Un futuro socialista: el proyecto de la clase trabajadora en nuestro país

Este 14 de Abril pensamos que hay que reivindicar todo lo que hubo de positivo en la II República y, en general, en las distintas experiencias democratizadoras a lo largo del siglo XX, pero pensamos que debemos mirar hacia adelante y situar las tareas esenciales de los comunistas y del movimiento obrero más avanzado; tareas que resumimos en este artículo.

Un futuro socialista: el proyecto de la clase trabajadora en nuestro país

El 14 de Abril de 1931 se proclamaba la II República en España, un proyecto modernizador forjado en una amplia alianza de clases que pretendía vencer al sector más reaccionario de la burguesía española ligado a los grandes latifundios y a la renta financiera.

El Partido Comunista de España (PCE), dirigido por José Díaz, tuvo un crecimiento meteórico durante aquellos años. Conquistó una posición primordial en el bloque republicano que le duraría hasta las primeras elecciones postfranquistas en España. Pero lo orígenes de este éxito se encuentran algo antes, en los inicios del siglo XX, cuando la vanguardia obrera se encontraba en el principal partido obrero del país por aquel entonces, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), y en los dos grandes sindicatos de masas, CNT y UGT.  ¿Qué sucedió? Un sector de aquella vanguardia asumió las tesis de la III Internacional comandada por Lenin y enhebró los primeros destacamentos comunistas de España, que darían origen al Partido Comunista de España.

En aquellos años, el grupo de militantes que conformo el PCE tuvo la suficiente madurez política para entender que era necesario un organismo político propio para la clase obrera consagrado a la lucha revolucionaria por el socialismo. Pero, aun así, arrastraban problemas que se manifestaron: primero, en las reticencias de los dos grupos iniciales a fusionarse, y, después, en una primera etapa como partido donde primó una visión dogmática y sectaria del marxismo que fue enderezada una vez ya proclamada la II república. Pero quedémonos con lo esencial: el primer paso de aquellos comunistas fue constituir un Partido de vanguardia, disciplinado e independiente, que permitiera la intervención política revolucionaria de la clase obrera.

La estrategia: cuestión fundamental para la revolución.

Aquel PCE de los años 20 tuvo un problema: su estrategia política estaba desconectada de la realidad sociopolítica del país. España, en lo esencial, era una formación de compromiso entre sectores provenientes del feudalismo y la naciente burguesía bancaria e industrial (fusionada en la llamada oligarquía financiera). En medio, un cóctel de sectores intermedios, pequeños y medianos burgueses. Hablamos por tanto de una sociedad que, si bien estaba inserta por una parte en el mercado capitalista mundial, por otra conservaba importantes rasgos semi-feudales.

Ante esta situación socio-económica, aquel primer PCE ideó una estrategia donde convertía al enemigo estratégico en enemigo inmediato. Es decir, consideró a toda la burguesía, incluyendo sectores medios y pequeños, en enemiga y de esta forma, por ejemplo, se opuso a la proclamación de la II República. Este error ha estado impreso hasta nuestros días en los sectores comunistas y revolucionarios que iniciábamos la lucha, pero no siempre se ha comprendido adecuadamente.

Veamos, el problema de aquella estrategia “maximalista” del PCE no era un abstracto “ ponerse en contra de las masas” que se lanzaron a la calle con ilusión a celebrar la llegada del régimen democrático republicano[1] sino una equivocada posición sobre las tareas principales de los comunistas en aquellos años. Su débil desarrollo ideológico les impedía comprender que la estrategia en un país de las características de España era una alianza obrero-campesina con el proletariado como fuerza dirigente y el campesinado como fuerza principal, y que además eran necesarias alianzas con sectores de la mediana burguesía para, al menos, evitar que se pusieran en contra del poder popular.

Las enseñanzas que se suelen destacar de aquel periodo suelen ser demasiado vastas. Clásicamente se suelen extraer dos: la prevención contra el dogmatismo y el sectarismo de aquel primer periodo del PCE y la lucha por un régimen democrático-popular “intermedio” como el que fue aquella II República. Nosotros vamos a plantearlo desde otro punto de vista.

