Es por ello que no puede aprovechar el Estado de los explotadores anteriores como hizo la burguesía, sino que debe destruir la dictadura de la burguesía y sustituirla por su propio Estado, la dictadura del proletariado, encaminado a disolverse a medida que la sociedad de clases desaparezca.

Además, lejos del enfoque reduccionista a lo económico del que a menudo los académicos burgueses acusan a Marx y Engels, el Manifiesto Comunista hace una viva descripción de todas las formas en que el capitalismo perpetúa la opresión de las masas, incluyendo la familia burguesa y su opresión patriarcal, el chovinismo y la opresión nacional, la hipocresía de la educación burguesa, etc. Y de cómo el proletariado no tiene ningún interés en el mantenimiento de toda esta opresión, pues lastra su propia emancipación.

En un primer momento, la sociedad dirigida por el proletariado, el Comunismo, pasará por una primera fase, el Socialismo, donde luchará por la completa erradicación de los restos de la sociedad capitalista y las sociedades de clases, para lo que será necesaria la dictadura del proletariado y el mantenimiento del régimen de trabajo asalariado, hasta llegar a una segunda fase, la sociedad comunista, donde el desarrollo de las fuerzas productivas y la erradicación de reductos de las sociedades de clase (materiales e ideológicos) permitirán que cada cual aporte a la sociedad según sus capacidades y reciba a cambio lo que necesite.

4) Los comunistas son un fruto ineludible del capitalismo

Por último, una idea claramente expresada en el Manifiesto Comunista es que el comunismo no es una más de las múltiples corrientes del “mercado de las ideologías” burgués. El comunismo surge de la voluntad y capacidad del proletariado para luchar por su propia emancipación hasta las últimas consecuencias, y la aplicación del método científico a este fin.

No es una más de “las corrientes de la izquierda”, como se deja claro en el Manifiesto al enumerar y desmontar políticamente los muchos “socialismos” que coexistieron con Marx y Engels. Si, de alguna manera, los capitalistas lograran borrar todas las obras y la tradición revolucionaria de la memoria colectiva, el proletariado e intelectuales afines a su lucha terminarían gradualmente por redescubrirlo.

Por eso, ser comunista no es una etiqueta de quita y pon, ni es comunista quien simpatiza con las ideas comunistas. El Partido Comunista, se explica en el Manifiesto, es aquel que organiza a los proletarios más combativos y capaces políticamente, en lucha contra el capitalismo, por la conquista del poder político del proletariado. 

Contra la manipulación reformista del Manifiesto Comunista

Quizás porque Marx y Engels no tuvieron oportunidad de enfrentarse políticamente a la socialdemocracia y los reformistas y revisionistas modernos, el Manifiesto Comunista sigue siendo reivindicado en mayor o menor medida por éstos, aunque se trate de un libro, como hemos visto, absolutamente claro y directo en su posición revolucionaria.

La manipulación de la teoría revolucionaria para desdentarla y convertirla en demagogia barata es algo que siempre ha existido. No obstante, con el caso de Marx y Engels alcanza niveles especialmente altos.

Líderes e intelectuales, burócratas y charlatanes de la política y la academia burguesa tratan de presentar la obra de Marx y Engels como algo ajeno a la teoría revolucionaria, y buscan dar a entender que, de estar vivos hoy en día, serían reformistas. Un caso particularmente obsceno es el de Yolanda Díaz, la Ministra de Trabajo del PCE-Podemos en el Gobierno burgués, que ha prologado una edición del Manifiesto Comunista cuando no solo se limita a aprobar supuestas reformas sociales progresistas que son puro humo, sino que se mantiene inamovible en su sillón ministerial incluso tras episodios tan sangrantes como la represión salvaje del Gobierno contra los obreros de Cádiz.

Incluso de los círculos radicales de la universidad burguesa vemos surgir corrientes de pensamiento supuestamente revolucionarias que defienden distintas formas de “marxismo no leninista”, un marxismo desligado de la ciencia revolucionaria y de su desarrollo desde la publicación del Manifiesto Comunista, que descarta desde la torre de marfil las experiencias socialistas soviética y china.

Debemos dejar claro un punto: hoy en día, tras el nacimiento del imperialismo, las experiencias de revoluciones Socialistas y de Nueva Democracia, de construcción socialista, de lucha de clases bajo el Socialismo y de restauración capitalista, no es posible aplicar las ideas Marx y Engels sin las de Lenin y Stalin, ni las de estos últimos sin las de Mao.

No puede existir el Partido Comunista descrito por Marx y Engels sin el Partido de Nuevo Tipo y el centralismo democrático planteado por Lenin y desarrollado por Stalin, ni son sostenibles estos últimos sin aplicar los conceptos de lucha de dos líneas y línea de masas de Mao.

No se puede concretar la dictadura del proletariado sin la construcción socialista basada en el poder obrero en los países imperialistas y la Nueva Democracia en los países semicoloniales, ni puede sostenerse la construcción socialista sin el Partido Comunista como partido único dirigente de la dictadura del proletariado, ni puede mantenerse este último sin comprender a fondo la lucha de clases bajo el socialismo y la necesidad de la rebelión de las masas para combatir la vía de la restauración capitalista en el socialismo.

Por ello, desde la Organización Comunista Revolución llamamos a celebrar el aniversario del Manifiesto Comunista mediante el estudio y aplicación de sus principios revolucionarios, en conexión con todos los avances de la ciencia revolucionaria del comunismo habidos desde entonces.

¡Contra la manipulación reformista, defendemos el legado revolucionario del Manifiesto Comunista!