Para los marxistas, la estrategia es el fin al que aspiramos. Marca el objetivo fundamental de cada etapa de la revolución. Por tanto, nuestro fin dependerá de la etapa de la revolución en la que estemos. ¿Cómo determinar la etapa? Esencialmente a través del análisis del desarrollo económico del país, su inserción dentro del sistema mundial, las distintas clases que componen ese país y enfatizando hacia dónde vamos más que de dónde venimos. Esto quiere decir que, por ejemplo, en una sociedad con fuertes rasgos feudales y débil inserción en el sistema económico mundial, una estrategia de revolución socialista no es posible pues el desarrollo económico del país no nos permite ese salto y debemos apostar por formas intermedias de tránsito del capitalismo al socialismo.

En países, como España, donde el desarrollismo franquista culminó en lo económico la revolución burguesa pendiente, y el país está inserto en el sistema económico internacional la estrategia sólo puede ser socialista. Por tanto, el error de aquel PCE de inicios de los años 20 fue esencialmente no estudiar la etapa de la revolución que atravesaban y por ello cometer errores dogmáticos y sectarios, y el éxito de aquel PCE de los años 30 fue constituirse como un destacamento independiente y ejecutar una política de alianzas justa para la coyuntura en la que se encontraba[2].

Hoy día nos encontramos en una situación distinta. No existe burguesía nacional no ligada a los monopolios con fuerza suficiente en la formación económica para imponer un modelo intermedio entre el de la oligarquía financiera y el proletariado. Los sectores burgueses intermedios que existen son fundamentales tácticamente para los comunistas, son con los que debemos llevar a cabo alianzas temporales para aislar al enemigo principal (la oligarquía financiera) pero estas alianzas no pueden nublar el objetivo del socialismo, bien al contrario, deben acercarlo. España hoy día es un país donde la aplastante mayoría de su población activa es asalariada y presenta un desarrollo capitalista avanzado tanto en las formas económicas como políticas.

Muchos de los grupos que rompieron valientemente con políticas revisionistas o reformistas fueron incapaces de poner en pie una estrategia socialista en todos estos años. Atacaron tal o cual aspecto de la estrategia reformista para, después, proponer una propia algo más valiente. En el fondo, renunciaron también al marxismo como herramienta de análisis considerándolo una mera etiqueta para vender su particular “principio especial”[3] a las masas. Esta visión, relativamente extendida entre los comunistas, se justifica a menudo en experiencias parciales (“Me es más fácil convencer a mis amigos de una república que del comunismo”) sin atender a tareas, planes, formas y objetivos. Al final, de alguna forma, se termina por reducir el problema estrictamente a que un grupo de dirigentes ha “secuestrado” el movimiento obrero y comunista y basta con desenmascararlos para que la clase obrera nos acoja como sus nuevos dirigentes, “los que de verdad defienden sus intereses”.

¿Por qué luchar por el socialismo hoy?

El socialismo, entendido como fase anterior a la sociedad sin clases o comunismo, no está en las cabezas y los corazones de muchas personas hoy. Muchos tienen argumentos (o a veces prejuicios) anticomunistas muy asentados, otras entienden que, si bien las experiencias socialistas tuvieron su importancia en la Historia, hoy están superadas ampliamente. Algunos que sí se consideran comunistas piensan que es más fácil convencer a la gente con una propuesta menos “radical” y también las hay que, aunque quieren luchar por el socialismo no saben cómo ni con qué.

Todas estas posiciones tienen su parte de verdad. El anticomunismo bebe sin duda de una tradición reaccionaria de ataques interesados al comunismo, pero también habrá que reconocer que no siempre se hicieron las cosas adecuadamente. Así, las experiencias socialistas fueron derrotadas y aunque las consecuencias de la caída del socialismo fueron durísimas para aquellos pueblos, al mismo tiempo, el horizonte socialista se borró o al menos se difuminó. Han operado, también, cambios en las sociedades, incluida la nuestra, que dificulta la identificación con determinadas experiencias de hace más de un siglo. Al mismo tiempo la izquierda  ha cosechado ciertos éxitos, aunque seguramente más modestos de lo que a veces se pretende,  y eso ha decantado el debate hacia una especie de posibilismo cínico muy en consonancia con las sociedades disgregadas de hoy[4].

Y al fin, los comunistas nos hemos quedado sin casi instrumentos para luchar, y los que hay, por desgracia, parecen mellados, y al tiempo hemos arramblado con la teoría marxista hasta dejarla prácticamente inane.

Afortunadamente, no todo son malas noticias. También ha habido, y sigue habiendo, luchas; la identidad de clase, aunque disminuida sigue presente y nuevas generaciones de comunistas siguen formándose y combatiendo. Nosotros somos una pequeñísima muestra de esto último.
Es cierto que corre prisa. El desempleo, la miseria, los desahucios, la pérdida de poder adquisitivo, el deterioro democrático, la corrupción sistemática del establishment político y económico, la falta de oportunidades para la juventud. No tenemos mucha paciencia, pero al mismo tiempo estamos prevenidos, o debiéramos, sobre soluciones que al final no son tales. Baste recordar nuestra propia historia preñada de desencantos (Transición, primeros gobiernos de Felipe González). Entonces, ¿cómo comenzar?

Nosotros creemos que lo esencial es volver a situar en el debate la cuestión del socialismo que esencialmente refiere a un nuevo poder donde la participación y la toma de decisiones compete a todos los trabajadores y trabajadoras, una planificación de la economía que acabe con las crisis y tenga una visión de población y un Estado al servicio de la clase trabajadora. ¿Acaso las grandes empresas no planifican al milímetro su producción? ¿Por qué los trabajadores no pueden hacerlo? ¿Acaso toda la riqueza no proviene del trabajo asalariado y la naturaleza? ¿Por qué entonces no puede participar toda la clase trabajadora en las grandes decisiones estratégicas? ¿Acaso la sociedad no se divide entre propietarios y trabajadores? ¿No buscan los empresarios constantemente rebajar las condiciones de trabajo y vida de sus empleados para ganar más? Aceptar que el mundo es desigual, que esa desigualdad tiene su origen en la explotación de unos seres humanos por otros y adivinar una nueva configuración social basada en otros valores y principios. Necesitamos, en definitiva, un debate de sociedad.

Este debate de sociedad atiende sobre todo a los tres grandes problemas que tenemos; económico, democrático y territorial.  Algunos de estos, es cierto, deberían haber sido solucionados dentro de la democracia burguesa (como por ejemplo el derecho de autodeterminación) y nosotros apoyamos toda solución progresiva a estos problemas, aún dentro del capitalismo, pero no nos queremos engañar, la mayoría de tareas por delante son tareas socialistas y esas tareas requieren un sujeto: la clase trabajadora.

La clase trabajadora: fuerza dirigente de la revolución.

Al mismo tiempo que el horizonte socialista desaparecía de la mente y los corazones de muchas personas, los partidos de izquierda y en particular los de orientación marxista socavaban su gran éxito: la conexión con la clase obrera, distinguida como sujeto revolucionario.

Las nuevas teorías que situaban a nuevos sectores sociales como vanguardia del proceso revolucionario, o no situaban a ninguno “per se”, unido a un desplazamiento hacia los procesos electorales que debilitó el trabajo de base, y fundamentalmente el descrédito al trabajo teórico que impidió fortalecer la conexión entre el socialismo científico y el movimiento obrero han ayudado a emborronar nuestras tareas como revolucionarios.

Las casuísticas eran muchas. En el mejor de los casos se conservaba un trabajo de base con la clase obrera, pero desprovisto de orientación estratégica y, por tanto, limitado a las reformas por la vía de los acuerdos con el poder económico y político. Y en el peor, se asentó un fuerte clasismo y algunos viejos partidos comunistas se convirtieron en partidos burgueses como sucedió, por ejemplo, en Italia. Entonces llegaron los atajos: si no había teoría ni sujeto revolucionario, la lucha política se debilita y con ella la lucha económica, la cual en muchos casos quedó imposibilitada de obtener pequeñas victorias[5]. Se siguió profundizando en la misma estrategia errónea hasta llegar a convertirse algunos antiguos partidos comunistas en meras maquinarias electorales.  A la dejación de la teoría y la pérdida de referencia en la clase ayudaron, cómo no, algunos cambios en la composición de la mano de obra y la estructura productiva. Pero estos cambios (que fundamentalmente obligaban a ajustes en la estrategia sindical) fueron exagerados hasta la extenuación constituyendo en demasiados casos una coartada para abandonar todo objetivo de revolucionarizar a las masas en pos de un objetivo de ruptura con el capitalismo.

El paso de una parte de los partidos comunistas al campo burgués no estuvo exento de resistencias. No obstante, en general esta resistencia se situó en el otro extremo del tablero en una especie de “política del péndulo”[6]. Si los viejos partidos se reconciliaban con la burguesía, los resistentes a estas políticas exigían “ningún compromiso”. Si las viejas estructuras sindicales se habían acomodado a los regímenes políticos burgueses, los resistentes las atacaban con fruición sin atender al carácter esencialmente reformista de toda lucha económica. Y al mismo tiempo, este movimiento de resistencia arrastró muchas de las debilidades heredadas, especialmente una visión esencialista y maniquea de la estrategia revolucionaria, de la que ya hemos hablado más arriba. Estos enfrentamientos en el seno del campo comunista y las limitaciones de cada grupo llevaron a que finalmente estos choques se reprodujeran de manera mistificada en los movimientos sociales, en particular en el movimiento sindical produciendo hartazgo en muchas personas que se sentían cercanas al marxismo pero que acabaron por distanciarse.

Comprender que no hay acción sin sujeto, es comprender que no hay socialismo sin clase obrera. Recuperar las organizaciones económicas propias de la clase, los sindicatos y reforzar la lucha económica y social de los asalariados son objetivos insoslayables, pero no suficiente. La principal tarea es conseguir intervenir en la lucha obrera desde una perspectiva política, de Partido. Conseguir llevar el socialismo científico a la clase obrera. Entender en toda su dimensión la lucha de los leninistas contra los “economicistas”[7], que es entender las tareas fundamentales de un destacamento de vanguardia de la clase obrera: desarrollar el socialismo científico con pretensión de sistematizar toda la experiencia de lucha, concretarlo adaptándolo a nuestra realidad y superarlo creativa y dialécticamente y componer una determinada conexión con la clase obrera en concordancia con la fase de construcción política e ideológica. Esto es, aceptar que en estos momentos no se trata de rebajar los objetivos estratégicos para “pintar algo” sino de preparar las condiciones para ser importantes en el futuro. En definitiva, trabajar por la reconstrucción del Partido de la revolución socialista.

El objetivo principal: reconstruir el Partido de la revolución.

¿Por qué necesitamos un Partido? Fundamentalmente porque necesitamos estructurar en una organización independiente, disciplinada y consagrada a la revolución a los sectores más avanzados de la clase obrera. Esto es el Partido de vanguardia y es condición previa para poder desplegar un combate directo por el socialismo. Sin esta estructura de vanguardia no es posible que las ideas socialistas se solidifiquen y avancen. Nos podemos preguntar ¿si las ideas mayoritarias de una sociedad son las de su clase dominante, cómo podemos las clases dominadas hacer mayoritarias nuestras ideas?

La respuesta es construyendo una estructura capaz de ser permeable a los intereses de nuestra clase al tiempo que es impermeable[8] a las ideas de la clase dominante. Es por esto que la tarea fundamental en este periodo de profunda dispersión y debilitamiento es reconstruir este destacamento. En esta fase las masas a las que nos dirigimos [9] son los sectores de las población con una conciencia anti capitalista y los sectores más avanzados de la lucha económica-sindical. ¿Cuando culminemos esta tarea estará todo hecho? No, entraremos en una nueva fase que requerirá nuevas tareas y un nuevo enfoque de la intervención entre las masas, más amplia e inclusiva.

Por esto, es necesario ordenar nuestras prioridades. No se trata de oponerse a cualquier reforma que determinadas organizaciones políticas puedan hacer en beneficio de la sociedad, ni tampoco de olvidar al movimiento espontáneo de lucha del que deberemos enriquecernos a cada paso sino más bien de comprender que para cumplir nuestros objetivos necesitamos una herramienta de la que aún carecemos. Creemos que sólo con esta fórmula podremos avanzar como comunistas.

Este 14 de Abril pensamos que hay que reivindicar todo lo que hubo de positivo en la II República y, en general, en las distintas experiencias democratizadoras a lo largo del siglo XX pero pensamos que debemos mirar hacia adelante y situar las tareas esenciales de los comunistas y del movimiento obrero más avanzado. Esto es:

  • La constatación de la importancia de la estrategia revolucionaria que en un país imperialista como España solo puede tomar la forma de lucha por la república socialista.
  • La defensa del papel de la clase obrera en nuestra sociedad y la evidencia de que es la única clase social capaz de liberar (en alianza con todas las perjudicadas por el capitalista) a la humanidad de la explotación.
  • La defensa del marxismo, su estudio, desarrollo y extensión para forjar la fusión del socialismo científico con la clase obrera.
  • Y, para ello, la necesidad de un destacamento de vanguardia políticamente independiente para la clase obrera.

A esto consagramos nuestros esfuerzos y en éstos esperamos encontrarnos con otros muchos y muchas camaradas.

[1] Podíamos decir, quizás con algo de demagogia, que si el problema fuera “ ponerse en contra de las masas” hubiera tocado a los comunistas jalear las multitudinarias muestras de apoyo a Franco como aquella del 1 de Octubre de 1975 en la Plaza de Oriente,

[2]    Aunque la independencia del PCE con respecto a distintos sectores burgueses creemos que fue innegable, sí habría que matizar que probablemente se cometieron errores contrarios a los de los años 20, esto es, si en los 20 se enfatizaba la lucha frente a la unidad con distintos sectores intermedios, en los 30 se enfatizaría la unidad aún a costa, probablemente, de una menor eficacia en la guerra contra los franquistas. Aun así, en lo esencial se mantuvo la independencia de clase y se utilizó una táctica adecuada que priorizaba la unidad para ganar la guerra.

[3]    “[Los comunistas] No tienen intereses propios que se distingan de los intereses generales del proletariado. No profesan principios especiales con los que aspiren a modelar el movimiento proletario.” Manifiesto del Partido Comunista.

[4]    Nos referimos con esto a la actuación  hasta el momento de, por ejemplo, el gobierno de  Syriza. Una fuerza de carácter popular con una estrategia de conquista del gobierno y que atacó duramente a los comunistas ( tendencia de la que provenía) por su supuesta impotencia y ha acabado gestionando los duros ajustes impuestos por la troika. También podemos mencionar los “ gobiernos de coalición” como el de Miterrand en Francia o variadas experiencias en toda Europa ( Andalucía sin ir más lejos) apoyadas por fuerzas de orientación marxista y que han supuesto más retrocesos que avances para los comunistas y las masas aunque se hayan vendido ( y se vendan) como “éxitos”.

[5]    Baste mencionar que las ultimas huelgas generales en España apenas han conseguido parar los ataques contra los que luchaban.

[6]    El movimiento comunista se ha caracterizado por lo que podemos llamar “política de péndulo” en donde un viraje a la derecha era contestado por otro izquierdista, y sucesivamente tal y como hace un péndulo. Lo cual enredaba a “oficiales” y “críticos” en luchas circulares que no acababan nunca. Baste mencionar por ejemplo las luchas entre el PCE y el movimiento antirevisionista en España en los últimos cuarenta años.

[7]    Los “ economicistas” eran un grupo adscrito al marxismo al que enfrento Lenin fundamentalmente en la obra ¿Que hacer? (1902). Aquella lucha nos enseña la importancia del Partido independiente y separado de los sindicatos ( no un apéndice de estos) y la necesidad de llevar a la clase trabajadora a la lucha política, por tanto una organización “ profesional” entendiendo esto como científica, disciplinada, planificada, centralizada y con métodos de trabajo colectivos.

[8]    Debemos aceptar que ser totalmente impermeable a las ideas burguesas es imposible, se trata de aceptar esto para organizar en el seno del propio partido una lucha de líneas que conduzca a la superación dialéctica de las posiciones burguesas que inevitablemente aparecerán. En la mayoría de ocasiones se entiende esto como la depuración de personas de la organización, se trata más bien de depurar las ideas, superándolas y para eso necesitamos un continuo desarrollo ideológico del destacamento.

[9]    Para el marxismo, el concepto “masas” es relativo y depende de la fase de construcción del Partido.